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Las cosas de W&CC así como de ALMAYARA.

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miércoles, diciembre 21, 2022

Trigésimo quinto (último) audio del libro "Autoayudo"




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editado por...Wladi Martín @ miércoles, diciembre 21, 2022
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Trigésimo cuarto audio del libro "Autoayudo"




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martes, diciembre 20, 2022

Trigésimo tercer audio del libro "Autoayudo"




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lunes, diciembre 19, 2022

Trigésimo segundo audio del libro "Autoayudo"




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domingo, diciembre 18, 2022

Trigésimo primer audio del libro "Autoayudo"




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sábado, diciembre 17, 2022

Trigésimo audio del libro "Autoayudo"




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miércoles, diciembre 14, 2022

Vigésimo séptimo audio del libro "Autoayudo"




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martes, diciembre 13, 2022

Vigésimo sexto audio del libro "Autoayudo"




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lunes, diciembre 12, 2022

Vigésimo quinto audio del libro "Autoayudo"




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domingo, diciembre 11, 2022

Vigésimo cuarto audio del libro "Autoayudo"




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sábado, diciembre 10, 2022

Vigésimo tercer audio del libro "Autoayudo"




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domingo, diciembre 04, 2022

Décimo octavo audio del libro "Autoayudo"




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sábado, diciembre 03, 2022

Décimo séptimo audio del libro "Autoayudo"




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viernes, diciembre 02, 2022

Décimo sexto audio del libro "Autoayudo"




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sábado, noviembre 26, 2022

Noveno audio del libro Autoayudo

 


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editado por...Wladi Martín @ sábado, noviembre 26, 2022
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viernes, junio 17, 2022

UN HAIKU

 Cuando pienso en ti

veo lo mejor de mi.

Eso eres tú.

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editado por...Wladi Martín @ viernes, junio 17, 2022
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sábado, julio 21, 2012

La montaña, la quietud, la belleza efímera de la flor


Cuando salgo al campo y paseo, el campo viene a mí, en mi auxilio. Cuando voy al campo es porque estoy ocioso. Cuando estoy ocioso veo la montaña. Si estoy ocupado la montaña me ve a mí. A veces, ni estoy ocioso ni tengo ocupación alguna. Entonces la montaña no está. No hay montaña. ¿Dónde estoy yo?



Una vida sin montaña es plana. Tiene sus ventajas. La ilusión es la de caminar sin trabas. Sin embargo es la montaña la que mueve mis pasos. Sin ella, para qué caminar. La llanura se aparece sin límites. Es mentira. Tal vez los límites no estén en la llanura. También la montaña engaña, pero jamás dice mentiras.

Me he comprado unas gafas para cuando quiera ver bien. Suele ser al revés. Se provee uno de lentes cuando ve mal. ¿Y qué decir de mirar mal? Para eso no hacen falta gafas. Tampoco para mirar mejor. Basta con el deseo. Tal vez con la voluntad. Los ojos son simples ventanas del corazón.

Me voy a llevar mis gafas a la montaña.

Incluso cuando florece, el árbol encierra algo de tristeza. Tal vez sabe de la levedad de la belleza que alberga. Llegará una simple brisa. Se llevará cada pétalo de cada flor. Belleza efímera. Hay algo más lindo y efímero que un pétalo meciéndose en el aire. ¿Una mirada cálida y honesta?

Algunos de los más grandes guerreros samurai colocaban las flores con precisión. Dominaban el ikebana (arreglo floral) también llamado ka-do (camino de las flores). Decían de la similitud entre su arte y el del manejo de la espada. El poeta japonés Matsu Basho (1644-1694), escribió: “Todos los que logran sobresalir en el arte poseen una cosa en común: una mente en comunión con la naturaleza a lo largo de las estaciones. Todo lo que ve una mente así es una flor y todo lo que una mente así sueña es la luna”.

En el arreglo floral, como en la lucha armado de katana, el paso del tiempo es singular; muy presente. El hecho de que las obras de ikebana sean efímeras, debido al material que se maneja, lo convierte en un acto de reflexión sobre el paso del tiempo. Algo de eso sabe el samurai enfrentado al rival, katana en ristre.


