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Las cosas de W&CC así como de ALMAYARA.

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miércoles, marzo 10, 2021

El fotógrafo

Una de las muchas profesiones que tuve fue la de fotógrafo. Hacía muchas fotografías y cobraba por algunas de ellas. Tomaba imágenes de las noticias que cubría como periodista, llegué a hacer fotos del Getafe C.F. cuando dicho club llegó a primera división de la liga nacional de fútbol. También realicé algunos reportajes de bodas y comuniones, sobre todo para amigos, que era cuando no cobraba; eran mi regalo.


No estudié fotografía, salvo un cursillo que realicé en la Casa de la Cultura de mi pueblo, ya formado, con toda una eminencia: Osvaldo Cipriani.


Mis comienzos fueron, pues, autodidactas.


Mi padre era aficionado a la fotografía. Hombre inteligente, supo pronto descubrir la relación entre apertura de foco, velocidad y sensibilidad del carrete. Él viajaba mucho y de regalo me trajo una pequeña Olympus de Canarias. Tenía la característica de que doblaba el negativo de tal manera de que de un carrete de 36 fotos sacaba 72 y, apurando, algunas más.


Mi afición a apretar el botón tuvo que ser refrenada en alguna ocasión. Por entonces se revelaba en papel y costaba una pasta. Pero lo cierto es que la Olympus tenía buena óptica y yo buena mano. Encuadraba bien y tenía buen ojo, así que el resto fue fluyendo.


Aquella vieja cámara se la dejé a una novia que tuve. Sin yo saberlo empecé una especie de costumbre; algunas parejas se quedaban con mis cámaras. Menos mal que tuve pocas (cámaras ...y parejas).


Llegaron las cámaras digitales. Me hice con una de esas que se conseguían en la gasolineras pagando una parte con los puntos que se recaudaban al reponer combustible. Conseguí algunas instantáneas de mérito, con ella, pese a tratarse de un aparato muy sencillo. Me envalentoné.


Con el tiempo entré a trabajar como periodista en una cadena importante que llevaba muchas cabeceras en las principales ciudades de la Comunidad de Madrid. Cuando necesitaba un fotógrafo tenía que pedirlo a una secretaria. Un buen día, me dijo que no tenía a nadie y le pregunté si yo mismo podía hacer las fotos; que también era fotógrafo. Accedió y así empezó mi carrera profesional como “lupa”, además de como “gacetillero”. Llegué a firmar un contrato como fotógrafo, claro, aunque solía trabajar sólo para mis informaciones.


Llegué a estar pluriempleado. Trabajé en un par de empresas – digamos que familiares - con periódico y emisora de radio. Pero, en ambas, era inexistente la figura del fotógrafo; cada “gacetillero” tomaba sus propias imágenes. También (cada “gacetillero”) entraba en la emisora, picaba sus propias notas y, casi, hasta las maquetaba. Se aprendía mucho a cambio de lo mucho que se sufría.


En estos momentos recuerdo que siempre tuve problemas para la correcta utilización del flash. De haber sabido manejarlo mejor habría hecho más fotos de estudio, pero eso no impidió que hasta montase una exposición, con mis mejores imágenes, en la Casa de la Cultura de mi pueblo. Poco después conocería a Osvaldo, un gran tipo. Con mi compañera, que hizo el curso conmigo, llegamos a compartir una velada en su piso; ¡menudas vistas! Para evitar portazos y permitir correr el aire sin que hubiera portazos, sujetaba cada puerta con una botella de licor; no tenía “mueble-bar”.


Notaba que me faltaban conocimientos profundos. Yo era uno de esos que se llamaban “chusqueros” en la profesión. Pero algo aprendí de mi faceta de fotógrafo y que ha inspirado este relato: mi capacidad para ver las cosas desde diferentes ángulos. Me ha valido para ver las cosas desde diferentes puntos de vista.


Para ilustrar este tema nada mejor que una anécdota. Voy con ella.


Era plena mañana de un soleado día, creo que de primavera. En mi pueblo se celebraba una ofenda floral a una Virgen; no sé de cuál. Como tenía mil cosas que hacer llegué justito y me impresionó ver tantas… flores (por no decir personas). No encontré, en un primer vistazo, desde donde hacer las fotos si no era tras recibir varios codazos y pisotones.


Mirando la plaza vi que había una fuente y para sujetar el grifo una especie de peana a la que con cierta agilidad subí. Me encaramé en lo más alto. Tenía una pequeña plataforma pero te dejaba casi al nivel del estradillo lleno de flores con la imagen de la Virgen. A cierta distancia, eso sí. Pero para eso llevaba zum.


Tomé un montón de imágenes y salieron de maravilla. Parecían tomadas desde un andamio construido al efecto. A partir de aquel momento, la pequeña plataforma era un lugar codiciado por los periodistas. Todos éramos jóvenes y nos resultaba sencillo instalarnos en lo alto de la piedra lisa. Pero sólo cabía uno.


Llegué a escuchar que alguien se refería a la fuente poniéndola mi nombre. En su momento me enorgullecía. Pero hoy no es eso lo que recuerdo. A mi memoria acude el sentimiento de que la fotografía me dio la oportunidad de encontrar un punto de vista desde el que ver la realidad de frente, pese a los muchos obstáculos de alrededor. Un ángulo oculto para otros que permitía ver las cosas con claridad, de cerca y al nivel requerido. Que no me falte nunca esa capacidad.

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editado por...Wladi Martín @ miércoles, marzo 10, 2021
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El verbo

Una sutil brizna de aire, un pequeño soplo. Igual que ayer. Igual que mañana, seguro. Pero la importante es la de ahora, la que se perpetúa. La de ayer ya se fue; la de mañana igual no llega. La importante es la de ahora; las carreras de los niños, los patos en el estanque…


Siempre que se puede, un paseo al parque, junto a mi casa. Dicen que es medicinal y descubro que lo es más para el alma que para el cuerpo. Saborear los rayos de sol como si fueran únicos. Disfrutar también cuando esos mismos rayos no se ven. También están aunque no se vean. Como los problemas para algunos o las bendiciones para otros. No se ven, pero están.


Veo pájaros. Cada vez hay menos humildes gorriones. No es que hayan progresado es que están desapareciendo. Dicen que especies invasoras están acabando con ellos. Algunos inconscientes sueltan en libertad a sus mascotas cuando se cansan de ellas. Qué manía de alterar la naturaleza en vez de disfrutar de ella. Yo, a veces, me siento gorrión. Están acabando conmigo; con los míos. Qué más da. Igual tampoco sé yo adaptarme. ¿Lo intento?


Nos queda la palabra y a veces nos falta eso mismo; nos quedamos sin palabras. Dicen que el verbo fue lo primero. Será que necesitamos escuchar y eso que cada cual escucha lo que le conviene (o precisamente por ello). Una misma palabra es escuchada por cada individuo de forma diferente. De ahí el mundo de las afinidades. De ahí, creo yo, las filias y las fobias.


Leí hace tiempo que en el arte (el moderno se entiende) la obra deja indiferente si no existe afinidad (concomitancia). Se me ocurre que hay afinidades universales como el volar, el soñar… Por eso seguramente las mayores obras de arte estén en los paisajes, se hallen en los pájaros, se encuentren en las escenas de los niños jugando.


Qué difícil es expresar (con palabras) un atardecer, el vuelo de las aves en bandadas cuando llega el otoño, la felicidad en el corro de niños en pleno juego. Y, al mismo tiempo, que propensión a dejar que te lo cuenten; con emociones (¡qué vibren esas concomitancias!).


