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viernes, mayo 18, 2012

Algunos motivos que pudiera tener un profesor de yudo para practicarse el sepuku


Cuando llega el invierno hace frío, cuando llega el verano hace calor. Así es ha sido y será si no nos cargamos la casa de todos. Pero, cuando hace frío porque hace frío y cuando hace calor porque hace calor oigo quejas; las mismas quejas.

Empiezo a tener colmado mi término municipal. ¿Colmatado’ dicen los políticos. La gota que colme el vaso no sé cuál será, pero espero estar atento para no acabar haciéndome el jara-kiri; ¡perdón, el sepuku! Suelo ser recepcionista de quejas y lamentos y a mí me enseñaron a no mostrar debilidad. Lo llevo mal. Llevo mal eso de ver cómo criamos débiles e ignorantes a nuestros jóvenes. La protección de las madres la abolía yo por decreto ley. ¡Ay si llegase a ministro! Qué poco iba a durar; menos que el Corcuera.

A veces le doy la vuelta al Yigoro Kano que preside nuestro humilde tatami. Que no vea mi ineptitud para transmitir el rico legado que él sí que supo hacernos llegar.

Una niña sale sofocada de la clase. Es raro. La madre me dice que hace calor. Escucho queja en sus palabras. Yo no sé arreglar el aparato de aire acondicionado que no funciona desde hace un año en nuestra sala. Tampoco sé que pinta esa niña de 7 años en la clase de ‘bandas naranjas’ (niños de 4 y 5 años… ¡6 todo lo más!) De eso no hay queja. Sólo de que se suda cuando el ‘profe’ (y el calor) aprietan. O cuando sale un niño sofocado. Ya me pasó en un colegio de judíos de la Moraleja. Me sentí un nazi.

Desde la Federación me envían un mensaje que indica que no se acepta mi candidatura a la Asamblea General en la que se votará el nuevo (¿nuevo?) presidente. Jamás estuve en una de esas Asambleas. Ahora entiendo por qué. Me dicen escuetamente que “no se incluye nombre del club”. Lo veo natural. Hemos puesto un nombre tan raro al club que cualquiera da con ello. Eso sí, llevo pagando cuotas de club o clubes en dicha Federación desde hace unos treinta años. Como para seguirme la pista. Natural.

Voy a explicar en una clase de yudo recreativo el grupo de contra-ataques sin soltar agarre. Le pido a mi uke que realice, sobre mí, kosi-guruma. El muchacho obtuvo el cinturón negro el verano pasado y argumenta que él “por nombres…” Le empujo y subiendo el tono de voz le conmino a que haga kosi-guruma y se deje de tonterías. El muchacho hace memoria y acaba por hacer algo parecido a una mezcla de jaraigosi y taiotosi. ¡Te cagas! Vuelvo a virar la foto de Yigoro Kano antes de que abra más los ojos y se le vayan a descolgar las córneas.

Llego al edificio en que tenemos la sala de yudo y veo un periódico encima de un poyete. Faltan veinte minutos para las cinco de la tarde. Acabo mis clases, recojo y al salir de la sala de yudo veo el suelo lleno de papeles por todas partes. Son jirones del periódico que alguien quiso utilizar y no sabía cómo. Parece que estoy en una cuadra. Por allí pasaron varias docenas de niños majísimos y de esmerados padres y madres (de esos mismos niños). Tampoco debían saber cómo se usa un periódico (ni una papelera que tenemos al lado). Mi mujer que, ella sí, es el estricto espíritu del ceder para vencer, sin decir una palabra ni hacer caso a mis lamentos, recoge el desaguisado. Mañana no habrá rastro. ¿No habrá rastro de qué?

Estamos educando a los niños y yo creía que no lo hacía mal. Cuando se sabe es cuando dejan de serlo. Uno de los monitores de nuestro club me confiesa que imparte las clases sin ponerse el yudogui. No le da tiempo. ¡Mala educación! Y me hecho yo la culpa, cuidado.

Plantado en la puerta, con la clase comenzada, atiendo a padres de los niños que acaban de salir de la clase anterior. Por delante mía consiguen pasar mozalbetes sin pedir permiso… sin siquiera saludar. Al comenzar la clase eran siete. Cuando por fin atiendo a los padres encuentro 13 saltando como cabras y, por supuesto, sin seguir las indicaciones que había dado para realizar el calentamiento. Soy un pésimo profesor y peor educador aún.

Iba a poner una katana en la sala de yudo. Me he arrepentido. Conozco el ritual del sepuku.

Estoy a punto de perder el honor y preferiría antes perder la vida; esa misma vida que llevo entregada a mi sorda labor de enseñar yudo de transmitir sus valores, de formar yudocas (algo más que simples deportistas).

