La niña dormía.
Había sido un día intenso. También era muy imaginativa. Quizás
por todo ello, Alexia soñaba con mucha claridad. Se veía, en el
sueño, en la playa haciendo un pozillo, muy cerca del mar. Justo
donde la arena cambia de color por la humedad.
Era un juego que
practicaba con sus amiguitos. Cavaban con las manos en la arena hasta
que aparecía agua en el fondo del agujero. Lo que pasa es que en
este sueño, casi cuando empezaba a filtrarse un poco de agua, Alexia
descubrió asombrada que sus dedos tropezaban con algo rígido. Era
una moneda.
La niña estaba
dormida, pero se daba cuenta de que se trataba de un sueño. Lo tenía
claro. Llegó a darse cuenta de que si despertaba lo haría sin la
moneda en su mano; a fin de cuentas se trataba de un sueño. De
manera que apretó el puño con toda su fuerza con la esperanza de
que al amanecer estuviera allí atrapada.
La sensación era
reconfortante. Tenía dos euros agarrados; todo un tesoro para una
niña de cinco años. Su imaginación le llevaba a fantasear con
muchas cosas que podría comprar al abrir los ojos.
Llegó el amanecer y
la niña se despertó pese a ser más temprano de lo habitual. Estaba
excitada y enseguida recordó su moneda de dos euros. Abrió la mano
muy despacio. Pero el dinero no estaba allí. Se había evaporado o
quedado en el sueño. Todo un disgusto.
Por aquellos días,
Alexia pasaba unos días de vacaciones en la costa. De manera que
solía ir todos los días a la playa con su familia.
Esa mañana se fue a
desayunar y encontró a su madre en la cocina preparando los
desayunos y algo de almuerzo para pasar el día de excursión junto
al mar. Como estaba muy excitada por lo que había soñado contó
todo a su madre que parecía escuchar sin prestar mucha atención.
Acabaron de
desayunar y de prepararse para salir de excursión. Llegaron a la
playa donde solían ir. Al poco tiempo, la madre de Alexia recomendó
a la niña, que estaba como embobada, hacer un pozo en la arena. La
hija reaccionó justo cuando su mamá decía: Lo mismo hasta
encuentras la moneda del sueño.
La chavalilla se
aplicó con esmero, poniendo los cinco sentidos que se suele decir.
Transmitía, a sus tiernos dedos, toda la fuerza mental que
encontraba. Sudaba más por la concentración que por el propio
ejercicio físico.
Así, hasta que -¡oh
sorpresa!- tropezó con algo rígido. Al principio pensó que sería
una concha, pero redobló su fuerza mental y empezó a sacudir la
arena pegada a aquel objeto. Y, efectivamente, lanzando destellos
plateados al sol resultó ser una moneda de dos euros. El tesoro de
su sueño.
Lanzó un grito que
llegó a asustar a los que estaban cerca incluidos sus familiares.
¡Mira mamá!
Lo conseguiste,
contestó su mamá esbozando una
sonrisa enigmática.
Alexia
contestó sin soltar la moneda: Como dice la profe Puri,
“el que de verdad quiere algo lo consigue”.
Pasaron
los días y se acabaron las vacaciones. La familia de Alexia volvió
a su casa y a su rutina. Luego pasaron semanas y meses. Hasta que
llegaron las Navidades.
La
familia de Alexia tenía por costumbre acudir a comer a casa de los
yayos uno de esos días. Allí se juntaba con sus tíos y primos.
Tras la comida, Papá Noel se las ingeniaba para dejar los regalitos
junto al abeto decorado al efecto.
A
la voz de los mayores, los niños corrían a buscar sus regalos
cuidadosamente envueltos con papeles de colores. Eran momentos de
mucho alborozo salpimentados por gritos histéricos de júbilo y
emoción.
Días
antes, Alexia había declarado que le gustaría pedir a Papá Noel
una muñeca que por entonces tenía enamorada a miles de niñas como
ella. Sus papás ya le habían advertido que igual Santa Claus no
podía atender su demanda, pero que probase a solicitarla en su
carta.
La
niña, sensata como era, sabía que había serias dificultades en
recibir tan importante regalo. Pero no perdió las esperanzas. Puso
en el deseo toda sus fuerzas mentales. Se acordó del episodio de la
moneda en la playa. Activó ciertos mecanismos similares a los de
aquel momento. Creía haber descubierto un proceso mental mágico y
recurrió a él.
Entre
codazos, risas, empujones… Alexia acabó encontrando un voluminoso
paquete con su nombre escrito en él. Tenía las letras mayúsculas y
en grande. Así es que no tuvo dificultad en leerlo.
Tenía
los ojos abiertos como platos. Redobló sus energías psíquicas. Su
estado emocional era similar al que experimentó cuando descubrió la
moneda junto al mar.
Apenas
rasgó el papel del envoltorio empezó a descubrir las formas que
ella deseaba ver. No podía ni creérselo. Con un tirón violento
sacó la muñeca que tanto deseaba de un amasijo de papel y cintas.
Lo alzó como el que lleva un trofeo que acaba de conquistar y vuelta
hacia sus padres, tíos y abuelos gritó: Lo “consigué”.
Sí,
la niña, de tan emocionada emocionada que estaba se confundió.
Quería decir: ¡Lo conseguí! Era tal el esfuerzo que había
realizado que nunca dudó de que gracias a ello la muñeca era una
conquista más que un regalo. Su tenacidad, su fortaleza llevada en
secreto le había llevado a recorrer el camino mental y mágico del
éxito.
La
anécdota de la muñeca, unida a la de la moneda quedaron como un
arcano en Alexia. Nunca se le olvidaba aquella vivencia y cuando
necesitaba algo imperiosamente, recurría al proceso que ella iba
depurando y agilizando para volver más práctico y accesible. Pronto
descubrió, por ejemplo, que nada funcionaba si no se trataba de un
deseo importante. Para conseguir tonterías o caprichos no servía.
Pasaron
varios meses y la zagala aún jugaba con su muñeca a la que había
puesto nombre. Se refería a ella como Puri; la había bautizado con
el nombre de su profesora a la que tanto admiraba.
Uno
de esos días, Alexia descubrió que el bolsito de la muñeca Puri se
abría. No lo sabía. Así es que lo abrió y metió sus dedos. Algún
recuerdo surgió de lo más profundo de su mente. Tropezó con algo
rígido. No daba crédito a su memoria, mucho menos a lo que iba
viendo. ¡Increíble! Se trataba de uno moneda de dos euros; todo un
tesoro.
Por
alguna extraña razón la chiquilla no comentó lo sucedido con sus
padres. No lo comento a nadie. Lo mantuvo en secreto. Pero no por
ello olvidó lo sucedido ni dejó de pensar en que había encontrado
un camino mental o un sistema para hacer realidad los sueños.
Dicen
que esa niña maduró y se acabó haciendo una gran mujer. Sabía
desear con firmeza y conseguir lo que de ese modo se proponía. No
queda claro que consiguiera todo aquello que se proponía, pero sí
que era cierto que todo cuanto consiguió era por habérselo
propuesto. Tampoco se sabe a ciencia cierta si fue feliz. Pero a
todos cuantos se consultó reconocieron que fueron felices al cruzar
sus vidas con la de ella.
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