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domingo, septiembre 05, 2010

Anton Geesink. En su memoria (en la mía)

Geesink en Oviedo (1998)

Me encuentro con mucho tiempo; unas 24 horas al día. Me encuentro con mucho tiempo, pero con pocos ánimos. Pero también es cierto que había prometido contar algunas anécdotas sobre el gran maestro Antón Geesink, recientemente fallecido en Utrecht (Holanda). Creo que ya han pasado unos días desde que conocí la triste noticia y es hora de soltar lo que se lleva dentro, siquiera sea por el mero truco de sentirse mejor. Ahí va esa catarsis, que aprovecho para rendir mi humilde homenaje a Antón.

Tengo que reconocer que no sabía muy bien quién era Antón Geesink cuando mi profesor, Rafael Ortega, nos comunicó que iba a organizar un nuevo ‘stage’ de yudo en el que contaríamos con el legendario yudoca (cosas de la juventud –léase ignorancia-).

Creo que no me equivoco en mucho al señalar al maestro Ortega como introductor del concepto de ‘stage’ de yudo en nuestro país. También espero recordar bien si señalo como el primero de sus ‘Stage Internacionales’ el de Sacedón en 1974. Yo tuve la suerte de acudir a él, contando con 13 o 14 años de edad. En ese primer ‘Stage Internacional’ se contó con la presencia de profesores de brillo y fuste como el propio Ortega, su inseparable amigo José Luis de Frutos, Rolando Sáinz de la Peña, Patrick Vial, Claude Beau y el, por entonces seleccionador nacional de EE.UU., Mastsumura. ¡Qué tiempos!

Al año siguiente, con el mismo plantel de profesores, se celebró un segundo ‘stage’, también en Sacedón (Guadalajara). Por esas fechas, el francés Vial, presumiría ya de su medalla de bronce en unos Juegos Olímpicos.

El tercer ‘Stage Internacional R. Ortega’ pasó a celebrarse en El Escorial y, como decíamos, con la presencia de Antón Geesink. O sea, que debía correr el verano de 1976 por aquellas fechas. Si mal no recuerdo, se dividió el cursillo en dos etapas. En la primera (¿semana?; ¿quincena?) el gran maestro holandés se dirigió a maestros, profesores y altos grados. En la segunda, el ‘stage’ estaba enfocado a deportistas en general. En ese segundo participé yo, que por edad, tuve vedada mi presencia en el primero. Si bien ya ejercía, en precario, como ‘profe’ de yudo.

Geesink en El Escorial

Al principio, tengo que reconocer que las ideas del holandés no me acababan de convencer. Eso de caer sobre un solo pie… sin golpear… Ahora, muchos años después, me doy cuenta de lo ignorante que era (y conservador; muy conservador pese a lo que yo mismo pensaba de mi persona). No obstante, lo que sí penetró, desde un primer momento, hasta la médula era la arrolladora personalidad del gran campeón, su sentido del humor, su humanidad: era genial.

La primera anécdota

Como decía (y hablo de memoria) era el verano de 1976 cuando participaba en el III Stage Internacional R. Ortega. Mis objetivos, por entonces, no eran los de aprender el método Geesink ni ningún otro. Ya idolatraba yo lo suficiente a mi maestro Ortega como para prestar atención a algo más que a mis propios entrenamientos con los que esperaba llegar a ser un gran campeón (pobre iluso).

Geesink ya había dado muestras desde el principio de reírse hasta de su propia sombra. Con ello, impregnó todo el ambiente de un especial sentido del humor. Era dado a bromear y a poner ejemplos graciosos que provocaban sonrisas, en todo momento, y hasta carcajadas, en muchas ocasiones.

Una de las cuestiones más chocantes fue la de comprobar lo ‘irreverente’ que se mostraba Antón. Todo ceremonial le resultaba alejado y desprovisto de valor como para dedicarle el más mínimo interés.

