wladiario

Las cosas de W&CC así como de ALMAYARA.

contador de visitas

miércoles, marzo 10, 2021

El fotógrafo

Una de las muchas profesiones que tuve fue la de fotógrafo. Hacía muchas fotografías y cobraba por algunas de ellas. Tomaba imágenes de las noticias que cubría como periodista, llegué a hacer fotos del Getafe C.F. cuando dicho club llegó a primera división de la liga nacional de fútbol. También realicé algunos reportajes de bodas y comuniones, sobre todo para amigos, que era cuando no cobraba; eran mi regalo.


No estudié fotografía, salvo un cursillo que realicé en la Casa de la Cultura de mi pueblo, ya formado, con toda una eminencia: Osvaldo Cipriani.


Mis comienzos fueron, pues, autodidactas.


Mi padre era aficionado a la fotografía. Hombre inteligente, supo pronto descubrir la relación entre apertura de foco, velocidad y sensibilidad del carrete. Él viajaba mucho y de regalo me trajo una pequeña Olympus de Canarias. Tenía la característica de que doblaba el negativo de tal manera de que de un carrete de 36 fotos sacaba 72 y, apurando, algunas más.


Mi afición a apretar el botón tuvo que ser refrenada en alguna ocasión. Por entonces se revelaba en papel y costaba una pasta. Pero lo cierto es que la Olympus tenía buena óptica y yo buena mano. Encuadraba bien y tenía buen ojo, así que el resto fue fluyendo.


Aquella vieja cámara se la dejé a una novia que tuve. Sin yo saberlo empecé una especie de costumbre; algunas parejas se quedaban con mis cámaras. Menos mal que tuve pocas (cámaras ...y parejas).


Llegaron las cámaras digitales. Me hice con una de esas que se conseguían en la gasolineras pagando una parte con los puntos que se recaudaban al reponer combustible. Conseguí algunas instantáneas de mérito, con ella, pese a tratarse de un aparato muy sencillo. Me envalentoné.


Con el tiempo entré a trabajar como periodista en una cadena importante que llevaba muchas cabeceras en las principales ciudades de la Comunidad de Madrid. Cuando necesitaba un fotógrafo tenía que pedirlo a una secretaria. Un buen día, me dijo que no tenía a nadie y le pregunté si yo mismo podía hacer las fotos; que también era fotógrafo. Accedió y así empezó mi carrera profesional como “lupa”, además de como “gacetillero”. Llegué a firmar un contrato como fotógrafo, claro, aunque solía trabajar sólo para mis informaciones.


Llegué a estar pluriempleado. Trabajé en un par de empresas – digamos que familiares - con periódico y emisora de radio. Pero, en ambas, era inexistente la figura del fotógrafo; cada “gacetillero” tomaba sus propias imágenes. También (cada “gacetillero”) entraba en la emisora, picaba sus propias notas y, casi, hasta las maquetaba. Se aprendía mucho a cambio de lo mucho que se sufría.


En estos momentos recuerdo que siempre tuve problemas para la correcta utilización del flash. De haber sabido manejarlo mejor habría hecho más fotos de estudio, pero eso no impidió que hasta montase una exposición, con mis mejores imágenes, en la Casa de la Cultura de mi pueblo. Poco después conocería a Osvaldo, un gran tipo. Con mi compañera, que hizo el curso conmigo, llegamos a compartir una velada en su piso; ¡menudas vistas! Para evitar portazos y permitir correr el aire sin que hubiera portazos, sujetaba cada puerta con una botella de licor; no tenía “mueble-bar”.


Notaba que me faltaban conocimientos profundos. Yo era uno de esos que se llamaban “chusqueros” en la profesión. Pero algo aprendí de mi faceta de fotógrafo y que ha inspirado este relato: mi capacidad para ver las cosas desde diferentes ángulos. Me ha valido para ver las cosas desde diferentes puntos de vista.


Para ilustrar este tema nada mejor que una anécdota. Voy con ella.


Era plena mañana de un soleado día, creo que de primavera. En mi pueblo se celebraba una ofenda floral a una Virgen; no sé de cuál. Como tenía mil cosas que hacer llegué justito y me impresionó ver tantas… flores (por no decir personas). No encontré, en un primer vistazo, desde donde hacer las fotos si no era tras recibir varios codazos y pisotones.


Mirando la plaza vi que había una fuente y para sujetar el grifo una especie de peana a la que con cierta agilidad subí. Me encaramé en lo más alto. Tenía una pequeña plataforma pero te dejaba casi al nivel del estradillo lleno de flores con la imagen de la Virgen. A cierta distancia, eso sí. Pero para eso llevaba zum.


Tomé un montón de imágenes y salieron de maravilla. Parecían tomadas desde un andamio construido al efecto. A partir de aquel momento, la pequeña plataforma era un lugar codiciado por los periodistas. Todos éramos jóvenes y nos resultaba sencillo instalarnos en lo alto de la piedra lisa. Pero sólo cabía uno.


Llegué a escuchar que alguien se refería a la fuente poniéndola mi nombre. En su momento me enorgullecía. Pero hoy no es eso lo que recuerdo. A mi memoria acude el sentimiento de que la fotografía me dio la oportunidad de encontrar un punto de vista desde el que ver la realidad de frente, pese a los muchos obstáculos de alrededor. Un ángulo oculto para otros que permitía ver las cosas con claridad, de cerca y al nivel requerido. Que no me falte nunca esa capacidad.

Etiquetas: , , , , ,

editado por...Wladi Martín @ miércoles, marzo 10, 2021
0- Comentarios a esta nota -

sábado, febrero 13, 2021

Alopatía

 (Escrito el 1 de febrero de 2021)

Hoy me ha llamado la atención una palabra: Alopatía. La RAE da la siguiente definición: Terapéutica en que se emplean medicamentos que producen efectos contrarios a los que caracterizan la enfermedad. Y me ha invitado a reflexionar.


O sea, que si por efecto de una enfermedad tienes frío, por la alopatía lo que se busca es calor. Si tienes frío por estar en pelota picada bajo una nevada… de eso ya hablaremos. Y lo bueno es que bajo este posible engaño hay todo un negocio. Como no se combate el origen del frío se puede perpetuar la “solución” que da la llamada alopatía. Ahí está el negocio, en no quitar la causa de ese frío, sino en combatirla. Se podría decir que el negocio está precisamente aliándose con la causa, porque se perpetúa al no combatirla.


Si, además, se provocan efectos secundarios, como, por ejemplo -se me ocurre -: excesivo sudor; de eso ya hablaremos también. Además, contra la excesiva exudación podemos dar un nuevo remedio o “solución”. Y así hasta el infinito.


Lo malo es que ya somos muchos, por lo visto, los que nos sentimos congelados ante la nevada y algunos, para colmo, empezamos a exudar en exceso.


En estos días se agudiza una costumbre muy humana que consiste en solidarizarse con quienes piensan como uno mismo. Esa costumbre lleva a su vez a no escuchar al que piensa diferente. Aunque sean muchos los que ya están hasta las mismísimas sudoríporas.


Conviene escuchar hasta lo que no le es grato a uno: puede haber sorpresas. Algo de razón hay en una teoría cuando nace. Por mucho que casi todo el mundo crea, por contra, lo convencional. Algo de razón tenía Galileo Galilei. Sin embargo fue condenado, ya viejo, por la Santa Inquisición, que venía a respaldar lo convencional, lo que todo el mundo pensaba. Ahora, siglos después, “se viró la tortilla”, (como dicen los cubanos). A ver quién es el guapo que no cree en las doctrinas de Galileo.


Todo esto viene a ser una invitación a pensar, ya que no a creer. Como dice Andreas Ludwig Kalcker sobre la palabra creer a la que “gusta definir como no saber”. Claro que no se puede saber de todo. Por eso es tan importante eso de escuchar. Y hacerlo abiertamente. No sólo lo que es grato.

También, y sobre todo, lo que nos hace pensar.


Es uno de los elementos positivos de eso que llamamos tiempo. Cuanto más lo sentimos más pensamos en nuestras creencias. A veces hasta las abandonamos a base de reflexionar. Cuidado con los que siempre piensan lo mismo, pero, sobre todo, ay de los que no se cuestionan lo que creen.


Que ustedes lo suden bien, con perdón.

Etiquetas: , , , , , ,

editado por...Wladi Martín @ sábado, febrero 13, 2021
0- Comentarios a esta nota -

La violencia

 (Escrito el 24 de enero de 2021)

Hoy me siento profundamente turbado y lo estoy no por casualidad. Hoy he acabado el conmovedor libro de Héctor Abad Faciolince titulado El olvido que seremos. Es soberbio y muy valiente, pero sin florituras. No me había gustado tanto una novela desde Patria de Aramburu. Muy recomendable.


