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Las cosas de W&CC así como de ALMAYARA.

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viernes, septiembre 29, 2023

Quien siembra vientos cosecha tempestades

No sé de dónde lo saqué, pero en mí pasó a ser una costumbre de esas que se repiten sin esfuerzo; de esas que si no las realizas no estás a gusto.


Durante muchos años, cuando impartía alguna clase de yudo a niños, al acabar la sesión, tras el saludo protocolario, mandaba a mis pequeños yudocas a calzarse. Había un pasillo en la sala al borde del tatami. Allí permanecía el calzado de cada muchacho. Tras calzarse los niños y las niñas, quedaba configurada una fila frente a la puerta de salida. Yo me iba a ella y la abría cuando todos estaban preparados. De esa forma me aseguraba de que cada niño que pasaba frente a mi se iba con su familiar correspondiente. A veces bromeaba y le decía a los padres que no se preocuparan si no les entregábamos a su hijo, que se llevasen otro niño, que había para todos; ya lo cambiarían al día siguiente.


Pero lo cierto es que aprovechaba para chocar la palma de cada uno de los que habían participado en la clase. A alguno les tocaba en el pelo de la cabeza o les hacía alguna carantoña. Incluso le dedicaba algún comentario corto.


Me dijeron que el legendario José Luis de Frutos (nuestro primer diploma olímpico) recomendaba tocar a todo niño o niña en cada sesión. Lo supe después de haber hecho de mi costumbre un hábito.

También recuerdo los cursillos o clases magistrales de la World Kobudo en que participé. Al acabar la sesión tenían la costumbre de que el maestro pasaba por la fila de los asistentes a quienes chocaba, uno por uno, la palma de la mano. Muy americano, pero también muy lindo; eso me parece a mí.


En todo caso, hubiera salido de donde hubiera salido, mi costumbre venía a ser algo distintivo. A mí, hace poco, me ha recordado ese dicho de quien siembra vientos cosecha tempestades. Me explico.


El pasado miércoles día 27 de septiembre me acerqué a Parla donde se celebraba al aire libre un encuentro de yudo de los que fueron alumnos míos. Todos han estirado y a algunos cuesta reconocer. En cuanto llegué a la explanada donde se iba a celebrar el acontecimiento un muchacho me vio y vino, sin dudarlo a mi encuentro. Me dio un abrazo y me plantó dos besos. Al mismo tiempo, de forma espontánea, los demás compañeros y compañeras hicieron fila tras él y repitieron el gesto. Todos chocaban la palma de la mano, la mayoría daba un abrazo, y muchos aprovechaban para besar las mejillas. Muy emocionante.


Como decía, me acordaba del dicho español. Yo sembré brisas de respeto, alientos de estima, vientos de cariño… Han pasado pocos años de aquello; ahora recojo tempestades de amor. Quien siembra vientos cosecha tempestades.

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editado por...Wladi Martín @ viernes, septiembre 29, 2023
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martes, diciembre 20, 2022

Trigésimo tercer audio del libro "Autoayudo"




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editado por...Wladi Martín @ martes, diciembre 20, 2022
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martes, diciembre 13, 2022

Vigésimo sexto audio del libro "Autoayudo"




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editado por...Wladi Martín @ martes, diciembre 13, 2022
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viernes, julio 06, 2018

Prometo.


"La juventud de hoy ama el lujo. Es mal educada, desprecia la autoridad, no respeta a sus mayores, y chismea mientras debería trabajar. Los jóvenes ya no se ponen de pie cuando los mayores entran al cuarto. Contradicen a sus padres, fanfarronean en la sociedad, devoran en la mesa los postres, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros". Lo dejó escrito Sócrates hace unos 2.500 años.



Es cómo es y parece que también es como fue. Más nos valdría aceptarlo.

Dice un tío mío, sabio, que los mayores problemas están en la competición y el ego. O sea, lo mismo. Pero el otro día conversando con unos maravillosos padres de un no menos maravilloso adolescente les dije que lo malo es no ser competitivo a los 15 años. Ya llegará el descubrimiento de lo pernicioso de la competición (del ego también), cuando saquemos a aflorar ese sentimiento de superar barreras que tanto propicia la competición.

Me acuerdo ahora de que muchos de mis alumnos salen soldados, policías, agentes de seguridad… Algo de este pacifista y antimilitarista les empuja a tales vocaciones. O podía decir que a pesar de mí salen esas vocaciones. No sé.

El caso es que al final llegas a la reflexión sobre la disciplina. Y yo siempre he penado que la verdadera disciplina emana de dentro de uno mismo y no de una orden o de una corneta. Disciplinado es que lo hace porque cree que debe de hacerlo. Claro que eso de hacer lo que uno cree… es peligroso. Se queda uno muy sólo.

Si Sócrates, que es con quien empezábamos, ya vertía una acerada crítica hacia los jóvenes qué va a decir un humilde profesor de yudo de pueblo. Poco.

Lo que sí me gustaría, para aplacar mi tradición judeocristiana culpabilizante, es aclarar que tengo que mejorar. Tengo que aceptar que algo de envidia hay, por mi parte, hacia esa juventud que me recuerda la que ya perdí. He perdido cualidades y las que he ganado son despreciables para los jóvenes y hasta para sus jóvenes familiares e incluso entrenadores. Algo de inquina existe hacia la prepotencia que uno ya perdió, la seguridad que jamás llegó uno a tener y que atesoran hoy día a raudales esos jóvenes que conozco y que son parte de la juventud a que me estoy refiriendo.

Se asoma una cara joven con gafas de sol a cubierto y no da ni las buenas tardes. Luego te dice que si pides respeto debes de mostrar respeto.

Te habla, cada vez que te diriges a ella, masticando chicle ostensiblemente. Luego te dice que si pides respeto debes de mostrar respeto.

Te vienen a pedir explicaciones con la gorra calada hasta las cejas. También a cubierto. Das las explicaciones… que no alcanzan a sus entendederas –¿a qué venia?- y sigues siendo tú el que faltas al respeto.



Prometo ser más respetuoso en adelante. Para empezar prometo no juzgar más que a mí mismo; Intentaré superarme y, por supuesto, que todo el mundo se entere; es decir, prometo intervenir banalmente en los grupos de WhatsApp en que vaya usted a saber por qué estoy. De vez en cuando pondré algún comentario en Facebok con “HABER” qué tal le va a la peña. También me endeudaré para comprarme un coche molón aunque tenga claro que hay mucho y más importante en que gastarme el dinero. Prometo no emocionarme nunca más cuando vea viejas películas de Chaplin. No volveré a decir lo que pienso hasta cerciorarme de que coincide con el que me oye. En todo caso, no lo dejaré por escrito no vaya a ser que tenga que matizar mis palabras frente a otros. Rectificaré hasta el polo contrario no vaya a ser que pierda algún coleguita de esos que llamamos amiguetes. Mostraré en mis redes lo bien que me lo paso aunque esté criando un cáncer como la joroba de un dromedario de tanto fumar (a veces de rodillas) y se me olvide ver de vez en cuando, a los que de verdad me importan (pero no atiendo lo debido)… ¡Qué mas dá!... viva el facebook

Prometo no ser tan meticuloso (todo lo quiero saber) e interesarme más por el fútbol (por T.V.), los toros (por T.V.), las series (por T.V.), los debates (por T.V.) a ver si me voy embruteciendo un poquito más cada vez y dejo de ser tan remarisabdillo. Total “pa” qué. Voy a dejar de leer, que no vale para nada, y aún iré menos a museos  o conciertos (todo lo más de pop).

Aspiro a que me empiecen a gustar las playas concurridas; he pensado en Benidorm. También quiero vestir de otra forma. Ya no me voy a conformar y voy a estar muy pendiente. Hablando de imagen he pensado en depilarme; no sólo los ridículos mostachos que me salen sino también los pelos de los brazos, de las piernas y hasta hacerme los filetes. Podemos dejar los de los cascarones.



En el autobús o el metro (también en el Cercanías) me haré el dormido si voy sentado para no dejar mi asiento a los muchos ancianos que van en pie.

Algunas veces diré buenas tardes o buenos días, como hasta ahora con vos audible, y otras no… según me pille. Eso sí; lo negaré. Quiero decir que siempre diré haber saludado.

Voy a hacer de la mentira parte de mi ser. No sólo me voy a acostumbrar a lanzarla sino que toda mi vida habrá de ser una gran mentira. Que no se sepa lo que pienso. Estos van a ser mis principios pero si a alguien no le gustan tendré otros. Gracias Groucho.

Los míos seguirán siendo los míos pero ensalzaré hasta sus nimiedades, en lugar como hasta ahora de exigirles para que se sigan superando.