Enmarcado en ese desenfado (tan ajeno al mundo del ceremonioso yudo que proviene del ceremonioso Japón) llega una magnífica broma que nos regaló el holandés. Fue capaz de poner ‘a mear como perros’ a los grandes maestros…

Geesink dirigía la sesión de yudo y, tras una de sus explicaciones, se acercó a Rafael Ortega que, además de director del curso oficiaba de traductor en su calidad de francófono. Algo debió decirle Antón, muy serio, a Rafael, porque éste acabó llamando a los maestros presentes en el ‘stage’ (José Luis de Frutos, Rolando Sáinz de la Peña) y a los más destacados yudocas (Josele Campo, Alfonso de Lucas…). Así lo recuerdo.

Stage en El Escorial (Agosto 78)

Mientras los alumnos practicábamos según las indicaciones que habíamos recibido. Antón se llevó a los más destacados y los fue colocando junto a la pared, separados de forma equidistante para explicarles (supongo) un gran secreto del yudo.

Acabó poniendo a los mencionados con un pie en el suelo y el otro en la pared, ejerciendo una especie de genuflexión, en muy ridícula pose. Entonces Antón, a grandes voces y llamando la atención de todo el mundo comenzó a vocear entre grandes risotadas: “Así, así mean los perros en mi país”. El grandón holandés, viendo a todo el personal perplejo no se contentó con su gracia hasta que hizo traducir al mismísimo Ortega sus palabras. Rafael, también con mucho sentido del humor tradujo la broma que nos dejó aún más perplejos, pero soltando la sorpresa entre risotadas y gestos de complicidad. Aquel tipo no tenía límites.

Otra anécdota.

En aquel cursillo, como estaba acostumbrado a hacer por aquellos gloriosos tiempos destaqué entre los jóvenes de mi edad y gané la competición que se efectuó al final del ‘stage’, tanto en mi categoría individual como en la de por equipos. En esta última hubimos de forzar la cuestión para poder con los marroquíes que acudieron con dos campeones nacionales y que nos opusieron feroz resistencia. Creo recordar que el árbitro Álvaro Pastoriza (nada amigo de gentes de colores –colores oscuros de piel, quiero decir-) nos echó una generosa mano. Pero esa es otra historia.

Decía que al acabar el campamento, merced a varios ipones de ‘mi uchi-mata’ Antón Geesink llegó a alabar una habilidad que yo tenía y que no era otra que la de conseguir la posición ideal de mi rival (para lanzar mi uchi-mata) obligando con una especie de couhigari a atrasar el pie adelantado de mi adversario. La maniobra era muy efectiva y yo no había reparado en ella hasta que me comentaron lo que Geesink había dicho.

Antonio Bendala, R. Ortega, A. Geesink, J.L. de Frutos y R. Sáinz de la Peña

Meses después de finalizado el ‘stage’ se celebró en Madrid el primer mundial ‘junior’ de nuestro deporte. Yo entonces debía ser uno de los peores profesores de yudo del mundo, pero lo cierto es que con 16 años recién cumplidos ya impartía clases de yudo en el antiguo Gimnasio Yudansha de la calle General Pardiñas. Como el horario de esas clases de yudo infantil incluía las mañanas del sábado propuse a los padres de mis escasos alumnos una excursión. En lugar de la clase acudiríamos al cercano Palacio de Deportes (que por entonces no se había quemado) a ver el fabuloso acontecimiento. Los padres aceptaron de buen grado y yo acudí a presenciar, por primera vez en mi vida, un campeonato oficial internacional de mi deporte. Tan fascinado salí, que quise volver por la tarde. Y para ello llamé a mi amigo Miguel Campo (hermano menor de Josele y Teresa Campo) y juntos accedimos a las instalaciones deportivas. Por hacer un inciso diremos que se nos facilitaba el acceso gratuitamente con sólo presentar nuestra licencia de yudo (¡qué tiempos!)

