wladiario

Las cosas de W&CC así como de ALMAYARA.

contador de visitas

lunes, mayo 11, 2009

El YU-DO, el Tae-kuon-do y otras coces (que nos llevamos)

(VIENE DE... -¡pica!-)

Lo que pasa es que algunos han olvidado hace tiempo lo que significan las dos palabras que, juntas, denominan nuestro deporte (YU-DO). El YU es lo incruento, lo fluido o flexible… y el DO es el firme convencimiento de llevar eso al extremo de considerarlo una forma de vida. Dicho esto diremos también que todo deporte es maravilloso por la sencilla razón de que el deporte se concibió como elemento de formación de nuestros jóvenes, como vehículo de comunicación y de socialización, como garante de la salud (física y mental). Es fenomenal el taekuondo de un maestro serio, humilde, prodigioso y riguroso como Antonio Montes, por ejemplo. Pero es que este mismo maestro critica la evolución de su disciplina como deporte olímpico. Además, nosotros, por nuestra parte, no dejamos de opinar que la competición de taekundo es una ensalada de coces y que el taekuondo es mucho más (o lo debería de ser). Por eso nos desconchamos las formaciones calcáreas de la risa que nos da de ver los saltitos estúpidos y la inutilización de los puños que se ve en un combate cualquiera de este deporte. También nos parece una auténtica aberración su inclusión entre las modalidades olímpicas (y nos lo parece ‘per se’ y no comparativamente ¿vale?)



Pero donde ya rayamos la locura es cuando ponemos a un niño frente a otro a practicar este tipo de deportes. Es poco menos que nefasto enseñar a un niño a dar patadas a otro y eso es lo que hacen los profesores de taekuondo y los de karate y los de un montón de deportes (si es que lo son) por el estilo. Enseñar a un niño lo que se puede hacer con una pistola y luego revestir eso de cierta religiosidad, de conceptos morales no deja de ser algo muy parecido a lo que hacían los fascistas justificando divinamente sus salidas de tiesto.



También debe de quedar claro que en nuestras críticas no nos paramos en el taekuondo y, más bien, hemos criticado poco este deporte, por diversos motivos, pero, sobre todo, por haber conocido a verdaderos maestros en él (maestros en el sentido de ejemplo vivo y continuo de sus alumnos). Recordamos que también criticamos con energía nuestro yudo cuando algunos entrenadores (no profesores) lo convierten en una lucha mamporrera de forcejeo y en terreno de pillos y, por tanto, de pillaje. Por todo esto, nos deja perplejos que un pope (le definimos así, entre otras cosas porque no sabemos su cargo) de la Federación Madrileña de Yudo nos recrimine nuestro ‘ataque’ al taekuondo. Y tal vez la explicación vuelva a ser que nuestro yudo, incluso entre quienes deberían defenderlo, no deja de ser una lucha con cierto folklore, muy bonita y emocionante y de gran tradición oriental y poco más por ese lado del mapamundi.


Uno de los principios del yudo es la continua búsqueda de la perfección, que lleva implícito el continuo esfuerzo de mejorar y, así mismo, el de no cejar en dicho empeño. Nuestra búsqueda de la perfección debería quedar patente por lo alejados que estamos de ella y lo mucho que volvemos a errar (muy a nuestro pesar). De esta cualidad se desprende otra que no ha de disfrazar la primera: la terquedad en el nuevo intento apenas se fracasa en el anterior. Es decir, que volvemos a explicar algo importante. No estamos en contra del karate, ni del taekuondo, ni del fútbol, ni del curling. Pero, por favor, no comparemos. Como decía Sarasate: no es lo mismo tocar el violín que escupir en una flauta. A ver si una partida del castañeteante ping-pong (rebautizado en ‘tenis de mesa’) va a tener el mismo valor en términos absolutos que una randori de yudo suelo. Ya tenemos asumido que somos más mosca cojonera que can lameruzo; pero no nos hagan comulgar con ruedas de molino. Cuando Uds. quieran devolvemos todo lo que nos han dado (poco o nada… si acaso disgustos) y nos vamos.