Prometo dejar de escuchar. En cualquier conversación, cuando me hablen, en lugar de escuchar, empezaré a desarrollar esa habilidad de pensar en lo que voy a decir a continuación cuando me están hablando. Además, jamás volveré a mirar a los ojos a nadie; tranquilos.



Como parece que hasta aquí falta otra promesa como es la de no ser irónico, que también alguien ha llegado a echarme en cara, prometo que no estoy siéndolo. Estáis asistiendo a una autolobotomía cerebral voluntaria. Tan sólo cerveza y embrutecerse… Como decía mi tío: el buen vino sabe a cloaca. Hasta al paladar voy a darle un repaso (si es preciso con estropajo nanas de níquel) a ver si me chiflan las hamburguesas (y sólo de Burger King o McDonalds). Me gustaría hacerme un entendido y distinguirlas hasta el punto de poder mantener una larga conversación explicando esas diferencias y por qué unas son mejores que las otras.

Me esforzaré por opinar lo mismo que los demás; ye todo el mundo lo sepa. Es más, nunca pensaré (o al menos manifestaré) lejos de los demás. “Así es si así les parece” venía a decir Pirandello

Si en estos momentos no caigo en más cosas e interesa a mis objetivos revisaré todo para incluir lo que ahora olvido. Queda claro que mi propósito es la languidez, el desmayo; nada de imposiciones ni de coherencias. Prometo ir incorporando cuanto me sea útil para no albergar discusiones, ni pisar callos, y menos de los mindundis –los callos- que se creen mejor que los demás y que –ya estoy empezando- lo son mejor que yo de aquí a Goya, pasando por Puerta de Toledo, con trasbordo en Opera, que decían en mi barrio.

¡Bendita juventud, benditos todos!


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editado por...Wladi Martín @ viernes, julio 06, 2018
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sábado, julio 05, 2014

Mis más sinceras disculpas





En el libro Bienestar emocional  de Osho, que me estoy leyendo en estos días, se cita a Sigmund Freud. Y dice el autor que Freud escribió “que si todas las personas del mundo decidiéramos decir la verdad y nada más que la verdad, aunque sólo fuera durante veinticuatro horas, todas las amistades desaparecerían. Todas las relaciones amorosas se disolverían, todos los matrimonios se desharían. Si toda la humanidad decidiera actuar con sinceridad, aunque sólo fuera durante veinticuatro horas…”

También Jorge Bucay habla del tema y escribe que “la sinceridad hay que reservarla para los amigos y la franqueza para los elegidos”.

Es decir que el autor argentino diferencia franqueza de sinceridad y añade que se puede ser sincero sin ser franco (¿sin decir toda la verdad?).

En su libro Recuentos para Demián, Jorge Bucay explica que “Franqueza viene de franco, de abierto. Recuerda la idea de ‘libre paso’. Ser franco significa: No hay ningún espacio oculto en mi interior al cual esté vedado el ingreso. No existe ningún rincón de mi pensamiento, sentimiento o recuerdo que no conozca o que yo quisiera mantener reservado. La sinceridad es mucho menos. La sinceridad para mí es: ‘Todo lo que te digo es cierto, por lo menos cierto para mí’.

Recientemente cometí la estupidez de utilizar las redes sociales como vomitorio, una vez más, y expresé un sentimiento, una angustia. Me dirigía en tren hacia el polideportivo municipal en el que se estrenaba un campamento de esos que llaman urbanos en el que niños y niñas pasan la mañana entretenidos en múltiples actividades.

El mensaje, repito, expresaba miedo o angustia ante la responsabilidad de enfrentarse a un amplio colectivo de niños no siempre convocados ante la posibilidad de aprender un poco de yudo, que es parte de mi trabajo en este tipo de campamentos desde hace dos años. Está claro que las palabras elegidas fueron desafortunadas y empiezo –ya es hora, que vamos por el sexto párrafo- por pedir disculpas a quienes se hayan sentido ofendidos. No era mi intención ofender a nadie y a nadie en concreto era dirigido mi comentario. Como digo, se trataba de exteriorizar un sentimiento y en el mismo comentario, yo mismo añadía alguna clave… “me hago viejo”, reconocía.

A punto de cumplir los 55 años de edad, con una artritis reumatoide galopante y la proteína C reactiva por las nubes, llevo casi 40 años de mi vida dedicados a la docencia. A los 15 años me contrataron en el gimnasio Judansha de la calle General Pardiñas para impartir clases de yudo a un grupito de niños. Sí, soy profesor de yudo. Suelo reconocer que probablemente era el peor profesor de yudo del mundo en aquellos momentos. Pero tenía un gran deseo de ser como mi profesor de yudo (maestro solemos decir los yudocas). De mayor quería ser como mi maestro (y aún le tengo de ejemplo, para su desgracia pues no le llego a la suela del zapato). De manera que acabé confesando a mi maestro que estaba impartiendo clases de yudo y él, me tomó a su cargo. Me propuso ser su ayudante en el Colegio Claret y me marcó los pasos a seguir para ser un buen profesor y conseguir la correspondiente titulación. Él puso todo de su parte; otra cosa es lo que consiguiera porque soy un desastre. Exculpo a mi maestro de todos mis defectos como profesor de yudo.

Desde aquellos momentos en el Gimnasio Judansha y poco después en el Colegio Claret ha llovido. También ha habido muchas vivencias, dentro y fuera del ámbito de lo que solemos llamar artes marciales. Por poner un ejemplo, obtuve mi licenciatura universitaria en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense y trabajé de periodista en diversos medios durante unos cuantos años. Quizás lo más relevante haya sido mi etapa como productor del programa Buenos Vecinos en COPE Madrid (llegué a ser el director una corta etapa). Pero, recuerdo con mucho más cariño mis idas y venidas para distintas cabeceras de MERCADO, lo que me hacía conocer y escrutar poblaciones como Getafe, Arganda y Rivas Vaciamadrid, principalmente. También fui fotógrafo para este medio de comunicación.

Tras este breve paréntesis vuelvo con mis disculpas y eso de la sinceridad, la verdad y la franqueza.

De la verdad no tengo ni idea de manera que se lo dejaremos a jueces, eclesiásticos, moralistas, filósofos, jurisconsultos y otros mucho más avezados en el tema que yo. Bastante tengo con ir en busca de mi verdad (si es que existe y se puede encontrar en alguna parte). De sinceridad y de franqueza puedo hablar un poco y con mucho pudor. Por eso me referiré sólo a mi sinceridad y a mi franqueza. Y ya bastante complicado es.

Publiqué un comentario desafortunado en el que fui franco (no dejé huecos al expresar una angustia) y transgredí los límites de la sinceridad a juzgar por los efectos producidos. Jamás pensé que nadie se fuera a sentir aludido.

Pongamos un ejemplo. Un profesor de piano, al acabar la lección, es preguntado por la mamá del alumno. ¿Qué tal se ha portado? ¿Progresa?

El profesor contesta que el niño se ha portado regular pero que progresa. En este ejemplo miente porque el niño es díscolo, la mayor parte del tiempo aporrea las teclas del piano cuando no está molestando a otros compañeros tirando las partituras al suelo, etc.

En la misma escena pongamos que ante la misma pregunta el profesor contesta: “Su hijo no atiende los suficiente pero algo progresa”.

Seguramente esta respuesta sería más sincera. Se acerca a la verdad, pero ¿es verdadera? En todo caso, no hay franqueza si el profesor al salir del aula charla con sus amigos y necesita horas para desahogarse y califica al mencionado niño de insufrible.

La pregunta es qué pasaría si el profesor respondiera con toda franqueza ante la misma pregunta. ¿Y si el profesor de piano respondiera? Eduque mejor a su hijo para que sea capaz de atender a mis indicaciones sin continuas muestras de desafío o rebeldía y asegúrese de que tiene el deseo de aprender a tocar el piano antes de regresar a la siguiente clase. Y, por favor, dígale que no vuelva a coger esas pataletas o llévele a algún sitio donde descargue esa energía negativa o le enseñen a controlarse un poco.

Desde luego, el profesor, en ese ejemplo, sería franco y no habrá sido maleducado pues sus palabras no incluyen insultos ni desprecios. Tampoco utiliza términos despectivos ni peyorativos. Otra cosa es el efecto que produjera en la madre.

No es el caso. Pero valga de reflexión.

Vuelvo a pedir disculpas para que no se pierda el hilo. A nadie intenté humillar, ni menospreciar, ni vilipendiar, ni atentar contra su honor ni contra su propia imagen, ni contra la de los suyos. Pero insisto en que se trataba de la expresión de un sentimiento (llámese opinión si se quiere) sin mentar a nada ni a nadie en concreto. Y seguramente en un intento de utilizar palabras que no fueran tildadas de insulto al uso lo que he logrado es aún potenciar más el efecto de lo que nunca pretendí. Lo lamento. Y no voy a referirme al Artículo 20 de la Constitución Española que todo el mundo conoce porque parece que de eso no se debe hablar cuando se están pidiendo sinceras disculpas. No lo haré yo.

