Se acercó a una mesa de la terracita. En ella, una familia tomaba café, además del sol primaveral que calentaba con voluntad. Con su rostro torvo, que parecía contradecir su mirada afable, ofreció recitar algún poema.
Barba rala con alguna escama fruto de la vida a la intemperie, el anciano no parecía en mala forma. Caminaba sin ayudarse de muleta alguna y con cierta ligereza. Tal vez ayudase a ello su extrema delgadez fruto de la dieta del puedo. (Como cuando puedo, lo que puedo y si es que puedo… con las muelas que me quedan).
En su canosa y escasa barba había una evidente prueba de que ese día había desayunado. Una inequívoca mancha de café con leche adornaba su mentón. Parte del adorno había goteado hasta el cuello de la descolorida camisa que llevaba tiempo ha. El aseo no siempre se permitía minuciosidad ni en el albergue ni en la fuente del parque. Lo de lavar la ropa, por otra parte, era un lujo de otra época. Ya hacía años que llevaba la misma ropa y sólo la mudaba si encontraba alguna prenda en mejor estado o alguien se la regalaba.
El anciano volvió a ofrecer poesía a cambio de alguna limosna. Lo hacía sin dejar de mirar la tapa del aperitivo con el que se entretenía aquella familia.
Una de las mujeres, con mucha cortesía, declinó el ofrecimiento argumentando que estaban conversando y no estaban para poemas.
Casi al mismo tiempo, un varón del mismo grupo preguntó si los poemas que ofrecía eran propios.
El mendigo dijo que no. Que los tenía memorizados de García Lorca, Machado, Quevedo y otros.
Mientras rebuscaba en el bolsillo de la calderilla, el hombre le dijo que él conocía el fragmento del inmortal Lope -eso dijo-. Y, sin más, se puso a recitar:
Cuentan de un sabio que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas hierbas que cogía.
¿Habrá otro, entre sí decía,
más pobre y triste que yo?;
y cuando el rostro volvió
halló la respuesta, viendo
que otro sabio iba recogiendo
las hierbas que él arrojó.
Al acabar la perorata que declamó afectadamente estiró la mano y ofreció un par de monedas al anciano. Éste las tomó y al mismo tiempo pidió las patatas fritas que quedaban en un platillo blanco. Se las dieron y las apuñó llevándolas a un bolsillo de su zamarra. Se despidió con una enigmática sonrisa, balbuciendo algo que ninguno de los comensales acertó a comprender.
Al mismo tiempo, muy cerca, pasaba un niño paseando de la mano de su mamá. Al ver la escena y escuchar la farfulla preguntó:
- Mamá. ¿Por qué ha dicho ese señor: Es de Calderón de la Mierda. Que ustedes tengan una vida llena de barca?
La pereza, tupida cortina opaca, no deja pasar luz al castillo en el que habito; soy castillo. Los brazos son almenas que apenas se mueven, pero parapetan de los ataques. Ataques que venían de fuera. Los de dentro, los actuales, ganan terreno; aunque poco hay que ganar. Se ha instalado la aridez donde antes crecían flores y hierbas de finos olores. La oscuridad no deja ver lo poco que queda por mirar. Nada que oler; apenas hay oxígeno. Falta aire.
Abrid una ventana. Quitad los cartones. Que entre aire fresco aunque quedemos ateridos. Que podamos respirar. Luego moriremos de frío. Dicen que antes de morir por congelación se tienen fantasías. Dicen que la cerillera de Hans Christian Andersen tuvo alucinaciones placenteras antes de quedar helada. Una alucinación más; la última.
Donde hubo altivez hoy queda recuerdo. Si acaso en la sombra se presiente la grandeza de otros tiempos. Cosas del pasado. Hoy todo es decadencia. Qué bella esa decadencia que pronto será sólo olvido. Qué bello lo que quedó que nos recuerda lo que fue. Sólo con el olvido, plantando firme el pie en la ruina, se puede uno impulsar hacia lo que será; promesa de lo nuevo.
Aún quedan días de recuerdo. Los cronistas del lugar saben la historia; esa sucesión de acontecimientos que quedaron, dignos de ser reseñados, desprovistos de toda emoción. Los cronistas, a quién ya pocos escuchan, callan algunos datos. Total, ¿para qué? Sólo quedan en pie los muros. Piedra que se convertirá en polvo. Polvo eres…
Ahí quedarán por siempre el monte escogido para, desde las alturas, dominar el paisaje. Ahí quedarán los testigos de la batallas libradas: los montes, los ríos, las llanuras… A algún lugar van esas victorias contra la opresión, en favor de la convicciones que nadie más tuvo. Las ruinas desde las que tomar impulso para algo servirán. La historia de los hombres y también la de las mujeres está cimentada en montes de piedra con polvo. En ruinas de otros que hoy sirven. En escombros con los que se construye el futuro. Que nadie te diga que no valió para nada.