La defensa del taekuondo que la haga la Federación de Taekuondo, la embajada de Corea o los seguidores del fundador de dicha especialidad Choi Hong Hi, que, por cierto, era general del ejército coreano (Yigoro Kano fue un intelectual). Está bien defender disciplinas cercanas a la nuestra sobre todo para unir fuerzas en pro de objetivos comunes. En ese sentido, se me ocurre que el yu-yitsu aún precisa mucha ayuda como para andar perdiendo energía en otros campos. Y el yu-yitsu sí que tiene las raíces del yudo, las que se van perdiendo y se descuidan salvo en escuelas de yudo tradicional o en otras aglutinantes como la de mi maestro Rafael Ortega con su ‘yudo total’.



Entiendo la vida como una sucesión de deseos, decisiones y compromisos. Primero se despierta el deseo, luego se decide y finalmente llega el compromiso. Esta simple ecuación está muy descuidada en la sociedad actual. Así, nos pasa que vamos al médico y nos encontramos un músico frustrado. Acudimos al abogado y nos lleva el caso un experto en poesía. Ocurre que muchos de nuestro coetáneos atendieron como pudieron su deseo, decidieron (algunos ya fallan en este eslabón) y luego…


Parecería mentira que un pescador explicara que la caza tiene su casuística y que es mucho más gratificante que su actividad, salvo que acto seguido confesara que a él le faltan ‘perendengues’ para empuñar un fusil. Más coherente parece que se explaye en dar argumentos del arte del señuelo, de la paciencia y del lugar en que lanzar la caña, el modo de hacerlo, los cebos… Seguramente el pescador (ningún pescador) defenderá la caza, como ningún cazador defenderá la pesca. Claro que luego están los cazadores que además pescan y los pescadores que además cazan. Lástima que haya menos cazadores pescados y aún menos pescadores (de los que pescan a río revuelto) cazados.



En resumen, defendemos el yudo porque somos y nos sentimos yudocas (dentro y fuera del doyo y, además, con ‘i griega’, sí; algún defecto se nos debe de poder imputar ¿no?) Procuramos ser transigentes con todo; no somos ‘anti’ nada. Pero militamos en un bando y no cambiamos de chaqueta (o dobok o kurka). Otra cosa es que en algunos momentos busquemos la integración o el enriquecimiento. Tenemos que recordar que llevamos tres años desarrollando un programa gratuito y sin patrocinio (ni esponsor) que se denomina ‘Mañanas del YU’ en que pueden participar y de hecho han participado yudocas, yu-yitsucas, karatecas, taekuondocas, japkidocas, etc. Pero, lo que nunca hacemos es dejar de ensalzar lo nuestro. Nunca nos cansamos de alabar las veleidades (que son muchas) de nuestro deporte (que sí lo es y también mucho más). Con los pocos medios que tenemos damos la lata y hacemos que se hable de yudo (aunque sea bien). Otros con más medios se olvidan de atender su labor de promocionar y divulgar ‘lo nuestro’, quizás más atentos a coger ‘lo de ellos’. Por cierto, ya es desgana volcar fotos de una entrega de premios y dejar también las fotos de los taekuondocas. Es muy fácil distinguir un yudogui de un dobok (fácil para el yudoc y también para el taekuondoca, pero quizás menos para el que no resolvió la ecuación aquella de desear, decidir y comprometerse).


