wladiario

Las cosas de W&CC así como de ALMAYARA.

contador de visitas

domingo, octubre 09, 2011

Quedan pocos

A ver si me calzo el espadín de corto y sacudo a Campanilla. Necesito sus polvos (no seáis malpensados que todos andamos necesitados de polvos mágicos ¿qué otra cosa queda?) Pego un salto y vuelo… me lanzo a descabezar al dragón. Pero es cicatero, mucho más fuerte que yo y tiene varias cabezas; todas huecas; todas provistas de feroces mandíbulas que hieden y echan fuego. Ese dragón no come; devora. Por donde pasa no vuelve a crecer la hierba. Y yo que me había vuelto vegetariano.

He despertado del letargo a fuerza de coscorrones. He despertado y no reconozco algo a mi alrededor; reconozco nada. Siempre estuve orgulloso de esta tierra en la que nací. Ahora no la reconozco. Ahora me avergüenzo de este país. Entre todos los hemos dejado hecho un erial. Está irreconocible. Campo de batalla donde hasta las ratas se ocultan, donde el solno encuentra con qué hacer sombra. Sólo el dragón pasea sin saber qué arrasar. Nada queda en pie. La esperanza fue la segunda víctima; la primera fue la verdad.

Sólo los nobles podrán entregarse a su última tarea; morir con dignidad. Eso o dejarse matar sin pena ni gloria; a disgustos. Yo ya he empuñado mi espadín que parece de juguete. Espero no pincharme con él; ¡ya qué más da! Al menos caer con el arma en la mano. Al menos caer luchando ahora que aún nos quedan fuerzas para mantenernos en pie; para reconocer a los nuestros; a los pocos que quedan.

Ayer estuve en un campeonato de yudo y me entregué a vibrar con las emociones que proporciona. No fui el único. La gente está alterada. Y algunos empiezan a recoger tempestades donde antes sembraron vientos. ¿Qué esperaban?

Hubo un rifirrafe con los de siempre; los que acuden con los primos a todos lados; en bandada. Los que chillan más para tener ‘más’ razón (nunca la tienen). Yo esperaba entregarme a la pasión pero nunca pasé ciertos límites así es que me vi, una vez más, apaciguando ánimos. Al cabo de un rato, un estupendo muchacho al que no conocía más que de vista me saludó efusivo y me dedicó estas hermosas palabras: “quedan pocos como tú”.

Y menos que vamos a quedar –pensé para mis adentros-. Luego me di a eso tan en desuso que me tiene a mí echo unos zorros; a reflexionar. La primera sensación de orgullo se diluyó en un cocktail de tristeza, pudor, timidez y perplejidad. Así es que esta mañana acudí con la resaca de la pócima al Auditorio Nacional. Hacía tanto tiempo que no iba, pese a haber sido yo asiduo de los conciertos de la Orquesta Nacional. De niño, los de mi barrio se sabían la alineación de su equipo de fútbol favorito. Yo repetía los nombres de la Orquesta Nacional por cuerdas o grupos. Los trompas Bruguera y Colmenero, Ortiz el trompeta, Calero el fagot, Arias y Cuesta los flautas, Tudela el oboe… Corvino, Cañete, Víctor Martín, Romo, mis padres, mi tío Francis, Periáñez, entre los violines y así hasta completar más de un centenar de nombres, muchos de ellos de familiares. Cómo pasa el tiempo. Sólo reconocí a Romo y a una tal Julia, alumna de mi padre con la que tuve un corto noviazgo. Quedan pocos…

Al menos escuché de nuevo la Consagración de la primavera de Stravisnky y a la magnífica soprano Patricia Petibón a la que no conocía. ¡Qué gozada! He recargado pilas para toda la semana (espero). Cantó una obra de Nicolás Bacri al que tampoco conocía. De hecho la obra era estreno absoluto. Me pareció una verdadera maravilla, máxime teniendo en cuenta que se trata de un compositor de “sólo” 50 años de edad. Quedan pocos… pero habrá que seguir buscando para conocerlos.

Empezaré la semana restañando heridas y lamiendo cicatrices. Cogeré el espadín y volaré de un salto. Cuando me enfrente al temible dragón empuñaré con fuerza mi arma y comprobaré aterrado que me equivoqué de nuevo. En mi mano no es una espada lo que tengo, es un arco de violín. Es el arco que rompí de niño cuando no quería estudiar música y elegí un camino diferente. Ahora será mi única arma, inútil arma ante el dragón, como también lo sería mi espadín. Qué más da el arma si lo que importa es acabar de una vez; acabar peleando y salvando lo que nos queda: el honor. Nos queda poco y nos queda a pocos. Quedan pocos.

(Dedicado a los dragones que gastaron lo que no era suyo llevando a la ruina a familias de trabajadores que confiaron en ellos)

Etiquetas: , , , , , ,

editado por...Wladimiro Martín @ domingo, octubre 09, 2011