Ya acomodados en donde pudimos, nos dispusimos a disfrutar del acontecimiento deportivo cuando me sobresaltó la irrupción de una enorme figura muy cerca de donde estábamos sentados. Nada menos que Antón Geesink se había sentado unas cinco o seis butacas a nuestra derecha. Miguel no se había dado cuenta así es que le hice reparar en ello. Al hacerlo, intenté ser discreto, pero, probablemente, mi emocionado tono de voz se alzó por encima de lo que yo deseaba. Llevaba semanas calentando la cabeza a mi amigo Miguel (también yudoca y compañero de ‘doyo’) sobre todo lo que concernía a Antón Geesink. El holandés debió escuchar su nombre pronunciado por mí y miró para ver quien lo profería. Yo descubrí su mirada de refilón y, muy pudoroso, retiré la misma, sin siquiera hacer un mínimo gesto en forma de saludo. Instantes después, una enorme sombra se acercó a mí. Antón Geesink había abandonado su asiento, se había acercado y se había plantado a escasos centímetros de nosotros. Alargó su enorme mano y pronunció parsimonioso y poderoso: “Monsieur”. Yo me levanté un poco y apreté la mano tendida mientras notaba que las mejillas se calentaban más que el motor de un Boeing. Intenté mascullar en francés algo así como “enchanté” y perdí la noción espacio-temporal que tan propia es a los humanos para saber dónde están y lo que hacen.

No sé el tiempo que pasó (ya he dicho que perdí toda noción en ese sentido), pero recuerdo que fue Miguel Campo el que me rescató a la plena consciencia. “Macho, te ha venido a saludar Geesink”; creo que me dijo. Y no recuerdo mucho más de aquello. Bueno. Algo más sí que recuerdo. En ese campeonato vi por primera vez a Yamashita que ganó todos sus encuentros por ipón (menos el que le enfrentó al español Brieva –creo que se llamaba-, a quien marcó dos ipones, porque los árbitros debieron pensar que había que echar una mano al representante del país organizador).

Bebedores de cerveza

Ya que se me ha calentado el teclado voy con otra anécdota. Se produjo también en El Escorial en tiempos de uno de aquellos ‘stages’ (creo que en el segundo en que Geesink nos visitaba).

Steg en El Escorial (Agosto 79)

Al acabar las sesiones de entrenamiento de la tarde solíamos ‘maquearnos’ y salir a pasear por el pueblo o los pueblos. Sabido es que junto a El Escorial se encuentra San Lorenzo (que es dónde acudíamos a costa de un buen paseo que ponía a prueba nuestras mermadas fuerzas) a comprobar si las muchachas de la localidad eran generosas con los forasteros o no. Yo en eso no me puedo quejar pues (cosa rara) me hice con las atenciones de una simpática holandesa que había venido a tomar parte en el cursillo. Andy Vincent se llamaba; nombre que nunca he olvidado como algunos otros interesantes elementos de su persona sensual y generosa.

El caso es que los amigos nos reuníamos para beber cerveza antes de organizar nuestro plan de ocio (asalto a la discoteca Keeper –abajo-, paseo por los chiringuitos de la verbena, ruta por los mesones de la zona alta…) Ya habíamos descubierto, por entonces, un barcito interesante por contar con una terraza tranquila y agradable, que solíamos copar por el simple procedimiento de la avalancha. Era una especie de punto de encuentro y en la ocasión que ahora recuerdo debíamos ser unos diez o doce los sentados alrededor de varias mesas que juntamos. Recuerdo entre otros a Gonzalo Galán, Mario Guillardín, Josele Campo, de Lucas… así hasta la decena más o menos.

Teníamos por costumbre pedir un gran vaso lleno de cerveza. Era lo que hoy se conoce como ‘litro’ y antes llamábamos ‘mini’. El que lo había pedido tenía derecho a dar el primer trago y acto seguido dejaba el gran vaso a su derecha. Entonces le llegaba el turno al siguiente que repetía la operación. Pero había que tomar una enorme precaución: si el compañero de tu derecha se bebía todo el contenido del vaso te obligaba a pagarlo y pedir otro. En esas estábamos cuando acababan de pedir un ‘mini’ y vimos paseando a Rafael Ortega con su esposa Puri y el maestro Geesink. Creo que también iban con ellos Rolando y su mujer Lola, así como José Luis de Frutos.

Nos saludaron y yo, muy solícito, tomé el vasazo y se lo acerqué a Antón. Ya nos habían dicho que era un gran bebedor de cerveza. Le ofrecí un trago y el holandés bromeó preguntando si nosotros no bebíamos. Al tiempo que, entre todos, intentábamos explicar nuestro juego, el gigantón agarró el vaso como si tuviera menor tamaño y le dio un largo trago que acabó, escasos segundo después, con el resultado de que hubo que pedir otro. Como era yo quien había ofrecido el turno a Antón, me hube de hacer cargo de pagar y pedirlo.