Curiosamente ambos libros tratan de muertes anunciadas. De violencia llevada a su máxima expresión.


Yo, que un día -todavía vigoroso-, pensaba que la violencia podía resolver ciertas cosas (un tipo de violencia)… hoy pienso muy al contrario. Sobre todo tras leer textos como los citados. Ahora pienso que la violencia, toda violencia, es nula para resolver cualquier conflicto. A lo más, hace pasar por vencedor al que no tiene otra manera de imponer su criterio.


Últimamente, observo mucho a los patos en mis paseos por el cercano parque de mi barrio. Muy habitualmente pelean acaloradamente. Se pasan el día a graznido limpio o, para ser más precisos, parpando.


Por lo que tengo observado lo hacen por alimento y, sobre todo, por el territorio. Pero, tras cada pelea, vuelven a ser patos. No guardan odio ni rencor; no quedan enganchados en el conflicto. Buscan el sol, ahora en invierno, nadan en busca de alimento… Se olvidan del motivo de su bronca y, sobre todo, del que la provocó.


Creo que la mayoría de animales actúa igual. Los perros, por ejemplo, se miden a terribles bocados en sus peleas. Pero si uno se tira boca arriba dejándose oler, se acabó la trifulca.


Claro que perros, patos y otros, tienen mucha menos inteligencia que los humanos. Nosotros, que tenemos mucha más inteligencia, somos capaces de matarnos por la comida, por el territorio y por mucho menos. O sea que vuelvo a mi reflexión de cuando me sentía vigoroso: algún tipo de violencia podría estar justificada para resolver ciertos conflictos.


Lo que deduzco es que habría que volver a definir eso de la violencia. Es decir que, a vuela pluma, se me ocurre distinguir entre la violencia de defender algo a la violencia de hacer daño. Entre la forma violenta de comportarse un pato que defiende su comida y el exterminio de quienes no piensan igual a uno mismo. Igual tenemos que ser más patos y menos patosos.


Menos ladridos por cuestiones que nos creemos importantes y que no lo son tanto cuando de lo que se trata es de comer, de procurarse el alimento propio y de los de uno.


También se debería distinguir entre la violencia como reflejo o mejor como instinto y la violencia premeditada o la masticada (el odio). Dudo mucho que los perros o los patos utilicen la violencia que es una palabra inventada por los humanos.


Claro que para entender de violencia lo mejor es leer a grandes filósofos o sociólogos. Yo me limito a utilizar mi segundo órgano favorito, como dice Woody Allen. Les invito a hacer lo mismo.


Así es si así les parece, que decía Pirandello.

Etiquetas: , , , , , ,

editado por...Wladi Martín @ sábado, febrero 13, 2021
0- Comentarios a esta nota -

miércoles, septiembre 16, 2020

El disfraz

Era una hermosa casa que contaba con jardín. Había muchos niños reunidos, junto a sus padres que solían congregarse también al estar en tierras extranjeras. El clima era magnífico con temperaturas suaves y sin lluvias ni otro tipo de precipitaciones.


Tras de los juegos de los niños el anfitrión propuso una fiesta de disfraces. Seguramente habían estado de limpieza en esa casa y tenían muchos trapos, vestidos pasados de moda, utensilios diversos y miles de cachibaches a la espera de hacer algo con ellos. El anfitrión consultó con sus padres que dieron el pertinente permiso. Los niños pasaron a elegir sus prendas y se les asignó donde cambiarse.


Yo tenía unos 7 años y elegí una peluca de cabellos muy negros. Alguien -creo recordar- me sugirió que me disfrazara de Cleopatra. Así lo hice con lo que encontré y con la imagen infantil que tenía de Cleopatra. Lo que me acabó quedando claro es que la peluca me disfrazaba por sí misma Y vaya que si lo hizo. Lo voy a contar.


Yo estaba con mi hermana de unos 3 o 4 años que no recuerdo de qué se disfrazó, pero estaba muy simpática. Llegó el momento de llamar a los padres que acudieron alborozados al jardín a ver a sus retoños disfrazados. Los míos llegaron con cámara de fotos y se hincharon a fotografiar a mi hermana. Yo no me separé de ellos en ningún momento. Pero algo raro pasaba. Aunque estaban educados con la Cleopatra que yo había conseguido improvisar no me hacían mucho caso por alguna razón.


Total que acabó la velada tras ese juego y varios más. Cada familia se dirigió a su casa. Nosotros (mi hermana, mis padres y yo) hicimos lo mismo. Todo normal tras un día festivo.


En la jornada siguiente vuelta a normalidad. Fue entonces cuando mi madre me hizo la fatal pregunta:


“¿Dónde te metiste ayer cuando todos los niños se disfrazaron?”.


Le intenté explicar que yo era la Cleopatra que les acompañó y no lo niña que se les pegó, extrañamente, como suponía mi madre. Esa era la razón de que me trataran con toda educación (a fin de cuentas me hacía cargo de una niña de 3 o 4 años), pero también era el motivo de que no me hicieran mucho caso. La cuestión es que no salgo en ninguna foto… y yo pensando que el éxito del disfraz correspondía al de mi hermana y por eso se llevaba todas las imágenes.


El gran disfraz era el mío, tanto que ni mis padres me reconocieron.


Pasados los años desde aquella anécdota reflexiono por cuánta gente no se disfraza, ya adultos, que no les conoce ni la madre que les parió. ¿Cuántos médicos músicos habrá, cuántos oficinistas con alma de poeta…? ¿Cuándo empezaron a disfrazarse?


Eso de fingir lo que uno no es… puede traer extrañas consecuencias.



Etiquetas: , , , , , ,

editado por...Wladi Martín @ miércoles, septiembre 16, 2020
0- Comentarios a esta nota -

domingo, agosto 30, 2020

La sordera

Es curioso como uno se arregla para ver lo malo en el otro cuando es un defecto propio. Hay gente que se sabe la teoría de maravilla - para los demás -, pero son incapaces, en la práctica, de enmendarse la plana. Hace poco he vivido en mis propias carnes un buen ejemplo de ello. Una persona tiene sus razones – las suyas digo –. Todos los demás son los confundidos y – lo peor- es con el ego desorbitado, esa persona es capaz de poner en riesgo la convivencia con todos los demás. Es una anécdota a punto ha estado de quebrar unos maravillosos días de vacaciones en familia. Pero es una historia muy larga que dejo para más adelante. Lo que ahora importa, en esta reflexión, es la capacidad que tenemos de ver defectos en los demás. Defectos que nos son propios o no del todo ajenos.


Ya hemos hablado en otras ocasiones de la ley del espejo, por ejemplo. Ahora lo voy a explicar con un divertido cuento que narra Jorge Bucay y que mi madre ha venido a recordarme hace poco.


Vamos allá.


Un hombre ya maduro llama por teléfono al médico de confianza que normalmente trata a su esposa. Es un viejo amigo, se podría decir que de de toda la vida.


Tan pronto oye su voz exclama alarmado:


“Algo le pasa a mi mujer que se ha vuelto sorda. No hago más que llamarla y ni siquiera me contesta. Se ha vuelto completamente sorda”.


El médico tranquiliza a su amigo. Como conoce la casa le da instrucciones para ver el alance del mal. Se entera de que la esposa está en es momento en la cocina y le propone que la llame desde la habitación de ambos sabiendo que está a unos 20 metros de donde ella se encuentra.


“María… María… ¡María!” - acaba gritando.


“Nada, no contesta. No me oye. Se ha vuelto completamente sorda”. Le dice a su amigo otra vez al teléfono.


El médico sigue recomendando tranquilidad, al desesperado marido, y le da nuevas instrucciones.


“Vé ahora al salón y vuelve a llamarla a viva voz”


Seguramente, él también daba sus indicaciones a viva voz pese a mantenerse aparentemente impasible. Al menos el buen señor apretaba con fuerza el auricular al teléfono para no perderse detalle.


“María… María… ¡María!”, repitió la operación con el mismo resultado: ninguna repuesta pese a estar a menos de diez metros.


Cada vez más nervioso, el cónyuge volvió a ponerse al teléfono para explicar lo sucedido.


“Completamente sorda. No contesta” respondió.


Su amigo, al otro lado de la línea, siguió recomendando tranquilidad antes de dar nuevas instrucciones.


“Dirígete a la cocina y repite la operación” le indicó el médico.


Así lo hizo el cada vez más nervioso señor.


“María… María… ¡María!” Gritó a espaldas de su señora.


Y se llevó un chasco mayúsculo cuando su esposa se giró y le dijo:


“¡Qué! ¡Que te pasa que no dejas de gritarme todo el día y cuando te contesto ni siquiera me oyes!”.

