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sábado, septiembre 10, 2011

Los buenos libros, los buenos amigos

Hay 107 Premios Nobel de Literatura. Los hay de muy diversos países, culturas, credos y épocas. Yo, que me considero un buen lector, sólo he leído 29 libros de alguno de estos Nobel; en concreto de 18 de ellos. Es decir, que, pese a considerarme buen lector, sólo he leído alguna obra de un 16 por ciento de los grandes autores que han conseguido el prestigioso premio sueco. Vale que también he leído a clásicos como Shakespeare, Cervantes, Fernando Rojas, Lope, Tirso de Molina, Calderón, Dumas, Stendhal, Stevenson, Moro, Poe, Dickens, Dostoievsky, Becquer, de Quincey, Quevedo, Larra… También he leído a algunos filósofos (viejos filósofos) como Platón, Locke, San Agustín, Sun Tzu, Maquiavelo, Galileo, Rousseau, Freud…; y hasta modernos filósofos (o similares) como Toffler, Eco, Marx, J. Marías, Mao, J.A. Marina, Savater, Fromm, Eliade…

Que sí, que sí; que ya digo que me considero buen lector. También he leído a algunos autores que sólo la puntería u otras cuestiones menores les ha dejado sin Nobel (Mishima, Huxley, Borges, Cortázar…) o a imprescindibles autores hispanos entre los que ahora, de corrido, citaría a Galdós, Sender, Valle Inclán, Clarín, Delibes, Barea, Unamuno, Baroja, Blasco Ibáñez, Lorca, Torrente, Mendoza, Marsé, etc.

Me gusta leer, pero, esta tarde de sábado en que me he puesto a aprovechar la maravillosa herramienta de información y conocimiento que es Internet, he palidecido de lo poco que leo. Me ha entrado un especial prurito al pensar lo mucho que me queda por leer y el poco tiempo de que dispongo así viviera 100 años. Con lo que yo he disfrutado con autores menos conocidos como Lowry, Cunqueiro, Tomeo, L. J. Rowland, Endo… ¿Con cuántos me quedaré con las ganas de disfrutar lo mismo? ¿Cuántos autores que aún no conozco dejaré de degustar? ¿Cuántas colosales obras dejaré sin leer?

He acabado cabreado de mi tarde de estudio y repaso de la literatura; de la Literatura con mayúsculas, perdón. He recordado obras leídas en mi tierna infancia que me han marcado profundamente como El maravilloso viaje de Nils Olgerson de la primera Nobel de la historia de la Literatura, Selma Lagerlof. Viajé a lomos de un ganso desde mis catorce años en que me embrujó la maravillosa novela de la autora sueca. Creo que aún sigo por las nubes (y que cuando pongo los pies en la tierra soy yo el ganso). También Platero y yo me ayudó a comprender que cuando me ponía burro, de niño, podía haber algo de salvable en ello. Tampoco olvidaré nunca el impacto que me produjo en mi adolescencia Herman Hesse con el libro que me regaló mi amigo José Luis de Antonio por suplirle en una clase de yudo: Narciso y Goldmundo. Luego me emborraché de Hesse leyendo todo lo que encontré de él. Lo mismo me pasó poco después con Huxley. Entre ambos autores me aportaron 16 obras que devoré aún sin llegar a entender, las más de las veces, lo mucho que escondían su profundos pensamientos.

Al final saco la conclusión de que así me ponga fervientemente a leer y leer y leer, no voy a lograr acabar con todo lo aprovechable que la Literatura ha legado a la humanidad para dignificarla. Así es que he tomado una decisión que creo acertada. No voy a volver a esforzarme ni un ápice en la lectura de un libro que no me interese así me lo haya regalado un familiar, recomendado un amigo o hable maravillas de él el intelectual de turno.

Claro que al llegar a esta decisión me he dado cuenta de que se puede extrapolar a muchos otros terrenos. Y por esa línea he llegado a una catastrófica conclusión. ¿Qué pasa con la gente que nos rodea? ¿Qué pasa con la gente con la que nos relacionamos?

Si yo me precio de ser buen lector, también me puedo preciar de tener buenos amigos. Supongo que lo mismo le pasara al que sólo hojea el Marca y no lee ni los letreros de la tele. Pero como yo estoy con la reflexión de los libros voy a seguir con ella. ¿Con cuantas personas me cruzaré en mi vida que me aportan menos que un tebeo chino? ¿Con cuánta gente dejo de relacionarme que son El Quijote, La isla del tesoro o El conde de Montecristo? ¿A cuántas personas dejaré de conocer que pudieran comparase a la obra de autores como Coetzee, Pamuk, Lessing, Faulkner o Mahfouz, que aún no he leído?

Mi catastrófica conclusión es que tengo que superar la pereza y acercarme a la buena gente a la que veo poco. A cambio, voy a empezar a pasar olímpicamente de aquellos a quienes pongo la sonrisa de la buena educación cuando, en realidad, me están poniendo de los nervios con su hipocresía y mediocridad. Lo prometo.

He conocido a gente como el yudoca A. Geesink, el escritor J. Saramago, el poeta J. Hierro, el novelista L. Silva, el sindicalista V. Aragonés, el psiquiatra L. Ferrer, el periodista G. Catalán, el pintor R. Úbeda o el compositor R. Groba. Me he relacionado con ellos y me he imantado con su penetrante vibración vital que pudiéramos llamar aura o simplemente ganas de vivir. He conocido a gente con la que sólo el encuentro es una carga de energía positiva que ha alimentado mi corazón durante mucho tiempo incluso en días grises (por fuera y sobre todo por dentro). No siempre tenían la talla de los antes mencionados pero su humanidad no les iba a la zaga y su calidad era incluso superior. Y hablo de guardas forestales como Manolo el de las Calas del Burguillo; hablo de camareros como Ceci de los Pinos; de conserjes como el fallecido Becerril (que resultó ser futbolista internacional cuando el INEF aún estaba en blanco y negro).

A cambio, he tenido que acudir al saludo de mezquinos, meapilas, fariseos. Me las he tenido que ver, muy a mi pesar, con gentuza, con nefandos sujetos, con personajes aquejados de satiriasis y coprolalia contumaz. Me han carcomido la moral y he contado cada segundo en su presencia tratando de preservar mi espíritu y rogando a dioses en los que no creo que el encuentro no me contaminara.

Ya lo he dicho antes y va siendo hora de acabar este escrito. Prometo leer, a partir de ahora, lo que me aporte, me enriquezca y me divierta. En la primera página que un libro me aburra… a por otro. De igual modo actuaré con la gente con que me veo obligado a cruzarme. Procuraré no ser grosero pero extremaré las artes de la esquiva. Centraré mi interés en relacionarme más con quienes me quieren de verdad, con quienes su sola presencia me abre el cielo, con quienes me enriquecen. Y espero estar a la altura para devolver al menos una mínima parte de lo mucho que me entregan: su amor y su sabiduría.

NOTA: En estos momentos estoy leyendo Botchan de Soseki (el autor de Kokoro); un buen amigo. Cuando quieran se lo presento.

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editado por...Wladimiro Martín @ sábado, septiembre 10, 2011