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Las cosas de W&CC así como de ALMAYARA.

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domingo, enero 18, 2026

A propósito de Allen ¿Qué pasa con Baum?

Hoy que he terminado de leer el último libro de Woody Allen, me surgen algunas reflexiones y recuerdos.



El nonagenario genio neoyorquino ha sorprendido escribiendo a su avanzada edad su primera novela. En ella destila su peculiar humor, fino y cínico a partes iguales, basándose en un protagonista que inevitablemente nos recuerda a él mismo.


Yo vivía, hace muchos años, en Caño Roto, cerca del Canódromo de Carabanchel. Mi colegio estaba en la callejuela Bocarrana; fantástico nombre que se acabó perdiendo. También está en desuso el de poblado de Caño Roto, que ha devenido en barrio de Los Cármenes. (¿Dónde va a parar?).


Muy cerca del colegio, en la misma calle del canódromo, pero más arriba, hacia Carabanchel Alto, había dos salas de cine pegadas la una a la otra. Eran los cines Canadá y Kursal. Este último también tenía discoteca adyacente.


Daban, en sesión continua, dos películas. A mi siempre me ha gustado mucho el cine. A pesar de no encontrar compañía una tarde me decidí a pasar a una de las dos salas -no recuerdo cuál- a pesar de que las carteleras no me parecían sugestivas. Proyectaban, una detrás de la otra, “Trafic” de Jaques Tati y “Toma el dinero y corre de Woody Allen”. A ninguno de los dos genios se les podía considerar por entonces conocidos, ni mucho menos. Del cineasta francés ya hablaremos. Ahora nos ocupa Woody Allen.


Ambas películas me conquistaron. Quedé impresionado y comencé a seguir a ambos llegándome a declarar fan incondicional del judío neoyorquino. Por entonces, ya digo, nadie le conocía y mucho menos en mi entorno. Era la década de los 70. Todavía había un único noticiario y todas las cadenas de radio y las dos únicas que había de televisión, estaban obligadas a emitirlo. Otros tiempos.


Mi pasión por Woody Allen fue tal que llegaron a llamarme Woody, en lugar de Wladi. En aquella época el norteamericano aún no había sido galardonado con un óscar al mejor director por “Annie Hall”; cinta que también se llevó la estatuilla como mejor película (1977).


Por cierto que Woody Allen no recogió el galardón. Estaba tocando el clarinete en un club de jazz. No iba a dejar tirados a sus amigos. Esa fue su excusa para no acudir a tan rimbombante acto.


Y llegados a este punto recuerdo una estupenda anécdota que narra como conseguí el autógrafo del singular actor y director.


Debían estar próxima la década de los 80. Un amigo me llamó explicándome que una compañera de trabajo iba a ir de viaje a Nueva York y quería visitar el club dónde sabía tocaba regularmente el clarinete el señor Allen. Tenía pasión por el ya por entonces famoso cineasta, pero no encontraba forma de averiguar dónde verle.


Mi amigo Mario le explicó que tenía a la persona indicada para averiguarlo.


- Si quién yo pienso no te lo sabe decir, es difícil que encuentres alguien en España que lo sepa.


Se refería a mi.


Recuerdo que por entonces, no funcionaba Internet. Ni siquiera había ordenadores personales en los domicilios del común de los mortales. Tampoco teléfonos móviles.


Yo tenía un fantástico archivo con cientos y cientos de recortes de prensa. Guardaba todo lo que aparecía publicado sobre Allen o su obra o su entorno. Incluso era suministrado por mis amigos. Me entregaban regularmente artículos, fotos y otras publicaciones del tema.


Así es que le pedí a Mario un par de días pues no estaba seguro de tener el dato, pero quería repasar a fondo mi archivo.


Efectivamente, dentro del plazo que pedí facilité el dato requerido.


- Di a tu amiga que toca los martes en el Michael´s Pub.


No sólo eso. Le di la dirección, le proporcioné los horarios de las actuaciones. Hasta facilité el teléfono del club para poder hacer reserva; cosa muy recomendable.


La muchacha no se lo podía creer. Fue a escuchar al polifacético artista y tuvo el detalle de pedir su autógrafo para mi, en señal de agradecimiento. A su vuelta me fue entregado. Lo he guardado muchos años como un auténtico trofeo.


Volviendo a la novela “Qué pasa con Baum” y sin entrar en valorar técnicamente la obra -cosa que no me considero capacitado para hacer- diré que será del agrado de los seguidores de Allen y muy del desagrado de sus detractores – que también los tiene-.


Una de las muchas películas de Woody Allen se titula “Sombras y niebla”. También las hay en su dilatada vida. Pero, en todo caso, es curioso que tan aparentemente frágil personaje haya sido capaz de levantar grandes pasiones y, casi en la misma proporción, grandes y furibundas aversiones. En muy poquitos casos deja indiferente. Por algo será.

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editado por...Wladi Martín @ domingo, enero 18, 2026
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domingo, septiembre 21, 2025

El beso de Raimundo


Debía ser primavera. Habían salido las rosas con sus dulces olores y sonido de abejas alrededor. Los niños también bullíamos plenos de hormonas en nuestro entorno. Y eso que andábamos por los doce años de edad.

Entrábamos al colegio en filas de a dos y cantando lo de con flores a María. Mirábamos a las niñas en sus filas al entrar a nuestras correspondientes aulas. Estábamos convenientemente separados. Las niñas en sus aulas y los niños en las suyas.

Surgió la noticia como un bombazo. Mi compañero Raimundo, un tipo tirando a serio, había dado un beso a Mari Nieves, una niña muy mona de nuestra edad. Me imagino que fue en la cara y también que fue por sorpresa. Fue en el recreo.

Los chicos de aquella época, a esas edades, aún teníamos la moral en construcción. Distinguíamos perfectamente entre lo bueno y lo malo; entre el blanco y lo negro. Pero no apreciábamos nada en medio. Para nosotros no había escala de grises en cuestiones morales. O bueno o malo. Así de simple.

De manera que todos pensamos en que a Raimundo le esperaba lo peor. Fue sorprendido por algún profesor y se le dio cita para hablar con el director en compañía de sus padres. Igual le forjaban letras ofensivas en su limpia frente. Lo mismo le daban una paliza delante de sus padres.

- Incluso puede que acabe en un correccional -fantaseábamos-.

Creo que al final todo se saldó con expulsión del colegio. Es lo de menos. Tuvo su castigo. Es decir, que aquello era malo. No tuvo premio ni recompensa por lo que muchos años después considero una simple muestra infantil y espontánea de cariño; incluso de amor.

Poco después de aquello, en otro colegio del barrio al que iban mis primos, hubo otra impactante anécdota. Un chaval de unos doce años, tirando a cachalote, se peleó con un compañero alfeñique, un poco chinche. Consiguió derribar a su adversario y cuando aún se encontraba a cuatro patas pateo su cabeza. De allí al hospital con un gran revuelo en todo el barrio. En nuestra corta pero sencilla moral, aquello estaba mal. Pero algo, enseguida, nos hizo sospechar; igual estábamos en un error. Se citó al autor de la salvaje patada y a sus padres a hablar con el director. No obstante, también se citó a los padres del agredido, que obviamente no podía acudir a la cita por estar hospitalizado.