Etiquetas: , , , , , , , ,

editado por...Wladi Martín @ domingo, agosto 30, 2020
0- Comentarios a esta nota -

miércoles, junio 24, 2020

Sacks se despide



Yo que estaba tan tranquilo en el frenético carrusel de mi vida, de repente y sin aviso, me llegó la “hoja roja” como la llamó Miguel Delibes. Se refería a la hoja que sale en un librillo de papel de fumar cuando quedan pocas ya.

He perdido mucho pero también he ganado cosas; así al menos lo creo yo.

Apenas puedo caminar sin el apoyo de alguien a mi lado pero aprecio, más que nunca, ir agarrado de la mano de mi compañera.

Me he vuelto más sensible, de lágrima fácil, pero también más comprensivo.

Sigo teniendo mi carácter y, a veces, más del que me conviene – eso me dicen – pero prometo que día a día me intento volver más contemplativo, más comprensivo.

He perdido paciencia para algunas cosas. A penas me sostengo en pie en una larga despedida, en un largo saludo; pero he ganado paciencia en casi todo lo demás. Soporto cosas que antes me parecían insoportables.

Disfruto como nunca de la presencia de mis seres queridos y disfruto, como no sé explicar, con tal de verles a ellos pasarlo bien.

Antes podía disfrutar de un baño en la piscina o en el mar, ahora disfruto de ver a los demás jugando con el líquido elemento, no necesito más.

Me estoy preparando mejor para agotar esos últimos papelillos que aún me quedan en mi librillo de papel de fumar y lucho a diario porque esa degeneración diagnosticada sea la menor carga posible para los demás; faltaría más.

Doy pocos consejos y escucho lo que me dicen. He descubierto, con claridad - antes sólo lo intuía -, que incluso gente que te quiere escucha poco. Quiere eso decir que a todo el mundo le confiero el don de enseñarme algo. Por eso, creo que soy yo el que ha aprendido a escuchar y no creo que todos los mortales hayan aprendido a decir algo interesante, de repente.

Por supuesto que echo de menos cosas de antes pero es muy raro que nadie me vea abatido o pesaroso. Me niego a dejar de ser optimista. Es de lo poco que me queda, como legado hacia los demás.

Tengo miedo, claro, pero no es un miedo paralizante. Aprecio lo poco que puedo hacer y lo hago. Espero estar a la altura, más que nunca, aunque tengo mis momentos bajos. Me planteo mi resiliencia como forma de vida; me da fuerzas.

He dejado de considerarme indispensable, me limito a transmitir mis recuerdos, sobre todo donde sé que son tenidos en cuenta; a quién le puedan interesar.

Cuando me cortan al hablar no chillo más, me limito a callarme. Pienso que no debía ser muy interesante lo que iba a decir; casi nunca lo es.

Cada vez es más profundo mi amor y, cada vez, hacia menos gente; pero tengo amor para todo el mundo.

Dicen que Oliver Sacks, neurólogo británico, escritor y aficionado a la química, fue diagnosticado de metástasis múltiples en el hígado a los 81 años. Escribió “De mi propia vida. En el tiempo que me queda, tendré que arreglar mis cuentas con el mundo”. Dejo enlace al escrito en el Wladiario, por si alguien tiene interés en leer el escrito (merece la pena)

https://wladiario.blogspot.com/search?q=Sacks

De todo su escrito me quedo con el siguiente pasaje:

“Mi trastorno me ha producido muy poco dolor; y, lo que es aún más raro, a pesar de mi gran empeoramiento, mi ánimo no ha decaído ni por un instante. Poseo la misma pasión de siempre por el estudio y gozo igual de la compañía de otros “.

En casi todo estoy de acuerdo, pero discrepo un poco de la segunda parte. Poco estudio ahora aunque gozo con lo poco que lo hago, pero la compañía de otros se me ha vuelto codiciosa; la aprecio más que nunca. Sobre todo la de algunos con alma noble. Yo os bendigo.

Me despido – de momento – con las últimas palabras del escrito de Sacks:

“sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura”.

Etiquetas: , , , , , , ,

editado por...Wladi Martín @ miércoles, junio 24, 2020
0- Comentarios a esta nota -

sábado, junio 20, 2020

El niño saharaui

Hace unos años tuvimos un saharaui de acogida en casa. Fascinó con cosas que nuestros hijos en casa ni veían; convivían con ellas sin darles importancia, casi sin reparar en ellas. Alucinaba de que saliera agua “sin fin” al abrir un grifo. Flipaba -como dicen ahora- dando a un interruptor y que se encendiese una bombilla en el techo; podía pasarse minutos mirando la bombilla encendiéndose y apagándose cuando él accionaba el mando. En una ocasión le vimos sumergir la cara en el agua del retrete para peinarse. El agua le fascinaba.

Las dos primeras palabras que aprendió fueron Coca-Cola y helado.

Siempre pené que sería estupendo para la educación de los nuestros y entonces recordé un cuento con sorpresa.

Hace años, un matrimonio adinerado tenía un hijo que no acababa de dar importancia a todos los lujos que le rodeaban. No cuidaba sus estupendas ropas. No valoraba la piscina que tenían en un hermoso jardín. No parecía apreciar cuanto tenía por más que sus padres se esforzaran en conseguírselo.

Un día su moderno padre ideó una forma de dar una lección a su retoño. Habló con un humilde empleado que conocía a familiares que vivían en pleno campo. Vivían sin apenas lujo y con toda humildad. Habló con su empleado y dispuso pasar con su hijo, una temporada en la casa de pueblo.

El padre de familia acaudalada llevó a su hijo con el firme propósito de que éste viera cuán pobre podía llegar a ser la gente de campo y cuán afortunado era él, en cambio.

Estuvieron varios y varias noches pernoctando en la cabaña. Al concluir el viaje, y de regreso a casa, el padre preguntó a su hijo “¿Qué te pareció el viaje?”

El muchacho parecía seriamente afectado y no contestó hasta que el padre añadió

“¿Viste qué pobre puede ser la gente?”

El niño se arrancó aseverando. Añadió para sorpresa del padre:

“Nosotros tenemos un perro que casi no sale de casa; ellos tienen cuatro que casi no entran en ella porque se quedan en la calle en pleno campo”.

“Nosotros tenemos una piscina de 25 metros que exige muchos cuidados; ellos tienen un riachuelo que no tiene fin y nadie parece cuidar”.

“Nosotros tenemos lámparas importadas en el patio, ellos tienen las estrellas para alumbrase de noche”.

“Nuestro jardín llega hasta el borde de la casa, el de ellos se pierde en el horizonte”.

Pero sobre todo el chaval dio importancia al tiempo. “Ellos tienen tiempo para conversar y convivir en familia, nosotros casi nunca. Tú y mamá tenéin que trabajar todo el tiempo y casi nunca os veo”. 

Tras el cuento recuerdo a Sadum, el niño saharaui, de muy diferente manera. No es que haya dejado de creer en que debemos ayudar a esa gente que vive en territorio cedido por Argelia (el Tindouf) en pleno desierto -desierto feo, por cierto- No tienen agua corriente ni luz eléctrica, sus colegios son de risa por no hablar de la paupérrima sanidad. No es que haya dejado de creer en la generosidad de los que tienen (hacia los que no tienen y apenas sobreviven de la ayuda internacional). Pero he cambiado mi forma de pensar en Sadum, el niño saharaui; un niño feliz que tanto nos enseñó.

Etiquetas: , , , , , ,

editado por...Wladi Martín @ sábado, junio 20, 2020
0- Comentarios a esta nota -

miércoles, junio 03, 2020

Un perro en la emisora


Hace algunos años trabajaba en una en una emisora local, que también publicaba un periódico en Torrejón de Ardoz. La empresa era familiar, pero no por ello dejaba de tener un joven y entusiasta equipo del que yo formaba parte. Trabajé mucho en la casa y también aprendí mucho. Hacía las veces de fotógrafo, de periodista, de comercial (al principio), de locutor… Tengo algunos recuerdos imborrables de aquella intensa época. Del jefe, Fausto (con quien no me acababa de llevar muy bien aunque le admiraba por haber levantando él sólo su empresa sin ser siquiera periodista), de su pizpireta mujer Marisa (bastante más joven que él), de su hijo David (que acabó trabajando en el Ayuntamiento, en parte, gracias al padre).