Leo las aventuras de Miyamoto Musashi de Eiji Yoshikawa. Me divierto. Esperaba más profundidad, como cuando leo a Oe, a Kawabata, a Mishima o al más moderno Murakami. Nada que ver. Es más una especie de mezcla entre Lo que el viento se llevó
y las novelas de Laura Joh Rowland con su “samurai-detective” Sano Ichiro. Pero vuelve a sorprenderme la cultura del reposo. La calma ante la adversidad.

En un pasaje del tercer libro de que consta la serie, Musashi –personaje histórico y real- se enfrenta a un avezado espadachín. Antes de cruzar armas reflexiona un instante y nota que su adversario le supera en técnica. Fruto de su observación descubre indicios de la depurada y exquisita manera en que su oponente empuña la katana, la solidez de su posición defensiva, las indefinas posibilidades que desde ella tiene para atacar. Él no está a la altura, pero no se arredra. Sólo piensa en no cometer errores, en no precipitarse. Musashi, el más grande de todos los samurai, acaba creando desazón en su enemigo, le acaba inquietando, precisamente por su quietud. ¡Paradoja! Es de ese modo como consigue superar a un rival mejor capacitado. Buena lección.

La montaña quieta es montaña. El hombre quieto no es hombre; tampoco montaña. Pero falta algo de montaña en el hombre que quiere vencer sus dificultades. ¡Que la montaña nos siga mirando! …aún cuando no estemos ocupados.

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editado por...Wladi Martín @ sábado, julio 21, 2012
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viernes, octubre 29, 2010

Teoría cromática de la imbecilidad humana

(viene del YUDIARIO)

Cuando se empieza a practicar (yudo, por ejemplo) se ata uno la chaqueta con una cinta o cinto de color blanco. Según se dice por ahí, ese color indica la pureza del que comienza… O sea, indica que no se tiene ni puñetera idea; pero lo blanco parece que indica pureza (ni idea, ni puta idea, ni pura idea, pura). Pero el cinturón, sea del color que sea, tiene la función de ceñir la chaqueta al cuerpo para que no estorbe (y que de paso no se nos vea la barriga).

Si seguimos por ese mismo hilo de razonamiento, el experto es el menos puro (que no el menos puto o puteado, aunque también podría ser). Es decir que de la virginal pureza de los comienzos ya no queda nada y, por eso, el cinturón se ha oscurecido hasta parecer negro.

Suelo explicar que los originales colores de cinturón en Japón (donde nació el yudo) vienen por un proceso lógico de pérdida de pureza. Allí sólo contemplan el blanco el marrón y el negro. Si se tiene en cuenta que se empieza con el blanco y que los cinturones no se lavan, es fácil colegir que acabará hecho una mierda el cinturón (si se usa, que algunos los dejan impolutos pues sólo se les ve en traje en fotos). Que se sepa el color de la mierda puede variar en función de la ingesta del ser vivo que la defeca. Más sólida y verdosa en los herbívoros, algo más pastosilla y rojiza en los carnívoros y de diferentes gamas de marrón en los omnívoros según predominen hamburguesas, chuches, tapitas de bar u otras sustancias. En estos casos, hablaremos del marrón pardo, en sus distintas gamas cromáticas. Y hete tú aquí que acabamos de llegar al segundo color de cinturón que existe en Japón para los yudocas: el marrón. De ahí se pasa al negro (más oscuro… más mierdoso o coriáceo). Y poco más. Bueno, aún hay más.

Bueno; luego vienen los colores más apetitosos. El rojo de la pasión, el rojo de la ira, el rojo de los que quedan pocos y los pocos que quedan se callan, sobre todo tras haber fallecido el luchador Marcelino Camacho; uno de los últimos rojos (de verdad).

Cuando se llevan muchos años con el cinturón hecho una mierda (negro) vuelve a seguir experimentando una transformación. Comienza a hacerse hilos y a desgastarse por las zonas en que entra en contacto sobre sí mismo con mayor roce o fricción (los nudos y la parte de la espalda que se roza –salvo los que se anudan al modo geisha, maricona o al estilo fajín de ejecutivo que juega al golf y se enrolla una toalla perfumada de algodón de rizo-). Como se ve, esos nudos no son clásicos y nunca llegarían al bicolor al uso por el proceso que ahora estamos explicando. Les faltaría alguna franja blanca.