Tan largo viaje para llegar a ninguna parte saliendo de no se sabe dónde. Largo cuando se parte o está uno en ello. Corto cuando se llega. Y todo para descubrir (siempre tarde) que lo importante es el viaje, no el destino y menos el origen. Los extremos (destino y origen) sólo alimentan al ego; lo que creemos que somos y no nos deja ser.


Que nos quiten todo, pero que al menos nos dejen expresarnos, aunque sea a través de la palabra (espero que me entiendan).

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editado por...Wladi Martín @ miércoles, marzo 10, 2021
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miércoles, septiembre 16, 2020

El disfraz

Era una hermosa casa que contaba con jardín. Había muchos niños reunidos, junto a sus padres que solían congregarse también al estar en tierras extranjeras. El clima era magnífico con temperaturas suaves y sin lluvias ni otro tipo de precipitaciones.


Tras de los juegos de los niños el anfitrión propuso una fiesta de disfraces. Seguramente habían estado de limpieza en esa casa y tenían muchos trapos, vestidos pasados de moda, utensilios diversos y miles de cachibaches a la espera de hacer algo con ellos. El anfitrión consultó con sus padres que dieron el pertinente permiso. Los niños pasaron a elegir sus prendas y se les asignó donde cambiarse.


Yo tenía unos 7 años y elegí una peluca de cabellos muy negros. Alguien -creo recordar- me sugirió que me disfrazara de Cleopatra. Así lo hice con lo que encontré y con la imagen infantil que tenía de Cleopatra. Lo que me acabó quedando claro es que la peluca me disfrazaba por sí misma Y vaya que si lo hizo. Lo voy a contar.


Yo estaba con mi hermana de unos 3 o 4 años que no recuerdo de qué se disfrazó, pero estaba muy simpática. Llegó el momento de llamar a los padres que acudieron alborozados al jardín a ver a sus retoños disfrazados. Los míos llegaron con cámara de fotos y se hincharon a fotografiar a mi hermana. Yo no me separé de ellos en ningún momento. Pero algo raro pasaba. Aunque estaban educados con la Cleopatra que yo había conseguido improvisar no me hacían mucho caso por alguna razón.


Total que acabó la velada tras ese juego y varios más. Cada familia se dirigió a su casa. Nosotros (mi hermana, mis padres y yo) hicimos lo mismo. Todo normal tras un día festivo.


En la jornada siguiente vuelta a normalidad. Fue entonces cuando mi madre me hizo la fatal pregunta:


“¿Dónde te metiste ayer cuando todos los niños se disfrazaron?”.


Le intenté explicar que yo era la Cleopatra que les acompañó y no lo niña que se les pegó, extrañamente, como suponía mi madre. Esa era la razón de que me trataran con toda educación (a fin de cuentas me hacía cargo de una niña de 3 o 4 años), pero también era el motivo de que no me hicieran mucho caso. La cuestión es que no salgo en ninguna foto… y yo pensando que el éxito del disfraz correspondía al de mi hermana y por eso se llevaba todas las imágenes.


El gran disfraz era el mío, tanto que ni mis padres me reconocieron.


Pasados los años desde aquella anécdota reflexiono por cuánta gente no se disfraza, ya adultos, que no les conoce ni la madre que les parió. ¿Cuántos médicos músicos habrá, cuántos oficinistas con alma de poeta…? ¿Cuándo empezaron a disfrazarse?


Eso de fingir lo que uno no es… puede traer extrañas consecuencias.



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editado por...Wladi Martín @ miércoles, septiembre 16, 2020
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El escondite

Hace poco, mi madre hablaba con una anciana amiga. Recordaba con claridad una anécdota que yo mismo protagonicé y que voy a narrar en forma de cuento. Sirve de ejemplo para lo que somos capaces de hacer: huir (sin que parezca una “huida”). El cuento se refiere a un niño, a una anécdota infantil. Pero creo que todos conservamos un mecanismo similar; de la misma forma que todos conservamos algo del niño que fuimos.


Vamos con el cuento y ustedes deciden.


Eran varias familias de emigrantes que se juntaban a menudo para conservar, en cierto modo, su procedencia. Había varios niños en dichas familias y acabaron fomentando mucha amistad entre ellos.


En una de esas reuniones, tras cenar todos juntos, los niños se pusieron a jugar al escondite en plena casa. El niño protagonista del cuento tendría unos seis años. Era el más menudo de los que jugaban a esconderse y esperar que uno de ellos les descubriera. Los demás, unos cuatro, eran mayores todos. Incluso su gran amigo, Arturito, tenía un par de años más de edad, que él.


Fue precisamente Arturito quien propuso un escondrijo fenomenal en el hueco alto de un armario empotrado. Con las prisas y el nerviosismo de que el encargado ya iba a iniciar su búsqueda, debió olvidar su propuesta y marcharse a buscar refugio. Pero el destinatario de dicho ofrecimiento no lo olvidó y con asombrosa agilidad se encaramó al escondrijo sin que nadie le viera. Cerró desde dentro la portezuela y esperó nervioso a ver el resultado.


Pasó un buen rato. Oyó voces pero nadie le buscaba en el fenomenal escondite. De manera que el niño decidió prolongar su gran victoria. Las voces dejaron de oírse y pasó el tiempo. Tanto que parecía ridículo salir en ese momento en que el efecto de la aparición se diluiría sin testigos presenciales.


La lucha entre la espera y el sueño (era después de cenar) parecía un pulso. Ahora parecía ganar la espera, ahora parecía ganar el sueño. Hasta que ganó el sueño.


El niño se quedó dormido y nadie era capaz de encontrarle. Como broma ya empezaba a ser pesada por el rato transcurrido. Los niños, ya todos descubiertos, empezaron a llamar a gritos al ausente. Nada.


Los adultos debieron escuchar los gritos y se unieron a la búsqueda con un poco de angustia. No se podían creer que hubiera desaparecido como explicaban los retoños.


En una de esas, creo que el dueño de la casa, abrió el compartimento del armario donde me había escondido. Se llevó una gran sorpresa.


- “Aquí está” gritó.


En esas yo me fui despertando mientras los demás acudían a la habitación del armario.


Jugué, fui protagonista y además me eché una cabezadita.


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editado por...Wladi Martín @ miércoles, septiembre 16, 2020
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domingo, agosto 30, 2020

La sordera

Es curioso como uno se arregla para ver lo malo en el otro cuando es un defecto propio. Hay gente que se sabe la teoría de maravilla - para los demás -, pero son incapaces, en la práctica, de enmendarse la plana. Hace poco he vivido en mis propias carnes un buen ejemplo de ello. Una persona tiene sus razones – las suyas digo –. Todos los demás son los confundidos y – lo peor- es con el ego desorbitado, esa persona es capaz de poner en riesgo la convivencia con todos los demás. Es una anécdota a punto ha estado de quebrar unos maravillosos días de vacaciones en familia. Pero es una historia muy larga que dejo para más adelante. Lo que ahora importa, en esta reflexión, es la capacidad que tenemos de ver defectos en los demás. Defectos que nos son propios o no del todo ajenos.


Ya hemos hablado en otras ocasiones de la ley del espejo, por ejemplo. Ahora lo voy a explicar con un divertido cuento que narra Jorge Bucay y que mi madre ha venido a recordarme hace poco.


Vamos allá.


Un hombre ya maduro llama por teléfono al médico de confianza que normalmente trata a su esposa. Es un viejo amigo, se podría decir que de de toda la vida.


Tan pronto oye su voz exclama alarmado:


“Algo le pasa a mi mujer que se ha vuelto sorda. No hago más que llamarla y ni siquiera me contesta. Se ha vuelto completamente sorda”.