Quiero precisar que no he perdido perdón. Lo que pido son disculpas. Perdón no pido porque no creo haber cometido ninguna falta más allá de haber sido franco, sincero o lo que carajo haya sido. El pedir perdón implica rogar porque haya olvido y no creo merecerlo. Pero por supuesto que pido disculpas porque veo que hay gente (algunas personas que ni siquiera conozco) que se ha sentido ofendida, aludida o menospreciada y nunca ha sido mi intención el hacerlo. Sigo estando sorprendido. Jamás pensé que nadie fuera a darse por aludido por lo que, tengo ya claro, es un comentario desafortunado cuando menos.

Pero también quiero dejar bien claro que nadie se ha dirigido a mi persona directamente. Más bien se ha organizado una especie de frente común –permítaseme la expresión- contra mi persona. Algunos también alcanzan más allá de mi persona y se han referido a “mi puta madre”. Sólo he podido saber que se trataba de un profesor de instituto al que le diré desde aquí que ignoro esa profesión en mi madre. Pero claro, quién puede saber cosas de ese tipo a ciencia cierta. Lo que si le puedo añadir al anónimo profesor de instituto que mi madre está jubilada (tiene 86 años) tras haber sido profesora de la Orquesta Nacional de España, condecorada, por cierto, con el Lazo de Dama de la Orden del Mérito Civil. Estoy seguro de que su madre no… ¡Que su madre no es puta, digo!

Lo malo de esto no es el comentario, que me lo paso por el forro, lo malo es que se me hace llegar por tercera persona que me lo refiere en lugar y momento en que no puedo ser franco ni sincero. Ya habrá ocasión.

Llamar hijodeputa a una persona suele ser grave en esta sociedad. Pero, por algún extraño fenómeno resulta más peligroso el que inventa palabras. A mí parece que no se me da mal, pero en realidad se me da fatal. Me explico. Por decir a un niño hace décadas que si quería ser “Capitán de la sardina” tuve que explicar durante un buen rato a su padre que no era nada peyorativo. El padre lo comprendió y con evidentes muestras de buen humor se despidió diciendo a su hijo: Anda, vámonos a casa “Capitán de la sardina”. Eran otros tiempos.

También se me ha acusado de utilizar tacos como “cabrostio”, “maricojoñetas”, “cojorroño”. Son los más terribles porque ni siquiera queda claro lo que se quiere decir. Deben de ser insultos malísimos. ¡Ah, sí! En 40 años de profesor de yudo algún “coño” se me ha escapado. No me alcanzó la imaginación.

En otro orden de cosas. Además de seguir con mis disculpas voy a reconocer que soy un baboso. No siempre lo he sido, pero con el paso del tiempo creo que encajo perfectamente con esta definición. En el comentario que motiva toda esta perorata ya había un reconocimiento implícito de que soy un baboso: “Me hago viejo reconocía”.

Pero… ¡Cuidado! ¡Ojo! No estoy llamando baboso a todos los viejos. ¡No! Por favor. Que no se abra otro frente común de viejos que se hayan sentido ofendidos por este nuevo comentario. (Es lo malo de las palabras, una vez proferidas o escritas dejan de ser tuyas y enseguida te dicen –otros- lo que –tú- has querido decir).

Más me hubiera haberme llamado a mí mismo baboso que lo soy. Y no lanzar un miedo a criadores de babosas que fue lo que escribí. Lo lamento, ya lo he retirado y pido disculpas. Aquí el único criador de basas soy yo (y si acaso también mi pu… madre).

Una de las acepciones de la palabra babosa según el diccionario de la RAE es:
Que no tiene edad y condiciones para lo que hace, dice o intenta. Me gusta. Me lo adjudico y eximo a toda otra persona a la que haya podido sentirse aludida por mi comentario de dicho adjetivo que puede utilizarse también como sustantivo. Si me lo permiten –y sigo con mis disculpas- aquí el único baboso o babosa que hay es un servidor, por más señas descerebrado, como me definió el profesor de instituto que conoce un oficio más de mi madre de los que conozco yo.

Por cierto que hace unas semanas un padre de un alumno me llamó a la cara “tonto a las tres” –no era la hora; no le dí importancia- y “gilipoyas” al darme la espalda. Como verán no me merezco ni el esfuerzo de que me llamen cosas raras. O gilipoyas o hijodeputa. Bueno, sí… también “descerebrado”, que ya me hace mucha más ilusión, aunque luego se me recuerde un oficio de mi madre que yo no conozco ni reconozco.

En esto del insulto hay auténticos artistas en rebuscar o inventar. Se me viene a la memoria aquellos, tan de la radio, como “meapilas”, “soplagaitas”, “abrazafarolas”, “chupópteros”. También fueron famosos años atrás los de “maricaplaya”, “cantamañanas”, “chuloferia”, “pilingui”. Y más recientemente “maricomplejines”.

Se trataba de poner un poco de humor en un tema que debe de ser grave porque ha habido “muchas quejas”, se me ha dicho. A mí, decía antes, nadie se ha dirigido para pedir explicaciones o una satisfacción. Nadie me ha dado la oportunidad de disculparme. Sólo un comentario ha subido un poco de tono entre los muchos que venían a animarme o a apoyar de alguna manera la manifestación de mi sentimiento de angustia. Bueno había otro que además de recomendarme que dejara de decir gilipolleces incurría en multitud de incoherencias, supongo que por el estado en que se encontraba su autora. Autora desconocida para mí, por otra parte. Ese comentario lo retiré. En cambio permanece este otro de autora también desconocida por mí, pero que se identificó:

“Pues es hora de dejar el sitio a otros, que lo hagan con más cariño y respeto que usted, porque todo eso que dice de ellos a lo mejor lo han aprendido en el campamento que usted lleva

Me encanta este comentario. Uno de los “Me gusta” es mío. “Es hora de dejar el sitio a otros”: puedo estar de acuerdo (¿alguna idea o sugerencia?). “Que lo hagan con más cariño y respeto” (estoy seguro que habrá gente mucho más cariñosa y respetuosa, lo que no tengo claro es si eso tiene que ver con responsabilidad y experiencia. Tampoco creo que haya faltado al respeto a ningún niño de este ni de ningún campamento y en cambio muchos pueden hablar de gestos de cariño. En todo caso, ¿cariño y respeto son los requerimientos para ser monitor de campamento?). “Todo eso que dice de ellos a lo mejor lo han aprendido en el campamento que usted lleva”. Esta frase final es la mejor. Me eleva a la responsabilidad de “llevar” el campamento. Así llego yo a casa tan cansado. Menuda carga.

Bueno, bromas aparte. Si la autora de este comentario se ha sentido aludida por el mío le pido mis más sinceras (y francas) disculpas, agradeciendo la valentía de haber hecho pública su queja en el mismo medio en que se publicó y sin esconderse. También le agradezco y creo que le honra como persona de gran talla humana el tono empleado y las recomendaciones que incluye. Ha sido muy educada. El propio comentario de esta desconocida (desconocida por mí) autora, es muy positivo porque indica una finalidad y vislumbra alguna solución (si no es capaz de poner más cariño y respeto deje a otros en su lugar) No es difícil, pues, leyendo este comentario, deducir que su autora es persona positiva, educada y eficaz… y valiente.

Hablando de valentía. Yo esa cualidad no la tengo. Debo de ser uno de los cobardes más grandes que conozco porque estoy continuamente enfrentándome a mis miedos y muchas veces me superan. De hecho, el comentario (mío) que ha motivado esta larga carta de disculpas expresaba eso mismo; un miedo. Esa falta de valentía, en cambio, no me impide reconocer mis errores. También son multitud. En eso (en cometer errores) también debo batir algunas marcas. Lo lamento sobre todo cuando afectan a otros. Al publicar mi comentario he cometido un error y parece que ha afectado a otros. Pido disculpas a quienes haya podido afectar y lamento que haya sucedido todo lo que ha sucedido a raíz de este comentario. También recuerdo que el comentario fue retirado tan pronto fui informado por los amigos que me informaron del malestar que había producido (nunca, directamente por personas que se sintieran aludidas; nadie ofendido se ha dirigido a mi). Traté de editar el mensaje para abundar en mi explicación, retirando lo que pudiera ser ofensivo, y no parece haber sido con feliz resultado. Algunos me han acusado de lo que soy: un cobarde. También lamento que no haya bastado con ello. Pero insisto en mis disculpas y también insisto en que no pido perdón (ni clemencia). Asumo las consecuencias de este grave asunto e intentaré hacerlo sin la cobardía que me adorna como persona muy a mi pesar. Espero que el castigo, sanción o pena que me caiga sirva para que en el futuro no cometa actos de esta bajeza y aprenda la lección. Creo que aún se puede sacar algo positivo de este descerebrado profesor cobarde de tan dilatada experiencia si Uds. me dan la oportunidad. Prometo intentar con todas mis energías no volver a cometer un error de este calibre si es que se tiene a bien darme la oportunidad –que no sé si merezco- de reivindicarme en el futuro con una conducta ejemplar que incluya el mostrarme más cariñoso y respetuoso (son los únicos consejos que me han llegado directamente) con quienes me rodean.

