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miércoles, abril 22, 2009

Cuando lo 'mío' es lo de los demás

... cuando lo de los demás es lo 'mío'


Los amigos que me quieren me recuerdan alguno de mis defectos, con una sonrisa, con ánimo de ayudarme. Donde voy trato de echar raíces… es algo que nos pasa a los correcaminos, a los cantos rodados. No sé si es un defecto, pero somos de los que sabemos de lo volátil que es todo en esta vida, del carácter temporal que algunos quieren ocultar tratando de permanecer inamovibles.


Algunos –decía- han tenido la suerte (ya veremos si buena o mala) de permanecer lustros en un mismo trabajo, colegio, centro… ¡en un mismo lugar! Hay algo de ilusión de lo eterno en ello, si bien es cierto que sirven de referencia en más de un caso. Ese es el lado positivo; que siempre hay un lado positivo si se sabe mirar.


En estos días que ando ordenando algunas fotos recuerdo el ‘mogollón’ –que dicen ahora- de lugares por los que pasé. En todos ellos llegué con vocación de permanecer y… ya ven Uds. A seguir rodando “like a rolling stone”, como en la canción. (Y que me queden muchas rodadas ¡manito!). Sigo hablando de defectos –míos-, creo.


Empecé a impartir clases de yudo (las peores del mundo seguramente) a los 15 años en el Gimnasio Judansha de la calle General Díaz Porlier. Luego vino la etapa de colaboración con mi maestro Rafael Ortega, en el colegio Claret, cuando empecé a comprender lo que es un profesor. De ahí pasé a hacerme cargo del colegio Ciudad de Guadalajara que me pasó, precisamente Manolo Ortega, hermano de mi maestro. Poco después llegaron los no menos gloriosos tiempos del Liceo de Nuestra Señora del Rosario en Torrejón de Ardoz. Aún tenía 19 años y mi rodar y rodar no había hecho más que comenzar.


Intenté montar unas clases de yudo en 'mi' Facultad, la de Periodismo, harto de suplir al maestro José Luis de Frutos, sin arte ni parte, ni, por supuesto beneficio, en La Almudena (antiguo INEF femenino de Madrid).


También tuve un fugaz paso por el gimnasio Miguel Serrano de la calle Cáceres de Madrid. Era el mismo gimnasio que ocupaba el antiguo Dojo (si mal no estoy informado).


El gimnasio Sempai lo monté en el antes denominado Butoku Doyo del maestro Amadeo Valladares, en San Sebastián de los Reyes. En ese período me hice cargo de las clases de yudo de varios colegios de la zona, enviando a algunos amigos o alumnos. Como anécdota está el hecho de que dimos clases en el colegio de Alcobendas en el que estudiaba, por entonces, una tal Penélope Cruz; ni me acuerdo del nombre y eso que hace poco salía mucho por la tele.


También de aquella época, más o menos, está mi paso por los colegios Ibn Gabirol de La Moraleja y Santa María de la Hispanidad de La Piovera. Además, hay que apuntar mi tránsito por diversos centros de Torrejón de Ardoz; en concreto por las Escuelas Municipales con clases en los colegios Pinocho, Príncipe de España, Severo Ochoa y Ramón Carande. Este último centro también contó con clases mías, de yudo, durante muchos años, por convenio con la APA. Por otra parte, también en Torrejón de Ardoz hay que contar con mi paso por el Gimnasio Asahi, por el gimnasio de la asociación de vecinos de Torrepista, por el C.P. Juan Ramón Jiménez y por la Escuela Infantil Ntra. Sra. de Loreto.


A todo ello aún hay que añadir las clases impartidas personalmente en los barracones de la asociación de vecinos del Barrio del Aeropuerto y, posteriormente, en el antiguo colegio público (cuando ya no era tal) de la mencionada barriada.