Eran tiempos de mucha intensidad; de estrés. Yo trabajaba en varios sitios; unas 60 o 70 horas por semana. Había veces que llegábamos a tener el ordenador abierto para picar alguna nota de prensa y pinchábamos a la vez en la emisora. Se oía la fatídica palabra: “tema” pronunciado por algún compañero. Al instante salía corriendo el que estaba de turno como locutor, en la radio, a hablar con el micrófono (“acabamos de escuchar este refrescante tema de…”, decíamos, por ejemplo)... mientras poníamos un nuevo cedé y lo presentábamos (“y nos vamos ahora con el melódico…”). A tope se podría decir.

Yo ayudaba a un compañero más experto (que también acabó trabajando en el Ayuntamiento - pero esa es otra historia -) en las Noticias y luego ayudaba a otro en la sección de Deportes. Era Jose Carlos Heranz, jefe de prensa del que se llamaba Interviú-Boomerang, equipo puntero de fútbol-sala. Todo un personaje al que cogí mucho cariño. Trabajaba en Tompla y para ganar algo de dinero extra hacía la sección de Deportes en el ratillo que tenía para comer y sacar al perrito. También solía ir a tope.

La anécdota que recuerdo con mucha simpatía tenía por protagonista precisamente a su perro. Creo que le llamaba Pinky.

José Carlos llegaba “raspando” a la emisora y no era raro que yo tuviese que empezar el programa sin él. Llegaba “escopetado”; yo le llamaba el “torpedo”.

En una ocasión (los jefes ya se habían ido a comer - no solían estar a esa hora – ) llegó tarde y con su perro a cuestas. No le había dado tiempo a pasearlo y regresar con él a su casa. El can tenía puesto un pañuelito y era menudito – todo ojos -. Se pasó al control, con perro y todo, ante mi asombro. Yo entré, enfrente, a la pecera. Comenzamos el programa con su cabecera y hasta dimos algunos resultados del fin de semana. Así hasta que nos interrumpió un sonoro guau y nos callamos uno segundos. Recuerdo perfectamente el rostro de José Carlos girado hacia el del perrito, que tenía en brazos, y dirigiéndose a él como si fuera una persona. Tenía un dedo índice estirado y cruzado en la boca mientras chistaba fuertemente como si el can le fuera a entender. Por toda respuesta, el animal abrió aún más los ojos y volvió a ladrar. José Carlos entonces, en un rápido gesto, cerró el micrófono y me hizo señas ostensibles indicándome que siguiera yo hablando, improvisando, como si no hubiera pasado nada. Pero no pude. Tan pronto empecé a soltar las primeras palabras empecé a reírme sonoramente, sin poder hablar. Yo también hice gestos para que mi amigo pusiera música con la que “tapar” aquel desaguisado.

No creo que tuviéramos mucha audiencia, pero sospechábamos que nuestro jefe sí que nos escuchaba. El caso es que todavía no había podido sofocar las risas cuando sonó el teléfono. Lo cogí y contesté mecánicamente: “Henares Informativo, dígame”. La voz de mi jefe sonó al otro lado de la línea: “¿Qué es eso que se ha oído, un perro?”

Yo muy sorprendido contesté: ¿¡Un perro!? Pero acto seguido no pude sofocar mis risas. Mi jefe me contestó también entre tímidas risas: “No me extraña que te rías, ...pásame con José Carlos”.

Etiquetas: , , , , , ,

editado por...Wladi Martín @ miércoles, junio 03, 2020
0- Comentarios a esta nota -

domingo, mayo 31, 2020

La zarza


Hace mucho que cambié mi forma de pensar sobre ciertas personas a las que consideraba poco menos que tontas. Tenía muy mala opinión de ciertos futbolistas – grandes estrellas en lo suyo – que reconocían no leer, por ejemplo. Más tarde descubrí la teoría de las inteligencias múltiples de H. Gardner. Venía a decir que la inteligencia no es como siempre la hemos considerado sino que se puede desarrollar en múltiples áreas. Así, el estudioso daba hasta doce tipos de inteligencia: Lingúñistico-Verbal, Lógico-Matemática, Visual- Espacial, Musical, Corporal-Kinestésica, Interpersonal, Intrapersonal, Naturalista, Emocional, Existencial, Creativa y Colaborativa. También me ayudó mucho leer al filósofo Juan Antonio Marina (“Anatomía del miedo”).

Al hilo de todo ello recuerdo un artículo leído en un periódico en que se criticaba que le vocación estuviera tan ausente en nuestra sociedad, tan poco valorada. No recuerdo ni el periódico ni el autor pero venía a decir que la formación se realizaba más, en nuestra sociedad, interpretando los deseos de otros (familiares) o del “vivir de ello”, que del deseo propio; de la vocación. Hablaba de médicos que en realidad hubieran querido ser músicos, de contables con alma de poetas, de abogados con deseo de ser pintores. Estaba bien escrito y movía a reflexionar. Sobre el rígido sistema escolar, sobre el qué dirán, sobre el dinero y la felicidad...

Aquellas reflexiones me han recordado un cuento escuchado hace poco a Jorge Bucay. Poco más o menos lo recuerdo como sigue.

Era una vez un jardín un tanto lúgubre. Había árboles y plantas pero todo estaba mustio y sin brillo. Un niño se acerco y consiguió hablar con algunos árboles y plantas. El pino le dijo que quería ser fuerte como el roble. El roble quería ser alto como el chopo. El chopo quería ser oloroso como el pino. Todos querían algo que tenían los demás. Nadie parecía conforme con cómo era.

Así hasta que el niño se cruzó con una simple zarzamora que le confesó estar muy contenta con como era. Al salir el sol de primavera empezaba a dar ciertos frutos que tras el verano se podían recoger y comer, por lo que la planta se rodeaba de niños. Los pequeños llenaban de alegría el zarzal y todo cuanto estaba a su alrededor. Pero los niños no destrozaban la zarza para coger las moras, porque la planta estaba convenientemente dotada de espinas. Eso hacía que los niños procedieran con cautela luchando con su natural proceder alocado y bullicioso.

El niño preguntó a la zarza si no quería ser fuerte como el roble, alta como el chopo, olorosa como el pino… La planta interpelada se extrañó mucho de la pregunta y reconoció no haber pensado nunca en ello. Entonces el niño le preguntó a la planta por su secreto. Ésta, todavía extrañada, confesó que, seguramente, se debía a que al ser plantada por el jardinero éste le traspasó su deseo de ser una hermosa zarza y nada más. En el momento de plantar sus semillas, el jardinero quería un a tupida y frondosa zarza y no un oloroso pino, ni un fuerte roble, ni un alto chopo. Ese debía ser su secreto.

A veces digo: “si no tienes lo que quieres, al menos quiere lo que tienes”.

Etiquetas: , , , , ,

editado por...Wladi Martín @ domingo, mayo 31, 2020
0- Comentarios a esta nota -

viernes, mayo 29, 2020

Fotografía


No hace tanto desarrollé mi faceta como fotógrafo profesional. Me proporcionó muchas experiencias. No era ningún experto, pero me defendía y, sobre todo, me proporcionaba ingresos extra que no sabía de que otro lugar sacar.

Me formé hace tiempo como periodista (Licenciado en Ciencias de la Información) y acabé, trabajando para MERCADO (entre otros), un periódico del grupo de SEGUNDAMANO con cabeceras para los principales municipios de la Comunidad de Madrid. Yo llevaba Getafe y, además, otro periódico en que se integraban Arganda, Rivas y varias pequeñas localidades del este (Velilla y Mejorada).

Un día pedí un fotógrafo en mi empresa y me dijeron que “estaban cortos”, por tener a la mayoría de baja. Entonces me animé y expliqué que yo también era fotógrafo (no podía dejar escapar la ocasión). Ya había trabajado alguna vez proveyendo mis propias informaciones de alguna imagen en periódicos locales de mi pueblo. Accedieron.

Lo cierto es que me gustaba mucho la fotografía pero nunca había cursado estudios oficiales en este campo; era autodidacta. Sí lo hice después con mi compañera Cristina en la Universidad Popular de Torrrejón de Ardoz donde encontramos a toda una eminencia como OsvaldoCipriani. Gran etapa. 

Mi oficio me llevó a invertir algún dinero en equipo y a ir recogiendo experiencias que luego han sido grandes recuerdos.

Mi afición nació cuando mi padre me trajo de Canarias una Olympus Pen, que tenía la particularidad de hacer de un fotograma dos, todo un ahorro. Era cuando se usaban carretes (de 12, de 24 o de 36). La camarita los convertía en 24, 48 o 72 fotografías (doblaba los carretes) y tenía buena óptica, por lo que lograba buenas imágenes.