En la pasada jornada final de Campeonatos Escolares celebrada en el Palacio de Deportes el yudo compartió cancha con el taekuondo. Tuvimos ocasión de ver combates de yudo (demasiado yudo-fuerza, es verdad) y de taekuondo. En el YUDIARIO se expresó con crudeza la impresión causada por lo que definimos como ’ensalada de coces’. Ahora nos hemos venido al WLADIARIO para dejar aún más clara la paternidad de tal opinión, aunque creo que ya lo estaba. Tras esta jornada, como es costumbre, la Federación Madrileña de Yudo publicó los resultados y un extenso reportaje fotográfico (dos en este caso). Le hemos echado un vistazo y constatamos que, como también suele ser habitual, las fotos se vuelcan sin selección previa, sin retocarlas, etc. Esto nunca lo hemos criticado por saber de lo laborioso del retoque digital. Muchos años estuvimos cubriendo al Getafe en el Coliseum y han sido miles las fotos enviadas a la redacción de MERCADO. Ninguna, jamás se envió sin retocar (ajustes de todo tipo, desde colores a filtros pasando por encuadres, máscaras, recortes, sombreados, difuminados…) Se solían mandar 30 fotos por partido, con un trabajo, cada una, de unos 3 o 4 minutos de retoque. Luego se publicaban dos o tres a razón de 9 euros (foto publicada) y, para colmo, el cubrir al Getafe en sus partidos fue una imposición de la empresa cuando ascendió a Primera División (es decir que no iba en el sueldo). También entonces sentía que practicaba yudo. Cedía para vencer, pero, además, aplicaba o intentaba aplicar una conducta zen en el sentido de que ya que debía de hacerlo lo hacía lo mejor que podía y con el firme propósito de perfeccionar mi labor en cada intento.


Pido disculpas por haber puesto un ejemplo de mi propia persona, pues lo tenía muy a mano y lanzo en alto el deseo de encontrarme en esta vida con más yudocas; yudocas (o yu-yitsucas o taekuondocas…) de los que intentamos definir con este y otros ejemplos. A ver si nos los vamos encontrando aunque sea en la Federación Madrileña de Taekuondo.




Etiquetas: , , , , , , , , , ,

editado por...Wladi Martín @ lunes, mayo 11, 2009
1- Comentarios a esta nota -

domingo, abril 26, 2009

Más de lo mismo (o dicho de otro modo)

Con lo bonito que es el yudo y siempre estamos igual


Reflexiones del profesor Wladimiro -que no es alias, ni nick, ni nada para ocultarse- tras el Campeonato de Madrid de las categorías infantil y cadete.


Hoy no tengo ganas de criticar… y menos a los árbitros. Lo que pasa es que me pongo a escribir y empieza a fluir la mala leche de los que callamos. A ver qué pasa… ¡Allá vamos!


Con el tema de los abnegados árbitros de yudo, diré que, cuando llegan a los reciclajes y cursos, la mayoría de ellos suele mover la cabeza, de arriba abajo –lo he visto-. Parecen corderillos, con ese movimiento de afirmación, cuando oyen que hay que respetar y proteger al que intenta hacer yudo, que hay que penalizar al que practica yudo negativo, al que destruye… Todos están de acuerdo -pero luego, nada-. Todos convienen, en cuanto se ponen la corbata, en que el encuentro de infantiles es más corto y, por tanto, no hay que demorar la sanción, especialmente en los casos de falsos ataques, rehuir combate, no agarrar, kumikata de bloqueo, continuamente tirarse a por las piernas del contrincante y el sinfín de marrullerías que se ven en cualquier campeonato infantil o cadete como el de ayer sábado en Arroyomolinos. Sobre todo, se ve este tipo de actitudes en determinados colectivos especialistas en la ‘técnica del mogollón’, que dice así: ¡todo vale si hago un campeón!