Cuando un yudoca utiliza a diario su cinturón negro y lo somete a las exigencias de los entrenamientos duros (de randori, shiai… no de katas únicamente o de pase de modelo chachi que me acabo de comprar por doscientos pavos) se acaba desgastando. Y se desgasta e incluso deshilacha por ciertas zonas antes que por otras. Para colmo, el color negro (mierda) también empieza a sufrir una cierta oxidación y desgaste, de manera que deja de ser tan oscuro para buscar una especie de tono parduzco –otra vez- pero sin llegar a ser marrón (entre rojizo y anaranjado). Ese es el origen del blanco y rojo; cuando ya hasta la mierda se empieza a caer a cachos.

Yo me imagino, que por más que, en el origen, los grandes maestros a los que se les caía el cinturón a cachos, fuesen pobres de solemnidad, se acabarían comprando otro, nuevo, tarde o temprano. La adquisición vendría bien de motu propio, bien por colecta de sus amantes alumnos (“a ver si juntamos para un nuevo cinturón del sensei que está que se le cae a cachos”). Lo que no me queda claro es si en esa tardía reposición se opta por el cinturón original (tan transformado a estas alturas) o por el que se pretende debía ser el original. Me explico.

Yo tengo la teoría de que el gran maestro (léase anciano maestro) al llegar al noveno o décimo o quincuagésimo dan, si todavía se sujeta en pie y pisa tatamis, ya tiene el cinturón que ni sirve para atarse la chaqueta ni para hacer hilos. Es entonces cuando se opta por la reposición de tan totémica prenda. En el caso de que sea el venerable maestro el que optase por su reposición, recordando sus inicios, va y se compra un nuevo cinturón (blanco, claro está) y lo que hace es que se lo compra más ancho para que le dure más (sabido es que estos japoneses tienen una extraña forma de pensar y aún al asomarse al acantilado del fin de sus tiempos son capaces de extraños cálculos como si aquí no pasase nada). Este sería el origen del décimo dan que se puede simbolizar (si se quiere) con un cinturón blanco (de nuevo la pureza) pero más ancho. Lo del ancho, ya digo, debe de ser por ese sentimiento de comprar uno mejor para que no se quede con el paso del tiempo hecho una mierda como el anterior.

Entonces nos queda el origen del noveno dan (cinturón rojo). La explicación es bien sencilla. Reunidos los alumnos del anciano profesor y viendo que lleva un cinto cochambroso que ha perdido el color a franjas y hasta la esencia del tejido en otras franjas, se deciden a renovar esa importante prenda. Como no tienen noción del pasado remoto en que su líder comenzó su singladura por el mundo de las artes marciales (que se suelen llamar) tratan de valorar cómo sería ese cinturón antes de ser estrenado. Fijándose en las zonas menos desgastadas, adivinan unos tonos rojizos o anaranjados y corren al artesano fabricante de obis (cinturones japoneses) y le encargan uno de color rojo, pero brillante y vivo para que su maestro lo luzca con un chaval.

Así es que, de alguna manera, el reconocimiento de los estúpidos alumnos viene a ser todo un espaldarazo para el maestro (además de un pequeño ahorro), pero también lastra su carrera. Si le regalan el cinto rojo, no veas lo difícil que es conseguir el cinto Blanco –anchito- para llegar al décimo dan. Hay que esperar igual proceso escatológico antes descrito, pero ahora con el rojo brillante. Algunos se mueren por el camino los pobres.

Más colores

Esto de los colores es fascinante. Dicen que la mujer (cualquier mujer) está más preparada para ver colores que el hombre (cualquier hombre –salvo Boris Izaguirre y otros que los ven por todos los ojos; en profundidad; según me dicen por ahí).

Aún siendo ‘cortos de colores’ los hombres se empeñan en algunos de ellos. He visto tíos como rocas lloriqueando por el blanquirrojo (y no sólo del ‘atlético’ de turno). También he visto furibundas cerrazones a poner color. Vaya polémica con los yudoguis de colores, hace años. Algunos que se calzaron un yudogui de color (no precisamente blanco) hoy echas pestes de ellos. Incluso se critican en las Ligas, que es dónde se pueden ver mayormente, por parecer ridículos. A mí no me lo parecen más que los que cambian de opinión a la vuelta de un puñado de años. Es más, me sigue pareciendo práctico, para el que ve (el espectador) eso de distinguir a unos de otros por los colores de sus atuendos. ¡Ay si todos los coches de fórmula 1 corrieran sin pegatinas y del mismo color!