Aprendí a vivir con mis miedos para que me llamasen valiente.
Algunos pensamientos ayudan. Algunas perlas; que surgen tapando
tumores.
La costura se hizo cicatriz, pero yo seguía intacto. La herida, por
merecida, no mutiló. Sólo dolor.
Otra vez para dentro. Fuera no existo. Los demás me dan vida; eso
sí. Como yo vivo en los otros. Sobre todo en los muertos.
Quisiera rimar y no puedo. No sé. Nunca me puse a ello. Si acaso
algunas palabras bien ordenadas; en algún momento en que el alma se
asoma, se hace luz.
Prefiero que me recuerden por una sonrisa que por una traidora
palabra.
Mi corazón se seca de tanto darle el sol. Sólo se humedece raras
veces cuando le chapotean los niños, cuando un gesto tierno se fija
en sus ocurrencias, cuando vuelve a la infancia que nunca se debió
perder.
Una tarde deliciosa con un grupo extraordinario. La celebración
sería lo mismo de no ser porque se trataba de un cumpleaños de una madre, en su
propia casa, rodeada de nietos, hijos y amigos de gran calidad humana. Felicidad es parca expresión para definir lo que pude sentir.
Primero
vimo un montaje en video sobre el homenaje a Marcos Ana, poeta lúcido donde los
haya, que le otorgaron los yayoflautas de Madrid. Le entregaron el chaleco de
"yayoflauta de honor" a este reo del franquismo que a sus 94 destila por doquier
amor y vitalidad; y muchísima lucidez. Pese a ser el preso político de más larga duración en las cárceles
de la dictadura franquista ni sombra de resentimiento… Sólo poesía y unos ojos
llenos de vida.
La vida
¿La vida?
Decidme cómo es un árbol.
Decidme el canto de un río,
cuando se cubre de pájaros.
Habladme del mar. Habladme
del olor ancho del campo.
De las estrellas. Del aire.
Recitadme un horizonte
sin cerradura y sin llaves
como la choza de un pobre.
Decidme cómo es el beso
de una mujer. Dadme el nombre
del amor: no lo recuerdo.
¿Aún las noches se perfuman
de enamorados con tiemblos
de pasión bajo la luna?
¿O sólo queda esta fosa,
la luz de una sepultura
y la canción de mis losas?
Veintidós años... ya olvido
la dimensión de las cosas,
su color, su aroma...
Escribo a tientas: el mar, el campo...
Digo bosque y he perdido
la geometría de un árbol.
Hablo por hablar de asuntos
que los años me borraron.
(No puedo seguir: escucho
los pasos del funcionario).
Luego, el entrañable Ernesto recitó poesías de Miguel Hernández.
¡Majestuoso!
Y qué decir de Carmeli con su voz plena de duende y de la
agonía que saben irradiar las mujeres del sur español. ¡Inenarrable!
Todavía quedaba un dúo de mis hermanas cantantes… no por
conocerlas deja de erizarse el vello.
Pero sobre todo, cada vez que coincido con este increíble
grupo de yayoflautas me cargo de energía y valoro el ejemplo que saben
transmitir en su forma de aceptar la vida, sin renuncia a la lucha, sin dejar un
solo instante de regar el jardín de sus floridos valores. Alta casta de
luchadores españoles y de luchadores por España que, con su sólo ejemplo,
mueven montañas. ¡Todo energía!
Van pasando los días y nos vemos arrastrados por ellos a la
rutina de una nueva temporada. Algunos miden el paso por la vida por meses,
otros por años. También somos muchos los hechos a medir en base a cursos
escolares o temporadas deportivas. Ya está aquí una nueva, recién estrenada. Y
las fuerzas, en merma permanente, nos recuerdan el paso del tiempo del que
estamos hablando.
Quizás lo malo no es ciertamente ese paso, ese fluir,
acompasado o no, de días y meses. Quizás lo malo sea mirar para atrás,
sobrecogido, por si a uno le sorprende la futilidad. A veces uno se pregunta
por ¿qué es lo que no es vano, ligero e inútil? Supongo que la respuesta va
marcada por el estado de cada cuál; por el optimismo de la propia cuestión.
No obstante, hay momentos en que el tiempo deja de ser
protagonista para dar paso a la prioridad del instante. Son esos momentos mágicos
en que sabemos que vivimos, como si en otros, con una especie de automatismo,
no lo hiciéramos. O por lo menos no de la misma manera.