Pasado el tiempo me hice con una réflex de segunda-mano, digital, que compré a mi amigo José Andrés Merino. Con ella hice grandes fotos (creo) como soporte a mi trabajo de gacetillero en varias cabeceras locales. También colaboré para el Ayuntamiento de Torrejón de Ardoz, localidad en la que llegué a organizar una exposición fotográfica, cuando era todo un personaje. La compré sobre todo por necesidad. Aún recuerdo estar intentando hacer fotos a algún jugador de fútbol, en el Coliseum Alfonso Pérez. Me emocionaba y todo viendo a dos futbolistas, luchando por el balón, dirigiéndose hacia mí. Afirmaba mi cámara digital malucha; apuntaba, calculaba… y oía la ráfaga de la cámara profesional de algún compañero junto a mí. Luego, los dos deportistas que litigaban por el balón se salían de mi campo visual, sin yo haber accionado siquiera el obturador. No había hecho ninguna foto. Me quedaba frustrado y envidioso viendo que mis compañeros mejor dotados (tenían mejores máquinas) no necesitaban que los jugadores estuvieran tan cerca. Sin yo haber disparado siquiera mi camarita, los compañeros de otros medios ya tenían infinidad de fotos.

Cuando llevé mi cámara de segunda-mano ya era otra cosa. Le adapté un buen “zoom” de una vieja Nikon analógica y empecé a conseguir fotos de cierto mérito. Luego, algún hábil manejo del programa Photosop, hacía el resto.

Precisamente, aprendí mucho de Photoshop en una emisora de radio familiar, que además publicaba un periódico en Torrejón de Ardoz. Mi jefe era un “self-made man” (hombre hecho a sí mismo) y tenía gran presencia. Yo le creía, al principio, todo un experto. En la fase final ya no tanto. Acabamos mal. No era de extrañar; yo le ofrecí partirle las piernas. El caso es que con aquel buen hombre, con quien tan mal me llevaba, era difícil acertar, en cuanto a fotografía se refiere. Yo cubría a dos equipos locales de fútbol-sala. Nunca le satisfacían mis fotos. Casi siempre las censuraba por estar movidas y eso que el pabellón tenía poquísima luz y él no me proveía de adelanto técnico alguno. No obstante, yo intentaba mejorar. Recurría a todo tipo de triquiñuelas hasta que un día clavé una foto y se la mostré orgulloso. Su respuesta volvió a sorprenderme. Según él aquella foto no podía publicarse. Se veía claramente el fondo. La grada estaba casi despoblada.

Así es que aprendí a recortar el balón y pegarle donde no estaba para que la imagen ganase dramatismo y realismo; para que la foto valiese. Aprendí a recortar y poner público en el fondo de la imagen. Aprendí a tapar la propaganda de la competencia...

De aquella etapa saqué grandes recuerdos. Por las noches llegué a llevarme a la oficina a mi compañera Cristina y a nuestros hijos – Yaiza, María y Raul - (les ponía música en la emisora para que se entretuvieran), para cerrar otros periódicos en los que también trabajaba. Cristina me ayudaba a picar texto. Yo, por entonces, llegaba a trabajar diez horas diarias siete días a la semana; a cambio teníamos más gastos y creíamos vivir mejor.

También trabajé para proveer de fotos al Ayuntamiento (de Torrejón de Ardoz). En uno de los actos que cubría, para dicha institución, tuve una idea genial. Se trataba de una ofrenda floral en la plaza mayor y todo estaba abarrotado. Se ponía difícil hasta sacar fotos. Además la acción sucedía a más altura del ángulo de enfoque. No me gustaba nada la situación. Eché un vistazo a la situación y descubrí, semi-tapada, una fuente un poco más distante el lugar. Trepé con agilidad y me coloqué a la misma altura de lo que quería fotografiar. Estaba un poco más distante pero se podía cubrir con la lente que llevaba. Salieron unas fotos estupendas. Desde entonces el lugar que yo descubrí era de los más cotizados entre los fotógrafos que cubrían el acto.

Como era plumilla y fotógrafo conseguía, en muchas ocasiones, dos pases para ciertos partidos y actos (conciertos, obras de teatro, pases de prensa de películas…) En una de esas ocasiones se celebraba el partido de vuelta de la Copa del Rey que enfrentaba al Getafe con el FC Barcelona. Los catalanes habían ganado a los madrileños, en el primer encuentro, por 5 – 2. Nada hacía presagiar lo que sucedió… pero sucedió. Yo conseguí acreditar a María, la hija de Cristina. Le di indicaciones para que no llamara la atención, una vez dentro. Asistió a la gesta del Getafe que logró eliminar al todo poderoso equipo catalán.

Todavía recuerdo el patadón que le metió Contra (defensa del Getafe) a Ronaldinho en su primera incursión al área rival. Se oyó en todo el estadio. El astro blaugrana no volvió a atacar, por donde estaba el argentino, en todo el partido. Luego llegaron los goles como si se hubiera escrito un guion. Que el Getafe necesitaba cuatro goles y mantener a cero su portería… ¡pues 4 a 0!

Al acabar la contienda fui a ver a María. Le dije “¡vaya remontada histórica a la que has asistido!” La muchacha, con gesto decepcionado, me contestó “ya… pero soy simpatizante del Barcelona”.

De todas estas anécdotas y otras muchas que se quedan en el tintero (de momento) saqué una conclusión que luego he visto reflejada en una frase del célebre fotógrafo Ansel Adams:

“El componente más importante de una cámara está detrás de ella”.

Etiquetas: , , , , , , ,

editado por...Wladi Martín @ viernes, mayo 29, 2020
0- Comentarios a esta nota -

martes, mayo 26, 2020

La bicicleta


Yo tenía una bicicleta. La usaba de vez en cuando para hacer deporte; me encantaba. Era económica aunque yo me creía haber comprado una bici genial. La adquirí en una fábrica con venta al público de mi pueblo. OTEC creo que era la marca.

Un buen día, un viejo amigo, Mario Guillardín, me dijo que estaba preparando el Camino de Santiago en bici, desde Madrid. Que me animara a acompañarle.

A mi me pareció que era poca bicicleta, la que tenía, para aventura de tal envergadura. Así es que hablé con la tienda de debajo de mi casa y expliqué el tema. Cogí unos ahorrillos que tenía y adquirí la BH que me recomendaba Martín; era mucho mejor. Creo que me costó casi cien pavos; para mí toda una fortuna.
No voy a narrar ahora el viaje, porque ya lo hice y gané el segundo premio del Concurso “Texto Vivo”, que en 2004 convocó el Ayuntamiento de Parla. 


Me refiero ahora a esa fabulosa máquina que tan feliz me hizo y su curiosa historia.

Al volver de Galicia pasé a usar casi a diario la bicicleta (la BH). Tuve un accidente y me quedé sin coche. Así es que para ir a Parla, a impartir mis clases de yudo, usaba la BH. Pedaleaba hasta la estación de Cercanías, la subía al tren y me desplazaba en él. (También, de esa etapa, escribí 50 días 100 viajes que se puede leer PICANDO AQUÍ 

Me tiré así un par de años hasta que dejé de usarla por estar extenuado. Más tarde supe que había pasado una mononucleosis en aquella etapa; por eso llegaba tan cansado a casa. Casi no podía ni con la bici.

Un día pasé a ver a un gran amigo, en Parla y dejé la bicicleta atada a una puerta. No me gustaba dejarla en la calle pero, a veces, no había más remedio. Para ello me había provisto de una cadena y un candado, que me parecían suficientes. Pero aquel día algo no me gustaba y cometí un grave error. Desaté la bicicleta de la fachada en que la había dejado a la vista de todos y la até en un lugar mucho menos concurrido; casi escondida. Tan oculto estaba el lugar que los cacos actuaron a su antojo. Ese fue mi errar.

Cuando acudí al lugar, escogido, no quedaba ni rastro de la BH. Daba igual que el sillín estuviera medio roto, que los pedales (automáticos) los necesitaba cambiar, que ya tuviese un pico de kilómetros (como podía verse en el cuentakilómetros que se encontraba en el manillar). Se la llevaron igualmente dejándome con un palmo de narices, que se suele decir.

Me quedé muy triste y lo comenté con mis amigos y familiares.

Pasaron muy pocos días de aquello y recibí una llamada de mi hermana Thais que me llenó de sorpresa. Se había acercado a un establecimiento de compra-venta para curiosear algo que buscaba. En la puerta del comercio se encontró con un muchacho con una bicicleta. La iba a vender porque no la usaba. Le había costado unos 300 euros y ahora le ofrecían,por ella, 50€. Mi hermana sacó lo que llevaba que eran 45€, se los ofreció y el chico aceptó con tal de no vendérsela “a esos gitanos”. Le regaló una camiseta de fútbol que llevaba por casualidad en el coche, por ser tan enrollado y compensar que no llevaba más dinero para igualar la oferta del establecimiento de compra-venta.

Mi hermana me ofreció regalarme la bici.