El padre del niño más pusilánime suele ser el que te viene a pedir explicaciones de por qué no se le ha entregado la circular para participar en tal o cual actividad. Me suelo armar de la poca paciencia que me queda para explicar mis criterios. Acabo rechinando dientes y con ganas de preguntar si quiere que le devuelva todo el dinero que no han pagado por las muchas horas que empleo en excederme de mi trabajo en mi tiempo libre, precisamente para atender a ese niño pusilánime, al otro hiperactivo, al otro tímido, al otro agresivo y al otro o la otra y el otro y la otra.

Todavía a estas alturas del curso tengo algún que otro chiquitín que no quiere pasar a la clase de yudo. Se abrazan a la pierna de la mamá y estallan en una fenomenal rabieta. Son momentos en que comprendes lo elástico y relativo que es el paso del tiempo. Son escenas de apenas cinco minutos que te llevan más esfuerzo atravesar que un día sin luz eléctrica recluido en tu casa. Pero es que estamos a final de curso ¡coño! Y ya se cansa uno. Es injusto ¿no? Pero todavía alguna madre del niño o niña con rabieta te pregunta ‘¡qué es lo que ha pasado!’ Como si hubiera indicios de que hubieras abusado del menor o qué sé yo. No se dan cuenta de que acaban de volver de un Puente y de que tienen a los niños muy mimados. No recuerdan que te los llevan para ver si tú eres capaz de espabilarlos; de hacer de ellos gente sana y fuerte.

Está de moda que los niños acudan a clase de yudo con accesorios. Unos llevan pañuelitos escondidos en el yudogui. Otros un dosificador de medicina para el asma. Otros una botellita de agua de la que chupan cual si fuera una ubre, en cuanto te descuidas. Y eso en clases de 45 minutos en pleno mes de febrero, por ejemplo. Cuidado no se vayan a deshidratar. Todos los días se secan varias docenas de niños en los doyos de nuestro país.

Lo que no todos los niños llevan son las chanclas que recomendamos y con las que evitarían papilomas, hongos y otras porquerías que tanto aterran a sus mamás. Jamás en mis 35 años de profesor de yudo había tenido en uno de mis tatamis semejantes cochinadas. Ahora aseguran que sí.

Llegamos a un tema que últimamente me tiene punto más que preocupado. Estoy desubicado. Ahora que tenemos a nuestro alcance el potente comunicador que supone Internet no consigo hacer llegar con eficacia y claridad mi mensaje a mi receptor. Tenemos blog, tenemos listado de e-mail de muchos de nuestros alumnos, estamos en cuatro de las más extendidas redes sociales. Y todavía seguimos entregando circulares por el viejo método de fotocopiar una carta y entregar en mano a cada niño. Añadiré que uno se ha metido cinco años de licenciatura precisamente en Ciencias de la Información. Pues como si le echas margaritas a los cerdos. Algunos son capaces de venirte (en el cambio clases, ¡cómo no!) a preguntarte, papel en mano cada una de las cuestiones que se resuelven en el papelito de los cojones. Por cierto, ahora que pasamos de los 200 alumnos, estamos en unos 35 euros de gasto medio mensual en fotocopias.

El colmo en este sentido es el tema del plazo de entrega de la autorización, que cómo se comprenderá viene a ser la inscripción. Así escribas un verso satánico hay quien pasa la vista por ese apartado como el ciego del Lazarillo, pero con menos atención. Es inútil poner un plazo, fijar un día de cierre. Es inútil ¡Soy inútil! Menos mal que la katana no la llevé al doyo. Seguirá metida en el alto de algún armario.

Luego está la dificultad de registrar el nombre del alumno, claro. Como si el ‘profe’ conociera la firma de cada papá y mamá de los alumnos que tiene.

Así que, ya digo, no me extraña que en la Federación me hayan echado para atrás mi candidatura por no haber consignado el nombre del club que presido y cuyas tres primeras letras coinciden con las tres primeras letras de mi nombre. Casualidades. También tendría que decir que la Federación, al menos conmigo, no gasta 30 euros al mes en fotocopias, porque no me ha proporcionado modelo alguno para que yo solicitara el derecho a ser elegible. De manera que no sabía lo importante que era consignar el nombre del club ni dónde hacerlo.

Pero todo esto son menudencias. Hablamos ahora de otras causas de sepuku.

Pongámonos a fabular. Se imaginan un colegio en el que el profesor de yudo lo paga el Ayuntamiento (o no le paga pero dice que le paga) y que se supone que las clases son pues gratuitas, pero que la AMPA cobra por cada uno de esos mismos niños. Se imaginan un Ayuntamiento que ofrece a otro colegio clases de yudo gratuitas y obliga a un club deportivo a poner el monitor y a pagarlo, cuando además ni siquiera facilita el tatami, sino que es el propio club el que lo cede.

Son fábulas verdad. Pues así van a quedar, que no me siento ni Samaniego ni Esopo, sino más bien Kafka y me huelo que también escribiendo se puede uno hacer el jara-kiri. De momento, me encuentro en tal estado como si me hubiera metido un disparo en todo el juanete. ¡Seré ‘bobón’!

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editado por...Wladimiro Martín @ viernes, mayo 18, 2012