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lunes, noviembre 01, 2010

La Educación o enseñar a volar como el Maestro Yehudi

La educación es la explicación a grandes preguntas y a algunas menores, pero muy preocupantes. ¿Por qué hay violencia en las aulas en nuestros días?

No se corra en la respuesta. No es que se eduque mal en el aula y el alumno se levante (en armas) contra el mal profesor que no le educa bien. No; no se trata de eso (creo yo).

Educar es, de alguna manera, transmitir. También es inculcar; valores, por ejemplo. Pero además, educar es capacitar, incentivar, impeler (hacia un fin), alumbrar (en lo desconocido), apuntalar (en la duda), adiestrar, erradicar (malos hábitos), dulcificar (asperezas del genio), endurecer (blanduras de la personalidad), habilitar o aflorar (capacidades ocultas o desconocidas)…

Educar es mucho y, sobre todo, mucho más que lo que se ha venido haciendo con los jóvenes de varias generaciones de este país.(Sigue siendo una opinión).

Si repasamos todos los verbos antes propuestos y muchos otros que nos salen a colación por parecerse, comprobamos que educación es casi, casi ‘transformación’. Y me gusta esta palabra que viene muy al hilo de otra que se ha empleado machaconamente en muchas décadas y con malos resultados a mi juicio. Han sido varios los Gobiernos de diferente color o tinte político los que se han referido a cuestiones del ámbito de la Educación constriñéndola en la palabra ‘formación’. No es extraño que haya apocalípticos (desde Owen y Huxley a nuestros días) que acaben en reflexiones sobre la masificación y la uniformidad del individuo en la sociedad (sobre todo en la sociedad cosmopolita). De masificación y uniformidad nos acaba quedando la misma cosa: la ‘masa’ y la ‘forma’.

El gran sueño del Leviatán, del que ya he hablado por aquí, es seguir alimentando sus calderas con la masa de obreros que, lo mismo produce que consume, en un ciclo maquiavélico y sin fin. La masa se ha de uniformar por el propio principio que inspiró la creación del Leviatán que le hace productivo. Se produce para todos porque todos consumen lo mismo, tienen las mismas necesidades, los mismos intereses, los mismos anhelos. En realidad son los deseos de la Gran Máquina convenientemente ‘fotocopiados’ para ser inoculados en cada individuo (que ridículamente lo considera propio y diferenciado).

Para simplificar las cosas y que no le duela luego la limitada cabeza con la que nació este engendro que les escribe, diremos que la Educación ha podido ser, durante mucho tiempo, la ‘formación’ de sujetos aptos para mantener la Gran Máquina. Ya Huxley en ‘El mundo feliz’ hablaba de la maravillosa producción en serie de seres humanos de diferentes gamas, convenientemente formados (que no educados) desde su más tierna infancia. La mujer, por supuesto, en ese mundo feliz, no gestaba sus retoños (así el británico se cargaba el principal motor de la educación: la madre). Se cogían los óvulos con determinadas cargas genéticas y se aplicaba el proceso de gestación. Pero luego venía lo mejor. A los indefensos bebés que habrían de acabar trabajando, como hombres, en minas de galerías profundas, por ejemplo, se les metía, de cuando en cuando, una suave descarga eléctrica a la vez que se les asomaba al exterior del hospital. Así el individuo relacionaba aire libre con dolor y se le inoculaba la sensación de seguridad mientras se permaneciera en la sombra. ¡Qué hermosa imagen! Así andan miles de honrados y miserables ciudadanos de nuestros días.

De ‘formación’ quiero pasar a ‘transformación’. Creo que estando las cosas como están hay que dar una vuelta de tuerca. Ya no se debe caer en el engaño de la formación aunque llegue con apellidos (hoy en desuso) como ‘Profesional’. Ya se habla más de ciclos formativos (otra vez la ‘forma’) y cosas así.