Pasaron los días y el agresor no abandonó el colegio ni sufrió aparente castigo alguno. Parece que no sólo se libro de cualquier tipo de sanción sino que además, desde entonces, los profesores saludaban al violento muchacho con algo muy parecido a la simpatía. Creo que tras un tiempo, el niño lesionado abandonó el hospital, pero nunca volvió al colegio.

Nos costó incluir en nuestro código moral esta variante. Resulta que no estaba mal. Por alguna razón, mandar a un compañero al hospital no era malo. Preguntábamos a nuestros mayores y nos decían cosas diferentes. Que el niño hospitalizado se lo había buscado por chinche y por provocador. Que si era un niño malo que molestaba a las niñas y se metía con los de menor edad. No entendíamos que aquello fuera motivo para que un niño estuviera excusado de patear la cabeza de otro.

Ya digo que nos costó entenderlo. Hasta que llegó un profesor al que apreciábamos mucho y considerábamos un sabio. Nos dio una consigna sencilla que todos comprendimos enseguida.

- Es que es gitano. ¿Qué queréis?


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editado por...Wladi Martín @ domingo, septiembre 21, 2025
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sábado, agosto 23, 2025

RESIDENCIA EL ÚLTIMO PASEO


Dicen que los ancianos esquimales, cuando sienten cercana la decrepitud, se desnudan y parten del poblado en un último paseo. Lo hacen en silencio, con los pies descalzos sobre la nieve. Antes de ser inútiles, dejan las ropas, junto a todas sus pertenencias, para que otros lo puedan aprovechar y se van. Suelen marchar de noche, sin molestar, sin despedida. No hay más ritual que el de dejarse ir. Respirar profundo, relajarse y dejarse ir. También dicen que el frío, de tan intenso, se llega a asimilar. Hay un momento en que ya no se siente. Algunos científicos explican que se padecen delirios que alejan de la cruel realidad, evitan el dolor. Algo así describe Hans Christian Andersen en su famoso cuento La pequeña cerillera. La niña, antes de morir de frío, ve llegar a su querida abuela que le toma de la mano para llevar a su querida nieta a un lugar cálido. Una ensoñación, ya digo.


En otras latitudes y tiempos alejados del Círculo Polar comprendieron que esa costumbre era muy romántica -sí-, pero poco productiva. Un avispado observador inventó, inspirado en esta costumbre esquimal, las llamadas residencias para la tercera edad. Eso dicen. Incluso, parece ser que consta en antiguos archivos que la primera de ellas se llamó El último paseo. En realidad el invento es el de evitar ese tránsito final a cambio de unas monedas.


En un principio, la idea no acababa de entenderse, por nueva. Hubo enfrentamiento. Pero pronto se tocó la fibra de los afectados y se comprendió mejor. Nada de proezas. A cambio, un puñado de monedas; un buen puñado.


Si la abuelita tenía lo suficiente, se le reclamaba y dejaba poco más o menos como al esquimal: en pelotas. Eso sí, se supone que bien atendida. Es un decir.


Si el anciano no tenía lo suficiente, que lo paguen sus hijos.


A echar cuentas… Vuelven los enfrentamientos.


En estos casos, las partes enfrentadas viven la situación como un conflicto o como un problema. Como una de las dos cosas.


Si entienden la cuestión como un conflicto -que dicho sea de paso, suele ser lo más habitual- se acaban enemistando. Si las partes, en cambio, lo plantean como un problema, no tienen por qué enemistarse. Pero esto no suele ser habitual. Basta con que una de las partes entre en conflicto para que el enfrentamiento cobre tintes belicosos. Por más que la otra u otras partes quieran resolver el problema.


Entre tanto, al anciano le entra frío en la planta de los pies… como si anduviera descalzo por la nieve. Vaya usted a saber por qué.


Mientras al abuelito se le hielan los pies, el fundador de la residencia El último paseo, con la tripa caliente. 

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editado por...Wladi Martín @ sábado, agosto 23, 2025
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sábado, enero 04, 2025

Plegaria para año nuevo

 


Dame fuerzas señor... Wladi (*).

Encuentra eso que llamamos fuerzas vengan de donde vengan y no tengas rubor en emplearlas para tu propio bien que será el de los tuyos; si es que has entendido algo del camino hasta aquí.

Recuerda que buscas la calma antes que la razón; que lo que viene es a alimentar el monstruo que llevamos dentro. Algo habrá que hacer con él.

No caigas en la tentación de creerte mejor que nadie; no juzgues y acabarán por no juzgarte.

Si te piden tu opinión ofrécelo como si hablases contigo mismo. Nunca como si fueses la otra persona. Si tu consejo es sabio tendrás doble recompensa; te valdrá a ti y al que lo sepa escuchar.

No caigas en el desánimo. Piensa que mañana puede ser inútil todo esfuerzo. Vive el presente.

Sé feliz y harás feliz a los tuyos. Sé feliz y si levantas envidia será a alguien que no te quiere. Si encuentras ocasión ofrécele esta plegaria.

(*) Póngase el nombre del que lea o el que se desee; incluso retírese… Eso haya cada cuál.


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editado por...Wladi Martín @ sábado, enero 04, 2025
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viernes, mayo 03, 2024

El secreto

 


El Gatopardo es una novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa en la que se incluye la famosa sentencia que viene a decir: “Que todo cambie para que todo siga igual”. La gran obra fue rechazada por un par de editoriales y se publicó, por una tercera, a título póstumo. También fue llevada al cine por Luchino Visconti y está considerada como una obra maestra.


Cuentan que el director italiano fue muy minucioso y cuidó muchos detalles durante el rodaje. Una anécdota es que ordenó llenar los armarios con prendas de la época. Los actores y demás trabajadores estaban perplejos. Los armarios no se abrían en ningún momento; no se mostraba su interior. A Visconti no le importaba qué prendas se guardaran. Tampoco la talla, ni el color, ni la forma de los elementos textiles guardados. En cambio, era muy exigente en el sentido de que se tratase de algo susceptible de ser acomodado en un armario. En todo caso insistía en que debía de tratarse de algo de la época en que transcurre la historia. Con ello, el director esperaba dar mayor autenticidad a su película; lograr que fuera más creíble.


Era una especie de secreto, pero que conocía todo el que intervenía en el rodaje. No así los cientos de miles de espectadores que la vieron una vez terminada. Para ellos sí que quedaba invisible.


Si reflexionamos, podemos llegar a la conclusión de que hay varios tipos de secreto. Éste, del que venimos hablando, sería tal por no mostrar algo a la vista. No obstante, cualquiera que abriera el armario podría descubrirlo; además de que muchos lo sabían.


Me recuerda a otro similar, en cierto sentido, en que un ejemplar padre de familia fallece. Ahora no recuerdo quién fue, pero me explicaron que se trataba de un caso real. Tras expirar, su abnegada esposa, recogiendo las propiedades del fenecido, encuentra un cofre que no conocía. Lo abre y comprueba que, efectivamente, era de su cónyuge. En el interior hay varias fotos de los padres del finado, del día en que contrajo matrimonio, de sus hijos… Algunos recuerdos. Pero lo que más le sorprendió fue encontrar una medalla al mérito militar con su nombre. La mujer sabía que su marido había estado en el ejército; que había participado en alguna batalla. Lo que ignoraba es que hubiera merecido una distinción por su valor. La condecoración llevaba grabado su nombre.