Al regresar, aún permanecía el grupo intercambiando bromas. De manera que volví a alargar el vaso a Antón (ya con bastante malicia, lo reconozco) y renové mi invitación. Puse tanta mala leche como ingenuidad en ello. Lo supe enseguida. Me llevé una buena lección que sirvió para menguar mi economía en similar medida a la que crecía la leyenda del Geesink bebedor de cerveza. Y es que el holandés volvió a tomar despreocupadamente el vaso, casi como el que coge una tacita de moka. Volvió a bromear con que era extraño que nosotros nos hubiéramos reunido en un bar y no bebiéramos y sí en cambio invitáramos a los que pasaban por allí. Y volvió a vaciar de un trago el ‘mini’ o ‘litro’, como quien se bebe una cañita. ¡Menos mal que no pidió el pincho!

Con Geesink en el Cto. Europa 1998 (Oviedo)

Otra anécdota más

No voy a ser extenuante en mis recuerdos que, a fin de cuentas, son míos y administro yo mismo. Sí que haré mención al cursillo organizado por el entonces aún presidente de nuestra RFEJYDA Alejandro Blanco en el INEF de Madrid. Se buscaron una inexperta traductora y yo protagonicé una escena que llenó de rubor a más de uno y de la que salió más que airoso (como yo esperaba) Antón.

Yo andaba molesto por el ringo rango con que Alejandro Blanco presentó a Geesink rememorando tiempos aquí narrados. Blanco explicó que conoció a Geesink en El Escorial (en aquel cursillo subdividido, al que antes me referí). También contó, con mucho énfasis, que había quedado impactadísimo con su método, cosa que dudé cuando lo explicó y aún hoy sigo dudando por recordar aquellos tiempos y los muchos comentarios de rechazo (incluidos los míos, más arriba confesados).

Pese a todo, Alejandro Blanco siguió argumentando que no había parado hasta conseguir traer a Geesink en una explicación que a mí me pareció harto cínica pues ya había tenido muchísimos años antes para haberlo hecho. Lo que tampoco se me escapaba era el sentido y la oportunidad de traer a Geesink a España en vísperas de que el COI (del que él formaba parte, con voz y voto) eligiera ciudad candidata a los Juegos de 2012.

Asistí interesadísimo al cursillo con mi compañera Cristina y tomamos nota de todo aquello, que bien conocemos, por observar si nos habíamos alejado del método Geesink y corregirlo.

La mala leche esa, a la que antes he hecho mención, volvió a aparecer cuando pregunté en inglés al maestro qué opinaba de una Federación, como la Española que le había invitado, que aplaudiendo su método, insistiera en pedir nague-no-kata a jóvenes de 15, 16, 17 o 18 años para su examen de cinturón negro, cuando, según él, debieran estar en la etapa de desarrollo (muy alejada de ese tipo de formas tradicionales tan poco acordes a su metodología).

La anécdota se salpimentó porque yo mismo, tras cuestionar al maestro en inglés, traduje mi pregunta e incluso traduje la respuesta de Geesink, saltándome a la meliflua traductora (que, desde luego, no pasó un buen rato, la pobre).

Geesink, como un gran diplomático que es, contestó que no había acudido a España invitado por la Federación Española para juzgar sus planes de estudio. Pero añadió sonriente: “Me encanta este tipo de hombres que hacen la pregunta, ellos mismos la traducen y también incluyen la respuesta”. (Genial como siempre el holandés).

Al hilo de esta anécdota quiero dejar constancia de que efectivamente Alejandro Blanco y un servidor, coincidimos en el Stage R. Ortega de El Escorial. Hasta tal punto fue así que acabamos enganchados en una ‘tangana’ (que se dice ahora) al disputar un partidillo de fútbol. Hubo una discusión subida de tono y tanto Blanco, como yo mismo, intentábamos imponer cordura y paz entre nuestros respectivos compañeros de equipo. Pero cosas del fútbol (supongo) nos tuvieron que acabar separando a nosotros dos, que llegamos a engancharnos. ¿Quién me iba a decir a mí que casi me peleo con el que acabaría siendo presidente del COE?