Acabamos la sobremesa del Día del Pilar escuchando a Enrique García Requena cantando boleros
Hace poco tiempo, tuve ocasión de volver a disfrutar con
Rafael Álvarez “El Brujo”. Vi su montaje de El Evangelio de San Juan. Unas
semanas antes ya había tenido ocasión de alucinar (sí, alucinar) con La Odisea. Hay que estar muy
agradecido a este extraordinario actor, a este prodigioso artista por lo mucho
de positivo que hace por todo aquel que tiene la suerte de acudir a verle en cualquiera
de sus trabajos. También harían bien en escuchar sus quejas por maltrato a que
someten la cultura, en general, los actuales gobernantes. Ayer mismo vi
fugazmente su intervención en un programa de esos llamados de debate en que
periodistas e intelectuales acaban atropellándose en pleno discurso (algunas
veces racional o razonado). Los tildados como “de derechas” rebatían airados
las quejas de “El Brujo”. Los tildados de izquierdas las aplaudían sin apenas
escuchar. Un gran espectáculo. Quizás por ello, estaba siendo ofrecido en
televisión. Creo que también en eso tenemos lo que nos merecemos (e incluso un
poco menos).
Hablando de merecimientos, estoy seguro de que a estas
alturas de sucesión de momentos o de instantes –quién sabe- uno tiene lo que se
merece. Lo que preocupa es que uno empieza a sospechar que aunque se aplique a
tratar de merecer, con denuedo, algo más, va a servir de bien poco. No sé si la
historia a la que me estoy refiriendo ahora la escriben los vencedores, pero me
parece a mí que a los que quieren meter algún párrafo por su cuenta, o nos les
dieron papel, o no les dieron ni un simple lápiz. Siempre nos queda en esta era
digital abrir un blog como éste en el que hacer catarsis y tratar de compartir
algún que otro pensamiento con las muchas almas gemelas que andan vagando por
ahí.
Mi madre disfrutando del improvsiado recital de poesía de uno de los yayoflautas
Ayer mismo, en otro de esos momentos en que el tiempo pierde
protagonismo para pasar a ganarlo el instante, estuve de celebración familiar. Todo
salió bien, desde la comida –todo riquísimo- hasta la sobremesa. Claro que
tener familia de músicos viene a ser algo así como acabar escuchando a alguien
cantar o tocar el piano, por ejemplo. En el día del Pilar tuvimos ambas cosas
y, además, recital de poesía. Otro oasis.
Javier García Requena cantando en casa de mi hermana
He recordado, tras la reunión escuchando versos de García
Lorca y boleros de Agustín Lara, otros tiempos. No digo mejores, que está muy
manida esa expresión. Tanto que la pongo en duda. Pero sí que he recordado con
gran sentimiento las invitaciones de mi amigo el novelista, poeta y catedrático
de Literatura, Ezequías Blanco. Una vez por año, reunía a un grupo de amigos y se recitaba
poesía. El motivo era siempre la publicación de un nuevo número de la increíble
revista Cuadernos del Matemático.Era una ocasión única de escuchar a poetas modernos declamando
sus propias composiciones. También gustaba Ezequías, con su increíble amigo
Cristóbal López de la Manzanara,de preparar alguna
que otra sorpresa. El año en que conocí, en una de aquellas fiestas, a Quico Cadaval, quedé fascinado por su genialidad. Recuerdo con mucho agrado lo mucho
que me reí. Fue un gran descubrimiento y otro de esos instantes atemporales de
los que vamos coleccionando para poder decir, llegado el caso, he vivido.
El actor Ernesto Gil recitando poemas de Lorca
Pero no es cuestión de ponerse el traje mimetizado –entre manchas
de optimismo y colores de fantasía- para salir a la caza de esos instantes. Qué
sería de un optimista melancólico como quien esto firma si lograse hilvanar uno
de esos momentos de los que estamos hablando con otro, sin solución de continuidad.
En un mundo con contrastes, pasar frío quiere decir apreciar el calor. También
vale lo contrario: pasar calor es apreciar el frío. Luego viene lo de pasar frío
y calor que no tengo muy claro qué es lo que se aprecia más allá de la vida de
quienes ni pasan frío ni calor.