El médico tranquiliza a su amigo. Como conoce la casa le da instrucciones para ver el alance del mal. Se entera de que la esposa está en es momento en la cocina y le propone que la llame desde la habitación de ambos sabiendo que está a unos 20 metros de donde ella se encuentra.


“María… María… ¡María!” - acaba gritando.


“Nada, no contesta. No me oye. Se ha vuelto completamente sorda”. Le dice a su amigo otra vez al teléfono.


El médico sigue recomendando tranquilidad, al desesperado marido, y le da nuevas instrucciones.


“Vé ahora al salón y vuelve a llamarla a viva voz”


Seguramente, él también daba sus indicaciones a viva voz pese a mantenerse aparentemente impasible. Al menos el buen señor apretaba con fuerza el auricular al teléfono para no perderse detalle.


“María… María… ¡María!”, repitió la operación con el mismo resultado: ninguna repuesta pese a estar a menos de diez metros.


Cada vez más nervioso, el cónyuge volvió a ponerse al teléfono para explicar lo sucedido.


“Completamente sorda. No contesta” respondió.


Su amigo, al otro lado de la línea, siguió recomendando tranquilidad antes de dar nuevas instrucciones.


“Dirígete a la cocina y repite la operación” le indicó el médico.


Así lo hizo el cada vez más nervioso señor.


“María… María… ¡María!” Gritó a espaldas de su señora.


Y se llevó un chasco mayúsculo cuando su esposa se giró y le dijo:


“¡Qué! ¡Que te pasa que no dejas de gritarme todo el día y cuando te contesto ni siquiera me oyes!”.

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editado por...Wladi Martín @ domingo, agosto 30, 2020
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miércoles, agosto 05, 2020

Woody Allen

Leo mucho, siempre he leído mucho. No me considero un lector compulsivo, pero raro es el año que no me leo unos 14 libros. Incluso hay períodos en que, de media, me leo unos dos libros por mes o más. Lo bueno es que no suelo recordar básicamente lo que leo. Así experimento especial deleite en volver a leer, por ejemplo, El Principito de Saint-Exupèry. Pero, tengo que reconocer que no suelo releer libros porque tengo muy presente aquello que alguien dijo de que ni en toda la vida se lograría leer todo lo publicado (ni siquiera de lo bueno). Bajo este precepto también me permito dejar algunas obras apenas comienzo a deslizar sobre sus primeras páginas mi vista, si no me interesa. Lo hago sin llegar a acabar el libro. Eso no quita para que en algunas ocasiones vuelva a intentarlo e incluso a lograrlo, más adelante (acabar el libro en cuestión). Eso me pasó con La Regenta cuyas primeras 100 hojas se me atragantaron. Pero tiempo después pasó a ser una de mis novelas favoritas.

Leo novelas (muchas) y otro tipo de obras (algunas). Pese a no recordar lo leído, como sí hacen algunos de mis amigos, soy consciente de que lo leído me aporta mucho. Se podría decir que soy lo que leo (sobre todo lo que he leído). Estoy seguro.

Actualmente estoy divirtiéndome mucho con la autobiografía de Woody Allen, mi otrora ídolo Woody Allen. Hoy día mis ídolos no suelen rebasar los 5 años de edad.

Puedo presumir de haber sido su introductor (el de Woody Allen), si no en España (que no lo fui), sí, al menos, entre mis amigos. He llegado a tener una fabulosa colección de recortes del cineasta neoyorquino lo que me hizo, tiempo atrás, todo un experto en el actor y director. Eran tiempos en que no se tenía acceso a Internet.




En una ocasión recibí la llamada de un gran amigo. Me explicaba que una compañera de trabajo tenía previsto viajar a Nueva York. Expresó su deseo de ir a ver a Woody Allen pues le gustaba el personaje y se había enterado de que tocaba el clarinete en un pub de la ciudad norteamericana. Mi amigo le dijo que conocía a la persona que podía tener la información; que consultaría. Yo, por entonces, sabía que el neoyorquino efectivamente tocaba el clarinete en el pub en el Michael´s Pub y poco más. Pero me puse a revisar mi colección de recortes. Encontré la información de los días en que el cineasta tocaba en el local con su banda. Le facilité la ubicación del pub, las horas de actuación… hasta conseguí el número de teléfono del garito.

Muy ufano llamé a mi amigo y le di toda la información. Poco después me olvidé del asunto, hasta que semanas después coincidí con él. Me trajo una postal de propaganda del Michael´s Pub con el neoyorquino tocando el clarinete con su banda en una cara. En la cara contraria estaba su autógrafo que su amiga había tenido oportunidad de pedir para mi y que guardé como un tesoro (tanto que no sé si lo encontraría en la actualidad).

He visto todas las películas del autor incluso algunas que no ha dirigido y algunas varias veces. He leído todo lo que ha publicado. Le defiendo desde que en un cine de barrio (el Kursal o quizás el Canadá -en Carabanchel-) vi “Toma el dinero y corre”. Nadie le conocía. Me impactó.

Llegó el momento en que incluso hubo quien confundía mi nombre con el del astro neoyorquino. Yo encantado.

Me molestaba que algún amigo le llegase a comparar con el actor francés Pierre Richards, que, sin duda, era gracioso, pero a mi me parecía que no le alcanzaba en talento. No obstante, Allen reconocía que tardaba mucho más, de lo que aparentaba en sus películas, en dar una respuesta graciosa. Como dice el propio autor: “si los seres humanos tuviésemos dos cerebros, seguro que haríamos el doble de tonterías”.


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editado por...Wladi Martín @ miércoles, agosto 05, 2020
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El Corte Inglés

Entre que pasa el tiempo despacio y que hace mucho calor estoy deseando que se sucedan los días, uno tras otro, sin molestar demasiado. Luego diré aquello de “cómo pasa el tiempo”.


El caso es que vistas las posibilidades reducidas se cifran las expectativas en cosas banales en las que no se solía reparar “cuando el tiempo pasaba a su ritmo” y no hacía tanto calor (¿o lo hacía?). También está por verse si el tiempo pasaba despacio o deprisa. Tal vez fuera la consciencia la que no nos permitía reparar en el paso del tiempo, siempre ocupados, siempre atareados…


Uno de los mejores ingredientes para notar el paso del tiempo es eso que definimos como “no tener nada que hacer”. Entonces valoramos cosas como tenderse en el suelo para tomar el sol, charlar con amigos, beber despacio sintiendo que nos refrescamos por dentro, jugar con un niño pequeño (como alguna fuimos nosotros mismos), notar la sombra de un hermano árbol, sentir la brisa en la sofocada piel que nos suele aislar del exterior cuando debería ser todo lo contrario (los placeres del tacto, como los definía Camilo José Cela)…


El caso es que solemos vivir ignorantes de que el tedio, eso de “no tener nada qué hacer”, nos otorga el gran privilegio de vivir el presente. Disfrutar del instante, de aburrirnos (¿por qué no?). Claro que para ello, para sentir que es un privilegio, haría falta algo que hemos citado antes: la consciencia. Casi nada.


Nos creemos conscientes y ya se encarga el ego de todo lo contrario. De que seamos totalmente inconscientes. La inconsciencia nos ayuda a ir a trabajar cada día; a meterse en el atasco cada mañana, a dar vueltas en el coche para encontrar lugar en el que estacionar…


Yo trabajaba en el Corte Inglés. Cada mañana me afeitaba, aunque no me apetecía realmente, y me dirigía a mi trabajo pensando que era lo correcto y que pronto progresaría. Un día tras todos los rituales fui a dar un beso a mi hija y a los de mi compañera que aún dormían pues era día festivo a efectos escolares (Carnaval creo que era). Yo, por las tardes, impartía clases de yudo, pero por la misma festividad me libraba de dicha tarea.