Habrá que empezar a recordar que la crisis de resultados de Madrid empieza a estar en boca de todos. Ser campeón de Madrid ya no garantiza chapa en un nacional. Habrá que empezar a hacer reflexiones como la siguiente. (Allá va la reflexión): En estas categorías, cuando se enfrenta un muchacho (o muchacha) de clara superioridad a su rival, no le marca ipón a las primeras de cambio. Tiene que desbravar a su contendiente. La reflexión viene ahora y se hace desde este YUDIARIO, que es banderín de ‘otro yudo posible’ (siempre lo ha sido y siempre lo será). Nos referimos a que en estas edades se constata que los muchachos no acaban de pulir el que debiera empezar a ser su tokui-uasa (su movimiento especial o favorito). Entonces llega el entrenador de turno (nótese que hablamos de entrenador y no de profesor que es el que debe actuar en estas edades de formación) y actúa de la siguiente manera. “Pues si no te sale agarras el tobillo”. Con ello cogemos el ‘atajo’ (siempre el atajo) y así nos va. Es decir, que el mejor no es capaz, en condiciones normales de marcar ipón, limpiamente, al peor (y eso que el ipón ya no está tan caro como hace años; cosas de la crisis).


Un chavalín de 12, 13 14… años debe de seguir buscando la esencia de su movimiento favorito; debe seguir aplicándose en corregir detalles a la hora de efectuar sus uchi-komi (que también se pueden segmentar para corregir gestos parciales del total de dicha técnica o llave de yudo). Esto es así a cualquier edad, tanto más en muchachos que aún no han completado su ciclo formativo, ni siquiera se han acabado de desarrollar físicamente, las más de las veces.


Nos da mucha pena que ‘valga todo’ con tal de colar a un chico en el medallero, para mayor gloria del entrenador de turno (que tiene de pedagogía lo que Hitler tuvo de filantropía). Pero más pena nos da que este tipo de eventos sean el escaparate perfecto para que esta gentualla salga reforzada, como si volviera a ganar su discurso irracional, bruto y grosero. Así va este deporte y así acabará yendo esta maravillosa disciplina que quiere decir lo que pocos practican y justo lo contrario de lo que hacen a quienes nos referimos.


El ‘pero’ está en los que abonan el terreno para que sigan sintiéndose vencedores los del mamporro, los del ‘tira más fuerte’ o los del ‘ahora cuando venga a por ti’. Ni siquiera se sonrojan cuando enseñan a un niño a ser marrullero. Ni siquiera sienten el natural prurito del que se aparta de la nobleza (deportiva o de cualquier otro tipo) cuando gritan en público y a pleno pulmón consignas cobardes a maravillosos muchachos que no debían tener el privilegio de conocer siquiera (‘que ataque él ahora’).


Ya sabrán lo que hacen los circunspectos señores que manejan el ‘Reglamento’ de competición; los que prohíben el trabajo de kansetsu-uasa a los cadetes y acabarán por prohibir el renzoku-uasa.


Suponemos que habrá ocasión de hablar con extensión de todo este tipo de cuestiones en las que cada vez encontramos más seguidores y más partidarios de ‘otro yudo’. Sólo reseñar, una vez más, lo favorecidos que parecen resultar algunos colectivos se ponga la norma que se ponga. Que se obliga a los entrenadores a ocupar un determinado lugar (fuera de la silla antes reservada a sus funciones), pues resulta que hay trece entrenadores hábilmente distribuidos por doquier. Es, una vez más, la razón del que más chilla (los que más chillan en este caso). Ya lo vemos en medios de comunicación, en programas de pretendido debate en los que se silencia o ningunea al que se sale por la tangente, tenga o no tenga razón (por apartarse de la mayoría –que se la pique un pollo-). ¿Por qué iba a ser de otro modo en nuestro deporte? Pues porque nos creíamos que era un deporte de caballeros y ya sólo nos queda esa genuflexión del principio y el final de cada contienda. Ya sólo guardamos las formas, cuando el fondo se ha ido al garete.


No deja de ser una pena y una oportunidad que se pierde, en estos momentos en que otros deportes andan muy maleados y con continuas muestras de intransigencia, descontrol, vehemencia subidita de tono y otras manifestaciones absolutamente contrarias a lo que debe imperar en todo deporte.


