Shrek en el colegio Montpellier. Una joyita
De pequeño, cuando la tele era en blanco y negro y sólo había dos canales -uno y medio, más bien-, cuando la Uno era la normal y la Dos era el UHF… De pequeño, decía, no me gustaban los musicales.
Los sábados por la tarde, solían emitir una película. Mi padre me daba un duro y me pedía que bajase a por una bolsa grande de pipas. Luego, tras fregar mi madre los cacharros, nos sentábamos en familia frente al televisor; cada uno con su puñadito de pipas. ¿Se podía ser más feliz?
No siempre ponían una de vaqueros o de espadachines -mis favoritas-. A veces había que conformarse con una de tiros o de suspense. Lo malo era cuando empezaban a bailar o a cantar. Apenas aguantaba un par de canciones cuando ya estaba pidiendo salir a la calle con mis amigos. Antes se salía a la calle a jugar con los chavales del barrio; incluso cuando hacía frío o estaba el tiempo revuelto.
Pasaron algunos años. Yo adquirí un bozo o bigotillo incipiente de adolescente que daba más risa que señorío. Fue por entonces cuando descubrí West Side Story, título de película musical muy famosa, que ni siquiera se tradujo al comercializarse en España. Me fascinó. Y eso que tardé un tiempo en reconocer que era una película musical; sin más.
De manera que empecé a contemplar la posibilidad de ver alguna que otra película de este género. Fue así como descubrí Siete novias para siete hermanos, Cantando bajo la lluvia… Me encantaron, como me encantó Gene Kelly, el polifacético bailarín y actor que protagonizó la mejor versión, a mi juicio, de Los tres mosqueteros.
No es que fuese presumiendo de que me gustase el cine musical, ni mucho menos. Todavía habría de pasar una marcada etapa de furor por las llamadas películas de chinos. Mucho tuvo que ver en ello el legendario Bruce Lee.
Aún recuerdo el día del estreno de Operación Dragón. Alguno de los mayores del Banzai consiguió invitaciones y a mi me llegó una de ellas. Fuimos en manada los del gimnasio al Real Cinema en la plaza de Isabel II (Ópera). Debía ser en 1973 si las cuentas no me fallan.
Ha llovido desde entonces. Por el camino, he aprendido a disfrutar con el buen cine sea del género que sea. También es verdad que voy rehuyendo cada vez más de la violencia y lo hago en proporción inversa a la que me acerco a lo amable y a la ternura. Me he vuelto un blando.
Desde mis tiempos del gimnasio Banzai hasta hoy, puedo decir que he dedicado una gran parte de mi vida al yudo. He sido simple practicante, competidor, árbitro, profesor… hasta he tenido algún que otro cargo. Mi faceta como profesor me ha llevado paradójicamente a ser en la que más he aprendido. ¿No era yo el que tenía que enseñar?
El secreto seguramente está en la maravillosa materia prima con que he contado. He tenido la fortuna de tropezar con gente maravillosa. Son muchos los amigos los que hoy tengo y que otrora fueron mis alumnos. ¡Cosas de la vida! El caso es que puedo presumir de ello. No es para menos.
En cuanto al teatro, diremos que lo descubrí cuando en el colegio nos llevaron a ver Calígula, interpretada por José Marí Rodero. ¡Nada menos!
Desde entonces, siempre he sido un enamorado del teatro y puedo presumir de haber visto en escena a grandes de la talla de Nuria Espert, José Luis López Vázquez… y, sobre todo, a Rafael Álvarez “El Brujo”. A este último le he visto en infindad de veces desde que le descubriera en el teatro García Lorca de Getafe, con su Lázaro, hace muchas décadas.
Lo que nunca había visto en un teatro es un musical. Y eso que llevamos años en la cresta de la ola en Madrid en ese apartado. Y eso que estuve en el Lido de Paris y salí impresionado.
La cosa es que llevo vistos tres musicales en los último años; y aquí es donde viene a confluir todo lo expresado en esta larga introducción.
Uno de esos entrañables alumnos con los que se recorre uno media Comunidad Autónoma y muchos puntos de España, decidió formarse como técnico de iluminación y sonido y hubo de hacer las prácticas en un colegio que cuenta con un coqueto teatro y un largo historial de apoyo a las artes escénicas. Hasta el madrileño colegio Montpellier se trasladó para completar sus estudios, el bueno de Álvaro García Agudo. Allí se encontró con la compañía Acorde al guión, fundada en 2011 por antiguos alumnos de dicho centro escolar.
A Álvaro le entusiasmo lo que vio. El extraordinario ambiente y la camaradería entre los miembros acentuado por su pasión por los musicales le llevó a dar un paso adelante. Vio la oportunidad y acabó haciendo un casting resultando que empezó a colaborar con la compañía, no solo con los efectos de luminotecnia y sonido, sino desde el propio escenario.
Yo andaba paseando por el barrio donde vive mi madre, La Concepción. Llevaba años sin ver a Álvaro. Una tarde me crucé con él. Le reconocí al momento. Me puso al día y me contó, poco más o menos lo que vengo narrando. Espero que mi maltrecha memoria no me haya jugado alguna mala pasada.
Me acabó invitando a una de vampiros basada en La familia Adamms en la que tenía un papel. Yo recordaba a Álvaro valiente pero tirando a tímido. Me hacía mucha ilusión ver la obra, aunque reconozco que no esperaba gran cosa. Una compañía de teatro musical amateur en un colegio…
Salí encantado; impresionado. Álvaro estuvo fenomenal y la obra, en conjunto, me pareció magnífica. ¡Qué mérito!
Al año siguiente, montaron una nueva obra. Tal y como me prometió, volvió a invitarme. Creo que se trataba de Una rubia muy legal y aproveché para llevar a mi madre, ya que vive al lado. Disfrutamos de lo lindo. La mujer, hija de un gran escenógrafo, dio mucho mérito a cuanto vio.
Trasladé a mi hija la proposición y allí nos presentamos en este Puente del Pilar. Los dos chiquitines aguantaron las tres horas que dura la función. Con su hermana Alexia rieron, aplaudieron y hasta bailaron. Los tres tuvieron una gran experiencia. Lo pasamos en grande. Disfrutamos como críos -todos- y al acabar, bajamos al patio, donde los actores tienen la costumbre de aparecer, todavía caracterizados, a fotografiarse con quien así lo solicite.
Muy recomendable seguir a esta fantástica compañía cuyas obras se representan gratuitamente. Tienen el lema de que: aunque la entrada es libre, la salida no tiene por qué, necesariamente, serlo también. Se ganan sobradamente los donativos que el público deja a la salida de cada representación. Con ellos confeccionan sus decorados que ellos mismos ponen en pie. Digno de verse.
Gracias Álvaro y famila.
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