Me despedí de mi compañera que se estaba desperezando para preparar los desayunos. También era día festivo para ella.


Llegué a mi centro de trabajo con tiempo y fiché. Pero no me quité el abrigo sino que fui a por un café a una máquina cercana, me senté y me puse a reflexionar (¿que carajo estaba yo haciendo allí?).


Vi pasar a muchos compañeros hasta que llegó uno con el que tenía más afinidad. Apenas me vio, comprendió lo que me pasaba e intentó convencerme para que acudiera a mi puesto de trabajo. No sé ni lo que le respondí ni como lo hice pero, enseguida, comprendió que el caso estaba perdido;que era inútil añadir algo.


Pasaron varios minutos. Dejaron de llegar compañeros. Ya había quedado un poco atrás la hora de entrada. Entonces, sin quitarme el abrigo, subí a mi lugar de trabajo y busqué a mi jefe al que le pedí la cuenta. Con los ojos como platos, en un primer momento me quiso hacer rectificar. La firmeza se había apoderado de mí por lo que, como antes mi amigo, decidió no insistir más en sus razones aceptando las mías. Fui a las oficinas a tomar lo que se me debía hasta ese momento. Firmé mi renuncia y me marché de nuevo a casa. Llegué cuando los niños ya habían salido de la cama.


Mi compañera estaba atónita, pero no tanto (lo presentía). Ella sabía por lo que pasaba. Le propuse aprovechar las vacaciones escolares y así lo hicimos. Arreglamos algo a los niños, cogimos un poco de ropa y salimos con nuestro coche sin rumbo determinado. Creo recordar que acabamos pasando noche en Calahorra después de hacer a nuestra manera la “ruta de las icnitas”. Buena propuesta para ir con niños.


Cuidado con la consciencia, puedes acabar a más de 300 Km. de tu casa.


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editado por...Wladi Martín @ miércoles, agosto 05, 2020
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martes, julio 28, 2020

La mano en el árbol

Pasaba muchas horas con mi madre y poco tiempo con mi padre, que tenía que salir a buscar el condumio de su familia. Así estaban las cosas antes.

Recuerdo una vez que comulgué, sin confesar antes, (en qué estaría yo pensando). Le acabé diciendo a mi madre mi pecado y se escandalizó la mujer. Me cogió de la mano y fuimos a la Iglesia a subsanar mi falta. Ahora estoy mucho mejor. Desde entonces, eso sí, no he vuelto a confesarme… ¡ni a comulgar! En cambio, hostias, me he llevado unas cuantas.

La religión, la católica, estaba muy presente en la sociedad de mi infancia. Eso de sentirse culpable estaba de moda y las más de las veces tenía su motivo; era para sentirse culpable, vamos.

Recuerdo al niño aquel que metió la mano en un hueco de un árbol. No sabía cuál había sido el motivo, en un principio (ahora lo sé). Pero, el caso es que la mano entró limpiamente y, en cambio, no podía salir. Cada vez más niños nos concentramos en la zona. Alguno de sus amigos incluso tiraron del brazo hasta que avisaron a su madre para que acudiera al lugar. Su padre, como el mío, estaba trabajando; los padres siempre trabajaban. También la madre tiró del brazo. Nada. Por alguna extraña razón el puño se había atorado. Imposible que saliera de aquella oquedad.

Pasaron las horas y alguien propuso avisar a los bomberos. Al rato éstos acudieron solícitos con amplia dispersión de medios.

Con precauciones y comentarios de todo tipo, por parte de los presentes, procedieron a serrar el arbolito zampa-manos. Al cabo de un rato el niño sacó el brazo pero permanecía con el puño fuertemente cerrado. A indicaciones de un bombero se mostró reticente a abrir la mano. Era extraño y algunos apuntaban a que no podía. Finalmente el zagal cedió y abrió el puño mostrando la palma de la mano. En ella, estaba la explicación a que no pudiera sacar la misma de aquel agujero. Había una hermosa nuez que el chico se negaba a soltar. Esa era la razón de no poder sacar el puño del agujero.

No volví a ver a aquel muchacho. Ojalá que nunca haya soltado un sueño, una vez atrapado, como cuando atrapó aquella nuez.

En mi infancia muchas cosas ayudaron a forjar mi espíritu; o dicho con menos petulancia, a ser quien he llegado a ser. En el colegio aprendí mucho aunque poco de los libros.

Mis padres empezaron a organizarse y ganaban bastante dinero. A mis hermanas las llevaron a un colegio de pago al que acabaron llevándome a mi, a pesar de mi resistencia inicial. Yo estaba bien en el del barrio y acabé yendo a uno con niños cursis que me correspondía poco por mis orígenes. Me costó mucho adaptarme. Lo hice cuando me enfrenté al Cholón y le vencí. Por entonces yo ya practicaba yudo y le conseguí vencer aprovechando mi ventaja técnica y algunas cualidades físicas que ya iba desarrollando.

El caso es que pasé unos años maravillosos en aquel colegio. También es verdad que me expulsaron varias veces de dicho centro, pues ya andaba yo desarrollando mi espíritu quijotesco de ayuda al débil aún a costa de daños propios. La cosa es que en aquella ocasión se me castigó a no ir con el resto de mis compañeros a una excursión. En cambio estaba obligado a ir al colegio al que, al llegar, me encontré sin profesores, sin clases… sin nada que hacer. Así es que me cogí el balón de baloncesto que solía llevar pera los recreos y me bajé a la pista a tirar canastas.

Siempre ha sido una cualidad mía eso de sacar partido (al menos en apariencia) a cualquier situación, por mala que parezca. Eso debió molestar sobre manera a algunos profesores. Me refiero a eso de que yo estaba disfrutando cuando se me había castigado. Parecía que el castigo no alcanzaba con haberme apartado de la excursión. Alguien debió de pensar que, además, debiera estar triste y aquejado (jodido). Así es que me mandaron llamar pues ya por entonces empezaba a tener esa otra cualidad tan mía: despertar envidia.

Así es que acudí obediente a la llamada. Pasé la jornada escolar en clases de otros cursos inferiores al mío. Me aburrí como una ostra, pero, una vez más, aprendí mucho del colegio y poco de los libros.


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editado por...Wladi Martín @ martes, julio 28, 2020
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jueves, julio 09, 2020

Mensajes del capitán

Mensajes del capitán: Periódico digital, noticias de Lorca, Región de Murcia y España, opinión.

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editado por...Wladi Martín @ jueves, julio 09, 2020
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jueves, agosto 10, 2017

Va el verano deslizándose

Va el verano deslizándose, poco a poco, entre sudores, como cuando te pones unas botas ceñidas; a base de empujones y tirones. Lo mejor: el no depender del reloj, la pereza cercana al que ha perdido el miedo a la muerte.



Nada ha cambiado, pero ir medio en cueros a cualquier parte es un verdadero logro de la humanidad. Más que un logro, la recuperación de un derecho que las religiones -algunas- escamotearon. Y mucha luz; siempre luz.

Pronto empezarán las sombras de nuevo. Pero ahora, tenemos el antídoto de la Literatura, refugio de soñadores y de capaces de transitar entre la realidad y los sueños con cierta dignidad. También están los paseos a ninguna parte, siempre con un objetivo feraz… como si hubiera que tener razones para pasear.




No va mal lo que llamamos verano. El tiempo se estira como una goma aún sabiendo que es finito. Finito y esquivo con los que reflexionan; con los capacitados en procurar no herir aún a costa de eso otro que llamamos razón; nunca la hay. Y menos para herir a gente buena que se cruza en nuestro camino y de la que conseguimos sacar el pliegue peor. Eso sin contar con la falta de redaños para echar bien lejos a los que vienen a herir (aunque estén enfermos).