Cosas que se ven a diario


En un vestuario de cadetes, con motivo de un campeonato celebrado en el Pabellón Fernando Martín de Fuenlabrada descubrimos un envoltorio de un medicamento. Pongamos que se trataba de Cafintrina… o de cualquier otro de alto contenido en cafeína. Pongamos que sabemos de qué club es la ingenua muchacha que acaba de salir precipitadamente cuando nota que alguien entra en el mismo recinto. Pongamos que se trata de uno de esos clubes que hace de la ‘competición’ su principal modo de proyección. ¡Qué ha de extrañar! Todo concuerda ¿no?


En un programa como el de Campeonatos Escolares, al que tanto dinero dedica la Comunidad de Madrid, se trata de promocionar el yudo –y otros deportes- entre estudiantes de Institutos de Educación Secundaria. Para mover a este colectivo, en yudo se ha diseñado un campeonato -¡qué raro!- en el que se agrupa a los muchachos por razón de edad, de sexo y… ¡de cinturón!


Encontramos casos en que algunos muchachos acuden a su correspondiente competición con cinturón blanco, amarillo o naranja y, luego… Resulta que encontramos a los mismos muchachos en campeonatos oficiales de la Federación con cinturón verde. Tócate la molleja. ¿Por qué se producirá ese ataque de daltonismo –llamémoslo así-? ¿No será porque existe una categoría en los Campeonatos Escolares que agrupa a yudocas con cinturón blanco, amarillo o naranja; y otra en que se miden los que ya tienen el verde, o el azul, o el marrón, o el negro? También hablamos de otro de esos fabulosos clubes de rompe y rasga en los que se forma (o deforma, ya no me acuerdo) a jóvenes deportistas. ¡Enhorabuena!


Código ético y deontológico


Hace ya años que manejábamos la idea de sentar a una misma mesa a profesores, técnicos, entrenadores, deportistas, federativos… y hablar ‘in extenso’ de la necesidad (o no) de crear un código deontológico de los profesionales del yudo.


Hablar de algo así en el ámbito de una Federación como la nuestra es algo ridículo. Una Federación como la madrileña de yudo es la que representa o debería representar a los yudocas de Madrid. Y es precisamente esa misma Federación Madrileña de Yudo la que cobra, año tras año, una cuota de colegiación a profesores, sin contar con Colegio de Profesores. Ya hace años que interesado por el tema solicité los estatutos de dicho colegio y se me remitió a ‘las circulares’. Mira tú que las suelo leer y jamás he encontrado ninguna que hablase del tema, que aclarase cuándo se celebran elecciones, las condiciones para presentar candidatura, los plazos, el régimen de sanciones, el balance económico. Nadie explica qué se hace con el dinero de las colegiaciones y se empezó, tras mi pregunta a hablar de cuota profesional, eludiendo la palabra ‘Colegio’.


En este ámbito, decía, parece ridículo hablar de crear un código deontológico, cuando ni siquiera se conoce el Reglamento de la propia Federación, ni los Estatutos del Colegio de Profesores, ni los del Colegio de Árbitros. Y hablo, siempre, refiriéndome a la Federación Madrileña de Judo.


No obstante, desde este espacio volvemos a lanzar la idea por si alguien la recoge, máxime en estos momentos en que surgen o resurgen asociaciones y parece, por tanto, que hay ganas de trabajar y mover el cotarro.


Entre tanto, quizás bastase con un poco más de cordura y de presencia de la gente razonable (iba a decir normal, pero lo normal, hoy, es no ser razonable). A ver si empezamos a dar un poco más de cancha a los mesurados y a los razonables y amordazamos a los vocingleros y gárrulos de la nefanda.