Pero debe de ser importante. A fin de cuentas el color viene a ser una ilusión que es capaz de materializarse en nuestra mente al captar unas y otras vibraciones (de ahí que la mujer, siempre más sensible, sea capaz de captar más colores). Es como si el color no existiese… más que cuándo lo interpretamos (tras un proceso de codificación).

En estos días de comienzo de curso, me han enchufado a dar clases (para ganarme mi sueldo) en el polideportivo de un colegio de Parla. Han hecho un pan como una ostia; ya lo avisé. En el colegio habían solicitado ayuda para sufragar las clases de karate y hasta indicaban el nombre del monitor. Por un problema burocrático me acabaron mandando a ese colegio a impartir clases de yudo en contra de mi consejo. La consecuencia es que se han cargado las clases de karate y, casi, las de yudo. ¿Qué por qué? Muy sencillo.

A los niños les dijeron que el yudo era lo mismo que el kárate y acudían al tatami a patadas (a patadas entre ellos, no en abundancia). Corté esa agresividad y pasé a lo mío. Pero los únicos que aparecían con kimono eran los antiguos karatecas y algunos ‘veteranos’ alumnos míos rescatados de las laminadas escuelas municipales. A los karatecas les advertía que no llevaban yudogui, pero que podíamos ser flexibles con eso. No obstante, los niños, bien asesorados por sus padres, además de seguir con su karategui, siguen, también, trayendo el cinturón blanco-amarillo o amarillo. Se les ha explicado que de yudo son blancos, pero… que si quieres arroz Catalina. ¡Cómo va a ser lo mismo el blanco que el amarillo o el naranja!

La pelea, queda claro, es por seguir con los designios del tótem; por ninguna otra cosa. Y resulta paradigmático. Los padres de estos chavalines (de entre 4 y 9 años de edad) han peleado por mantener a la vista un color que indica una experiencia (en nuestras escuelas, el blanco amarillo, indica que se ha pasado un curso entero practicando yudo). Pero los padres no pelearon por conservar al monitor de karate en el colegio cediendo ante la tentadora oferta municipal de llevar a un buen profesor de yudo gratuitamente (o a bajísimo coste para los padres).

Como colofón a estas lucubraciones cromáticas insistiremos en que también nuestro nuevo club lleva por nombre el de un color (si bien hemos disfrazado la nominación y hasta jugado con los dobles sentidos, como siempre nos ha gustado hacer con todo). Somos el WLAC – Yudo y, como decía un amigo mío, utilizaremos el color que nos dé la gana. Alguien nos explicó que con ese nombre tan sugerente quedarían estupendos los logos, escudos e imágenes corporativas en negro sobre blanco. Yo expliqué que quedarían muy pobres en blanco y negro. Se me oponía el razonamiento de que eso de ‘wlac’ (por el black inglés), no encajaba precisamente con el verde o con el amarillo, por ejemplo. Yo rechacé tales insinuaciones y aduje que nuestro WLAC sería mayormente rojo (de momento y porque nos da la gana). Y fue entonces cuando intervino mi amigo, que me suele llamar ‘el hippie del yudo’ –cosa que me encanta-, para decir: si Wladi dice que su ‘wlac’ es rojo, no le insistas que pondrá el rojo. O dijo sonriendo porque me conoce de hace muchos años; tantos que estoy pensando que igual lo dijo para que acabe adoptando el azul o el morado (eso de ir contracorriente… ¡qué complicado es, a veces!)

Por cierto, de qué color era el tatami del templo Eshoyi, donde comenzó Yigoro Kano sus enseñanzas del yudo. ¿Serían verdes como la mayoría de las de ahora? ¿Serían ‘wlac’?

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editado por...Wladi Martín @ viernes, octubre 29, 2010
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martes, noviembre 03, 2009

Estuvimos en la exposición 'Herencias' de Yves Klein

Pues efectivamente... No encontré a ningún yudoca en la interesante exposición de Yves Klein y familia (también había cuadros de su madre y de su padre). Pero salí cargado de energía. Curiosa sensación.