Hubo un tiempo en que dudé: “¿a ver que bicicleta me ha comprado?”. Pero también me desconcertaba que el muchacho dijera que le había costado tanto. En todo caso estaba muy contento y expectante.

Mi hermana se llevó la bici (antes de dármela) y la dejó en una tienda junto a su casa para que le cambiaran las zapatas de los frenos; cosa que necesitaba. Me llamó explicándome todo y que fuera yo a recogerla.

Así lo hice. Llegué a la tienda y, como habíamos quedado, me identifiqué como el hermano de Thais. El muchacho que me atendió entendió todo y desapareció por un almacén. Al rato salió de él haciendo rodar una bicicleta a su lado y diciendo “aquí la tienes”. Yo abrí los ojos como platos exclamando “es la mía; es la mía”. Evidentemente no lo era, pero era el mismo modelo y el mismo color. Eso sí: tenía algunas mejoras. Aparte de la zapatas recién puestas, sólo el cuentakilómetros (en el que figuraban poquísimos kilómetros) ya costaba casi lo que había pagado mi hermana por la bicicleta. Además, los pedales eran los que yo quería (no eran automáticos) y el sillín era de los buenos y estaba como nuevo. Es como si la hubiera mandado a arreglar y me la hubieran devuelto tras unos pocos días.

Me fui encantado con mi “nueva-vieja” bicicleta. La volví a usar casi a diario y me hizo mucho reflexionar esta extraña historia. Si uno está de buena onda, parece que si una puerta se cierra por algún otro lugar se abre otra.


Etiquetas: , , , , , , ,

editado por...Wladi Martín @ martes, mayo 26, 2020
0- Comentarios a esta nota -

jueves, mayo 21, 2020

Sadum


Recuerdo que iba una vez, como tantas otras, en El Metro. Estaba sentado – cosa rara – y leía un libro. Era Un mundo feliz de Aldous Huxley, que me tenía maravillado. Otro viajero que iba sentado cerca se dirigió a mi. Me recomendó Contrapunto del mismo autor. Al principio no le hice mucho caso a aquel caballero, pero acabé leyendo el título recomendado, como casi toda la obra del autor británico. También me encantó y me extrañó tener un compañero de viaje instruido e interesante, precisamente en El Metro. Me recordó que el director de un colegio al que fui solía contar que estuvo en el extranjero y que intercambiaba libros con el barrendero de su calle.

En estos momentos se lee menos que en otros, pero se sigue leyendo, a pesar de los peores augurios. Lo que si es verdad es que se puede leer en la tablet, en el teléfono móvil, en el ordenador… se puede escuchar un audio-libro. Ya no es sólo llevar encima una colección de hojas con tapas más duras; lo que llamamos libro. Sigue habiendo premios fantásticos de literatura; hay Nobel de Literatura, hay Planeta… También hay feria del libro, el cine ayuda mucho, algunos pocos programas en radio y televisión sobre literatura… las desconocidas bibliotecas… Hay muchas cosas, incluso por poco dinero se puede tener un libro propio acudiendo a ciertas editoriales de Internet (Bubok, Lula. Amazon…). Hasta yo, que no me considero ningún hacha, tengo varios libros publicados.

O sea que lo que sí ha cambiado es la forma de leer. El libro digital ha pasado de no existir a desplazar al libro clásico. Ya mismo he leído algunos libros digitales que son más baratos y llevas en el teléfono móvil, en algunos casos.

Desde pequeño recuerdo leer tebeos y recuerdo una serie de adaptaciones de grandes obras literarias en las que descubrí a Strogoff, Salgari. Juio Verne… Me fascinaron las adaptaciones de “Rob Roy” de W. Scott y de “El último mohicano” de F. Cooper. Muchos años después, ya talludo, leí “La isla del tesoro” de R.L. Stevenson; una joya.

Pero el primer libro que leí me lo regaló mi tía Celia, que no era una gran lectora, según creo, pero acertó con su regalo. No se el título pero era de la serie de Los Siete Secretos de Enyd Blyton. Desde entonces me hice forofo de esa colección. Los leí casi todos, pero una extraña fidelidad, me impedía leer algo de Los Cinco, otra serie parecida de la misma autora. El caso es que a corta edad empezó mi fascinación por la literatura; fascinación que hoy día sigue firme.

Hace poco pasé por una etapa tumultuosa en que era incapaz de leer siquiera una página. Poco a poco reencontré el viejo placer de la lectura aunque eso me llevó varios meses. Y, hoy, me doy cuenta del tesoro que supone; del mundo de sensaciones que se me vetaba.

He tenido la suerte de conocer (incluso entrevistar) a numerosos escritores. Todos me han parecido seres especiales. Entre ellos destacaría a Lorenzo Silva (equivoqué el lugar de cita para entrevistarle y llegué algo tarde), Ezequías Blanco (al que entrevisté un día en que jugaba el “euro” Real Madrid y nos costó encontrar un bar en que no se retransmitiese) y Almudena Grandes.

Hablemos de Almudena Grandes.

Hace ya unos cuantos años se puso en marcha un programa llamado Vacaciones en Paz de la Comunidad de Madrid. Básicamente se trataba de acoger, durante el verano, algún niño saharaui para evitar que pasasen las altas temperaturas de esta estación en el territorio cedido por Argelia (Tindouf), en muy malas condiciones. Yo me inmiscuí con mi compañera Cristina Carbonell, con lo cual acogimos a Sadum, un niño saharaui.

Una tarde había un acto de las ONG que organizaban el programa si mal no recuerdo en el Palacio de Longoria, sede de la Sociedad General de Autores. No tenía con quien dejar al chaval y como era un claro exponente del programa decidí llevarle conmigo. Suponía que habría alguno de sus amigos en el acto y que no llamaría la atención; le aleccioné para que se portara bien.

La cosa es que aparecí con Sadum y llamó la atención enseguida. Ni había tantos amiguitos suyos ni me entendió en lo de portarse bien. ¡Cómo para pasar desapercibido!

En la mesa estaban, entre otras personas, Inés Sabanés y su amiga Almudena Grandes. La primera me reconoció pues había sido profesora de educación física de mi hermana en el Vírgen de Europa, al que yo también fui unos años. Ya había coincidido con ella en algún acto y en el Polideportivo de Chamberí, alguna vez. Así es que conversamos y, al poco, le pedí que me presentase a Almudena. Inés me señaló alborozada que el compañero de Almudena (Benjamín) también fue a ese colegio, el Virgen de Europa. Me preguntó que si no me acordaba de él. No debía ir a mi curso, pero me presentó a Almudena Grandes y desde entonces es de mis autores favoritos. Me encantan sus obras y tengo varias, entre ellas, en tareas pendientes.

Todos estos recuerdos me vienen al hilo de la importancia que tiene, para mi, la Literatura y espero que la siga teniendo. Deseo a cuantos han leído esto encuentren tantas satisfacciones como he encontrado yo refugiado en las más variopintas lecturas; escondido en los más diversos libros.

El último que me estoy leyendo, precisamente en formato digital, es el Premio Planeta 2018. Se trata del “Yo, Julia” de Santiago Posteguillo. Y en él se dicen cosas como: “ el amor, hijo, es una fuerza poderosa. Capaz de terminar con muchas legiones a la vez si es necesario”.

Etiquetas: , , , , , ,

editado por...Wladi Martín @ jueves, mayo 21, 2020
0- Comentarios a esta nota -

lunes, mayo 18, 2020

Narciso y Goldmundo

A través un simple juego o desafío descubrí, por azares de la reflexión, que algo de mi carácter (por no decir todo) se debe a mi infancia. A la forma en que se desarrolló. Y no me refiero a momentos trágicos en ella, que no los ha habido (sirva de aviso a lectores morbosos) sino a ciertas particularidades. El juego o desafío al que me refiero consistía en seleccionar una serie de portadas de discos de vinilo que nos hayan influido de manera especial. Al acabar la tarea veo que hoy gran variedad, que me han influido discos de muy diferentes tipos de música, desde clásica hasta Rock duro pasando por Beatles y Paco Ibáñez. Casi nada.

De niño ya pasé por varios colegios; desde centros escolares “pijos” a colegios de barrio. Hasta un colegio en Johannesburg tuve, del que aún guardo un par de recuerdos.

A cambio, o quizás precisamente por ello, sé lo que es la fidelidad. No soy para nada un “picaflores”. Por ejemplo, en cuanto descubría a mi actual maestro en yudo siempre le seguí (y él a mí). Donde llego y me encuentro a gusto lo hago con voluntad de perpetuarme. Siguiendo con los ejemplos del mundillo del yudo, donde desembarco lo hago (hacía) con vocación de crear escuela. En un colegio de la Alameda de Osuna empecé a impartir clases con 18 años. Hoy no los tengo (tengo unos pocos más) y sigo en el colegio. Las clases las imparte mi compañera Cristina Carbonell pero sigue en el club que dirijo.