Estoy seguro de que me he extendido demasiado. Es otro de los defectos que tengo. Quizás por mi formación como periodista. Me pongo a escribir y no veo el momento de parar… Llevo varios años en el paro como periodista y suelo recordar a mis amigos (algunos quedan dispuestos a perdonar mi error) que ya no soy periodista (dejé de serlo muy al principio de esta pertinaz crisis) sino Licenciado en Ciencias de la Información. Espero disculpen este defecto y al menos haya entretenido a quienes hayan seguido leyendo hasta aquí. Tienen mérito.

Ojalá que de toda esta larga carta de disculpas no se entresaquen, fuera de contexto, palabras mías que abunden en mi primer error: el fatal comentario que nunca lancé a nadie determinado y que sólo intentaba expulsar una angustia ante una situación determinada. Soy un cobarde.

Por supuesto, unir a mis disculpas el profundo agradecimiento a quienes, pese a todo, han hecho el esfuerzo de intentar ayudarme aún a riesgo de salpicarse con mi indecorosa conducta. Valoro en mucho ese gesto de amistad, que no merezco, y espero tener la talla humana, algún día, de devolverles la profunda gratitud que me ha producido. No merezco los amigos que tengo, pero prometo trabajar duro para, algún día, ser merecedor de su gran corazón y no defraudarles como continuamente vengo haciendo.

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editado por...Wladi Martín @ sábado, julio 05, 2014
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sábado, febrero 15, 2014

Lucha, que algo queda

El supremo arte de la guerra es doblegar al enemigo sin luchar. Sun Tzu



No hace mucho, en un cursillo de reciclaje de profesores, se estableció una discusión interesante al proponer que cada uno de los asistentes definiera qué era para él el yudo. Una veterana profesora a la que tengo enorme cariño y respeto se enfadó por el hecho de que varios de los presentes recurriera a la denominación de deporte de lucha para definir el yudo. Yo fui de los que emplee esa denominación. Ella tenía mucha razón, pero yo tenía la mía y es de la que voy a hablar.


Conviene saber las palabras que se usan y tener alguna idea de dónde vienen. Luego, el uso y las costumbres hacen lo suyo con esas mismas palabras y tenemos que acabar aceptando presidenta o almóndiga. O que bonito es lo mismo que lindo, cuando era el diminutivo de bueno. Son cosas que pasan.

El origen de la palabra lucha, como tatas del castellano, o del español -como me gusta a mí decir-, hay que ir a buscarlo al latín. Se emparenta con luctus de donde viene luto, además de lucha. Por supuesto que tiene connotaciones tristes, pero a mí me interesa la idea de lucha como enfrentamiento a la muerte. Es decir, como pelear por vivir. Creo que, en definitiva, esa es en esencia toda lucha: mantenerse o sentirse vivo.

No quiero ponerme demasiado trascendental, pero toda lucha viene a ser una pelea por estar o sentirse vivo. Esa es la idea que me lleva a estas reflexiones.


Está claro que no está bien visto emplear una serie de palabras en la actualidad y quedan penalizadas por la psicología moderna, que también ha hecho lo suyo con algunas voces; ha añadido algunas denominaciones valiosas –pulsión recuerdo ahora- y nos ha degenerado otras que también eran interesantes para meterlas en el cajón de las no convenientes o políticamente incorrectas. En fin, todavía los hay que gustan de llamar pan al pan y vino al vino.

La lucha a la que debe ir unido el yudo es la de la disciplina, esa disciplina que nace del interior del individuo y no la que viene de fuera, por la orden o el mando; esa no vale más que para organizar ejércitos (¿de autómatas?). La verdadera disciplina debe nacer en la voluntad, que es interna, es propia. Disciplina, por cierto, viene de educar o enseñar; lo que es todo un descubrimiento.

Por la educación se puede activar el núcleo interno del individuo en que reside el control del deseo, de las ganas de aprender… de la disciplina. Qué parecida es la palabra disciplina a la de discípulo, ¿verdad?



Toda una lucha, por cierto, la que establece la disciplina con la molicie tan aparentemente propia del ser humano. Una lucha de la que todos tenemos noticias a lo largo de cada una de las jornadas de nuestra vida. De ahí que tenga aún mayor valor el hablar de lucha y también de vencer o ganar (¿palabras metidas en el cajón de la no conveniencia) a la pereza.

Cuando uno da ejemplo, como lo hace cualquier profesor de yudo, está educando, está disciplinando. Cada vez que un profesor de yudo se arrodilla frente a sus alumnos en un acto tan ritual como raro –hasta superfluo, para algunas corrientes- lo que hace es educar. Lo hace al comienzo de cada clase y al final de la misma. También hay una lucha, en ello, por recordar lo diferente que es el yudo frente a otros muchos deportes, en ese acto superfluo, ritual, místico… o mágico (quién sabe). ¿Se lucha porque el yudo no se acabe convirtiendo en un fútbol de tatami, por ejemplo?



Hoy día, las clases de yudo –mis clases de yudo- no son como las que impartía hace muchos años. Hace mucho más de lo que me apetece confesar, las clases las organizaba en torno al deseo del niño de medirse a otros –a sí mismo- en acciones de encuentro físico sobre la base de estirones, forcejeos, disputas, mañas, anticipaciones… Me hubiera quedado sólo de no haber evolucionado. Muchos son los niños de nuestros tiempos que rehuyen ese encuentro. No entro en valoraciones que no me corresponden de si está bien o está mal. Yo qué sé. Me limito a dar mi impresión en base a la experiencia propia, que no es poca.

Si bien hoy no es fácil organizar las clases como se hacía algunos lustros atrás, no es menos cierto que el yudo es lo que es. Es decir, que si el yudo no es un deporte de lucha –como estoy tratando de demostrar que efectivamente es- se parece mucho. Hay un acto físico de agarre, de empujar, de traccionar o de estirar una vez se agarra, hay pugna por mantener el agarre, por librarse del agarre del compañero… y todavía estamos hablando sólo del agarre.

Con todo esto no contradigo que siempre he investigado en el juego para mis clases de yudo como fuente principal de aprendizaje. Estoy absolutamente de acuerdo con Piaget y sus ideas de que el juego es el centro de la vida y el medio de aprender conocimientos para los niños. Pero esos juegos deberán ir encaminados al objetivo final y no una simple distracción para no perder alumnos –ojo al efecto guardería-. Es decir, que a fin de cuentas, el juego de la clase de yudo tendrá algo de lucha; lucha por ganar una posición, por desequilibrar al compañero, por llegar antes a un lugar, punto o situación que tiene algo que ver con el yudo, etc. Es que, además, el propio yudo, es, a mi entender, un juego: un juego de lucha. ¿O es que no se lucha en el juego?


Tras haber lanzado estas líneas de reflexión me quedo con que evidentemente hay que hacer atractivas las clases de yudo. Hay que evolucionar e investigar para llevar el yudo a los gustos del individuo en sus circunstancias actuales, por supuesto. Y nunca pretender que sea el niño o el practicante el que adapte sus intereses a los del yudo; está también claro. Pero a ver si por mucho evolucionar se nos olvida de dónde partimos y ya nunca podemos regresar al camino, esa palabra que tanto tiene que ver con nuestro deporte.


Si luchar es esforzarse en aprender, aplicar disciplina (para ser discípulo) y, por tanto, hacer caso al maestro; si luchar es sudar y repetir hasta conseguir dominar gestos deslavazados para llevarlos por lo conveniente; si luchar es crecer, conocerse, respetarse para respetar y ser respetado; si luchar es combinar esfuerzo con diversión; si luchar es perseverar, levantarse cada vez que uno cae –o es derribado-; si luchar es creer en el mayor o el anterior (que también tiene que ver con anciano –hablando de palabras-); si luchar es sobreponerse; si luchar es no cejar; entonces, el yudo es un deporte de lucha.