En un gesto de máxima humildad, el protagonista de esta anécdota, había mantenido en secreto aquella distinción. Él sí que conocía su valor; para qué iba a ir presumiendo de ello. Los que le conocían personalmente también sabían que era un hombre valeroso. Simplemente no mantuvo a la vista la medalla. La ocultó.


Una cosa es hablar con el corazón en la mano, con franqueza y con sinceridad. Otra, muy distinta, ser sensiblero; dejar que el ego hable por uno, es decir, impedir en el otro los juicios de valor e intentar dárselos ya hechos. Pretender hacer que piense lo que uno quiere que piense.


En estos dos ejemplos, hay una ocultación que viene a estar más cerca de la humildad que del engaño que tienen otro tipo de secretos.


Habitualmente, se suele recurrir al secreto para que una persona siga haciendo algo de una manera determinada. Que no se entere de una circunstancia o cosa que pudiera hacer que su conducta variase en perjuicio de quienes mantienen el encubrimiento. Además, los conspiradores suelen prejuzgar lo que haría un tercero en el futuro. Eso nos lleva a un tipo de personas a las que no parece afectar el secretismo. No son dados a su práctica, no los utilizan ni son cómplices con ellos, ni siquiera parecen variar sus conductas una vez conocen alguno. Hay pocos así, pero los hay.


Quisiera hablar de un tercer caso real que me contaron y me impresionó, casi tanto como a quien me lo contó. De hecho conocí la anécdota hace muchos años y no la he olvidado.


Se trata de un nieto que va a ver a su adorado abuelo al hospital. El anciano está muy grave y parece encarar sus últimos días de existencia. Se trata de un hombre duro, que ha experimentado todo tipo de calamidades y se supo sobreponer a todas ellas. Un hombre generoso, siempre dispuesto a compartir lo suyo con los demás. Pese a ello, ningún sentimiento religioso le movía. Al contrario, presumía de ser ateo y, sobre todo, no apreciaba nada lo que él consideraba aparato de la Iglesia.


Un día, el abuelo se encontraba especialmente débil. Los médicos anunciaron que de un momento a otro se produciría la despedida. Tanto fue así, que acudió a la habitación un sacerdote a administrar la extremaunción al enfermo.


El nieto permaneció en la estancia con los ojos abiertos como platos. Conocía las ideas de su abuelo y esperaba que en cualquier momento el corajudo hombre diera un manotazo al aire negándose a recibir el sacramento, o algo por el estilo. Pero, para su sorpresa no fue así. Con voz apagada contestó “amén”, abrió la boca y se tragó la ostia consagrada que el eclesiástico le ofrecía.


Al chaval casi se le salen los ojos de las órbitas de tanto que los abrió. No creía lo que acababa de ver.


En cuanto quedó a solas con su abuelo le preguntó: Pero abuelo, no era usted ateo.


Su yayo le contesto: Y lo sigo siendo. No me iba a poner a discutir en estos momentos con ese hombre ¿no?


¡Magnífico ejemplo! ...¿No?

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editado por...Wladi Martín @ viernes, mayo 03, 2024
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jueves, marzo 14, 2024

La infancia y la patria


La verdadera patria del hombre es la infancia, dijo el poeta. Quizás la verdadera bandera sea, entonces, la camiseta del chaval. Esa que en los veranos se quita el zagal en cuanto aprieta el calor. Ya después, cuando se madura, se muda la prenda, si es preciso, y no sólo por razones climatológicas.


Otro poeta pedía al padre que le agrandara la puerta por la que al crecer ya no podía pasar. O que, al menos, se le achicase -a su persona- volviéndole a la edad bendita en que vivir es soñar. La cosa es caber en ese cerco con la patria a cuestas. No con la del Congreso, ni la del equipo de fútbol, ni siquiera con la del famoso jugador… sino con la de los vecinos y amigos, con la del chico o chica que hizo florecer los primeros impulsos sexuales, con la de la peonza, la comba y la mochila del colegio.


¡Qué más da el idioma o el lenguaje! Si en cada zona cambia; también en cada barrio y, por supuesto, en cada país. Bien lo saben los que se mudaron de niños, aunque fuera a la zona de un poco más allá. Al poco, ni la madre entendía al zagal en muchas ocasiones. El niño-camaleón hace suyos los nuevos palabros y hasta la forma de pronunciarlos. ¡Cosas de guajes o rapaces!


Lo raro es cuando se juntan algunos mayores y defienden una supuesta patria aún proviniendo de barriadas distantes. Es como cuando el anunciante de un vehículo promete la singularidad e independencia al posible comprador. Y hablamos del coche del año; el más vendido. No es fácil que entre en la chola, dicho así. Pero hace mella el mensaje.


De ahí la importancia de la bandera que a cada cual evoca su goma de borrar o el olor al bocata del recreo. La misma insignia nos lleva a gente muy diferente a los mismos sentimientos basados en diferentes recuerdos de la edad en que vivir es soñar; sean los que sean.


Todos queremos el coche del año porque nos hará diferentes, como nuestro ídolo, tan bien plantado él o tan guapa ella. Nos volvemos clones para ser como él o ella; para ser “diferentes”.


Pero mucho antes, en la edad en que vivir es soñar, dábamos abrazos de esos en que se ofrece la piel aunque estuviera protegida por una parka o un anorak. Ofrecíamos la mano para que otra, más fuerte sirviera de luz. A cambio, se concedía el privilegio de dejar guiar al que todo lo tiene por recorrer.


Habrá que volver a buscar la patria de las costras en las rodillas, de la colleja al soltar un taco. Nos lo están poniendo difícil. Tanto que dudamos de si no viviríamos en un sueño


¿Queda alguno de mi patria? ¿Queda alguien de alguna de esas patrias?

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editado por...Wladi Martín @ jueves, marzo 14, 2024
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viernes, febrero 23, 2024

Delulu


Recientemente ha surgido una corriente filosófica -vamos a llamarla así- que tiene muchos adeptos entre los más jóvenes de nuestra generación. El fenómeno se conoce como delulu y viene del inglés, de la palabra sajona delusual, que viene a traducirse como ilusorio (delirante, dicen algunos). Se trataría de la capacidad de los que adaptan la cruda realidad a sus necesidades de modo que se disuelvan los problemas o al menos se soslayen. De ahí lo de ilusorio.


Esta corriente está arrasando en Tik Tok que, ya se sabe, hace furor entre los adolescentes. Se habla de más de 5.000 millones de visualizaciones en la mencionada red en busca del nuevo fenómeno. En muchos casos las imágenes van acompañadas del lema delulu is the solulu. Los detractores, que también hay muchos, lo vienen a traducir como autoengañarse es la solución.


No es nuevo eso de intentar huir de la cruda realidad, sobre todo entre los más jóvenes. Parece que en la edad en que más se apuesta por los sueños, se está dispuesto a fabricar, si es preciso, una realidad propia, más amable, menos complicada que la circundante. No hace tanto, arrasó la generación jipi (hippy) con su lema de haz el amor y no la guerra. Los muchachos se dejaban melenas, las muchachas desterraron los sujetadores, unos y otros fumaban cosas que no eran tabaco y consumieron sustancias cuyo tráfico dio un vuelco a la economía mundial. Todo por la libertad. Era su forma de construir otra realidad.