Por un lado he puesto ejemplos de formación ecléctica y variopinta y por otro de una cierta estabilidad. O sea que lo uno no está reñido con lo otro. Y es curioso porque algunos lo basan todo en lo que han hecho en su infancia (igual tiene razón). Pero yo ahora me refiero a que se puede hacer mucho, después, con lo que a uno le ha sucedido. Como venía a decir Bucay “algo habré hecho con el hijodeputa que todos llevamos dentro”.

Resulta que el haber tenido un padre autoritario justifica lo mismo al que ha salido autoritario que al que ha salido permisivo y por la misma razón. Demos una oportunidad al deseo. Tal vez lo que diferencie al autoritario del permisivo, aunque el padre de ambos venga a ser el mismo, sea precisamente eso; el deseo. Hacer las cosas con alma.

En nuestra sociedad, tan racional, está muy mal visto no medir o cuantificar las cosas, no racionalizarlas. Sobre todo en occidente. En estos días de virus, que no vemos, tenemos firmes ejemplos de ello. Se nos olvida, como se decía en El Principito, que “lo esencial es invisible a los ojos”. Y bien que nos gusta la frasecita.

De joven fui requerido por un gran amigo para sustituirle en una de sus clases que él no podía impartir por tener una tarea inexcusable. Yo acepté y a los días recibí, a cambio, un extraordinario regalo: “Narciso y Goldmundo” de Hermann Hesse. El regalo me pareció desproporcionado pero el libro comencé a leerlo enseguida; (era de uno de mis autores favoritos por entonces). El escritor alemán consigue una extraordinaria novela de conciliacíon de personajes antagónicos. Narciso y Goldmundo, siguen, cada uno, sus propios caminos, muy divergentes el uno del otro.
Pero, después de un largo tiempo, acaban confluyendo en lo esencial, hacia el final de la obra. Por muy diferentes caminos acaban ambos personajes en una sabiduría con los mismos principios. Uno quiere aprender de los libros, para el otro el mejor libro es el peregrinar (la calle). Pero ambos llegan a las mismas conclusiones sobre sus vidas; sobre la vida.

No obstante, el autor también es algo agorero. Nos deja esta frase para reflexionar: “No son siempre los deseos los que determinan el destino y la misión de un hombre, sino otra cosa, algo predeterminado”. Habrá pues que dejarse fluir.

Etiquetas: , , , , , ,

editado por...Wladi Martín @ lunes, mayo 18, 2020
0- Comentarios a esta nota -

domingo, mayo 17, 2020

El gesto de la piedra

He visto mucho teatro gracias a ciertos privilegios por ser periodista. Sobre todo en Getafe he asistido a obras de gran calidad.

Recuerdo una vez en dicha localidad que me invitaron a una obra de ElBrujo al que no conocía, hace muchos años. Creo que era sobre el Lázaro de Tormes y me quedé en el teatro casi a regañadientes; muy escéptico. Me lo pasé en grande. Todavía recuerdo con agrado aquella velada. Rafael Álvarez “El Brujo” paso a ser un auténtico ídolo para mi; yo diría que un maestro o gurú.

He asistido a docenas de sus representaciones. Hasta Mérida me desplacé para verle en un marco singular como pocos.

Ya le conocía cuando descubrí que la parte musical en sus obras se debe al maestro Javier Alejano. Es el único ser viviente que se sube al escenario cuando Rafael Álvarez actúa. Pues bien, hace muchos años, un joven Javier Alejano visitaba mi casa para recibir lecciones de violín de mis padres. Eso me unió todavía más a “El Brujo”.

En una de sus obras, el actor contaba una espléndida anécdota que intentaré narrar a mi manera.

Cuenta Rafael que de joven tuvo un breve papel de pícaro y que no acertaba con el gesto correcto. Un día paseando por la playa se tropezó con un guijarro que tenía exactamente el rictus que le parecía adecuado adoptar para su personaje. El Brujo, en escena, parodiaba aquella cara entre grandes risas de su público.

Pocos días después de aquello, parece ser que le llevaron a visitar una escuela de arte dramático. Muchos aprendices del noble oficio de actor estaban pendientes de cuanto escuchaban.

Allí, Rafael contó la anécdota de la piedra, ante la cual, un joven candidato a actor se mostró un tanto escéptico.

“¿Cómo va una piedra a enseñar un gesto?”

“ElBrujo” le contestó con otra pregunta: “¿cómo vas a ser actor si no sabes escuchar lo que dice una piedra?”

La anécdota me pareció genial. Seguramente Rafael se refería al oficio de actor en su más amplio término, casi cercano al de poeta. Seguramente el chaval era un maravilloso estudiante en su escuela. No obstante se abre la reflexión ante la respuesta de “ElBrujo” sobre lo que se aprende y de quién se aprende.

Hay un dicho zen que viene muy al caso: “Cuando el alumno está preparado, el maestro aparece”. Lo que pasa es que el maestro no siempre lleva una túnica, ni velas de incienso , si se me permite (nada tengo contra las túnicas, ni las velas de incienso). A veces, aprendemos de extraños maestros, a veces aprendemos de un guijarro al que hemos dado una patada, casi por azar (¿existe el azar?).

Habrá que seguir pendientes de las piedras del suelo, del camino que recorremos, del cielo bajo el que caminamos, de las flores en las orillas, de los pájaros que las huelen, de los insectos que las liban. Se puede aprender tanto de tantas cosas y, por supuesto, de tantos maestros (y maestras)...


Etiquetas: , , , , ,

editado por...Wladi Martín @ domingo, mayo 17, 2020
0- Comentarios a esta nota -

viernes, mayo 15, 2020

Viajes al norte


Hace unos días recibí una llamada de un viejo amigo. Me hizo mucha ilusión. Nos pusimos al día y me recordó que leyó algo que había escrito, tiempo atrás, de uno de mis viajes al norte de España. Me propuso indicarle destinos a modo de relato del tipo de guía de viajes. Mi ilusión, por que me leyera, era proporcional a mi rechazo a escribir algo parecido a una guía de viajes. No obstante esa llamada ya inspiró, en su momento, mi relato titulado La playa de las catedrales, publicado en mi blog www.wladiario.blogspot.com.

Así es que me pongo de nuevo a relatar anécdotas sobre mis viajes a la costa cantábrica mencionando rincones que me han gustado especialmente, aunque ya aviso que me gusta todo el norte por su belleza y porque se come de maravilla en casi todas partes (y por poco dinero en relación a la calidad del producto que se degusta).

En una ocasión llegué a ponerme malo de tanta vianda que me ofrecieron. Recuerdo que en esa familia hacían riquísimas empandas de las cosas más insospechadas (lamprea, choco, lapas…). Esa es otra de las características que me he encontrado por esas latitudes: la generosidad de sus gentes. Aquella vez del empacho viajábamos dos parejas en coche y recorrimos la costa desde Vigo hasta Aveiro (ya en Portugal). La anécdota es que sólo yo mostré interés en parar en Oporto. Los otros tres se negaron. Muchos años tuve que esperar hasta descubrir una de las ciudades más bellas de Europa.

De aquel viaje por la costa tengo un gran recuerdo; de las vistas desde lo alto del monte de Santa Tecla, del castro, del río Miño…

He vuelto a Vigo en muchas ocasiones y recuerdo aún el caldeado día que nos encontramos en pleno mes de octubre, en una ocasión. Fuimos a la playa de Samil donde incluso nos chapuzamos y, por cierto, el agua no tenía nada de la calidez del ambiente. La comida, como siempre, espectacular.

En el norte, eso sí, llueve mucho. Cuando uno llega en plena borrasca, en verano, suele escuchar eso de “pues la semana pasada estábamos en mangas de camisa”.

Del entorno bellísimo de la Playa de las Catedrales no hago mención aquí, pues ya dediqué todo un relato a la zona. Sólo recordar que nos trataron de maravilla en O Lar de Carmiña y que me impresionó el puente de Ribadeo y sus vistas desde lo alto.

Antes, en mis múltiples viajes a Coruña, recuerdo haber comido estupendamente en Manda Truco, donde se podía degustar buen marisco a precios razonables. Luego, para hacer la digestión, la Torre de Hércules está a un paseo. Interesante.

De otro de esos viajes “apretados” a tierras el norte (1.150 Kms. en un par de días) me impresionó el paseo por lo alto de la muralla de Lugo. Fue genial y muy pintoresco.