No puedo presumir de entender de pintura. Tampoco entiendo de anda; bastante tengo con seguir aprendiendo a vivir, a pasar por aquí, con cierta dignidad y procurando ni agobiarme ni agobiar a los que me rodean. De hecho, no me gustaron la mayor parte de las obras expuestas. Pero hay mucho más cuando se busca.

Lo que encontré fue mucha energía repartida por la sala de exposiciones de la primera planta del Círculo de Bellas Artes. Energía en estado puro, energía que entraba por los poros de la piel, que se respiraba; casi llegué a mascarla.


Nada más entrara a la sala, en una especie de piscinita, había gran cantidad del pigmento de la famosa pintura de Klein. El pintor descubrió un azul especial al salir, una tarde, de una tertulia en un café madrileño (creo que el Gijón). Se trata de un azul pleno de energía en el que, dicen, hay un toque especial, un ingrediente secreto. Algo así como a la fórmula de la Coca-Cola, que tiene algo oculto que le da un matiz especial.


Me tiré un buen rato mirando las pinturas y no acababa de ver más que los colores; el color. No es poco, en este caso, y habría que haber estado ciego para no dejarse impresionar por el estallido cromático. Gran parte del tiempo lo pasé mirando un retrato (abstracto, por supuesto) de una tal Monique, que, de lejos, no dejaba de ser una estupenda imagen de dos yudocas; uno de ellos a punto de lanzar al otro con un espléndido taiotosi.

Hay que recordar que Yves Klein fue un gran yudoca al que el yudo español y, sobre todo, madrileño, debe mucho. Me parece increíble, cada vez que hago este comentario, que este personaje de talla gigantesca permanezca ignoto en el mundillo del yudo. Claro que con la talla intelectual que nos vamos gastando en nuestro entorno...


En todo caso, aquí dejo mi pequeño granito de arena, con algunas fotos tomadas a hurtadillas (no era cosa de soliviantar a los mosqueados vigilantes que no me quitaban el ojo de encima). No me compré el libro editado para la ocasión. La crisis es la crisis y el precio era excluyente; muy apropiado para incluir la publicación en la categoría de capricho absolutamente prescindible.

Aprovecho para dejar en pie la reflexión de que, tal vez, haya que volver a darle una vuelta a la historia del yudo español. Existe una asignatura con vocación de instruir a futuros profesores de yudo (llámense monitores o entrenadores o como se quiera). Me consta que mi amigo Fernando conoce el tema y anda aportando su granito de arena. Pero, cuando yo cursé mis preceptivos cursos de titulación no recuerdo que nos saliéramos de Yigoro Kano y poco más.

Conviene recordar que Yves Klein, por muy francés que fuera, vivió en Madrid entre los años1951 y 1954; y que antes de ser pintor de talla mundial era yudoca, precisamente en esa época. Tanta fascinación le produjo nuestro deporte que viajó a Japón (aprovechando un tema cultural relacionado con la obra de su padre). Era 1952 y se inscribió en el Kodokan. Allí se graduó y pasó a ser el primer cuarto dan occidental de toda la historia del yudo. En 1954 regresó a París, pero tropezó con un rechazo generalizado dentro del ambito profesional e institucional del mundillo del yudo. Así es que decidió volver a España. Con tales prerrogativas estuvo desarrollando labor didáctica en Madrid. Es reconocido el interés de Fernando Franco Sarabia por el yudo francés, pues llegó a viajar al vecino país para instruirse en nuestro deporte y en el modo en que allí se entendía. Precisamente fue Franco Sarabia quien consiguió para Klein el empleo de profesor de yudo en el Bushidokwai, que, por entonces se encontraba en el número 4 del Paseo de Recoletos, fundado por el peruano Alfredo San Bartolomé. Parece ser que, por entonces, Klein vivía en la calle Donoso Cortés, precisamente donde se traslada el Bushidokwai y donde ha permanecido hasta nuestros días en que sigue abierto y funcionando; buena culpa de ello lo tiene el fenomenal maestro, nuestro querido, Macario García.