Después llegó el pasotismo con lo que podría definirse como estado perpetuo de no afectación. Es decir, de no estar interesado por nada que no convenga o conllevase cierto placer. Se trataba de una especie de hedonismo de andar por casa, que se anunciaba con aquello del: paso de todo.


Mucho antes -ya que hemos mencionado el hedonismo-, en la Grecia clásica se postulaba una corriente -llamada así, precisamente- consistente en buscar el placer y esquivar el dolor. Claro que el objetivo del placer era el bienestar espiritual y no la egoísta gratificación material a corto plazo.


En definitiva, que la cosa viene de lejos.


Sea como fuere, lanzamos una reflexión poniéndonos -al menos por una vez- del lado de nuestros jóvenes. Ahí va nuestra pregunta:


¿Es que, con la que está cayendo, no es lógico concebir una realidad agradable donde se puedan cumplir los deseos de cada cual?


Actualmente, se mira atrás -miles de siglos atrás- para echar un vistazo a la meditación. Así, de las técnicas budistas hemos pasado a lo que conocemos hoy por el anglicismo mindfulness. Su objetivo sería la plena consciencia para centrar la atención en el presente. Pero para que el proceso sea de forma plena hay que renunciar a los juicios y, por supuesto, a los prejuicios.


En las corrientes actuales que podríamos aunar en lo que llamamos autoayuda se suele hablar de múltiples realidades; una para cada uno. No percibimos las cosas como son; las percibimos en función de cómo somos nosotros, dice el doctor Joe Dispenza.


Algo de eso hay. Aunque también es un buen punto de partida para iniciar una reflexión, con pros y contras.

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editado por...Wladi Martín @ viernes, febrero 23, 2024
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sábado, febrero 10, 2024

La ayuda


A veces, uno es incapaz de pedir ayuda. Es algo usual en quienes están acostumbrados a solucionar sus cosas, por si mismos.


Otros, en cambio, no saben hacer gran cosa sin pedir ayuda; aunque luego desprecien la solución que se les brinda. O la aprecian, pero no hacen caso alguno.


Entre los que tienen por costumbre solucionar sus cosas los hay que a su vez ofrecen ayuda aunque no se les pida y los hay que no la brindan hasta que no es solicitada.


Hay gente que ofrece ayuda sin que se le demande. En este grupo se pueden detectar los que entienden que se trata de un favor (no piden nada a cambio) y los que, mentalmente, es como si hicieran un contrato de sumisión o poco menos (piden algo a cambio).


Cuando se pide algo a cambio de la ayuda, a veces se pone una condición. Pero está a la vista. Quiero que me des “A”, pero, a cambio, he de recibir “B”. Con total claridad.


Otra cosa es que te regalo algo (o ayudo) que ni siquiera ha sido solicitado; y al cabo de un año, o más, no ríes uno de mis chistes… ¡Ingrato! ¡No te lo consiento!


Supongo que Cristóbal Colón se solucionaba sus problemas. No creo que nadie pudiera paliar su hambre y necesidades a bordo de la Santa María. Dudo que pidiera ayuda para pasar menos penalidades de las que pasó en su largo viaje trasatlántico. Debió caminar por lodazales en la selva americana. Andar entre piedras con mal calzado. Seguramente le picaron insectos que ni siquiera conocía. No podía ducharse, ni ponerse ropa limpia, ni ir al excusado. Y para pasar menos dificultades muy probablemente no pidió más ayuda que la de la Providencia, como dicen en las novelas.


Pero sí que supo pedir ayuda en otras circunstancias. Primero a Fernando llamado el Católico. Luego a su esposa Isabel. Finalmente consiguió lo que pedía (al menos en parte).


Entra en lo lógico pensar que recibiera alguna ayuda sin solicitarla; hablamos de la que debieron proporcionarle los soldados de las tropas que le acompañaban. No hacía falta pedir ese socorro porque quienes la conformaban estaban en las mismas que él. Se jugaban la vida.


A día de hoy, viendo de manera genérica quienes integran la juventud y la infancia, hay viejos que creen que al crecer esos individuos no se podría organizar un batallón para repetir tal hazaña al otro lado del charco. Pero ese es otro tema. Hablamos ahora de la ayuda. Los hay que quieren ayudar pero no pueden.


Cuando Cristóbal Colón llegó a lo que él llamó Las Indias hacía años que su madre había fallecido, según indican ciertos documentos. Más allá del dolor que padeciese por ello nos imaginamos una escena trasladando algunas cosas que se observan hoy en día. En ella, Colón está a punto de embarcarse hacia lo desconocido (por él) y la madre (que en la escena estaría viva) diría a su retoño algo así como: “Abrígate bien que en esas tierras seguro que hace mucho frío”. O tal vez: “¿Llevas manzanas? Que ya sabes que te sientan muy bien”.


Esa sería una ayuda no solicitada, de las que hemos hablado antes. Añadiríamos ahora que quedan dos interrogantes desde la perspectiva de la ayuda; la del que la recibe y la de quien la presta. En este caso, Susanna Fontanarossa, la presunta madre de Colón, podría quedarse tan a gusto con su propuesta de socorro o bien quedarse enganchada en él. “¿Se acordará mi hijo de ponerse la bufanda que con tanto cariño tejí?” “¿O la camisa que con tanto amor bordé?” “A ver si se le van a pudrir las manzanas antes de que se las coma”.


Desde la otra perspectiva, desde la del que la recibe, Colón podría quedarse tan a gusto o bien, por el contrario quedarse enganchado. “Como me han dicho que igual paso frío si no me pongo la bufanda, eso es que la necesito”. “¿Y si paso frío aunque me la ponga?”. “¿Y si la pierdo?” “A ver si se me van a pudrir las manzanas y lo paso mal sin ellas”.


Hasta aquí nuestra gramática parda o filosofía barata. Que cada cual proporcione ayuda según le parezca, si es que cree que la debe brindar. Ya sea cuando la soliciten o cuando no sea así. Que cada cual haga lo que crea oportuno con la ayuda que reciba; si se la dan. Ya sea ese auxilio requerido o no. Pero, por favor, que todos nos respetemos; tanto los que ayudan como los ayudados. Nosotros sólo hemos querido favorecer con estas palabras a quienes crean que lo necesitan. Si no lo hemos conseguido, esperamos, al menos, haber entretenido y movido a reflexión; divertir un poco, si acaso.

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editado por...Wladi Martín @ sábado, febrero 10, 2024
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La vuelta de Hazard


Llevaba unos días sin ver a Hazard, el mendigo que me hace sentir importante. Me da la oportunidad de darle una moneda cada vez que me ve… me busca. Yo, me siento importante.


Llevaba, como decía, un tiempo sin ver la escuálida figura del rumano. Empecé a temerme lo peor. ¿Le habrá pasado algo? ¿Enferman los mendigos? ¿Van al médico?