En otras etapas he impartido clases de yudo en el IES Humanejos de Parla (de funesto recuerdo por la actitud abúlica de la mayoría de los alumnos que se inscribieron en la actividad); así como clases de yudo y defensa personal en los centros cívicos de La Alhóndiga, San Isidro y Las Margaritas, todos ellos de Getafe. Así mismo tuve un glorioso paso por el Gimnasio Studio Barajas, en el que comencé con cinco alumnos (los trillizos y las dos hijas de los dueños) y acabamos, dos años después, con lista de espera, tras comprobar que era imposible acoger en la sala a los 38 alumnos inscritos.


Todavía hay que contar algunos centros a los que he enviado alumnos a impartir clases de yudo (Núñez de Arenas en Getafe, Escuela de Judo y Danza en la Alameda de Osuna, antiguo colegio Francisco de Aranda en la Piovera…)


Si mal no he contado, salen 28 centros (sin contar aquellos en que he suplido a algún compañero o maestro, de manera esporádica) a los que aún añadiríamos los dos en que actualmente intento seguir enseñando –transmitiendo- esta forma de vida que llamamos YU-DO: Escuelas Municipales de Parla e IES El Olivo de Parla.


En total he contado una treintena de centros a los que siempre llego con la misma vocación de permanencia, de hacer escuela; y siempre me acabo marchando al cabo de un tiempo… como me marcharé de estos inhóspitos pagos por los que transito mi existencia con más ilusión que realismo (cosas del carácter).


Cuando algún buen amigo me recuerda todo esto de lo que vengo hablando, mi interior sonríe como sabemos sonreír los melancólicos: con la boca muy prieta. Algunos me recuerdan que el tiempo pasa y yo sospecho que ya ha pasado, justo cuando haces esa reflexión. Otros me hacen reflexionar sobre lo posesivo que me vuelvo allá donde me ‘planto’ aún cuando sea una sala sostenida con fondos públicos. Yo con la sonrisa interior –esa de los melancólicos- asumo ese defecto mío de ‘apropiarme’ del lugar al que llego a dar clases de yudo. Enseguida lo inundo de cartelitos, ‘posters’, fotos, y otra serie de –llamémoslas- ‘chominadas’. Entonces siempre llega algún envidioso a tocar… las ‘chominadas’.


Ya comprendo yo que mi actitud lo que mayormente mueve es a la envidia (¿envidia de qué? me pregunto yo). Es fácil recordarle al que tiene ilusiones (se le suele mal-llamar iluso) que la realidad es otra. Pero también hay que recordar que en ‘mi’ doyo del centro cívico de La Alhóndiga hay veinte colchonetas oficiales que aprovechan quienes se apuntan a mis clases y también los de sevillanas, los de gimnasia y todo el que se aprovecha de mi propiedad. También hay que recordar que el reloj de pared que cuelga de ‘mi’ doyo en Parla lo compró un servidor. También existen palos de diferentes medidas, pistolas de goma, cuchillos de madera para práctica de defensa personal, grilletes y esposas, barra extensible, libros y diverso material que nunca se ha ocultado por si algún compañero necesita utilizarlo. Hasta he provisto la sala de profesores de una impresora a la que no suele faltarle cartucho de tinta y folios, que está accesible para cualquier compañero.


Es verdad que una instalación municipal no es de nadie y es de todos. Pero no es menos cierto que se conservaría de purísima madre (por no decir otra cosa) si todo el que pasa por ella la intentara poseer como hago. Es decir, que estarían las cosas impolutas (o casi) si cada cual las sintiera tan suyas que las defendiera de todo ataque o mal uso. Por cierto, que todavía estoy buscando la chaqueta de ‘mi’ yudogui reversible, a la sazón cara prenda que me ha quedado inutilizada y que empleaba para impartir clases de yudo en ‘mi’ doyo. Ya dejé de buscar varias chaquetas de forro polar, camisetas y otras fruslerías que me deben entregar con alas, sin que yo me de cuenta, pues vuelan en cuanto me descuido. Más culpa tengo yo que sigo empeñado en sentirme como en mi propia casa en mi lugar de trabajo. Así va este maravilloso país que seguimos llamando España.

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editado por...Wladimiro Martín @ miércoles, abril 22, 2009