Hubo una ocasión en que viajamos en moto, mi pareja Cristina y yo, a Gijón. Fuimos de “camping” justo al lado del mar. Desde nuestra tienda se podía acceder – estaba a pocos pasos -andando y en poco tiempo al mar. No dejó de llover en ningún momento. Tanto fue así que nos metimos en el tren para visitar Oviedo (y, de paso, secarnos un poco). Acabamos huyendo antes de lo previsto y sólo escampó al pasar las montañas ya en la provincia de León.

He visitado muchas veces Asturias y siempre me ha impresionado. Recuerdo muchos bellos rincones que visité: Lastres, Avilés - zona centro -, playa del Superman – Berbes -, Ribadesella y entorno, la ruta del Cares… Pero sin duda el pueblo más bello que recuerdo es Cudillero, donde además comí muy bien a pesar de estar todo abarrotado.

Hice la bajada del Sella en el tren abarrotado de mozos del lugar, desde la salida en Arriondas. Creo que fui el único del vagón que pagó, sobre todo a juzgar por las risotadas de mis compañeros de viaje cuando le mostré el billete al revisor que lo solicitaba. Recuerdo que sólo lo mostré yo.

En cuanto a Santander mis recuerdos son aún más lejanos. De niño viajaba con mi familia los veranos, lo mismo que a tierras vascas. Mi padre, como integrante de la Orquesta Nacional, cubría los llamados Festivales de España lo que me llevó a conocer San Sebastián, Bilbao y, sobre todo, Santander. Recuerdo con gran placer, ya madurito, una tarde que crucé en barca hasta Pedreña atravesando la bahía. También me impresionó mucho llegar en ferry desde Plymouth. Las vistas de la ciudad, simplemente espectaculares entrando desde el mar.

De Cantabria destacaría la capital (Santander), sus playas y, sobre todo, Liencres y entorno. Cuidado con la playa que mi padre tuvo que sacar a un hombre que se ahogaba, con felicitación y desaprobación del equipo de salvamento marítimo.

Un recuerdo de infancia me llega desde el entorno de la Porticada (plaza) que se acondicionaba para celebrar los conciertos de los Festivales de España. Yo andaba en alguna cafetería cercana merendando y esperando a mi padre. Alguien detectó algunas pavesas en el aire y del establecimiento salieron todos, muy nerviosos, a ver aquello. Hay que recordar que Santander sufrió lo que puede haber sido el incendio mas grave de toda España en 1941. Alguien avisó enseguida a los bomberos que acudieron con diligencia al lugar. Pude ver en los rostros de los presentes como se grava la tragedia aunque venga de años atrás, incluso sin haberla vivido, a través de terceras personas.

De Cantabria destacaría Castro Urdiales, sin duda. Ya era un zangolotino cuando pasé varios días hospedado allí en casa de amigos de mis padres.

Ya estamos en Bilbao, por seguir recorrido de este a oeste. Con ello llegamos a tierras vascas que tanto rechazo producen en algunos lugares de Madrid. Yo nunca tuve el más mínimo problema en estas bellísimas tierras. Y eso que mi acento delata mi procedencia.

Recuerdo en este sentido un par de anécdotas. Uno, hace ya tiempo, fui a parar, con mi compañera, Cristina, a alguna taberna del barrio de La Parte Vieja, considerado muy nacionalista. Una televisión daba el partido de fútbol que enfrentaba a la Real Sociedad con el Real Madrid. Los parroquianos animaban a la Real Sociedad que estaba jugando mucho mejor, pese a que el marcador reflejaba empate a cero. Quedaba poco tiempo. Yo me desplacé por la barra eligiendo pinchos y despreocupado de la televisión. Pero no pude evitar hacer un comentario en alto que los clientes escucharon. “Este es el típico partido que gana el Madrid al final y de penalti”. Y así fue. A mi se me escapó un gritito de ¡gol! que supongo no hizo ninguna gracia a los presentes. Pero nadie hizo el más mínimo comentario; ni un mal gesto.

En otra ocasión me invitó mi hermana Thais a pasar unos días en una casa que alquiló a la directora de cine Helena Tabernas en Zarauz. Fui con mi compañera y un día salimos a recorrer la zona. No se me ocurrió más que ponerme una camiseta de algún congreso nacional de “jiu-jitsu”. En un lugar, discreto, llevaba la bandera de España. Era un lugar discreto pero la llevaba. Nadie dijo lo más mínimo. Yo me di cuenta por la noche.

De este último viaje recuerdo la excursión a San Juan de Gaztelugatxe. Fue una paliza pero mereció la pena por lo bello y singular de todo lo que vimos. Tampoco es de olvidar el paso por Getaria, por Bermeo, el propio Zarauz y nuestra incursión en tierras galas (Biarritz, Bayonne…).

Para ir poniendo fin a este escrito me apetece narrar un viaje a Pamplona en coche que llevé a cabo con mi compañera. Yo iba a un campeonato de yudo como árbitro y en el tiempo libre me dedicaba a recorrer el entorno. Llegamos a San Sebastián que siempre me ha fascinado.

El viaje fue muy intenso (en un sólo fin de semana) y a la vuelta yo estaba cansado. Tanto que ofrecí a mi compañera Cristina que condujera ella. Sin duda, se trataba de una magnífica conductora con un sentido de la orientación un tanto curioso, como trataré de narrar.

Yo me acabé durmiendo a los pocos minutos. Debía de llevar una hora en los brazos de Morfeo cuando me pareció oír la dulce voz de mi compañera un tanto escandalizada. Al abrir los ojos no vi que estuviéramos en autopista alguna como esperaba. Creo que vino a coincidir su frase (“creo que me he perdido”) con el que divisase una señal que indicaba la salida a Basauri o algo así. Estábamos en Bilbao y teníamos hora de llegada a Madrid. Llegamos un poco tarde, casi nada.

Muchos han sido los viajes al norte que he realizado y, por tanto, muchos los recuerdos que tengo. De pequeño no me gustaba, sobre todo por el clima. Tampoco me daba cuenta que, por ello, es tan hermoso y especial. Ha visto a gente marchar con paraguas por el paseo marítimo mientras otros se bañaban en plena playa.

Recuerdo, de n niño, un partidillo de fútbol en Bilbao. Se puso a llover y todos los niños, incluido el dueño del balón, desaparecieron, cada uno corriendo para un lado; hacia su casa. Todos reaparecieron como si nada y siguieron jugando, cuando había escampado.

Se mezclan miles de recuerdos de infancia con otros más recientes.

De niño, casi siempre cumplía años en Santander, con celebración en la intimidad familiar; tenía su encanto.

Estuve concentrado antes de un mundial de Lucha SAMBO en Asturias; guardo gratas memorias y vivencias. Conocí rincones increíbles de Oviedo y de zonas aledañas gracias a nuestro fenomenal anfitrión Jose Antonio Cecchini.

También en Asturias hice con Cristina, ida y vuelta, la ruta del Cares. Inolvidable como sobrecogedoras fueron las vistas desde el mirador del Fitu (cerca de Caravia). Ibamos en moto hacia el punto de partida de la famosa ruta y me desvié hacia dicho mirador. Mi compañera rompió a llorar emocionada ante tanta belleza. Yo estuve a punto; perdí una gran ocasión.

Recuerdo mis viajes con compañeros de El Corte Inglés a Coruña. Descubrí en una tienducha de mala muerte cerca de EL Corte Inglés de Cuatro Caminos. Allí, encontré un queso de tetilla ahumado espectacular. Se había llevado un premio regional o puede que incluso nacional. En uno de esos viajes de El Corte Inglés, salí sólo a pasear por la noche. Me acabé haciendo amigo de un marino alemán con el que compartí taxi que nos llevó a un bar, se suponía que con algo de ambientillo. Acabé huyendo como pude del local. Dejé al marino alemán ebrio como una cuba a punto de destrozar el tugurio Ni se dio cuenta de mi estampida.

Tengo vivencias de mis dos caminos de Santiago, el primero en bici, - del que dejo ENLACE a relato que obtuvo el segundo premio en un concurso del Ayuntamiento de Parla - y el segundo a pie. Inolvidables ambas experiencias.


He asistido a campeonatos de yudo (como competidor, árbitro y entrenador) en Pamplona, Avilés, Coruña, Vigo, San Sebastián… Otros muchos recuerdos, de otro tipo, y muchísimas vivencias. En el frontón Labrit de Pamplona saqué medalla de bronce en todo un Campeonato de España cuando era cadete y me creía inmortal. Estaba - como decía el gran Unamuno - “en la edad aquella en que vivir es soñar”.

Etiquetas: , , , , , ,

editado por...Wladi Martín @ viernes, mayo 15, 2020
0- Comentarios a esta nota -