Quiero decir que para apreciar ciertos momentos sutiles en
que la vida alcanza relieve quizás sea menester pasar por esos otros días y
hasta meses de tedio, inapetencia y ausencia de cromatismo. No deja de ser un
consuelo pensar así. Lo mismo acaba aburriendo el poder salir de un momento
especial sólo para entrar en otro. Tal vez canse y deje sin el valor que
realmente pueda tener el acudir a un gran espectáculo, tras el cual pasar a
otro en que uno es reconocido por su poder, para, acto seguido, irse a cazar
elefantes, por ejemplo. Verdaderamente excitante, pero quién sabe… Igual es “demasiado”
y se te acaba haciendo polvo una cadera, por poner otro ejemplo.
Tal vez todas estas reflexiones no hubieran surgido en otro
contexto. Aquello de yo soy yo y mi circunstancia, del filósofo; ya saben:
Ortega. Y mi –nuestro- contexto hoy día recibe el nombre de crisis. Eso de que en
chino es mezcla de riesgo y oportunidad. ¿Otro cuento chino?
El caso es que algo de riesgo sí que hay. No de ese riesgo
excitante que sube la adrenalina y te hace rejuvenecer. No; más bien de ese
otro que te tiene cabreado y con pelín de angustia por ir a peor (y es que
muchos están peor –también se repite mucho en estos días-).
Y oportunidad también; claro. Tenemos oportunidad de hacer
dieta, de dejar de fumar, de dejar de beber (sólo agua), de practicar la ascesis
(de todo tipo y no sólo cristiana), de escupir al cielo antes de que se imponga
la multa por hacerlo en la ciudad de Madrid. También tenemos la oportunidad de
tirar al suelo el móvil –curioso que esas tarifas no suban en proporción a
las de electricidad, gasolina o gas- y charlar más con los amigos y familiares,
tenemos oportunidad de disfrutar de las horas de luz de este país mediterráneo
antes de que nos cobren impuestos por ello –ya pretenden hacerlo de alguna
manera con las renovables-, y también de practicar el estoicismo que tan
espectaculares resultados diera al maestro Séneca hace unos 21 siglos.
Oportunidad, lo que se dice oportunidad hay más de una. Hay
oportunidad de resignarse y también de indignarse. La hay de discrepar y también
de posicionarse en el “y tú más” o “los otros peor”. También hay oportunidad de
pasar a la acción, bien sea con una camiseta verde, con la insumisión, con la
voz, con la dignidad… con lo que sea. Claro que el riesgo siempre está –como en
el cuento chino- pues lo mismo, una vez se toma la oportunidad, se corre el
riesgo de no poder volver atrás. A ver si llega ese momento en que todas las
gentes sencillas que no salen por televisión, ni gustan de amontonarse tras
banderas de colores (los que sean ¡me da igual!), ni siglas (las que sean ¡me da
igual!), encuentran la oportunidad, la aprovechan y corren el riesgo de no
poder echarse atrás. ¡Estamos todos esperando!
Me acerqué, andando descalzo, a la orilla. No llegué desde
dentro, tampoco desde fuera. Era yo el que miraba; era yo el que nada veía. Sólo
caminaba. Y cantaba.
Cantaba con las tripas; la boca encajada. Cantaba mi piel y
lloraban mis huesos. Sólo los pies frescos parecían agradecidos. Queda camino,
camino por andar. A donde se llegue… ¡qué más da!
La tinta de mis letras se escurre en la piedra. Unos
escriben en la arena, otros pican la roca. A donde llegue el lamento… ¡qué más
da!
El niño sueña despierto. El niño duerme su sueño. Cuando se
cumpla… ¡qué más da!
Niño y descalzo. …¡Y soñando! ¿Quién lo va a parar?
Feliz Año Nuevo (el de siempre... el de todos los años)
Ole y ole
Hace tiempo que no me asomo a éste, mi vomitorio. Será que como ligero y no lo necesito. Últimamente está complicado echarse a las tripas algo de chica y con la alfalfa social con que me sustento...
El caso es que con los avances en páginas del tipo de Facebook uno anda más dedicado a otros menesteres a la hora de navegar por estos mares. Yo lo de navegar lo sigo sintiendo más cómo acabar atrapado en la red (la Red, con mayúsculas), que cómo disfrutar en la cubierta de un bergantín o cualquier otro tipo de velero.
En estos días de recogimiento me ando a vueltas con temas espirituales; no me cuesta nada. El que me conozca un poco sabe de lo poco prosaico que soy. Me lo he de hacer ver.
Decía que andaba con reflexiones y temas internos y no acabo de arrancar. No me fructifican los pensamientos; los echo sin raíces y se los lleva el viento. Siempre me han tildado de ser un ventoleras. Me lo he de hacer ver.