Etiquetas: , , , , , , ,

editado por...Wladi Martín @ domingo, abril 26, 2009
6- Comentarios a esta nota -

martes, mayo 13, 2008

El Guía del 'DO'

El camino de la flexibilidad se recorre mejor con guía


Creo que tenía yo 13 o 14 años cuando mi madre me llevó al gimnasio Samurai de la calle Juan Bravo. No nos pillaba cerca ni remotamente. Yo, por entonces, vivía en Caño Roto, que, con el tiempo, ha sido rebautizado en Los Cármenes. A mi me gusta seguir llamándolo por el nombre de Caño Roto, que es más rotundo, más sincero. Suena más a quinqui, a gitano, ‘adrea’, a peonza, guá y carrera de chapas. El caso es que tenía que coger lo que llamábamos ‘la camioneta’ y luego (desde Ópera) el Metro. Tras una hora de trayecto (que yo solía aprovechar para estudiar o hacer los deberes) llegaba a mi fiel cita con los amigos de yudo. Por entonces –hay que reconocerlo- mi deseo era el de reunirme con un fabuloso grupo de jóvenes del que me cupo el honor de formar parte. Estando, como estaba, a medio camino entre un hombre o un zangolotino, en esa primera etapa, quizás no me diera yo cuenta de la mucha influencia que sobre mi ejercía (aún sin él, ni yo, pretenderlo), mi profesor de yudo. Yo ya había tenido otro profesor (Antonio Recuero) a quien recuerdo con cariño y respeto. Fue mi primer contacto con el yudo y me enseñó algo tan importante como las caídas y a empezar a amar el yudo. Luego llegó Ortega y me enseñó todo lo demás; del yudo y de la vida como camino, como búsqueda, como doctrina, bandera, estilo, ideario…

Por eso ando reflexivo mirándome ya mucho más cascado (ha llovido desde aquellos tiempos… y eso que hemos pasado pertinaces sequías). Han pasado cerca de 35 años y puedo presumir de conocer a Rafael Ortega. Pero me cuidaré muy mucho de hacerlo. Sobre todo, tras días como el de hoy en que me ha vuelto a sorprender. Me ha vuelto a dejar con la boca abierta, yo que creía empezar a tener algunas certidumbres. ¡Pobre de mi!

Cada vez que Ortega desgrana una técnica de yudo es que la ha escrutado desde todos los ángulos, la ha vuelto del derecho y del revés, la ha metabolizado, la ha hecho suya. Pero, antes, hay que decir que algunos grandes yudocas hacen lo mismo; a su manera. Y es aquí donde quiero yo apuntar una diferencia. Ortega sabe hacer algo de zen cuando hace su estudio de yudo. Se vacía, se despoja de toda consideración, de toda apreciación previa; se libera… tanto de prejuicios, como de valoraciones. Creo que ese es su secreto. Un secreto que comparte a voces con quien quiera… lo que pasa es que hay mucha sordera por ahí. Esta especie de sublimación por la vía del vaciado es lo que hace encontrar la sustancia, la verdad. Por eso tiene algunos enfrentamientos con gente (¿sorda?) que descubre ‘su’ verdad y hace de ella ‘patrón ley’ (patrón oro), si se me permite la expresión. Claro que otros me dirán… “con lo lejos que me he ido yo para tener mis certezas, viene ahora éste…”

Recuerdo que no siempre hay que irse tan lejos para tener una certeza. De hecho, muchos viajan en el tiempo y en el espacio con ellas y, así les va: nunca cambian. Este es un tema importante pues hacen del ‘no cambiar’ un banderín, sin darse cuenta de que no es valor, sino tara. El que no cambia, no progresa; y el que no progresa, no interesa (sobre todo a los que vienen por detrás –a los jóvenes-, que son el futuro). El que sabe envejecer mediante el proceso de ‘vaciado’ que antes he aludido, y buscando la esencia, aunque ésta ponga en peligro esas certidumbres: ése, es un faro para el que viene detrás. Es un guía y, nosotros yudocas, debemos entender la importancia que eso tiene a la hora de seguir un camino (el de la flexibilidad, por ejemplo –el DO-).