También hay que saber que Klein no fue sólo un simple profesor de yudo. También estuvo dentro de la Federación al ostentar el cargo de director técnico de enseñanza, si no estoy mal informado. Era el año 1954 y ya por entonces, en mayo, publica 'Yves: Pinturas'. Además, ya con el cuarto dan, tuvo tiempo de publicar un libro de yudo titulado 'Les fondements du Judo' editado por Grasset y firmado como Yves Klein, Quatrième Dan du Kodokan.

La famosa anécdota del descubrimiento del azul mirando el cielo madrileño a la salida del Café Gijón (¿qué habría tomado el bueno de Klein?) cuajó después en su 'época azul' que comienza en 1957. Para celebrarlo lanza al cielo de París 1001 globos azules. También lleva su propuesta monocroma a la Galería Apollinaire de Milán en el mismo año.


En 1960 inicia su serie de 'antropometrías de la época azul' en la que reúne obras obtenidas con modelos desnudas untadas de su azul y plantadas sobre telas dispuestas en suelo o paredes. De esta serie es curiosa la similitud entre muchas de las obras con imágenes de acción de yudo.


También en 1960 el pintor registra la patente de la Internacional Klein Blue (IKB).


El 27 de noviembre de este mismo año, con motivo del Festival de Arte de Vanguardia de París, Yvez Klein publica el impreso (a modo de periódico de un sólo día) 'Dimanche'. En él incluye los dibujos de una serie técnica de yudo.


En 1962 Klein se contrae matrimonio con Rotrat Uecker en París y fallece en la misma ciudad el 6 de junio a la edad 34 años. Poco después, el 6 de agosto de 1962 nace su hijo Yves.


¡Qué bonito es el yudo! ¡Qué bonita es su historia y qué sorpresas te da!




NOTA: La exposición 'Herencias' está en la Sala Picasso del Círculo de Bellas Artes hasta el 17 de enero de 2010

Un fotomontaje de Y. Klein


Madrid, 28 oct (EFE).- El azul de las obras de Yves Klein llega al Círculo de Bellas Artes con "Herencias", una muestra inédita en España que se adentra en la ambivalente relación artística que el pintor tuvo con sus padres, en especial con su madre, la pintora Marie Raymond, cuya obra quedó oscurecida por la fama de su hijo.

A pesar de su prematura muerte, a los 34 años, Yves Klein se convirtió en uno de los artistas franceses más influyentes del siglo XX como inventor de un color cromático que lleva su nombre, "el azul Klein", con el que reivindicó el color en detrimento de la línea, rechazando así una de las bases del expresionismo abstracto, del que su madre era parte.

En ese diálogo se centra "Marie Raymond-Yves Klein. Herencias", un recorrido retrospectivo que pretende demostrar que la obra de Klein es indisociable de la de sus padres -Marie Raymond y Fred Klein- y especialmente de la de su madre", ha explicado hoy el comisario de la muestra, Nicolas Morales.

Un centenar de obras de estos tres artistas trazan esa difícil convivencia entre la abstracción y la figuración y entre dos generaciones de artistas.

Una relación que, en el caso de la familia Klein, es "una tragedia total que parece una obra escrita por Shakespeare", según el director del archivo Klein, Daniel Moquay, puesto que el propio hijo dio muerte a la estética en la que Raymond había fundamentado su obra.

"Herencias", que podrá visitarse hasta el próximo 17 de enero, arranca con algunos cuadros figurativos de Fred Klein que explican una de las primeras fuentes de las que bebió su hijo y que introducen la relación de las primeras obras de Yves Klein con las de su madre.

La muestra se convierte pronto en un escenario fiel al espíritu de Yves Klein, considerado el pintor del color y del espacio, con decenas de esculturas repartidas por las salas, fabricadas con pigmentos puros de polvo del color con el que Klein quería demostrar "que el azul no tenía límite, que era el espacio y la espiritualidad", ha destacado Moquay.

"Klein creía en que el arte debía producir sensaciones más que explicaciones racionales, que debía desestabilizar y que la respuesta pertenecía a cada uno", ha asegurado Moquay, para quien Klein es un artista "universal e intemporal".


Además de pintor, Yves Klein (Niza,1928-París,1962) se sentía fascinado por la música, por la escritura, por la arquitectura y por el deporte, afición que le llevó a viajar a Tokio, obtener un cinturón negro y convertirse en entrenador de la Selección Española de Judo en 1954, en un viaje que eclipsó su valor como artista.