La bicicleta, que dejé en medio del salón para no tener que salir a la terraza a por ella, se ríe de mi pereza. Pone el manillar en mi paso para que me tropiece con ella. A veces es el pedal que se cruza en mi paso y golpea mi espinilla: ¡qué mal nos llevamos últimamente! Como un matrimonio huero y gastado. Alguna compensación habrá.



Luego están los libros. Los que sueñas y los que te da tiempo a leer. Ahora en verano, hay más tiempo para ellos. Me acabé Los besos en el pan -fantástico- de Almudena Grandes, con quien he tenido el honor de charlar cuando me la presentó Inés Sabanés, profesora mía de Educación Física -hace lustros- y actualmente edil de Medio Ambiente y Movilidad en el Ayuntamiento de Madrid. Luego, casi de un bocado, El amor en el jardín de las fieras de Juan Eslava Galán: entretenidísimo.

Como junto al libro de Almudena Grandes había sacado de la biblioteca de mi barrio Máscaras, de Leonardo Padura, me puse de inmediato con él. no me decepcionó para nada y he prometido leer alguna otra ventura del inspector Mario Conde, su personaje magistral al que da réplica el actor Jorge Perugorría en cuatro grandes películas. Fíjate que no me acababa de convencer el actor cubano y lo he acabado reivindicando a través de este gran trabajo.

Luego, para seguir con novela policíaca, me fui a saldar una deuda; una doble deuda de la que, de momento, quedó saldada una de ellas. Me explico. Tuve noticias de que la ganadora del Planeta 2016, Dolores Redondo, además de la galardonada Todo eso te daré -otra deuda que tengo- escribió una trilogía del Baztán. Me había leído El guardián de lo invisible y quedé fascinado. Así es que me compre la segunda parte y la devoré. No me defraudó Legado en los huesos y ya tengo comprada la tercera novela: Ofrenda a la tormenta, con nuevas aventuras de la inspectora Amaia Salazar.



Así es que vamos ahora con lo que me queda para esta segunda parte de mi verano. Además de la referida tercera pata de la trilogía de Dolores Redondo, ya ando liado, tras haber ido a buscar otra cosa a la biblioteca, con Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé. No había leído nada del autor catalán desde que hace muchos años me emocioné con Si te dicen que caí. También ahora disfruto de la singular prosa del barcelonés.

Para más adelante, tengo preparados Patria de Fernando Aramburu -del que he escuchado muchos elogios- y Sobre los ríos que van de António Lobo Antúnes. Este último libro lo compré en la Librería Lello (Oporto) haciendo uso de la prebenda de aprovechar la entrada como descuento en la compra de algún ejemplar. El prolífico escritor portugués, nacido en 1942 en Lisboa, viene sonando para el nobel de literatura desde hace años. Dice que sus libros "nacen de la basura". Ya tenemos una fuerte motivación para sumergirnos en su universo.




Ya os iré contando, si me apetece y venzo la pereza. De momento, me acabo de tropezar con la bicicleta. Así es que he reactivado este rincón digital que bauticé Wladiario y que nació en marzo de 2005. ¡Buen verano!

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editado por...Wladi Martín @ jueves, agosto 10, 2017
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sábado, marzo 25, 2017

La provocación y el samurai

Tenía por ahí guardado este cuento que me apetece compartir ahora con cuantos se apresten a leerlo. Espero que lo disfrutéis.

Vivía cerca de Tokio un anciano samurai, que se dedicaba a enseñar a los jóvenes. A pesar de su edad, corría el rumor de que todavía era capaz de derrotar a cualquier adversario.
 Cierta tarde, un guerrero, conocido por su total falta de escrúpulos, apreció por donde vivía el anciano samurai. El guerrero era famoso por utilizar la técnica de la provocación. Esperaba a que su adversario hiciera el primer movimiento y, dotado de una inteligencia privilegiada para reparar en los errores cometidos, contra atacaba con velocidad fulminante. El joven e impaciente guerrero jamás había perdido una lucha con esa simple técnica de la provocación y conociendo la reputación del samurai fue a su encuentro para derrotarlo y aumentar su fama. Todos los estudiantes del anciano se manifestaron en contra de la confrontación. Pero el maestro aceptó el desafío. Se dirigieron a la plaza de la ciudad y el joven comenzó a insultar al anciano maestro. Arrojó algunas piedras en su dirección, le escupió en la cara, le gritó todos los insultos conocidos y algunos nunca antes oídos. Durante horas hizo todo por conseguir provocar a su rival, pero el viejo permaneció impasible. Al final de la tarde, sintiéndose ya exhausto y humillado, el impetuoso guerrero se retiró. Desilusionados por el hecho de que el maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, los alumnos preguntaron: - ¿Cómo pudiste, maestro, soportar tanta indignidad? ¿Por qué no usaste tu espada, aún sabiendo que podías perder la lucha, en vez de mostrarte cobarde delante de todos nosotros?
 - Si alguien llega hasta ustedes con un regalo y ustedes no lo aceptan, ¿a quién pertenece el obsequio? Preguntó el samurai.
 - A quien intentó entregarlo. Respondió uno de los alumnos.
 - Lo mismo vale para la envidia, la rabia y los insultos - dijo el maestro -. Cuando no se aceptan, continúan perteneciendo a quien los llevaba consigo.

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editado por...Wladi Martín @ sábado, marzo 25, 2017
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viernes, diciembre 30, 2016

Vuelve la ilusión del cuaderno nuevo

Vuelve la ilusión del cuaderno nuevo, con las hojas sin mácula. Todo por escribir, por dibujar. La mente se ilusiona con la idea de afilar el lápiz mientras piensa en historias o tareas que apuntar. La sensación del estreno del inminente futuro huele a uva; a doce uvas. Cada una es un deseo. Cada una es una página limpia en la que aparecerán hermosos dibujos que luego -lástima- quedan en garabatos, las más de las veces.



Pero allá vamos de nuevo. El abuelo empieza a pensar más en los demás que en sí mismo. Mucho más que los que habitan la edad de la inmortalidad. Para ellos, cada frase tiene una puerta con un letrero: invariablemente en ese letrero pone: Yo, Mi o Me. ¿Cómo pensar en los demás si son simple atrezo de lo mío?

"Por un mundo sin guerra y baja la puta tele que parece que estamos locos y nadie la hace ni caso".

"Que se acabe el hambre en todo el planeta y tira eso que se ha quedado mohoso".

"Si me toca a mí, lo primero a repartir. Yo eso no lo declaro, no te jode".

"Que trinquen a todos los corruptos. Cada año les digo que me cambio de compañía y me regalan un móvil nuevo para que no me vaya".

¡Tolón, tolón!

"El último que me fumo" Y entonces el recuerdo de cáncer, de la putada del que padece que siempre parece vivir en otro canal hasta que te estalla la tarta en la cara. Ahora es cuándo ves a todo el mundo igual. Lo mismo que la embarazada ve más bebés que nunca y el que ha sufrido una fractura sólo ve escayolas, hasta en la galería de esculturas del Museo del Prado.

Si he de ser oveja, al menos que no sea la lenta a la que coge el lobo. Las uvas me las acabo el primero. Las rebajas no me las pierdo. Las felicitaciones que no se me olvide ni una ("has visto esta tan chula; te partes de risa, mira, mira"). Cojo el coche el mismo día uno y directo a la playa.

Y ya que soy del rebaño a ver qué me pongo para ser diferente. "Me voy a personalizar con un tatuaje". Mejor un piercing en el ombligo, de momento.