Cuando he empezado recordando mis orígenes en esto del yudo, lo he hecho para ahora poder decir lo siguiente. Uno suele iniciarse en la práctica de un deporte o de una afición, en base a sus gustos, aptitudes, etc. Es decir, dependiendo de algo interno (el deseo). Pero, no es menos importante en esos inicios, algo externo como el entorno, el guía, el contexto social, las posibilidades… Un individuo con gran deseo de hacer yudo, que sólo tiene a su alcance el practicarlo en el colegio de su barrio, no tiene la culpa si le ha tocado un profesor mediocre. A mi me tocaba haber aprendido yudo en un entorno poco favorable, en un centro que acabó desapareciendo al poco de yo conocerlo. Luego, seguí a mi profesor que formó escuela en mi colegio, el JOYFE de la calle Bocarrrana, en pleno Carabanchel. Tampoco de allí salieron grandes yudocas y no sé si se llegó a formar algún cinturón negro; yo me marché con cinturón naranja y sin licencia para poder demostrarlo.

Quiero decir que, en la lotería de la vida me encontré con un billete que resultó premiado. Acabé en el legendario Gimnasio Samurai de la calle Juan Bravo. Allí, me volví a quedar sin profesor cuando Ortega se estableció por su cuenta y le suplió Rafael Hernando. Otra vez la fortuna vino a visitarme, cuando arrastraba los pies para ir a mis entrenamientos. Un compañero me comunicó lo que la dirección del gimnasio me había ocultado: todos se habían traslado al no menos legendario Gimnasio Banzai, donde hoy sigue al pie del cañón el incombustible Rafael Ortega.

Por todo lo dicho quiero hacer patente, aquí y ahora, mi respeto hacia todo aquel que practica yudo y no ha tenido un ‘guía’ de la clarividencia, sabiduría y salud –en el más extenso sentido de la palabra, incluido el mental-, como el que yo tengo. ¡Qué culpa tienen ellos! Pero también me gustaría explicar algo importante, si es que me llegan las palabras. Hay veces en que hay que mover el culo o callarse. Si uno, ya mayorcito, no puede desplazarse hasta el lugar en el que aprender yudo o decide que ya sabe mucho, lo mejor es que tenga un pelín de humildad. Vamos a respetar a los que año tras año enseñan en el primer día de clase una llave nueva que se llama ‘O-soto-gari’; y la enseñan lo mismo en la clase de adultos que en la de niños de cuatro años. Pero no nos hagan decir que eso es ‘cojonudo’, porque no lo es. Es aberrante y suena a antediluviano. Vamos a respetar a los que montan un entrenamiento de dos horas y lo resuelven con dos horas de randori –y poco más-, pretendiendo ser grandes maestros. Son entrenadores más o menos afortunados y ahí lo dejamos. Pero donde se nos agota el respeto es en el momento en que no lo vemos reflejado hacia nosotros. Algunos sordos no sólo no oyen, que ya es tristeza. Algunos sordos no escuchan y son los peores. Claro que alimentar una sordera no siempre es barato; los hay a los que se les tiene que pagar un viaje a países muy lejanos y no precisamente a las Bahamas.
En una ocasión, un ‘amiguete’ discrepaba de la efectividad del método Ortega amparándose en que no tenía mérito. Explicaba, ese ‘amiguete’, que es fácil tener un método cuando se ha tenido la suerte de entrar en colegios con abundancia de alumnos y cosas por el estilo. Lo decía como si fuera cosa de magia eso de llegar a los sitios en que florecen los alumnos. Seguramente ese ‘amiguete’ tenía su razón, su certidumbre, que decíamos antes. Claro que ese ‘amiguete’ tiene un gimnasio que a duras penas subsiste, con no más de tres docenas de yudocas (si llega). Sólo en una de las clases de yudo recreativo del club de Ortega ya hay esa misma cantidad de alumnos. Y todos y cada uno de los días lo que explica Ortega es yudo (yudo del bueno). Todavía no ha llegado la ocasión en que reparta regalos para que no se ‘desapunten’ sus alumnos. ¡Ah! y, por cierto, las clases las imparte el propio Rafael Ortega en persona.

Etiquetas: , , , , , , , ,

editado por...Wladi Martín @ martes, mayo 13, 2008
2- Comentarios a esta nota -