Yo creo que en eso de los médicos radica una gran diferencia entre los que tienen hogar y los que viven en la calle (los homeless, que dicen los ingleses). Los primeros van al médico cuando creen que es conveniente. Los segundos, no van; les llevan. Y muchas de las veces es por quitarles de en medio, sobre todo cuando se encuentran desparramados en plena vía pública. Se suele ocupar de ello la policía.


El caso es que ayer, cuando llegaba a la parada del autobús, me sorprendió ver de repente a Hassard. Apareció como de la nada. Como un pajarillo. No le vi acercarse. Sólo acerté a reconocerle cuando ya le tenía a escasa distancia. Venía con su sonrisa de siempre y su abrigo de color camello; ese que también lleva en verano.


En invierno se suele poner otro abrigo azul marino encima del marrón, pero esta vez no lo llevaba. Mientras buscaba una moneda que ofrecerle le comenté: Hace mucho que no te veía. ¿Estás bien?


Sin dejar de sonreír me tranquilizó: He estado en otro sitio.


Bromeé contestándole: Ah; tienes otra oficina.


Rió para adentro, como hace él, tomó la moneda y contestó: Sí.


¡Vete tú a saber si me entendió! (Qué estaría pasando por su cabeza)


En cuanto apresó la moneda se despidió y cruzó la calle. En la parada de enfrente había una señora a la que se dirigió. También ella le dio una moneda. El rumano, con su botín en la mano, se metió en la tienda de al lado. Uno de esos colmados que los jóvenes llaman chinos, aunque sean regentados por murcianos... o por hindúes, como en este caso.


Todavía me dio tiempo a ver salir al mendigo, poco después, con una colorida bolsa de la que extraía trocitos de algo que se llevaba a la boca. Calorías baratas de escaso valor nutritivo. Un alimento de esos a los que se considera culpable de la ola de obesidad infantil. El bueno de Hassard no está gordo… ¡ya quisiera! Como se decía antes: Tiene menos carne que la radiografía de un silbido. Lo que pasa es que necesita aplacar los rugidos que el hambre provoca en sus tripas. Hay que calmarlas de vez en cuando; sobre todo cuando la bestia despierta.


Entre tanto, en nuestra sociedad, cada vez hay más niños gorditos. También ellos corren a los chinos cada vez que consiguen una moneda, a comprar su bolsa de calorías baratas. En su caso no hay que aplacar rugidos. Otra cosa es que igual hay que llevarles al médico cuando estén malitos.


De momento, al bueno de Hazard, que yo sepa, no ha habido que llevarle a que le den medicina. ¿Necesitará?

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editado por...Wladi Martín @ sábado, febrero 10, 2024
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sábado, diciembre 30, 2023

La partida de ajedrez


Eran las tres de la madrugada. Don Pensón, de la familia de los Urdimbre, volvía a desvelarse. Que se despertó, vaya. Como no era la primera vez, más bien era algo cotidiano, decidió levantarse de la cama sin agobiarse. A fin de cuentas, no tenía que madrugar. Así es que se dirigió al ordenador donde empezó a aplicar su rutina, su forma de operar de manera mecánica cada vez que conectaba el aparato. Primero echar un vistazo al correo digital, luego un paseo por las llamadas redes sociales. Finalmente, abrió la aplicación con la que jugaba al ajedrez contra la propia máquina. Se aseguró de que el nivel de usuario fuera el adecuado para poder ganar, pero sin demasiada facilidad.

Mientras el ordenador, ya viejo, realizaba su proceso, acudió a la cocina y se preparó un té matcha. Parece ser que pese a todo no interfiere en las ganas de dormir. Don Pensón había oído que la infusión es muy sana y la tomaba como si se tratase de un amuleto. Algunos, incluso asignaban al brebaje la capacidad de estimular el sueño.

Con la taza humeante en la mano se dirigió a la habitación donde se encontraba el pecé. Acercó el cenicero se encendió un pitillo, le dio una larga calada y lo depositó en el borde. Sabía que esa costumbre no tenía nada de bueno pero no conseguía erradicarla. A cambio, para eso tomaba el té matcha. Así compensaba. Eso creía él. Así metabolizaba la paradoja: una más.

Abrió la partida como siempre; de la misma manera, con el peón de reina. En seguida se percató de que la máquina preveía sus movimientos habituales. ¡Maldita inteligencia artificial! Por un lado estaba disfrutando de una partida con un invisible compañero a altas horas de la madrugada, gracias a ella. ¿A ver a quién le iba a pedir semejante favor? Para eso sí estaba bien la IA. Pero podía ser más amistoso el invisible rival y dejarse ganar un poco, sobre todo a esas horas.

Don Pensón tuvo que recurrir varias veces a la maniobra de retroceder jugada, para no perder algunas piezas. A pesar de todo la cosa estaba cada vez más enmarañada. Para colmo, empezó a notar retortijones en las tripas. Cada vez los dolores eran más agudos. Empezó a ponerse de mal humor, pero pensaba en aguantar las ganas para acabar la partida. Claro que también quería ganar; otra paradoja.

En uno de los apretones estuvo a punto de ventosear y notó el caldoso material cerca de los gayumbos casi en el límite de los confines de su cuerpo. Pausó el juego y a grandes zancadas se dirigió al excusado. Nunca antes había detenido el juego.

Tan pronto se sentó explosionó su necesidad vital. Casi no llego, pensó.

Al cabo de unos minutos, ya aliviado tras soltar una gran cantidad de mierda (con perdón), volvió a sentarse frente a la pantalla. El pitillo estaba casi consumido. Quedaba apenas lo suficiente para dar la última chupada. Así lo hizo y después tomó otro traguito del saludable líquido.

Reanudó la partida y lo hizo buscando una estrategia diferente a la que llevaba antes de salir corriendo al cuarto de baño. Las cosas empezaron a mejorar. Empezó a comerse algunas figuras del imaginario rival. Lo mismo que había desatascado sus tripas, conseguía ahora desenredar la situación. Casi como en una erupción.

Acabó, pocos movimientos después, ganando la contienda. No podía quitarse de la cabeza el paralelismo entre la resolución del atasco en las tripas y el del barullo en el ajedrez. Sólo tuvo que escuchar las señales, que, en este caso, no podía dejar sin atender. A veces, no hacemos caso a dichas señales.

Así le ocurre a mucha gente; que no atienden a los avisos y no saben desatascar algunas situaciones. Lo malo es que hay quienes van soltando mierda (dicho sea también con perdón) y, encima, no acaban desenmarañando la situación. De manera que el deseo de Don Pensón, desde entonces, es que quienes se ven en situaciones confusas, sobre todo los que tienen cierto poder y responsabilidad, suelten su mierda y no la esparzan, para liberar el bloqueo y solucionar el galimatías. Que ustedes caguen bien (con perdón).

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editado por...Wladi Martín @ sábado, diciembre 30, 2023
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viernes, diciembre 08, 2023

Una, dos y tres

 “Una, dos y tres; una, dos y tres, lo que usted no quiera para el rastro es”. Así rezaba la cancioncilla. Y se me ha metido el soniquete de tal manera que no dejo de tararear: una, dos u tres… Nunca llego al cuatro. De nuevo el uno. Así todo el día.


Me levanto y me afeito. Desayuno un cafelito y salgo a buscar el coche. Un serio esfuerzo de memoria me hace encontrarlo tras pensar eso de: ¡dónde coño lo dejé anoche!