En todo caso, este enero no me he planteado nada de nada. Ni dejar de fumar (ya lo dejé hace mucho tiempo), ni adelgazar (ya lo dejé hace mucho tiempo). Pero no he de mentir que no soy bueno en ese arte y se me ha de notar tan pronto lo intente. Ya hice propósito de enmienda antes de llegar el año nuevo. Me metí en el mes de diciembre prometiéndome alguna que otra gilipoyez y dos o tres cosas muy importantes. De las gilipoyeces espero no tener que dar cuentas, que ya saldrán muy a mi pesar, tan acostumbrado como estoy a errar sesenta veces por minutos, sesenta minutos por hora y 24 horas al día. De las cosas muy importantes no sé cómo hablar pues me llevan media alma en el intento y fatiga el sólo intentar explicarlas. Baste decir que me voy a empeñar en ser más amigo de mis amigos y menos enemigo de mis enemigos. Voy a intentar seguir ambicionando lo que veo nadie ambiciona y a seguir despreciando las ínfulas de lo que se presenta en esta sociedad como perentorio. Quiero recordar que todo lo que aceptamos como pasajero o provisional, en realidad lo es. Pero también quiero recordar que todo lo que aceptamos como perpetuo o imperecedero, en realidad, también es pasajero o provisional. ¿O es que hay algo en esta vida que no lo sea? Y por ese mismo principio quiero dedicar toda mi vida a lo provisional, a lo pasajero. Quiero vivir cada instante con toda mi alma, porque está claro que no volverá en cuanto se escape por la rendija del pasado (a veces –casi siempre- una fosa de fauces descomunales).
Para semejantes propósitos debo empezar a tirar cosas por la ventana, pues no interesa lastre en tan espirituales propósitos. Si me calzo zapatos caros (los baratos suelen ser más livianos) habrán de ser mi ancla. Yo mismo me hundiría en el fango de los fingidos, de los mentecatos de la ceja depilada y reloj de 500 papeles para arriba (total para mirar la hora en que están paseando su propio cadáver). Ya deberíamos saber, a estas alturas, que Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas). Lo explicó muy bien el poeta. ¡Perdón! Se me olvidaba a mí que los poetas están para llorarlos y olvidarlos. Duelen demasiado para recordarlos así como así.
Voy a empezar por tirar por el balcón de mi casa el sillón en el que me tiro para descansar de la vida, para amortecerme. Detrás del sillón irá mi armario (no vaya a salir alguien de dentro). Así, con lo puesto, me ducharé para lavar mi ropa y mi piel. Me secaré, luego, la piel al mismo tiempo que los calzones, los pantalones y el resto de atavíos con que tapo mis luengas vergüenzas; cada vez menos luengas y más vergüenzas. ¿O era al revés? Ya por tirar, lo mismo me animo y tiro mi desconfianza. Total, sin desconfiar me van a seguir apuñalando por la espalda. Así, al menos, cada puñalada la celebraré con la fiesta de la sorpresa. ¿También tú Bruto? Lo que no he de olvidar arrojar es mi resentimiento. Tampoco me ha sido muy efectivo. Después de algún roce no me ha llevado más que a tener otro y después otro. Si me libro del resentimiento volveré a poder cabrearme cada vez que me injurien o vilipendien, como si fuera la primera vez. Estoy harto de la dieta de sapos; no me tragaré más. Si acaso, tragaré ruedas de molino y comulgaré con sapos. Por llevar la contraria… ¡digo!
Lo que no quiero tirar es el beso furtivo que me dio una niña menor que yo, pero mucho más madura. Yo también era un niño (como ahora) pero aquello ocurrió el siglo pasado, tras la esquina en que comienza la leyenda y se pierde el recuerdo si no lo irrigas con sonrisas y alguna que otra lágrima. Me lo voy a guardar porque supo ver en mí a aquel que yo busco desde entonces en el pozo en que me he convertido.
Tampoco voy a tirar el grito de alegría de mi hija emocionada al abrir su regalo, un día de Epifanía. También riego ese recuerdo con alguna lágrima que me queda en la recámara de mi reseca humanidad. Y ya que me estoy quedando con tantas cosas voy a guardar las críticas; todas. Voy a guardar las que me gustaron y las que me irritaron. Esas son las que más me ayudaron, después de todo. Pero quede claro que las adulaciones ya fueron al vacío arrojadas dentro del armario. Las suelo usar de muda cuando se me escapa algún pedo con materia (cosas de la edad). No me gustan las adulaciones, ni siquiera los pasamanos. Me entristecen y no está mi corazón para esos trotes; bastante tengo con intentar perdonarme.
Basta de tonterías.