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editado por...Wladi Martín @ sábado, febrero 15, 2014
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sábado, julio 07, 2012

Esfuerzo y diversión a partes iguales



Hice una propuesta al grupo de alumnos mayores (los de más edad; no los viejos, que mayor sigue siendo adverbio y no sustantivo). Chicos de 13 o 14 años de edad y una sola muchacha nacida en Bulgaria, que lleva ocho años viviendo en España. Sólo una chica entre una docena de varones.

Propuse mezclar a dosis iguales esfuerzo y diversión. Y recordé que sólo el esfuerzo puede hacer penoso el proyecto. Y que sólo la diversión puede difuminar el objetivo y camuflarlo.

Parece que funcionó… el primer día.

Los jóvenes escuchan si se les habla directamente y del modo adecuado (nunca chillando, eso les inmuniza, notan que suena la alarma que les atrinchera en su sordera). Cuanto más viejo me voy haciendo más hablo con mis alumnos. Y me oyen. Algunos incluso me escuchan.

¡Ay si fuera yo la voz de la sabiduría! Sólo puedo aportar algo de experiencia; la mía.

En estos días de julio caluroso (como los cien julios que precedieron a éste) andamos con un campamento multideporte en Parla. Está bien concebido de manera que se le da la oportunidad al alumnado de practicar en cursillos de tres días seguidos seis bloques deportivos diferentes. Siempre de 9.30 a 11.30; durante dos horas seguidas ¡nada menos! Luego, tras el almuerzo, tienen curso de natación de 12.00 a 13.00 y a continuación baño libre… Hasta las dos que se van a sus respectivos domicilios (o a donde se les ponga en los cascarones)

Los bloques por los que rotan los 150 niños participantes en este campamento, organizados en grupos de 25 cada uno, son: Fútbol (que no nos falte nunca el fútbol), Atletismo, Juegos Populares, Yudo, Danza y Deportes de Sala.

La oportunidad de promocionar un deporte tan poco atractivo para los Mass Media como el yudo, de una forma tan directa y contundente, es una maravilla. De hecho, tras la primera semana de trabajo los resultados están siendo muy positivos… ¡todavía no se ha matado ningún niño!

Ironías aparte, el trabajo profesional está siendo de altísima calidad llegando a captar en muchas ocasiones el interés de los muchachos. No obstante, rezuma en muchos de ellos un estado de apatía característico del chaval que sabe que está donde está, haciendo lo que sea, con tal de no estar en su casa porque sus padres no pueden atenderle. Este sí es un mal de los tiempos que corren y, por más que en los tiempos de Sócrates ya fueran los jóvenes también díscolos y poco respetuosos, es en nuestra sociedad moderna en la que se sienten desplazados contra su voluntad a lugares que no siempre eligen de motu proprio y por decisiones en las que, además de no intervenir, no están en absoluto de acuerdo. El viaje a ninguna parte –o tránsito contínuo- de los niños de padres trabajadores, se podría decir. Y muchas veces ni siquiera es que sus padres anden tan atareados y tampoco es que no puedan atender a sus retoños; es que no quieren. Y viendo cómo son, a mí no me extraña. Pero es que, cómo son, es precisamente un fiel reflejo de cómo son educados y eso incluye cómo se les trata y a dónde se les manda cuando llegan las vacaciones con tal de no atenderles (o precisamente por no poderles atender).

La sociedad moderna está montada tipo trampa. Una vez sales de eso de la adolescencia aspira el ser humano a independizarse y es cuando más depende si bien sea de un modo más sibilino o inconsciente. Si hasta la adolescencia el ser humano depende de la madre protectora y del padre provisor lo hace a pleno pulmón; con todas las consecuencias. Una vez madura ese ser humano (si es que madurar es la palabra correcta) se pasa a un estado de libertad condicionada que confunde y origina multitud de depresiones. Se pasa a depender de un trabajo, de un jefe, de una empresa, de un coche o medio de comunicación para ir a trabajar o a buscar la fuente de ingresos. Y todo eso cuando la ecuación se puede simplificar así, pues hoy son legión los que pululan sin fuente de ingreso fija, sin dirección pues, de un lado a otro intentando dar visos de normalidad a su existencia; dejando los días pasar a ver si vienen tiempos mejores. ¡Un panorama!

Como yo no tengo soluciones y tampoco he planteado aquí el asunto de una manera demasiado científica voy a volver al comienzo de mi reflexión. Sabido es que este WLADIARIO no pasa de ser un vomitorio de las ideas y reflexiones de este periodista en paro y abnegado profesor de yudo que suscribe. Si a alguien en algún momento le aporta algo positivo ya es todo un inesperado honor.

El primer día del cursillo de los muchachos de 13 y 14 años de edad les propuse ese cóctel de Esfuerzo y diversión; ¿recuerdan? Ahora voy a hablarles de él y de cómo me meto yo lingotazos de dicha bebida inventada que además no se puede beber. Pero a mí me va funcionando.

Se me ocurre que el equilibrio entre esfuerzo y diversión es la receta de lo poco que he ido consiguiendo en esta efímera vida (y no es mucho). Pero no hablo de lo material ahora sino de tener un cierto estilo a la hora de gastar eso que llamamos vida y de no perecer al intentarlo.

Si traducimos esfuerzo por sacrificio y diversión por humor, creo que podríamos obrar algún cambio que a la larga podría ser interesante, cuando no importante. El sacrificio sería el de las generaciones de personas que tenemos (por edad) que pagar las consecuencias de la que hemos liado. El humor sería el de afrontarlo sin pesar, sin hacernos un cáncer o volvernos majaras. ¿Podría esa ser una solución? Afrontar que tenemos que preparar a nuestros jóvenes para una sociedad mejor; la que ellos conseguirán crear. A cambio de afrontar, con sentido del humor, que a nosotros nos ha tocado esa tarea y no otra.

Ahora que se recorta el gasto social en Educación -¡qué disparate!- hay que recurrir al sentido del humor y a la imaginación (su prima hermana).

El autor con las medallas que él mismo ha confeccionado para premiar al alumno más aplicado de cada grupo del campamento mutideporte de la Concejalía de Deportes del Ayuntamiento de Parla

Hay menos medios, pero se pueden suplir o, al menos, paliar, con grandes dosis de imaginación. Algo así estamos tratando de hacer, precisamente en este campamento multideporte de Parla. Y ¡ojo! que algunas cosas sí que se tienen. ¡Menudas piscinas tienen a su disposición los chavales que participan en este campamento! También un fenomenal equipo de técnicos y monitores deportivos que están a diario dando lo mejor de sí mismos; y me incluyo sin falsa modestia.

¿Por qué no les damos una lección a nuestros gobernantes educando a sus propios hijos para que sean menos cicateros y mediocres que sus padres? ¿No saldríamos ganando todos?

Esperemos que antes de morir de hambre, los maestros de este país hayan alimentado el corazón de los jóvenes para que sean libres, inteligentes y sanos. Y sean capaces de enmendar los errores de sus mayores, cuando les llegue el momento de elegir entre hacerlo o caer en errores similares. ¡Que así sea!

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editado por...Wladi Martín @ sábado, julio 07, 2012
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viernes, mayo 18, 2012

Algunos motivos que pudiera tener un profesor de yudo para practicarse el sepuku


Cuando llega el invierno hace frío, cuando llega el verano hace calor. Así es ha sido y será si no nos cargamos la casa de todos. Pero, cuando hace frío porque hace frío y cuando hace calor porque hace calor oigo quejas; las mismas quejas.

Empiezo a tener colmado mi término municipal. ¿Colmatado’ dicen los políticos. La gota que colme el vaso no sé cuál será, pero espero estar atento para no acabar haciéndome el jara-kiri; ¡perdón, el sepuku! Suelo ser recepcionista de quejas y lamentos y a mí me enseñaron a no mostrar debilidad. Lo llevo mal. Llevo mal eso de ver cómo criamos débiles e ignorantes a nuestros jóvenes. La protección de las madres la abolía yo por decreto ley. ¡Ay si llegase a ministro! Qué poco iba a durar; menos que el Corcuera.

A veces le doy la vuelta al Yigoro Kano que preside nuestro humilde tatami. Que no vea mi ineptitud para transmitir el rico legado que él sí que supo hacernos llegar.

Una niña sale sofocada de la clase. Es raro. La madre me dice que hace calor. Escucho queja en sus palabras. Yo no sé arreglar el aparato de aire acondicionado que no funciona desde hace un año en nuestra sala. Tampoco sé que pinta esa niña de 7 años en la clase de ‘bandas naranjas’ (niños de 4 y 5 años… ¡6 todo lo más!) De eso no hay queja. Sólo de que se suda cuando el ‘profe’ (y el calor) aprietan. O cuando sale un niño sofocado. Ya me pasó en un colegio de judíos de la Moraleja. Me sentí un nazi.