Ya estoy en el trabajo; ahora hay que estacionar. Otra vuelta a la manzana.


Llego tarde… ¡como ayer! La nueva, la rubia platino ni me mira. Estoy harto de hacer el amor con ella en la fotocopiadora, en la máquina de café, en mi despacho… ¡en mi imaginación! Ya ni me excita. Casi se ha vuelto tan invisible como yo a sus ojos.


Tres broncas y cuatro decepciones después me voy para casa. He cumplido con más pena que gloria. Antes de subir me paso por el guarro (como hemos bautizado al Mesón Extremeño). Allí está Santi con los ojos chisporroteantes. Va por su tercer botellín. Intento empatar lo antes posible. Me bebo el mío de un tirón.


Cinco rondas después acierto a encontrar el momento de llegar por fin a casa. Las llaves parecen tener vida propia. Se me escapan de entre los dedos. Ni que les hubieran afectado los botellines. A mi no.


Susana me ofrece pescado rebozado que lleva en la sartén. Acepto, mientras me dirijo a por un plato y… a la nevera a por una cervecita.


El niño está en la cama; la tele nos pone las palabras que no acertamos a encontrar. Ella me habla de su jornada laboral. Yo apenas la escucho. Me esfuerzo en dar una opinión sólida sobre la guerra. “Son todos unos gilipollas”.


Me lavo los dientes y meto en la cama. Mi espalda encuentra la de Susana. Automáticamente, la colcha se desliza hacia ella unos centímetros. Vuelve el soniquete: “Una, dos y tres…”


Esa mañana, mientras me afeito y ante el espejo pienso que la canción condiciona mi existencia. ¿O es al revés? Igual es mi existencia la que me lleva a que la canción no se me vaya de la mente. No sé si me explico; casi no sé ni lo que digo. El caso es que no se va el estribillo. A cada rato lo tarareo. Voy a intentar cambiarlo y llegar al cuatro… ¡Nada! No entran los números en el soniquete. Empiezo en el dos… ¡Tampoco! No encuentro el compás. Bueno, empezaré en el cero, aunque sólo llegue al dos.


Algo ha cambiado. Me subí con sólo tres botellines del Mesón Extremeño. Practiqué sexo con Susana; no se puede hablar de hacer el amor, aunque se parece. Claro que hoy es viernes: nuestro día loco. Así desde hace ya años. Igual no tiene que ver con haber cambiado el estribillo de la canción. Lo mismo es una coincidencia… ¿O todos los viernes sólo canto hasta el dos?


Llega el fin de semana. A base de rutina (“una, dos y tres”) hemos ascendido a la cima. Lo hemos hecho subiendo la pesada carga de nuestras míseras existencias. Somos Sísifo sin saberlo siquiera. La pesada bola de piedra caerá el viernes por la noche y se detendrá abajo, el lunes por la mañana. Entonces habrá que volver a subirla penosamente, hasta la noche del viernes en que volveremos a dejarla caer para librarnos de su carga durante el fin de semana. “Una, dos y tres”.


Maldito cuatro, que nunca llega. Ni siquiera lo conozco. Incluso presiento que no deseo descubrir lo que encierra. Algo de miedo debe entrañar eso de saberlo. Hasta el tres me manejo. ¡Qué pereza llegar al cuatro…! ¿Y si luego hay cinco? ¿¡O seis!?


“Una, dos y tres”.


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editado por...Wladi Martín @ viernes, diciembre 08, 2023
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miércoles, diciembre 06, 2023

Los tres gusanos

 


Las palabras botijo siempre están fresquitas, incluso en días calurosos. “Menta”, “torrente”, “biruji”…


También hay palabras sartén que incluso en pleno invierno dan su abrigo: “edredón”, “chimenea”, “fabada”…


Del mismo modo, se podría decir que hay personas moneda y personas pupa. Las primeras, las personas moneda, serían aquellas que nos alegramos al encontrar. No es que vayan a paliar ningún problema grave, pero siempre es motivo de alegría encontrarlas. Su aparición siempre es celebrada, máxime cuando no se espera.


En cambio, las personas pupa serían aquellas que vienen a causar dolor o daño corporal (más bien mental). Serían esas que dejan un mal que empieza a curarse en cuanto se alejan. Algunos se refieren a ellas como tóxicas. Pero no a todo el mundo le afecta de la misma manera perniciosa. Se podría decir que hay personas menos expuestas a su influencia. Por eso nos hemos referido a ellas como personas pupa; que pueden producir un poco de daño (“pupa nene”). ¡Nada irreparable!


Cuando se juntan ambos tipos de individuos pueden llegar a ser, el uno para el otro (tanto sean hombres como mujeres), fulanos chubasquero. O sea, que ni el uno ni el otro reciben influencia de su contrario. Permanecen aislados. El moneda no parece inmutarse de no verse rodeado de sonrisas como le es habitual. Sólo se vislumbra cierta prisa en acabar la conversación y, por tanto, el encuentro; si uno se fija bien.


Por su parte, el pupa tampoco abandona su castillo de quejas y lamentos. Las buenas vibraciones de su interlocutor no consiguen llegar a las almenas de sus lloriqueos. Cuando le vas a responder, si observas en lo profundo de sus ojos, verás que no te mira, aunque sí te ve. Descubres que está pensando, mientras le hablas, en lo que va a contestar a continuación. Es como si tuviera un guion. Acaba de contar exactamente lo mismo a otro con quien también se encontró.


En todo caso, se suele mejorar en cuanto se van.


Dicen que hay personas que te alegran cuando las ves y otras cuando se marchan.


Todo esto me recuerda a la leyenda de las mariposas. Sucedió cuando eran gusanos. Eran tres y al mismo tiempo les llegó el momento de construir el capullo en que quedarían recluidas un tiempo, sin moverse, sin comer… sin siquiera luz. Un gusano era optimista y pensó que lo que se le venía encima era un trance para alcanzar su sueño de volar libre. Otro, pesimista, no podía quitarse de la cabeza sus males y quejas. Estaba convencido de que se enfrentaba a la muerte. El tercero, realista, pensó que todo sería momentáneo y que volvería, más pronto que tarde, a la “normalidad”.


Pasó el tiempo. Uno de los capullos, el del gusano pesimista ni se abrió. Algo había salido mal. Dentro había una mariposa a penas formada; estaba muerta.


El capullo del gusano optimista se abrió dejando salir a una hermosa mariposa que en seguida empezó a volar con total libertad.


El tercer capullo, el del gusano realista, también se abrió dejando salir una hermosa mariposa. No obstante, a pesar de todo, no alzó el vuelo. Por alguna extraña razón empezó a arrastrase por el suelo como cuando era un gusano. Sin embargo le invadía la satisfacción; como había previsto, todo seguía igual.

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editado por...Wladi Martín @ miércoles, diciembre 06, 2023
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Las cotorras

 


Otra arruga. Aparece un pliego cada vez que me miro al espejo en esa cara mía que tan ajena se me presenta. ¿Dónde estará la tersura? ¿… y el grano?


Un pliegue más, por fuera, cada vez que desaparece uno por dentro. Es automático. Debe de ser así, por lo visto.