Yo el piercing  me lo puse hace tiempo en el cerebro profundo, en la amígdala. A ver si me luce sexy el sistema límbico y dejo de preocuparme también por banalidades como  la rabia o el miedo. Total, ¿"pa" qué?

Quiero ser Ronaldo, aunque lo de cristiano me vaya grande. Quiero la audacia de la ignorancia y la constancia del ególatra. No más dudas. Las dudas para el filósofo. Pienso luego existo. Yo no pienso luego…

Luego, es después, Hommer Simpson (¡Cerveza!)

Pero sí que existo porque dedico mi parte alícuota de humano agilipoyao a las redes sociales. "Me siento feliz con…" "JAJAJA". "XD".

Voy a coger el cuaderno de la ilusión y lo voy a tirar por la ventana. Como dice el chiste: "métase el gato por el culo".


Y hablando de chistes aquí dejo uno genial que resume todo lo que torpemente yo quería decir. ¿Ves como no era tan difícil?


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editado por...Wladi Martín @ viernes, diciembre 30, 2016
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domingo, octubre 02, 2011

Huir del demonio que llevamos dentro

“El jeque Osman Baba escribió en su ‘Libro de los varones virtuosos’ que para que el verdadero asceta pueda dejar atrás al demonio de su interior debe caminar a lo largo de toda su vida y no detenerse demasiado en ningún lugar. Pero después de sesenta y siete años de vagar de ciudad en ciudad se cansó de huir del Diablo y se rindió a él”.

Así nos cuenta Orhan Pamuk, el Nobel de Literatura (2006), en su novela Me llamo Rojo.

El libro ese de los varones virtuosos ya de por sí echaría para atrás, en nuestros tiempos, a más de uno; sólo por el título. Claro que la novela se sitúa en pleno Imperio Truco en el siglo XVI y, por entonces, debían ser otras las inquietudes de los varones, aunque también se sabe que la china acaba apretando en el mismo sitio a todo quisqui.

A parte de la obra de Pamuk lo que me interesó del bello pasaje fue la idea de tránsito, de huida hacia delante; eso de no detenerse demasiado en parte alguna para dejar atrás el demonio del interior. Esta es una sensación que he analizado miles de veces; yo diría que casi cada vez que me asalta. Y no por ello me considero un experto en ella. Más bien al contrario.

Lo de quedarse en un lugar o caminar toda la vida me sigue pareciendo relativo también. (Como si no estuviera todo en movimiento por más que nos paremos). Hay gente que se ancla en una situación, en un lugar, en una postura y con ello parece inamovible. Seguramente se trata de un miedo atroz al paso del tiempo que se intenta frenar por medios artificiales. Recuerdo algunos personajes de esos que parecen parte del decorado que se han organizado a su alrededor y que, cuando vas a verle sigue en sus trece cómo si nada hubiera pasado más allá de donde les alcanza la vista.

Otras personas son difíciles de seguir por sus continuos cambios, movimientos, acciones. Quizás sean estos los que realmente tengan más miedo al paso del tiempo y por eso intentan cabalgarlo para acelerarlo a su conveniencia, para sentirse jinetes sobre sus crines.

De entre el grupo de los inmóviles recuerdo a camareros, empleados de banca u oficinistas, guardas forestales, profesores… Siempre al pie del cañón, aunque éste no exista. Siempre con la misma cara aunque la procesión vaya por dentro.

De entre los inquietos recuerdo aventureros que acaban viviendo de una pensión (ajena, para colmo), empresarios trapaceros, artistas divinizados por su entorno más próximo.

Ese paso del tiempo y las grandes formas de afrontarlo me recuerda otra lectura, de hace muchísimos años (uno ya va peinando canas). El primer libro de Herman Hesse que me leí fue Narciso y Goldmundo. Me lo regaló un amigo (jamás lo olvidaré). En él dos personajes aparentemente antagónicos se cruzan y luego empiezan a separarse, como no podía ser de otro modo. Al final de la novela no sólo vuelven a cruzarse sino que acaban siendo dos personalidades de muy similar talante y composición pese al camino emprendido por cada uno de ellos (diametralmente opuesto al del otro).

Hoy son días en que parece difícil huir del demonio que se ha acabado por instalar en nuestro interior. Sin embargo, la tentación de hacerlo –de huir- es altísima. Y no hablo sólo de coger el caballo y marchar hacia tierras del sur. Se bebe más, se juega más, a los estadios va cada vez más gente pese a lo prohibitivo de las entradas. Sigue existiendo una lacra social de eso que llamamos violencia machista. Aparecen nuevos casos de perturbados dispuestos a liarse a tiros e incluso de acabar la matanza con el suicidio. la 'tele' envenena y narcotiza sin informar ni mucho menos formar. La cosa está revuelta y seguimos sin escuchar a la gente sabia acallada por la legión de voceras que inundan las televisiones y las radios de mierda. Desde los medios de comunicación que mantienen a golpe de talón alí Babá y sus cuarenta ladrones lanzan propuestas que no dejan de ser reproches de una banda a la otra; de la banda derecha a la izquierda. Y cada vez están más cercanas esas bandas de manera que parece que se trata de un partido de tenis en una cabina telefónica.

Lamentablemente se siguen teniendo cubiertas muchas de las necesidades que en otros tiempos no se tenían cubiertas. Digo lamentablemente porque de otra manera ya se habría soliviantado, de verdad, el personal que soporta todo este desastre y al que se pretende endosar la cuenta de los platos rotos (que otros dejaron caer al suelo). Creo que, tanto si seguimos huyendo de nuestros demonios como si nos detenemos a formar parte del mobiliario, no vamos a conseguir nada. Se volverá a recomponer el propio sistema que nos está estrangulando y con los mismos principios; para que los ricos sigan siendo los ricos y que los pobres sigan siendo los pobres. Y mientras, se clavan bien profundos algunos cimientos para perpetuar el sistema: un sistema educativo que forme multitudes de imbéciles consumistas y un sistema de sanidad que absuelva a los ricos y teman los que no se pueden permitir el lujo de enfermar. Estamos perdiendo una ocasión de lujo de desmontar el sistema que se ha demostrado no sólo injusto sino también ineficaz. Y somos todos responsables porque seguimos mirando los puntos que tenemos para cambiar de teléfono celular, mientras deberíamos estar saboteando a esas mismas compañías que nos ofrecen tan maravillosos aparatitos.

Ojalá que después de 67 años (qué coincidencia esa cifra propuesta por Pamuk) no nos cansemos de vagar de ciudad en ciudad (o de trabajo en trabajo) y tampoco nos detengamos para rendirnos al Diablo.

¡Sabotaje!

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editado por...Wladi Martín @ domingo, octubre 02, 2011
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sábado, septiembre 10, 2011

Los buenos libros, los buenos amigos

Hay 107 Premios Nobel de Literatura. Los hay de muy diversos países, culturas, credos y épocas. Yo, que me considero un buen lector, sólo he leído 29 libros de alguno de estos Nobel; en concreto de 18 de ellos. Es decir, que, pese a considerarme buen lector, sólo he leído alguna obra de un 16 por ciento de los grandes autores que han conseguido el prestigioso premio sueco. Vale que también he leído a clásicos como Shakespeare, Cervantes, Fernando Rojas, Lope, Tirso de Molina, Calderón, Dumas, Stendhal, Stevenson, Moro, Poe, Dickens, Dostoievsky, Becquer, de Quincey, Quevedo, Larra… También he leído a algunos filósofos (viejos filósofos) como Platón, Locke, San Agustín, Sun Tzu, Maquiavelo, Galileo, Rousseau, Freud…; y hasta modernos filósofos (o similares) como Toffler, Eco, Marx, J. Marías, Mao, J.A. Marina, Savater, Fromm, Eliade…

Que sí, que sí; que ya digo que me considero buen lector. También he leído a algunos autores que sólo la puntería u otras cuestiones menores les ha dejado sin Nobel (Mishima, Huxley, Borges, Cortázar…) o a imprescindibles autores hispanos entre los que ahora, de corrido, citaría a Galdós, Sender, Valle Inclán, Clarín, Delibes, Barea, Unamuno, Baroja, Blasco Ibáñez, Lorca, Torrente, Mendoza, Marsé, etc.