Desde la Federación me envían un mensaje que indica que no se acepta mi candidatura a la Asamblea General en la que se votará el nuevo (¿nuevo?) presidente. Jamás estuve en una de esas Asambleas. Ahora entiendo por qué. Me dicen escuetamente que “no se incluye nombre del club”. Lo veo natural. Hemos puesto un nombre tan raro al club que cualquiera da con ello. Eso sí, llevo pagando cuotas de club o clubes en dicha Federación desde hace unos treinta años. Como para seguirme la pista. Natural.

Voy a explicar en una clase de yudo recreativo el grupo de contra-ataques sin soltar agarre. Le pido a mi uke que realice, sobre mí, kosi-guruma. El muchacho obtuvo el cinturón negro el verano pasado y argumenta que él “por nombres…” Le empujo y subiendo el tono de voz le conmino a que haga kosi-guruma y se deje de tonterías. El muchacho hace memoria y acaba por hacer algo parecido a una mezcla de jaraigosi y taiotosi. ¡Te cagas! Vuelvo a virar la foto de Yigoro Kano antes de que abra más los ojos y se le vayan a descolgar las córneas.

Llego al edificio en que tenemos la sala de yudo y veo un periódico encima de un poyete. Faltan veinte minutos para las cinco de la tarde. Acabo mis clases, recojo y al salir de la sala de yudo veo el suelo lleno de papeles por todas partes. Son jirones del periódico que alguien quiso utilizar y no sabía cómo. Parece que estoy en una cuadra. Por allí pasaron varias docenas de niños majísimos y de esmerados padres y madres (de esos mismos niños). Tampoco debían saber cómo se usa un periódico (ni una papelera que tenemos al lado). Mi mujer que, ella sí, es el estricto espíritu del ceder para vencer, sin decir una palabra ni hacer caso a mis lamentos, recoge el desaguisado. Mañana no habrá rastro. ¿No habrá rastro de qué?

Estamos educando a los niños y yo creía que no lo hacía mal. Cuando se sabe es cuando dejan de serlo. Uno de los monitores de nuestro club me confiesa que imparte las clases sin ponerse el yudogui. No le da tiempo. ¡Mala educación! Y me hecho yo la culpa, cuidado.

Plantado en la puerta, con la clase comenzada, atiendo a padres de los niños que acaban de salir de la clase anterior. Por delante mía consiguen pasar mozalbetes sin pedir permiso… sin siquiera saludar. Al comenzar la clase eran siete. Cuando por fin atiendo a los padres encuentro 13 saltando como cabras y, por supuesto, sin seguir las indicaciones que había dado para realizar el calentamiento. Soy un pésimo profesor y peor educador aún.

Iba a poner una katana en la sala de yudo. Me he arrepentido. Conozco el ritual del sepuku.

Estoy a punto de perder el honor y preferiría antes perder la vida; esa misma vida que llevo entregada a mi sorda labor de enseñar yudo de transmitir sus valores, de formar yudocas (algo más que simples deportistas).

El padre del niño más pusilánime suele ser el que te viene a pedir explicaciones de por qué no se le ha entregado la circular para participar en tal o cual actividad. Me suelo armar de la poca paciencia que me queda para explicar mis criterios. Acabo rechinando dientes y con ganas de preguntar si quiere que le devuelva todo el dinero que no han pagado por las muchas horas que empleo en excederme de mi trabajo en mi tiempo libre, precisamente para atender a ese niño pusilánime, al otro hiperactivo, al otro tímido, al otro agresivo y al otro o la otra y el otro y la otra.

Todavía a estas alturas del curso tengo algún que otro chiquitín que no quiere pasar a la clase de yudo. Se abrazan a la pierna de la mamá y estallan en una fenomenal rabieta. Son momentos en que comprendes lo elástico y relativo que es el paso del tiempo. Son escenas de apenas cinco minutos que te llevan más esfuerzo atravesar que un día sin luz eléctrica recluido en tu casa. Pero es que estamos a final de curso ¡coño! Y ya se cansa uno. Es injusto ¿no? Pero todavía alguna madre del niño o niña con rabieta te pregunta ‘¡qué es lo que ha pasado!’ Como si hubiera indicios de que hubieras abusado del menor o qué sé yo. No se dan cuenta de que acaban de volver de un Puente y de que tienen a los niños muy mimados. No recuerdan que te los llevan para ver si tú eres capaz de espabilarlos; de hacer de ellos gente sana y fuerte.

Está de moda que los niños acudan a clase de yudo con accesorios. Unos llevan pañuelitos escondidos en el yudogui. Otros un dosificador de medicina para el asma. Otros una botellita de agua de la que chupan cual si fuera una ubre, en cuanto te descuidas. Y eso en clases de 45 minutos en pleno mes de febrero, por ejemplo. Cuidado no se vayan a deshidratar. Todos los días se secan varias docenas de niños en los doyos de nuestro país.

Lo que no todos los niños llevan son las chanclas que recomendamos y con las que evitarían papilomas, hongos y otras porquerías que tanto aterran a sus mamás. Jamás en mis 35 años de profesor de yudo había tenido en uno de mis tatamis semejantes cochinadas. Ahora aseguran que sí.

Llegamos a un tema que últimamente me tiene punto más que preocupado. Estoy desubicado. Ahora que tenemos a nuestro alcance el potente comunicador que supone Internet no consigo hacer llegar con eficacia y claridad mi mensaje a mi receptor. Tenemos blog, tenemos listado de e-mail de muchos de nuestros alumnos, estamos en cuatro de las más extendidas redes sociales. Y todavía seguimos entregando circulares por el viejo método de fotocopiar una carta y entregar en mano a cada niño. Añadiré que uno se ha metido cinco años de licenciatura precisamente en Ciencias de la Información. Pues como si le echas margaritas a los cerdos. Algunos son capaces de venirte (en el cambio clases, ¡cómo no!) a preguntarte, papel en mano cada una de las cuestiones que se resuelven en el papelito de los cojones. Por cierto, ahora que pasamos de los 200 alumnos, estamos en unos 35 euros de gasto medio mensual en fotocopias.

El colmo en este sentido es el tema del plazo de entrega de la autorización, que cómo se comprenderá viene a ser la inscripción. Así escribas un verso satánico hay quien pasa la vista por ese apartado como el ciego del Lazarillo, pero con menos atención. Es inútil poner un plazo, fijar un día de cierre. Es inútil ¡Soy inútil! Menos mal que la katana no la llevé al doyo. Seguirá metida en el alto de algún armario.

Luego está la dificultad de registrar el nombre del alumno, claro. Como si el ‘profe’ conociera la firma de cada papá y mamá de los alumnos que tiene.

Así que, ya digo, no me extraña que en la Federación me hayan echado para atrás mi candidatura por no haber consignado el nombre del club que presido y cuyas tres primeras letras coinciden con las tres primeras letras de mi nombre. Casualidades. También tendría que decir que la Federación, al menos conmigo, no gasta 30 euros al mes en fotocopias, porque no me ha proporcionado modelo alguno para que yo solicitara el derecho a ser elegible. De manera que no sabía lo importante que era consignar el nombre del club ni dónde hacerlo.

Pero todo esto son menudencias. Hablamos ahora de otras causas de sepuku.

Pongámonos a fabular. Se imaginan un colegio en el que el profesor de yudo lo paga el Ayuntamiento (o no le paga pero dice que le paga) y que se supone que las clases son pues gratuitas, pero que la AMPA cobra por cada uno de esos mismos niños. Se imaginan un Ayuntamiento que ofrece a otro colegio clases de yudo gratuitas y obliga a un club deportivo a poner el monitor y a pagarlo, cuando además ni siquiera facilita el tatami, sino que es el propio club el que lo cede.

Son fábulas verdad. Pues así van a quedar, que no me siento ni Samaniego ni Esopo, sino más bien Kafka y me huelo que también escribiendo se puede uno hacer el jara-kiri. De momento, me encuentro en tal estado como si me hubiera metido un disparo en todo el juanete. ¡Seré ‘bobón’!

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editado por...Wladi Martín @ viernes, mayo 18, 2012
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martes, mayo 01, 2012

1 de Mayo. Convicción y filosofía




Me van faltando las fuerzas. Ya no tengo energía como antes (¿derrochaba?). Sólo he adquirido una especia de resistencia que yo llamaría sorda; por no decir muda. Ya no grito al hablar, por más que clame al cielo, que se suele decir. Procuro que no se me marque la vena del cuello al manifestar airado cualquier tipo de agravio. Hay que cuidar la tensión, que en mi caso suele estar por las nubes… como muchos ciudadanos con los que convivo. Tanta más información, tanta más intoxicación; como en los alimentos. ¿Por qué se iba a librar la comunicación (la verdad) si un yogur ya no se te pone pocho fuera de la nevera?