Hay esfuerzo en no tener dobleces internas en que esconder miseria y vergüenza; y -¡plas!- nuevo fruncido en la piel. Esa piel que intenta envolver todo lo que somos; sin empeño, sin querer… ¡sin éxito!


Arruga y más arruga. Todo bien fruncido. Ya no hay tersura en ningún espacio así es que la fascinación contempla dónde se engurruñará lo ya doblado. Increíble.


Con lo visibles que resultan los escondrijos del ego, por dentro… Tenemos muy presente dónde metemos la mierda (con perdón), para que no la vea nadie. Y somos nosotros los que nos tropezamos a cada poco con ella.


Todos somos Prometeo. A todos nos come cada día por dentro el águila que se alimenta de esos restos escondidos en rincones. No dejamos de fabricarlos. Así, la rapaz siempre tiene algo que comer; algo del detrito que no dejamos de elaborar.


Sin embargo, cada vez hay menos dónde esconder esas imperfecciones. El viejo, como el niño, se va volviendo auténtico; sin dobleces. La criatura, en sus primeras etapas, no pugna por ser nada; simplemente es. Si acaso, su lucha es por agradar a la mamá. Su vida es su aceptación. También el anciano busca aceptación de una madre que no sabe dónde está. Tal vez tras la luz del sol. Tal vez la anuncien los alegres pajarillos.


Por cierto, cada vez hay menos humildes gorriones. Creo que están desapareciendo a medida que proliferan las exóticas cotorras y los escandalosos periquitos. Va en sentido proporcionalmente inverso. Dejan de oírse los discretos y alegres piares mientras cada vez es más frecuente escuchar los vocingleros graznidos comunes en otras latitudes. También en el autobús se oyen auténticos berridos incluso a personas que están sin compañía humana alguna. En eso también se van imponiendo las cotorras; y no sólo las de otras latitudes.


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editado por...Wladi Martín @ miércoles, diciembre 06, 2023
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viernes, septiembre 29, 2023

Quien siembra vientos cosecha tempestades

No sé de dónde lo saqué, pero en mí pasó a ser una costumbre de esas que se repiten sin esfuerzo; de esas que si no las realizas no estás a gusto.


Durante muchos años, cuando impartía alguna clase de yudo a niños, al acabar la sesión, tras el saludo protocolario, mandaba a mis pequeños yudocas a calzarse. Había un pasillo en la sala al borde del tatami. Allí permanecía el calzado de cada muchacho. Tras calzarse los niños y las niñas, quedaba configurada una fila frente a la puerta de salida. Yo me iba a ella y la abría cuando todos estaban preparados. De esa forma me aseguraba de que cada niño que pasaba frente a mi se iba con su familiar correspondiente. A veces bromeaba y le decía a los padres que no se preocuparan si no les entregábamos a su hijo, que se llevasen otro niño, que había para todos; ya lo cambiarían al día siguiente.


Pero lo cierto es que aprovechaba para chocar la palma de cada uno de los que habían participado en la clase. A alguno les tocaba en el pelo de la cabeza o les hacía alguna carantoña. Incluso le dedicaba algún comentario corto.


Me dijeron que el legendario José Luis de Frutos (nuestro primer diploma olímpico) recomendaba tocar a todo niño o niña en cada sesión. Lo supe después de haber hecho de mi costumbre un hábito.

También recuerdo los cursillos o clases magistrales de la World Kobudo en que participé. Al acabar la sesión tenían la costumbre de que el maestro pasaba por la fila de los asistentes a quienes chocaba, uno por uno, la palma de la mano. Muy americano, pero también muy lindo; eso me parece a mí.


En todo caso, hubiera salido de donde hubiera salido, mi costumbre venía a ser algo distintivo. A mí, hace poco, me ha recordado ese dicho de quien siembra vientos cosecha tempestades. Me explico.


El pasado miércoles día 27 de septiembre me acerqué a Parla donde se celebraba al aire libre un encuentro de yudo de los que fueron alumnos míos. Todos han estirado y a algunos cuesta reconocer. En cuanto llegué a la explanada donde se iba a celebrar el acontecimiento un muchacho me vio y vino, sin dudarlo a mi encuentro. Me dio un abrazo y me plantó dos besos. Al mismo tiempo, de forma espontánea, los demás compañeros y compañeras hicieron fila tras él y repitieron el gesto. Todos chocaban la palma de la mano, la mayoría daba un abrazo, y muchos aprovechaban para besar las mejillas. Muy emocionante.


Como decía, me acordaba del dicho español. Yo sembré brisas de respeto, alientos de estima, vientos de cariño… Han pasado pocos años de aquello; ahora recojo tempestades de amor. Quien siembra vientos cosecha tempestades.

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editado por...Wladi Martín @ viernes, septiembre 29, 2023
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miércoles, abril 12, 2023

Una sola vez lo digo

Era un rara avis. Escuchaba más que hablaba. Muy al contrario que la gente que le rodeaba. Permanecía callado en cualquier conversación. Total, lo que tenía que decir tal vez no fuera importante para los demás; para nadie. Era difícil que se le permitiera hablar en cualquier conversación. Los demás, los que podríamos denominar como interlocutores, apenas le permitían expresarse. Atropellaban sus palabras tan pronto comenzaba una frase. Solía dejarlas sin terminar. Se callaba en medio de una de esas oraciones. Para qué discutir cuando a lo que se aspira es a tener un poco de paz. Además, si algo no se escucha es que no debe ser interesante ¿no?


Algunos de sus amigos tenían sólidas convicciones y expresaban juiciosas opiniones. Eso era fantástico y lo solía aprovechar para sentirse seguro, sobre todo cuando esas convicciones estaban en sintonía con las suyas. En cuanto a las opiniones, las aprovechaba -ventajas de escuchar- para formar las suyas. Se trataba de una especie de proceso de reciclaje. Antes de tirar a la basura una de esas opiniones, las hacía suyas; las utilizaba como propias, tras el conveniente tratamiento.


Antes hemos dicho que en las conversaciones solía permanecer callado, pero no lo parecía. Tenía una estupenda sonrisa social. Parecía que con su agradable rictus asentía a todo lo que escuchaba. Incluso añadía palabras, como coletillas, que parecían indicar aquiescencia. Repetía muy a menudo: ¡qué bien!, ¡claro!, ¡exacto! ...y cosas por el estilo. Siempre muy positivo el mensaje. Con eso el que hablaba se solía envalentonar y seguir hablando, aun cuando en el circuito de emisión de palabras apenas se acercase dicho recorrido al cerebro; a la mente. ¡Qué más da! Para tener razón la mayor parte de las personas no piensan, basta con mostrar una profunda convicción. Eso piensan… si es que llegan a pensarlo. En todo caso, lo que suele buscar todo el mundo es tener razón; que el ego se sienta alabado. Y con esa amplia sonrisa, por toda respuesta, parecía obvio.


Pero llegó un día en que esa especie de camaleón social se saltó sus normas. Quizás estaba enfermo, quizás había tenido algún malestar. Tal vez algo malo rondaba su cabeza pese a su luminosa sonrisa. El caso es que pronunció aquella palabra de sólo dos letras que nunca antes había proferido ante la opinión de nadie. Dijo ¡NO!