Me gusta leer, pero, esta tarde de sábado en que me he puesto a aprovechar la maravillosa herramienta de información y conocimiento que es Internet, he palidecido de lo poco que leo. Me ha entrado un especial prurito al pensar lo mucho que me queda por leer y el poco tiempo de que dispongo así viviera 100 años. Con lo que yo he disfrutado con autores menos conocidos como Lowry, Cunqueiro, Tomeo, L. J. Rowland, Endo… ¿Con cuántos me quedaré con las ganas de disfrutar lo mismo? ¿Cuántos autores que aún no conozco dejaré de degustar? ¿Cuántas colosales obras dejaré sin leer?

He acabado cabreado de mi tarde de estudio y repaso de la literatura; de la Literatura con mayúsculas, perdón. He recordado obras leídas en mi tierna infancia que me han marcado profundamente como El maravilloso viaje de Nils Olgerson de la primera Nobel de la historia de la Literatura, Selma Lagerlof. Viajé a lomos de un ganso desde mis catorce años en que me embrujó la maravillosa novela de la autora sueca. Creo que aún sigo por las nubes (y que cuando pongo los pies en la tierra soy yo el ganso). También Platero y yo me ayudó a comprender que cuando me ponía burro, de niño, podía haber algo de salvable en ello. Tampoco olvidaré nunca el impacto que me produjo en mi adolescencia Herman Hesse con el libro que me regaló mi amigo José Luis de Antonio por suplirle en una clase de yudo: Narciso y Goldmundo. Luego me emborraché de Hesse leyendo todo lo que encontré de él. Lo mismo me pasó poco después con Huxley. Entre ambos autores me aportaron 16 obras que devoré aún sin llegar a entender, las más de las veces, lo mucho que escondían su profundos pensamientos.

Al final saco la conclusión de que así me ponga fervientemente a leer y leer y leer, no voy a lograr acabar con todo lo aprovechable que la Literatura ha legado a la humanidad para dignificarla. Así es que he tomado una decisión que creo acertada. No voy a volver a esforzarme ni un ápice en la lectura de un libro que no me interese así me lo haya regalado un familiar, recomendado un amigo o hable maravillas de él el intelectual de turno.

Claro que al llegar a esta decisión me he dado cuenta de que se puede extrapolar a muchos otros terrenos. Y por esa línea he llegado a una catastrófica conclusión. ¿Qué pasa con la gente que nos rodea? ¿Qué pasa con la gente con la que nos relacionamos?

Si yo me precio de ser buen lector, también me puedo preciar de tener buenos amigos. Supongo que lo mismo le pasara al que sólo hojea el Marca y no lee ni los letreros de la tele. Pero como yo estoy con la reflexión de los libros voy a seguir con ella. ¿Con cuantas personas me cruzaré en mi vida que me aportan menos que un tebeo chino? ¿Con cuánta gente dejo de relacionarme que son El Quijote, La isla del tesoro o El conde de Montecristo? ¿A cuántas personas dejaré de conocer que pudieran comparase a la obra de autores como Coetzee, Pamuk, Lessing, Faulkner o Mahfouz, que aún no he leído?

Mi catastrófica conclusión es que tengo que superar la pereza y acercarme a la buena gente a la que veo poco. A cambio, voy a empezar a pasar olímpicamente de aquellos a quienes pongo la sonrisa de la buena educación cuando, en realidad, me están poniendo de los nervios con su hipocresía y mediocridad. Lo prometo.

He conocido a gente como el yudoca A. Geesink, el escritor J. Saramago, el poeta J. Hierro, el novelista L. Silva, el sindicalista V. Aragonés, el psiquiatra L. Ferrer, el periodista G. Catalán, el pintor R. Úbeda o el compositor R. Groba. Me he relacionado con ellos y me he imantado con su penetrante vibración vital que pudiéramos llamar aura o simplemente ganas de vivir. He conocido a gente con la que sólo el encuentro es una carga de energía positiva que ha alimentado mi corazón durante mucho tiempo incluso en días grises (por fuera y sobre todo por dentro). No siempre tenían la talla de los antes mencionados pero su humanidad no les iba a la zaga y su calidad era incluso superior. Y hablo de guardas forestales como Manolo el de las Calas del Burguillo; hablo de camareros como Ceci de los Pinos; de conserjes como el fallecido Becerril (que resultó ser futbolista internacional cuando el INEF aún estaba en blanco y negro).

A cambio, he tenido que acudir al saludo de mezquinos, meapilas, fariseos. Me las he tenido que ver, muy a mi pesar, con gentuza, con nefandos sujetos, con personajes aquejados de satiriasis y coprolalia contumaz. Me han carcomido la moral y he contado cada segundo en su presencia tratando de preservar mi espíritu y rogando a dioses en los que no creo que el encuentro no me contaminara.

Ya lo he dicho antes y va siendo hora de acabar este escrito. Prometo leer, a partir de ahora, lo que me aporte, me enriquezca y me divierta. En la primera página que un libro me aburra… a por otro. De igual modo actuaré con la gente con que me veo obligado a cruzarme. Procuraré no ser grosero pero extremaré las artes de la esquiva. Centraré mi interés en relacionarme más con quienes me quieren de verdad, con quienes su sola presencia me abre el cielo, con quienes me enriquecen. Y espero estar a la altura para devolver al menos una mínima parte de lo mucho que me entregan: su amor y su sabiduría.

NOTA: En estos momentos estoy leyendo Botchan de Soseki (el autor de Kokoro); un buen amigo. Cuando quieran se lo presento.

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editado por...Wladi Martín @ sábado, septiembre 10, 2011
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martes, junio 28, 2011

Entrevista a Sampedro

Un auténtico remanso; el frescor de la verdad en el páramo. Merece la pena sentarse y escuchar. Aún quedan voces.

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editado por...Wladi Martín @ martes, junio 28, 2011
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viernes, abril 22, 2011

Camino de la “fluxibilidad”. La vía dúctil

Se suele decir que el yudo es “el camino de la flexibilidad”. Con ello se quiere indicar que el yudo enseña a no enfrentarse con rigidez a la fuerza que nos ataca; no se debe enfrentar fuerza a la fuerza. Por eso hemos sostenido muchas veces que, en España, hay pocos maestros de yudo y sí , en cambio, muchos entrenadores de una especie de lucha que practican con yudogui. Son entrenadores que suelen recurrir al famoso “tira más fuerte”, para corregir a sus pupilos. ¡Menudo argumento técnico! Este argumento es, sin duda, el que lleva a muchos jóvenes yudocas a la sala de pesas en busca de un fundamento técnico que ni siquiera conocen; sus entrenadores quizás tampoco.


De momento, no insistiremos más en esta cuestión. Sólo recordar que son personas, este tipo de entrenadores, que no practican ni enseñan “YU-DO”. No tienes más que recordar que se trata de dos palabras con un significado cada una de ellas y, siempre, muy alejado del empleo de la fuerza (y más de la fuerza bruta).

Pero volvamos ahora a lo del “camino de la flexibilidad”, porque, a pesar de ser cierta la definición, nos parece que se queda corta. Sobre todo porque, actualmente, hablar de flexibilidad, casi siempre, lleva a pensar en una persona elástica; en alguien capaz de doblarse más que los demás. No se trata de eso.