Aquella escena la presenció Geesink y sacó sociológicas conclusiones. Explicó que los españoles manoteaban y amenazaban con pelearse o golpearse pero no llegaban a hacerlo.

Vamos con la última

Me apetece recordar aún una anécdota más, anterior en el tiempo a la recién referida. Se produjo en Palma de Mallorca con ocasión de la celebración de la Universiada. Yo estaba incluido en el equipo técnico de arbitraje en mi calidad de árbitro nacional y, por tanto, ejerciendo algunas labores de control (no recuerdo si marcadores, estadística, control o qué carajo; da igual).

Fue una etapa estupenda con mucho tiempo libre que me permitió algunas escapadas con mis compañeros Enrique Eraña, Emilio Juan Fuentes, Carlos Yuste y mi amigo Chema Montero. Pero también me permitió mantener una costumbre que tengo cuando viajo. La de llevar mi yudogui y acudir a entrenar a algún club local, si se tercia la ocasión. Ya lo hice en los tiempos en que trabajaba para el Corte Inglés recalando en gimnasios de Valencia, Galicia y Zaragoza y no iba a ser menos en la isla donde tengo grandes amigos.

De este modo, visité el Judo Club Palma de Jordi Boixó y el Club Felanitx de Joan Obrador. Resulta que Boixó mantenía gran amistad con Antón Geesink y había quedado con él para acudir a presenciar algunos acontecimientos deportivos de la Universiada (entre ellos la jornada de yudo, claro).

Cuando acudí, como todos los días, al recinto en que se iba a celebrar la nueva jornada de yudo me encontré con la inconfundible silueta de Antón. Estaba plantado en uno de los accesos al pabellón. Le saludé muy emocionado y contento de volver a verle. Alguno de mis acompañantes solicitó que nos fotografiásemos con él y así lo hicimos. Luego yo me quedé charlando en spanglish-french con el maestro, mientras mis compañeros se adelantaron para no llegar tarde. Yo, no dudé un solo instante que era más importante acompañar a toda una personalidad como Geesink, que ya me había explicado que había quedado con Jordi Boixó y había habido algún malentendido. Así es que llamé a Boixó que corroboró el malentendido y me pidió acomodase a Geesink en el palco de autoridades como le correspondía.

Al entrar al pabellón acompañado por Antón Geesink era imposible pasar desapercibido. El encargado del arbitraje agarró un micrófono para reclamar mi presencia inmediata. Sabido es que no se trataba precisamente de un amigo, sino de un enemigo confeso de la ANPEJ, de Jordi Boixó, que la había presidido muchos años, y del propio Geesink (también mío por o que pude comprobar). A mí, aquel cruce de antipatías me pillaba por el simple hecho de estar en mal lugar y en mal momento (y bien que me lo hicieron pagar algunos pacatos de tres al cuarto). El caso es que desoyendo las llamadas de la megafonía llevé a Antón Geesink al palco de autoridades que hice abrir a la azafata explicando, con una sonrisa, que si no sabía quién era Anton Geesink, algo había fallado en el cursillo que le habían dado para prestar sus servicios en dicha Universiada.

Al incorporarme a mi puesto el mencionado responsable de la secta de arbitraje me dirigió una furibunda mirada pronunciando con retintín mi nombre completo: “Wladimiro”.

Yo forcé una cínica sonrisa e imitando su timbre de voz y el tono con que había pronunciado mi nombre, añadí por toda respuesta: “Antón Geesink”. El efecto de mi respuesta se reflejó en aquellos ojos, que no aguantaron mi mirada, como luego, he comprobado, no la han vuelto a aguantar nunca más. ¡Mediocre gerente arruina-hoteles!

En memoria de Anton Geesink (en homenaje a los míos)

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editado por...Wladimiro Martín @ domingo, septiembre 05, 2010

1 Comentarios

At 5/9/10 16:47, Anonymous Mario Urán said...

Como siempre...Genial

 

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