También he escrito algunos cuentos que creo voy a cambiar de título. No creo en la mala suerte y la buena no cree en mí. Estamos a la par. En cambio creo en la fortuna (la de otros, por su pasta) y en la mía (por mis amigos). Digo que igual cambio el título en que he empezado a coleccionar esos escritos: “Cuentos para que no me entre un cáncer”. Seguro que el mal fario viene a joder la marrana. De momento, he añadido un subtítulo: “Si es que estamos a tiempo”.
Un deseo.
Que todo el que sufra encuentre la utilidad de ese sufrimiento o el modo de librarse de él. Me gustaría indicar cómo, pero no tengo esa sabiduría. Sigo buscando.
Se acerca el famoso Día de los Enamorados, que nos recuerda lo bonito que es eso de tener a quien amar. La pena es precisamente lo de que te lo tengan que recordar, cuando eso de amar debería de ser el motor de nuestras existencias (y quizás lo sea aún a nuestro pesar).
Nos hemos permitido incluir una coplila a base de cuartetas y como nos ha parecido un tanto irrespetuosa y baladí para tan elevado tema, hemos sacado por ahí una poesía de las de verdad; de las de leer, paladear y dejar que repose en el alma. Se trata de una pieza de San Juan de la Cruz.
Se aproxima el San Valentín que esconde en Cuaresma casta -ese santo monjil (qué festín)- la lujuria y no la pasta.
Llega el amor de bisutería. el de flores, el de bombón. Y si te llega… de joyería. Las hay que valen mogollón.
Mi chico ya trabaja y tiene novia formal. El chaval del Ahorramás afila ya su navaja.
Le ha comprado a María una gargantilla de plata, lleva hoy todo el día de aquí te pilla aquí te mata.
Cuando la Iglesia se alía con su amiga la empresa el cursi saca su tarjeta y el cheli el porro se lía
Unos se enamoran despacio otros a todo meter el que más se muestra reacio antes se queda sin mujer
En estos días de libertad quedar para vestir santos no es mal ni indignidad por eso le pasa a tantos
Son los que van cantando alegres por las esquinas ¡para hacer un buen caldo vale igual gallo que gallina!
Se nos han juntado carnavales con día de la tortilla, que es tradicional en Torrejón de Ardoz con su reparto del rico plato gastronómico a base de patata y huevo. Además de Carnaval ha habido por Coslada y otras localidades en que tiene presencia la Casa regional de Castilla y León, celebración de Santa Águeda día en que el alcalde cede su bastón de mando a una mujer. Lo cierto es que Santa Águeda tiene su día hoy martes 5 de febrero, pero ya se sabe como son estas cosas, o se celebran en fin de semana o…
Sin duda, lo de ‘las águedas’ es una costumbre machista que ha pasado a ser anecdótica al contarse ya, en muchos municipios, con alcaldesas de verdad y no sólo para un día. Aunque mira tú por donde, tanto en Torrejón de Ardoz como en San Fernando de Henares se nos fueron (por muy diferentes causas) dos de las regidoras con más carisma de casi toda la Comunidad de Madrid. ¡Qué le vamos a hacer! La alcaldesa de San Fernando de Henares (IU) se fue al Congreso de los Diputados, dejando a su correligionario Julio Setién como nuevo alcalde electo. En cambio, en Torrejón de Ardoz las cosas fueron de muy diferente manera. Trinidad Rollán (PSOE), que llegó casi por azar a la alcaldía, salió por sorpresa. El PP fue el partido más votado y contó con los votos precisos para hacerse con la Alcaldía. Pero esto tuvo su guasa y la tal sorpresa del giro político tiene su aquel. Baste decir que en Torrejón de Ardoz hay cuatro periódicos (locales se podría decir). Se trata del HENARES INFORMATIVO, LA NOTICIA, LA QUINCENA Y GLOBAL HENARES. Pues bien, los cuatro periodistas de los pretendidos periódicos independientes son ahora cargos de confianza del PP, cobrando una pasta que nunca antes soñaron cuando malvivían de sus croniquillas. Así es que estuvieron segando la hierba bajo las pies a ‘su amiga’ la alcaldesa durante cuatro años seguidos espoleados con la zanahoria delante de la nariz. Una zanahoria que hoy comen a mordisco limpio. Sabemos los nombres de los machotes pero no los vamos a dar. No por temor, que tenemos más güevos que ellos y ya lo hemos demostrado en más de una ocasión, sino porque no nos da la gana. Además, se pueden saber con acercarse al Ayuntamiento de Torrejón a ver quiénes llevan los gabinetes de prensa, de Alcaldía y de protocolo. Por otra parte, como hemos convivido con ellos en alguna que otra etapa profesional, nos queda la ingenua idea de que debimos de ser amigos de esa gente (que seguramente tiene un concepto muy diferente al nuestro de lo que es amistad… y respeto… y periodismo… y ética… y vergüenza…)