Quizás sería más correcto decir que el yudo es el camino de la “fluidez”, para comprender que de lo que se trata en yudo es de adaptarse a los ataques del adversario sin rigidez. Y esto acaba siendo una filosofía para comportarse en la vida adaptándose uno, a los problemas que le van surgiendo y resolviéndolos de forma flexible y fluida; con ductilidad.


Todavía surge un inconveniente al utilizar la palabra “fluidez” para definir el yudo. En nuestra sociedad, aquejada de las sempiternas prisas y tensiones, hablar de fluidez suele llevarnos a pensar en “rapidez”. Se suele entender que lo fluido es lo que transcurre en un corto espacio de tiempo; pasa rápidamente. No nos interesa esta connotación, pues en el yudo las prisas están expresamente contraindicadas, si se quiere progresar. Es un deporte en el que no conviene tener prisas para pasar de cinturón, pues no por el mero hecho de conseguir un cinturón o grado se sabe más yudo. Los atajos no existen en el yudo, como en casi nada importante de la vida. Lo que hay es un proceso de maduración que hay que saber respetar. Tampoco conviene tener prisas para ponerse en forma, pues ni siquiera una buena condición física garantiza la victoria ante un rival más cualificado técnicamente.

La fluidez a la que nos referimos para definir el yudo es, más bien, la que indica la cualidad que tienen algunas sustancias en estado líquido o gaseoso. Por ejemplo, fíjate en el agua y la capacidad que tiene de adoptar la forma de cualquier recipiente sobre la que se introduzca. Fíjate en la forma que tiene el agua de un río en seguir su lecho. Lo hace con fluidez, con calma en los remansos y con rapidez cuando el terreno se inclina. El agua no se puede cortar, fracturar o quebrar, aunque se la golpee con fuerza. Sin embargo, la fuerza del agua es tremenda. Sólo tienes que pensar en el agua del mar que muele la roca y la convierte en fina arena de playa; que es capaz de esculpir la costa.

Después de estas reflexiones se nos ocurre una palabra que vamos a acuñar aquí sin ánimo de elevar la petición a la Real Academia Española de la Lengua, para que la reconozca. Bastante batalla tenemos ya al emplear la “i griega” en lugar de la “jota”, para escribir yudo. En esta batalla, por cierto, nos da toda la razón la Real Academia Española; no tienes más que consultar su Diccionario de la Lengua Española. Sólo siguen escribiendo yudo, en castellano, con jota, gente bruta, ignorante, incapaz de corregir sus errores, imposibilitada para adaptarse a la razón… ¡Incapaces de hacer yudo!

La palabra que nosotros hemos propuesto en este artículo para definir el yudo es “fluxibilidad”. Para nosotros, el yudo es el camino de la “fluxibilidad”, porque es un deporte que nos enseña a caminar por la vida de manera flexible y fluida a un mismo tiempo. Ocurre que la riqueza del castellano es tal que tenemos una palabra como ductilidad que bien pudiera encerrar este significado que nosotros hemos intentado hacer aflorar. Así pues, optemos por la vía de la ductilidad. ¡Todo un reto! ¡Toda una filosofía!

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editado por...Wladi Martín @ viernes, abril 22, 2011
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domingo, agosto 22, 2010

De piedra... ¡es!

Con los pies colgando, sentado en la roca, chapoteo en el Mediterráneo, tan denostado y otrora vital. En el 'medi' de nuestro 'terráneo'; en el espacio central de nuestra tierra. Tierra perdida; tierra que sólo recordamos, tal vez añoramos.

Sentado en la roca me duele el culo, pero me siento estético. Con mi panza al sol y mi perfil recortado por el generoso sol de la Hispania. Leyendo. Bonita postal que jamás compraría.


Paseo por el mercadillo y presencio escenas sabrosas. Algunas las degusto despacito, mientras me empujan por parsimonioso.


  • Señora, hoy todo de oferta.

  • ¿De qué es este collar?

  • De piedra; de piedra pura.

  • ¿De piedra de qué?

  • Ay; no sé de qué piedra, pero de piedra es...


El ser humano es genial en su sencillez (la piedra también, cuando es de piedra).


No soy muy playero, pero me encanta el mar. Más el Cantábrico que el Mediterráneo. Más el vivo que el Muerto. Aunque más muerto que el de Aral... Vergüenza de humanidad; unas veces cristiana, otras otomana, casi siempre inhumana esa humanidad.


No me gusta la playa, decía, desde que cumplí los cinco años o por ahí. Pero estoy haciendo un gran esfuerzo por revisar todos mis vórtices mentales. Quiero ser libre... he empezado a fumar de nuevo. Veo a los niños chapoteando entre las olas que llegan deshechas en espuma a la arena marrón oscuro. Les veo entornando los ojos para simular un efecto. Como con las gafitas esas de las nuevas películas de cine. Yo intento, frunciendo el ceño, ver a los niños como los veía Sorolla. Es fácil. Lo difícil es pintarlos.


La playa se debió de inventar para los niños chicos. Y para que los adultos los vean jugar con la seriedad que sólo ellos pueden poner en sus juegos.


También veo cuerpos, carne, materia. A la playa acude a diario Vanidad, con toda su pandilla, según el astro rey impera con gravedad. Llega Vani con su prima Presunción, con Descaro y con su estúpida prima inglesa Chic. También va con ella la gordita Desfachatez. Y es que no todo el mundo levanta envidias cuando se despoja de camisetas y bermudas. No es que no se mire a 'to quisque', es que se nota cuando se mira con deseo o con sorna. Mira la gorda... Ya le vale. ¡Hala qué tetas! Joer con el negrito...


En esta playa europeizada -bandera azul- hay un carril para bicicletas justo en su borde terrestre; donde acaba (o empieza, según se mire). Cientos de corredores sudan al trote ligero. También montan en bicicleta cientos de deportistas de todas las edades. Incluso hay docenas de patinadores. Todos muy equipados... casi se podría decir que disfrazados. Sin embargo, se ve cada vez menos gente nadando en el mar. Los músculos no se ven dentro del agua. Será por eso. A mí, ya no me llegan las fuerzas como antes. Y menos la confianza. Ya no nado más allá de las boyas. Con lo que me gustaba contemplar la playa desde lo lejos, llena de motitas que eran personas y que sólo reconocía al volver nadando hacia la orilla.


Dentro de muy poco volveré a nadar hacia la orilla de mis rutinas y fantasmas. Volveré a mis vórtices o como diablos se llamen. Lo lamentable no es que sepa que me están esperando tal y como los dejé. Lo lamentable no es que me volveré a topar con ellos tras haberlos esquivado al sonar la campana del descanso estival. NO; lo realmente lamentable es que he descansado y me veo con fuerzas. Eso es lo terrible; que volveré con mucha energía y dispuesto a dar batalla de nuevo. Dispuesto a enfrentarme a todas mis tinieblas sin más esperanza que la de saber que lucharé. Imbécil. Nunca aprenderé... ¡tanto leer!


Algún día abriré los ojos -demasiado tarde- y comprobaré que la batalla no era mía aún cuando fui uno de los más destacados soldados en ella. Será tarde cuando comprenda que sólo se podía ganar sin luchar. La victoria probablemente está en las pequeñas cosas; en las cosas sencillas. En esas de que ahora dispongo y no contemplo más que cómo paréntesis. Dentro de poco, cuando llegue a la orilla, no habrá espacio ni tiempo para la contemplación, para la conversación, para e silencio, para uno mismo, para los demás...


Que descanséis y disfrutéis de las pequeñas cosas.

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editado por...Wladi Martín @ domingo, agosto 22, 2010
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