En su boca sonó como un disparo. Sus labios lanzaron la palabra como un proyectil. Tornó su sempiterna aquiescencia por un inquietante enfrentamiento.


No buscaba tener razón, simplemente expresaba no estar en acuerdo con lo que escuchaba. Pero tan pronto expelió el adverbio de negación se arrepintió. Recibió un torrente de explicaciones para que retirase aquella palabra. Todas le buscaban convencer de su posible error. Todas venían a tratar de fortalecer el dañado ego de quien las profería. Eran las mismas explicaciones antes aireadas en la conversación pero con machacona reiteración, sin aportar novedad alguna.


De nada valió que intentase diferenciar lo emotivo de lo intelectual. A esas alturas ya nadie escuchaba lo que decía. Pero aquel “NO” sí que lo oyeron. Desde entonces, el autor pasó a ser una persona peligrosa. Desde aquel momento, donde antes era generalmente considerado como un ángel, ahora pasaba e contar con las reservas de todo el que le conocía. A ojos de su sociedad se volvió alguien capaz de traicionar. Y todo por haber proferido un único “no”.


Claro que un único “no” es más peligroso que el que profieren algunas personas de forma contínua. Se trata entonces de una especie de defensa. Busca el posicionamiento del ego, tener razón y escuchar que a uno se la dan. No es lo mismo que un único “no” que viene a expresar un desacuerdo antes que imponer ninguna razón.


Y así andamos, con mucha gente que responde por sistema “no”, para asegurarse que se les da la razón y muy poca que lo diga eventualmente y no por tenerla (la razón) sino por manifestar un desacuerdo.


¿No?

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editado por...Wladi Martín @ miércoles, abril 12, 2023
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sábado, abril 08, 2023

Vacaciones de primavera

La 2 de RTVE se llamaba UHF y sólo se veía por la tarde. En la normal (VHF) se conectaba por la mañana y se desconectaba por la noche. Tras ese tiempo estaba la llamada carta de ajuste acompañada por un característico pitido. En blanco y negro, claro.

Los niños jugábamos a las bolas (al gua o al triángulo), a las chapas, al pídola… Echábamos partido cuando teníamos pelota. Era la leche cuando alguien ponía balón de reglamento. El dueño de la bola, en esos casos, hacía los equipos. Los mejores con él.

Hasta con una pelota de esas azules de la marca Nivea llegamos a echar memorables partidos.

Las niñas, por su parte cantaban mientras saltaban a la comba o jugaban a la goma. A veces, con una pelota, jugaban a balón prisionero, pero se aplicaban más con las canciones. Respecto a una de ellas, de clara evocación bíblica, surgió una sabrosa anécdota, que nos dejó a los chicos como brutos y a ellas como eminencias o poco menos; a todas.

Al parecer, según la Sagrada Escritura, todo el pueblo de Israel desciende de doce tribus con el nombre, cada una de ellas, de los doce hijos de Jacob. Yo entonces no lo sabía, como tampoco lo sabía ninguno de mis compañeros. Tampoco me sabía el nombre de ninguno de los hijos.

Pues bien, estábamos en el colegio y al profesor de turno se le ocurrió preguntar si alguien sabía el nombre de los hijos de Jacob. Los varones pusimos cara de pez y de nuestras bocas sólo salía alguna pompa. Ningún sonido. Las chicas también enmudecieron, pero fue el pudor lo que sellaba sus labios, no la ignorancia como en nuestro caso. Se podía mascar el silencio.

El pedante del profesor se las prometía felices. Vio la ocasión de mostrar su memoria; de cultivar su ego. Empezó a recitar en orden: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar, Zabulón … Como en un coro, a la voz del maestro se unió la cuerda de las mujeres que, con la musiquilla correspondiente, añadió en orden y a la misma vez -como si todo estuviera ensayado-: Dan, Neftalí, Gad y Aser, José y Benjamín.

Todos los varones, incluido el docente, teníamos los ojos como platos.

Una enseñanza que obtuve de la simpática anécdota es que una mujer callada no tiene por qué tener en blanco el cerebro, como suele ser el caso de los varones. Dicho de otra manera: ¡cuidado con la mujer que calla!

Otro aprendizaje que extraje es que se aprovechaba, en aquella época, hasta los inocentes juegos infantiles para meter la Biblia. Ahora que llega el tiempo de la Semana Santa o de las vacaciones de primavera, como a mi me gusta llamarlas, recuerdo que a los chicos nos regañaban las vecinas si nos veían reír o pasarlo bien. Un poco de recogimiento que en estos días murió el Señor.

Nada de música. En la tele Ben-Hur y Los 10 Mandamientos, para distraer al personal. Todos los años lo mismo. Todos los niños con palmas a misa el Domingo de Ramos. Luego a decorar los balcones con ellas.

Siempre llovía algún día. Pero salían las procesiones. Algunas las retransmitían. No entendía muy bien eso de las saetas. Pero tengo que reconocer que se me ponían los pelos como escarpias. Se me siguen poniendo y eso que aún no sé si eso es arte o fanatismo. Igual las dos cosas.

Por entonces nadie se iba a la playa. Allí estaban Monchi, Ángel Luis, “El Muso”, mis primos “Rayi” y Fran. También Pili “La Pelos”, Nieves, Mari Mar… y, por supuesto Inés que ya apuntaba maneras. Traía locos a la mitad de mis amigos. A mí también me gustaba, pero, por ser mayor, estaba vedada.

Era tiempo de jugar sin estridencias, sin jolgorios. De conocernos un poco mejor, aunque fuera medio en silencio. De conocernos por dentro. Sin risas.

Entre torrija y torrija siempre caía algún potaje. Qué pena que el bacalao de entonces tuviera esas espinas tan traicioneras. Con lo rico que estaba.

También había deberes. Pero menos que ahora. Daba tiempo a jugar, a salir a la calle. Daba tiempo a ser niño; a hacer cosas de niño. Eso sí, acudir sin las tareas hechas era enfrentarse a la vara de Don Julián. Algunos se untaban las manos con ajo. El olor les delataba y se llevaban diez palos más y en las yemas de los dedos.

Las tardes empezaban a alargarse. Mamá, un poquito más. Que están aquí todos mis amigos. A los demás les dejan.

Pronto, con el buen tiempo, vendrían los vareadores de la lana de los colchones. El afilador ya dejaba algunas mañanas su aflautado sonido para llamar la atención de las señoras. Bajaban sus cuchillos a dejarlos cortantes como si fueran nuevos. Buena ocasión para la charla entre vecinas.

Se escapaban aquellos días. No caíamos en que eran lo mejor de nuestras vidas. Pronto llegaría el verano y algunos teníamos la suerte de ir a la playa. Pero, hasta entonces, iban sucediéndose las jornadas sin demasiado sobresalto. No teníamos conciencia de que no volverían esos momentos que ahora sabemos eran de plenitud. Atrás quedaban los días de frío en la orejas. De castañetear los dientes al salir de casa. De ponerse a correr sin motivo aparente. ¡Qué mejor motivo que entrar en calor!

Algunos siguen sin vacaciones de primavera. En cambio todos, en este país, tuvimos Semana Santa. Se llevaba la palma, que diría un castizo.

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editado por...Wladi Martín @ sábado, abril 08, 2023
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