La anécdota del Día de la Tortilla Sea como fuere y dado que hablábamos del Día de la Tortilla y de la alcaldesa de Torrejón de Ardoz, voy a permitirme recordar una anécdota. Andaba yo en uno de esos días de sarcasmo que me vienen a definir a juicio de muchos de mis enemigos (y aún de muchos amigos). Me mandaron de la emisora de radio en la que trabajaba a cubrir el acto de reparto de tortilla en el día de la misma, en Torrejón de Ardoz. La alcaldesa de la localidad, con su comitiva municipal de compañía, tenía por costumbre abrir el acto, pasando la primera a recibir el plato de tortilla de patatas, el baso con bebida y el postre. Después, no solía comérselo, todo hay que decirlo y lo ofrecía a quien estuviera más cerca. Tras hacer algunas fotos para el periódico de la misma empresa que la emisora de radio, me acerqué a la alcaldesa y llegue cuando ya era entrevistada por una compañera periodista de Telecorredor a la que yo aún no conocía. Primero tuve un poco de pudor en meter la grabadora, dado que no había dicho nada y había llegado tarde. Así es que tuve paciencia… pero no mucha. Y ya digo que entre que se demoraba la cosa y que andaba yo retorcido por dentro… En cuanto la compañera periodista dejó un espacio para tomar un poco de aire, metí la grabadora y solté mi pregunta como un dardo envenenado:
- ¿En un día de la tortilla como el torrejonero, que reúne a miles de tortilleros, se siente su alcaldesa la más tortillera de todos?
Se hizo un silencio de los de cortar con cuchillo y untar en pan. Yo sonreí y corregí como si no me hubiera dado cuenta de lo que había dicho… Pero hay queda la anécdota y mi presentación ante mi alcaldesa como periodista de mi pueblo.
Carnavales De lo que sí quería hablar ahora es de estos carnavales que concluirán el miércoles con el entierro de la sardina, en los que he vuelto a zambullirme de lleno como hacía tiempo no lo hacía. De hecho he ejercido de miembro del jurado del ‘IV concurso de chirigotas de Getafe’ y en la misma ciudad también he formado parte del jurado para dar los premios del desfile de murgas. Lo primero que hay que señalar es la calidad tanto de las murgas como de las chirigotas. Yo, que he tenido ocasión de ver muchos carnavales de Coslada, Torrejón de Ardoz, Rivas Vaciamadrid, Arganda del Rey… me sorprendí con el patente esfuerzo realizado por las gentes de Getafe. Los disfraces eran originales y muy currados, pero eso lo he detectado allá por donde he pasado. En este país somos especialistas en tirarnos meses preparando la diversión de un solo día o de una sola tarde. Lo que me impresionó fue el aparato desplegado por asociaciones y colectivos. Dragones de grandes dimensiones, pajaritas gigantes, caballitos de cinco metros de altura… hasta una pantalla gigante portátil reproduciendo cuadros de Goya para aderezar una murga goyesca absolutamente impactante. Luego, al día siguiente, llegó el concurso de chirigotas. También lo conocía y volví a quedar gratamente sorprendido. Es de tal calidad lo que exponen los que se presentan que ya sólo se presentan ellos. Me explico. En Getafe está la Casa de Andalucía con mucha propensión a ganar premios de chirigotas como no podía ser de otro modo, por su origen. Pero, además, está el colectivo Iérbola y el ‘Suavito que me duele’ que son la caña. El primero consigue concitar a muchos integrantes y montan unos números divertidísimos. El de este año, con un equipazo de nadadoras de ‘la especialidad ‘sincronizada’ era genial y desternillante. Como estuve en el jurado tengo que decir que en mis anotaciones me salió un punto más para la Casa de Andalucía que no me hizo reír, pero casi me hacer llorar de la carga emocional que tenían algunas de sus piezas (me puso los pelos de punta la letra dedicada a la abuela, que paso a transcribir):
Con la mirada perdida y las manos en su faldiquera fija en la puesta del sol sentada en el portalón. Así recuerdo a mi abuela siempre llena de ilusión daba igual frío o calor para llevarme al colegio. Le gustaba presumir y a las vecinas decir: mira qué guapo es mi nieto. Nunca me contó para dormir ni un cuento. Pero me cantó coplillas de libretos Agüillo Antoñín Paco Alba Villega. Me solía decir venga que hay que dormir que se cansa la vieja. Esa vieja que en tiempo de dictadura se pintaba un colorete y cuatro trapos pues febrero para ella era su locura. La guardo disfrazada en un retrato. A rezar y a pedir por el abuelo me decía que Dios lo tenga en su gloria se marchó sin haberme dado un beso a lo mejor es por eso por lo que a veces llora. Buena mujer hoy le prometo quererle mientras viva y presentarle mis respetos. Esta copla es para ti, solamente para ti, pues te lo ha querido escribir el cariño de tu nieto.