Me van faltando las fuerzas. Ya no tengo energía como antes (¿derrochaba?). Sólo he adquirido una especia de resistencia que yo llamaría sorda; por no decir muda. Ya no grito al hablar, por más que clame al cielo, que se suele decir. Procuro que no se me marque la vena del cuello al manifestar airado cualquier tipo de agravio. Hay que cuidar la tensión, que en mi caso suele estar por las nubes… como muchos ciudadanos con los que convivo. Tanta más información, tanta más intoxicación; como en los alimentos. ¿Por qué se iba a librar la comunicación si un yogur ya no se te pone pocho fuera de la nevera?


De mis años de estudiante de periodismo (de mis muchos años) aprendí algunas cosas. No las que se suponen -a escribir correctamente, a saber comunicar, a saber informar- que eso ya lo sabía. Más bien me mataron el deseo de escribir, o, al menos, me lo encarcelaron durante muchos años; llegué a pensar que era cadena perpetua. Aprendí a leer más que a escribir. Me enseñaron que hay que leer entre líneas. Me enseñaron que unos escriben lo que quieren que se lea y, sobre todo, tapan, escamotean, lo que no quieren que se lea. 


Me enseñaron lo que es la ‘agenda setting’ término hoy en día inútil pues todos los telediarios, por ejemplo, dan las mismas noticias. Hasta la del parto de niños siameses o el ladrón al que detiene con una escoba la china del local que asaltaba la repiten en todos y cada uno de los informativos televisivos.


Hoy día a los sindicatos se les ataca. Se ataca a los sindicatos para que se odie a los sindicalistas. Todos, en mayor o menor medida hemos picado. Nos escriben que se trata de una especie de casta de aprovechados, que viene ‘explotar’ de algún modo al propio trabajador como lo hace la propia empresa salvaje. Y la mayoría lee que son unos golfos que predican una cosa y, en cambio, se enriquecen gracias a oscuros pactos con el sistema y los que lo hacen posible. 

La Puerta del Sol poco antes de que llegase la marcha desde Neptuno (ver reloj)
 Algo de razón pudiera haber en todo eso. Incluso puede que el porcentaje de sindicalistas golfetes, trinquetes, vagos y mantenidos sea alto. Ud. que está leyendo esto conoce a un par de ellos. 

La Puerta del Sol poco después de que llegase la marcha cuando empezó a llover (ver reloj)
También está en la mente de todos algún concejalucho o pliticastro que trinca, que empezó con una mano delante y otra detrás y que, ahora, está fuera de cacho, sin mérito ni merecimiento, más allá de los conseguidos en pasillos y pasamanos.


Otro caso del que ahora no se habla (¡¿mucho!?) es el de la policía. Siempre ha habido en ese cuerpo del orden público brutos, trincones, corruptos, abusones y gentes de escasa conciencia por no decir algo peor. Pero hasta los más próximos al anarquismo (como quien esto firma), ruega que haya cerca un policía si se ve en un verdadero apuro en plena calle a altas horas de la madrugada.

Quizás por ahí vayan los tiros y nunca mejor dicho. Si, hoy por hoy, en tiempos de revolución larvada y crisis de sistema, la policía no debe desaparecer ¿por qué iban a desaparecer los sindicatos? Pues está muy claro por qué.


¿Es que acaso los partidos políticos deben desaparecer por la cantidad de delincuentes que cobijan en su seno? Más aún, ¿es que tenemos que acabar con esta democracia que tanto ha costado conseguir porque unos pocos se empeñan en no mejorarla? 

La pelea es otra, me parece a mí. El ataque más grave, siendo brutal todo el que se está perpetrando contra el ciudadano medio, es el que se embosca en el futuro. Se ataca a la Educación que es el futuro de toda nación, de todo pueblo; y ya no digo país, porque este país se ha ido a la mierda. Sólo queda que nos salvemos como nación, como pueblo de gente orgullosa y trabajadora que siempre habitó esta puta y puteada piel de toro. Por eso ese ataque que ahora se ejecuta está calculado como una carga de profundidad. Y les va a estallar en la cara a nuestros hijos y a los hijos de estos. Un ejemplo: ¿qué pasa con los abogados que tendrían que licenciarse este año? Pues pasa que no serán abogados ni podrán colegiarse hasta que no cursen un ‘master’, un post-grado o como lo quieran llamar. ¿Y quién coño se puede permitir pagar un ‘master’? Pues eso, el que tenga la pasta. ¡Maldito parné!

José Ricardo Martínez, líder de UGT Madrid
Si consiguen narcotizar a nuestra juventud es que no ha valido para nada todo esto. Si no somos capaces de transmitir y ellos de entender que en este país hubo una guerra cainita, superada (quizás), pero no olvidada, es que podemos caer en los mismos errores. ¡Qué horror!

Hoy más que nunca es tiempo de convicciones, de ética y de filósofos. De filósofos como los que callan los grandes grupos editoriales o como los que domestican esos mismos grandes grupos. Pero también de filósofos como los que tenemos a nuestro lado en ralos parajes de desidia y molicie, camuflados como simples hombres y mujeres que van a lo suyo, cuando en realidad se comprometen con lo de todos. He conocido gente íntegra en la política, en el mundo sindical, en el mundo empresarial …y, también, en la policía. Son pocos y la chusma les suele tapar como la maraña tapa algunas raras flores de nuestra flora. Es fácil distinguirlos por su equilibrio, por su convicción y por saber enmendar sus propios errores, que, por supuesto, cometen.

Javier López, CCOO Madrid
Búsquese un filósofo. Procure seguir su ejemplo. Haga de sus convicciones su camino en esta vida y no coja atajos. No llevan a ninguna parte. Y no se haga el jara-kiri (sepuku)cuando vea una mácula en su filósofo; no todos son Séneca y, sin embargo, nadie quiere acabar con la filosofía. ¿Nadie?


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editado por...Wladi Martín @ martes, mayo 01, 2012
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domingo, diciembre 18, 2011

Esfuerzo y diversión

En estos últimos días ando yo metido en el embrollo del esfuerzo. Dicen que se había perdido eso de esforzarse y conseguir algo a cambio. Hace poco, se insistía en que entre la pérdida de valores de nuestros jóvenes estaba el de la superación, que nos lleva a la idea de esfuerzo con mucha facilidad.

Recuerdo que cuando era joven apareció el concepto del pasota y del pasotismo. Antes, cuando aún era un niño, oía hablar de los hippies con su haz el amor y no la guerra. Se enfrentaban a los tanques con flores en la mano y emboscados en pelambreras muy llamativas. Menudas melenas…

El otro día le decía a un alumno gordito que debía trabajar más en la clase (esfuerzo). El muchacho, un pillastre de cuidado, hacía el búho. Abría mucho los ojos para que pareciera que me escuchaba. En realidad bastante tenía con prepararse para entrar de lleno en la pubertad que estaba ya barruntando. ‘Pasaba’ de mí. Yo, por mi parte, también pasaba de su pasotismo y seguía a lo mío; esa rara tarea que algunos nos hemos impuesto y que llamamos educar. Trataba de explicar al muchacho que a pesar de su pereza o vagancia vendría a acudir en su ayuda un día de estos el cambio metabólico. Pero también le aconsejé que sería conveniente que cuando llegase ese cambio metabólico le pillase haciendo ejercicio. De esa manera acabaría siendo un tío fuerte, cachas… En realidad lo que estaba intentando era inocular en el despótico jovencito el deseo de hacer ciertos ejercicios que acometía con displicencia. Me proponía sugerirle que confiara en la voz de la experiencia (la mía) para que se sometiera a ejercicios físicos que él conocía perfectamente, pero que también perfectamente eludía un día sí y otro también. El resultado era que el muchacho, con trece años cumplidos, seguía siendo un zampón atolondrado con agilidad parecida a la de los moluscos bivalvos y eso pese a llevar siete años de práctica continuada de yudo bajo mi tutela. Un verdadero desperdicio.




Cocktail del joven maduro y con futuro
INGREDIENTES:
Esfuerzo y diversión a partes iguales.
Un chorrito de deseo
Unas gotas de disciplina
Agítese y sírvase en frío
Beber inmediatamente y a discreción.
Precaución: Puede tener efectos a largo plazo


Hay profesores (o maestros, como Uds. prefieran) que acaban enloqueciendo o quemándose ante la displicencia de su alumnado. Hay otros que se vuelven más pasotas que la comuna hippie de Woodstock. Luego hay otros que se dejan la puta piel en su empeño… ¡educar! Y hoy día, además de educar a los niños, hay que hacerse las mañas para educar de rebote a los padres; esos sujetos que en cinco minutos te joden toda la labor didáctica y educativa que has realizado en horas. Y digo educativo no formativa. No voy a entrar ahora en que los padres de hoy día quitan la autoridad al profesor y no se compinchan con los educadores en esa labor de educar a los jóvenes. Pero queda dicho ya.