Pero, según Moquay, el que Yves Klein creciera entre artistas le llevó a tener "fe en sí mismo, a dotar su obra de fuerza y a enviar el mensaje de que el artista no está para adornar, sino para dar humanidad a lo que pasa". EFE.

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editado por...Wladi Martín @ martes, noviembre 03, 2009
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domingo, febrero 17, 2008

Kokoro - Soseki

Kokoro es un término de difícil traducción al castellano. Además, es una novela de esas inolvidables (de las pocas). Se suele decir que las palabras no alcanzan, las más de las veces. Cuando uno acaba de leer Kokoro se da cuenta de que un montón de palabras, ordenadas de determinada manera, pueden componer una obra inolvidable, perturbadora. La novela está traducida (¡encima se trata de una traducción!) por Carlos Rubio. No conozco a este traductor, pero debe de ser un genio. Suya es también la valiosa y documentada introducción de esta obra que pertenece a la colección Biblioteca universal de la Editorial Gredos y cuesta un poco encontrar (en estos días de Internet, bastante menos). El autor es Soseki (Natsume Soseki), que, para situarnos, en 1900 viajó a Inglaterra, donde vivió casi tres años.

La historia que narra Kokoro es la de un estudiante japonés que encuentra a un extraño personaje al que pasa a llamar ‘sensei’ (maestro). No es una historia de aventuras ni una novela de misterio. Sin embargo la acción se sucede con muchísima agilidad, pese a que los espacios en blanco hacen subir la emoción. Por otra parte, se leen las páginas hasta el final a la espera de desvelar el extraño misterio que envuelve al personaje de ‘sensei’.

Lo curioso de esta novela para un yudoca (o yu-yitsuca) es que, sin tener conexiones evidentes, acaban apareciendo bastantes. No hay que olvidar que Yigoro Kano, en 1881, había obtenido su graduación en la Universidad Imperial de Tokio y empezó a dar clases de literatura en la escuela Gakushuin, una exclusiva institución para los hijos de la alta sociedad japonesa. Estos datos conectan al personaje central de Kokoro con el fundador de la escuela de yu-yitsu que pasó a llamar ‘Yu-do’.
Por otra parte, tanto el autor de Kokoro (Soseki), como Kano, andaban implicadísimos en el proceso nipón de acercamiento a occidente. Como se recordará, en 1893 Kano se convirtió Director de la Escuela Secundario de Maestros de Tokio (una escuela para maestros que después se convirtió en La Universidad de Tokio Kyoiku, actualmente la Universidad de Tsukuba). Sólo tenía 34 años de edad. Poco después, en 1899, fundó el Koubungakuin, una escuela para estudiantes extranjeros chinos. Entre sus estudiantes estaba Lu-hsun (Rojin), quién después se convirtió en un gran hombre de literatura.

Yigoro Kano estuvo de director de la Escuela del Maestro Secundario durante mucho tiempo, dejando un legado de logros para el desarrollo de la Educación. Estas raíces permitieron al yudo tener los íntimos lazos con la educación que tiene hoy.

Para quienes creen que Yigoro Kano era un obseso del yudo (que igual lo era, no lo vamos a discutir) y piensan que sólo sabía hacer yudo, aportaremos algunos datos más de ese prohombre nipón. A los 22 años, el joven Kano fue nombrado profesor en Ciencias Políticas y Economía del colegio Gakusuin (en aquellos tiempos era todavía un colegio para los hijos de los nobles). En este mismo año de 1882 fundó dos escuelas: el Kobunkan (escuela de idioma inglés para estudiantes chinos) y la Kano Yuku (escuela preparatoria cuya finalidad era formar integralmente el carácter de los niños que vivían internos en ella). Kano corría con los gastos de dichas escuelas, lo cual supuso que tuviera que trabajar por las noches como traductor (de inglés), ya que sus ingresos no le alcanzaban. También en este año fundó el Kodokan (escuela para estudiar el camino), ubicándolo en el templo de Eisoyi (pequeño templo de la secta budista Yodo, en el Simo-tani de Tokio), y con tan sólo 12 tatamis (denominándose así a la colchoneta que en occidente mide dos metros de largo por uno de ancho y en Japón 1,80 por 0,90 metros).

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editado por...Wladi Martín @ domingo, febrero 17, 2008
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