El caso es que en el desempate se hizo con el primer premio (y con los consiguientes 2.000 euros) la Casa de Andalucía. Por lo tanto, los de Iérbola se llevaron el segundo premio (con 1.000 euros de dotación). Finalmente, los ‘Suavito que me duele’ fueron terceros y cuartos, otra vez, los de la Casa de Andalucía que presentaron otra chirigota pero sólo de mujeres, excepción hecha del señor que le daba al tambor.
Fangoria o lo chabacano al poder Decir que Olvido Gara es chabacana es decir poco o nada… y lo mismo hasta se lo toma como un halago la voz del grupo Fangoria, antes Alaska (con sus pegamoides y con su dinarama). Lo inexplicable es que arrastre a multitud de gente multicolor del más variado pelaje (es un decir –se depilan casi todos y casi todo-). Se puede decir que en el concierto (desconcierto) que dio el pasado viernes en Getafe estaba medio vecindario de Chueca y aledaños metido. Uno que ha vivido en la calle Hortaleza semi-esquina con Augusto Figueroa cerca de tres años ha aprendido a convivir con locas, mariconas, moñas y demás especies de lo que se aglutina en GLTB (Gays, Lesbianas, Transexuales y Bisexuales). No deja de ser divertido ver cómo se divertían una amplia pandilla de estos ge-ele-te-bes, pero también es chocante que disfruten de los graznidos de la tal Olvido Gara, Fangoria para más señas. Serán las cosas del Carnaval.
'Cuando sea mayor voy a ser viejo' decía yo. Y ya era mayor que un niño y menor que ahora, que aún lo soy, pero con vergüenza. Con pudor cuando se me asoma en público
Cuando sea mayor voy a ser... si es que soy y no me he muerto por el camino (cosa que sucederá cuando sea mayor, claro)... ¿qué seré de 'mayor'?
Cuando sea mayor quiero entrar en un ejército y alcanzar el grado de Mayor. Ser el ‘Mayor’ del ejército de disparadores de sueños y fantasías; de fusileros de poemas propios y extraños. A ver si me aprendo el de los "cien cañones por banda" que ya se me está olvidando y es el único que suelo recordar.
También quiero ser el menor cuando sea mayor y sentirme joven entre mis compañeros viejos a los que ganaré echando carreras de prótesis de cadera (¡que se jodan!)
Cuando sea mayor mis hijos también lo serán y me verán envejecer para distraerse de su paso por la vida (ellos también envejecerán).
Cuando sea mayor también voy a tener tiempo, un día de esos, para espiarme y ver lo que realmente he conseguido (poca cosa sin duda). Y recordaré que siendo menor soñaba; un sueño que seguramente seguiré recordando, porque siempre me va a acompañar, hasta que me duerma para siempre, hasta que lo sueñe siempre.
Yo que nací con siete vidas, he empezado a vivir la última, que, en realidad, es la primera. Las demás no las voy a gastar; total… ¿para qué? Si ya me lo sé.
Nací muy pronto y enseguida tuve hijos mayores que yo. Y eso pese a que, cuando niño, era mayor que ahora (en lo mejor y más importante). Pero se me ha gastado la madurez y estoy tratando de recuperar la seriedad que empleaba cuando jugaba a cualquier cosa.
Cuando sea mayor no pienso tener un Ferrari, ni dos. No pienso salir con las chicas de la tele, ni tener mucho dinero para viajar en avión a Laponia, aunque no me apetezca. Tampoco pienso beberme todo el líquido de las tabernas, como dice mi amigo que lo intenta cada noche de viernes y de sábado. Voy a cuidarme cuando sea mayor y haré ejercicio, en alguna residencia de ‘mayores’, como las llaman ahora.
Entonces, puede que entonces llegue un nieto mío y me diga con la verdad punzante y sanguinaria de los niños: “abuelo, tú ya eres mayor”. Aprovecharé, entonces, para llorar como un niño, ocultando mis lágrimas de viejo cobarde. A ver si un día de estos tengo un nieto. A ver si se deciden un día a darme un nieto, aunque sea mayor.