De lo que vengo hablando hoy es del cocktail que lleva por ingredientes, principalmente esfuerzo y diversión, a partes iguales. A esa sana bebida, se le añade un chorrito de deseo, unas gotas de disciplina y tenemos una explosiva medicina que puede TRANSFORMAR (todo con mayúsculas) al niño en hombre, con sólo agitar todo un poco.

La palabra esfuerzo lleva dentro otra que es la palabra fuerza. Eso nos debe hacer reflexionar. La fuerza la tenemos todos pero la debemos ejercitar para que crezca o se mantenga. No se debe entender pues la palabra esfuerzo como cargar con un peso en forma penosa. Más bien se trataría de comprender que el esfuerzo es el brío, el ánimo, el valor, el vigor. Si comprendemos esto, alejamos la palabra esfuerzo de otra muy metida hasta la médula de nuestra tradición judeo cristiana como es el sacrificio. Algunos usan estas palabras indistintamente y lo que hacen es un pan como una hostia. Nada que ver. Esforzarse no es sacrificarse. Para esforzarse no hay que sacrificar nada, ni realizar ofrenda alguna a ningún tipo de credo o religión. En el esfuerzo no hay perdida sino ganancia, aunque sea a medio o largo plazo. Y ahí viene uno de los problemas… el tiempo.

La juventud, por su naturaleza, es impulsiva; sabe poco de la paciencia del viejo (casi se ríe de ella). Todo ha de ser rápido y tener sentido con algo de inmediatez, en caso contrario, el joven sospecha. Entonces surge el problema de cómo conseguir que el educando crea al educador. Antes esta cuestión la resolvía con mucha eficacia la fe, también gracias a nuestra secular cultura judeo-cristiana. Se creía a pies juntillas en lo que decía el señor cura, el señor maestro y más adelante, se creía lo que decía el periódico, lo que decía la tele. Se creía.

Hoy día hay mucho descreimiento. Los políticos mienten, los periódicos sólo dicen ‘su’ verdad (sesgada y adulterada), la publicidad engaña, los bancos esconden la letra pequeña, la justicia es más ciega que nunca (apunta a un farol y mata a una vieja… y nunca mejor dicho)…

Retomemos. En el caso del gordito vago que consigue escaquearse (como decíamos antes) día tras día, año tras año, a la hora de practicar ciertos ejercicios gimnásticos, hay mucho de todo esto que estamos hablando. Y créanme, se trata de un caso real de un muchacho apto, pero que por vagancia ha resultado que no sabe ni hacer la voltereta de yudo de manera correcta. Seguramente el chico nunca llegó a esforzarse o lo hizo en el sentido que antes hemos querido erradicar (se sacrificaba yendo a sus entrenamientos, semana tras semana, año tras año). Nunca dejó de hacerlo porque seguramente encontraba la suficiente diversión en sus clases de yudo. ¿Entonces?

Voy a explicar lo que yo creo que ocurrió con este zangolotino al que vamos a poner un nombre inventado para referirnos a él a partir de ahora. Yo creo que lo que le pasa a Arturito es que acudía sistemáticamente a unas clases de yudo que le parecían divertidas porque encontraba en ellas los suficientes ingredientes para que así fueran. Pertenencia a grupo de iguales, afirmación de ciertas cualidades, juego, estímulos en forma de excursiones, festivales, regalos, etc. Pero, a cambio, fallaba el esfuerzo en el sentido del vigor, del brío, de la entrega. No hay disciplina en Arturito que emplea mucha de su energía en mostrarse invisible al profesor para que no le corrija. Arturito es un especialista, donde los haya, en parecer y no ser, en engañar o soltar mentirijillas. Un ejemplo, cuenta hasta diez repeticiones y jamás realiza las diez repeticiones (si acaso llega a nueve). Así siete años seguidos.

Hay sujetos así que acaban haciéndose hombres (al final les llega el cambio metabólico, estén donde estén o haciendo lo que estén haciendo) y se les ve ocupando los más insospechados puestos en la sociedad. Es increíble pero cierto. ¿Recuerdan Uds. al tal Roldán? Ese no creo que practicase yudo pero sería un alumno parecido al Arturito de nuestra historia si lo hubiera practicado.

Volvamos a nuestro cocktail. Decíamos que esfuerzo y diversión a partes iguales y nos queda aún mucho por definir. Lo queremos hacer en poco tiempo (espacio) para no aburrir, que ya llevamos mucha lectura. Vamos con la diversión que lo del esfuerzo ya parece más claro.

Diversión ha de ser dentro de cauces o normas. Así garantizamos que todos podamos divertirnos y que no sólo lo hagan unos a costa de otros, como ocurre hoy día en política y en nuestra sociedad. Eso nos remite a una cierta disciplina; la suficiente para comprender, aceptar y cumplir normas, que normalmente impone el educador (la voz de la experiencia y que goza de potestas –autoridad si se quiere- y de la complicidad de quienes representan a los menores que son educados: sus padres).

Pero todavía hablábamos de un ingrediente nada desdeñable en nuestro cocktail; el deseo. Es el deseo el que hace paciente al joven o al menos le vuelve perseverante. El deseo ha de ser reconocido, primero, y luego perseguido con tenacidad. Ojo con la perversión del deseo cuando no se sigue la línea recta y co-rrecta de su consecución. Para cumplir el deseo hay que ser personas sanas, es decir honestas (no engañarse como al zorra de la fábula que acaba diciendo que “total, si las uvas no están maduras…” y se retira babeando de las ganas que tiene de comérselas).

Vamos con el ejemplo. Artutito se apunta a clases de yudo cuando tiene seis años. Es vago y su entorno le lleva a la obesidad con facilidad, como al 20 por ciento de los niños españoles de su edad. Pasa siete años supuestamente practicando este deporte sin lograr resultados aparentes. Entre tanto tiene episodios de indisciplina, algún que otro acto vandálico, se descubre como mentiroso contumaz, protagoniza algún desdeñable caso de acoso a compañeros… ¡cosas de chiquillos! ...pueden pensar algunos. Pero, tras este largo período de entrenamientos, Arturito, a cambio, no sabe realizar las llaves de yudo que le corresponden por cinturón y edad de manera correcta, apenas consigue realizar algo parecido voltereta de yudo, su forma física no es la del resto de sus compañeros en ninguno de sus valores… Lo malo es que Manolito se ha encontrado de frente con un profesor (o maestro) que ni ha acabado enloqueciendo (que a punto ha podido estar eso sí que es cierto) ni se ha dado al pasotismo. Sigue en sus trece de EDUCAR. Y el bueno de Arturito ha acabado descubriendo que no podrá tirarse otros siete años haciendo lo mismo (¿o podrá?). Todo apunta a que si es por su voluntad y la de sus cómplices-progenitores así debería ser (para eso paga; ¿qué coño le pasa ahora al profesor de yudo con mi hijo?; mi hijo es un buen chico; no será para tanto…)

Concluyendo. Todos los deportes tienen una alta carga educativa. Con ellos se inculca en el niño valores que ahora no vamos a enumerar aquí, por lo obvio que resulta. Lamentablemente, se observa que en nuestros tiempos se ha descuidado esta faceta educativa en muchos deportes y escuelas, no así en el yudo y aún menos en nuestra escuela. Si el niño no ‘entra’ el padre debe asumir el papel de cómplice del profesor como el profesor asume el papel de cómplice de los progenitores desde el momento que entiende que su labor es educar. Si el niño se encuentra ante un obstáculo se trata, primero de que lo reconozca, segundo de que se enfrente a él y tercero de que lo supere o rebase (que no suponga más obstáculo en el futuro). Normalmente, nuestra experiencia es que ocurre todo lo contrario precisamente por la perversión en la fórmula que encuentra el niño en su ambiente familiar. No se sigue esa línea recta o co-rrecta de reconocimiento, enfrentamiento y superación. Todo lo más se cumple el reconocimiento, lo primero, pero no se enfrenta el problema, que es lo segundo y, las más de las veces, cuando se enfrenta es para intentar por todos los medios no superarlo, que es lo tercero y definitivo. Señores padres, échenle más carne al asador que está en juego la educación de los que son el futuro. Vamos a volver a menear bien los ingredientes de nuestro cocktail: esfuerzo + diversión + un chorrito de deseo + unas gotas de disciplina. Menudo brebaje. Ya lo hubiera querido Asterix.

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editado por...Wladi Martín @ domingo, diciembre 18, 2011
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