Hasta hace poco funcionaba eso de la titulitis. Y todavía hay quién sigue con el retintín. “Pues si hay abogados de conserje fíjate tú si tendrás que estudiar para conseguir trabajo”. ¡Bonito argumento! Todo por el diploma.

Es verdad que hoy día hay biólogos, que ansiaron investigar excitantes acontecimientos científicos, metidos en aulas intentando mantener el pacto de no agresión al que han llegado con sus alumnos. Es verdad que hay deportistas frustrados ocupando la mayoría de los parques de bomberos. Es verdad que el ejército se nos llena de jóvenes que no sólo no creen en la OTAN sino que son anti-sistema y probablemente hasta pacifistas en la esencia de lo más profundo de la médula.

Lo primero (o lo último, según se mire) que hay que conseguir con la educación es habilitar al individuo para que sea libre y capaz. Libre para elegir y capaz para encontrar dónde elegir. Después, por medio también de la educación, ese individuo ha de tener adiestradas sus capacidades de luchar por su libre elección y perseverar hasta sortear los obstáculos que le vayan saliendo al paso, mientras persigue su meta.

Por eso vuelvo a eso de la transformación. Vamos a ver si nos remangamos todos los que estamos en la cadena de la educación (y estamos todos) y cambiamos algunos principios básicos. Vamos a transformar niños (parece que abocados a convertirse en adolescentes ‘ni-ni’ –ni trabaja, ni estudia, ni nada de nada-) en adultos libres y capaces. Vamos a ponernos manos a la obra y a dejar a los que saben de esto que empiecen la transformación. Habrá que arrinconar a los advenedizos que llegaron a la Educación como consecuencia de ese proceso de formación al que antes nos hemos referido (que los hay). Pero no por ello (o precisamente por ello) habrá que dejar de apoyar al maestro, al profesor, al educador. Apoyemos al que, por vocación, se propuso ganarse la vida (y un hueco en la Gran Máquina o Sociedad) educando a los hombres y a las mujeres que mañana seguirán haciendo Sociedad.

Que el padre (y la madre... y los abuelos) eduque en el ámbito de la familia, que la escuela eduque en el ámbito de la escuela, que el monitor eduque en el ámbito deportivo… Pero, también, que los medios de comunicación no se sigan empeñando en ‘uniformar’ y ‘masificar’. Que los políticos no se empeñen en hacer acólitos, para perpetuarse en sus opíparos cargos y se limiten a gobernar (que no es poco, ¡coño!). Que la Iglesia (o las iglesias) se ocupe del alma de sus fieles seguidores y no de la cintura para abajo de quienes no lo son. Que los intelectuales sean inteligentes (y si puede ser inteligibles). Que los artistas nos sigan dando motivos para deleitarnos con su arte y no para compartir o rechazar su opinión cuando nadie se la pide. Que el juez juzgue y no prejuzgue (o se toque los huevos empantanando su juzgado). Que el policía persiga a los malos y deje de machacar a los buenos (o lo trate como fuente de ingresos para seguir cobrando su paga). Que los cantantes canten, que los deportistas hagan deporte, que los banqueros… Bueno que los banqueros sigan haciendo lo que les sale de los cojones pero que se arruinen todos (¿pues no era esto una crisis financiera…? y resulta que se nos van de najas).

En definitiva, que el entrenador entrene, que el profesor enseñe y que el maestro eduque. Y para que eduque, que le quiten, al maestro, de en medio todo estorbo. ¡Ah! Y que le devuelvan algo de la autoridad que ya nunca volverá a tener. Ya no hablo de la ‘potestas’ sino de la ‘auctoritas’. La ‘auctoritas’, os recuerdo, es un término latino que los romanos usaban en Derecho al referirse a una cierta legitimación socialmente reconocida, que procede de un saber y que se otorga a una serie de ciudadanos. Según se puede leer en Wikipedia ostenta la ‘auctoritas' aquella personalidad o institución, que tiene capacidad moral para emitir una opinión cualificada sobre una decisión. Si bien dicha decisión no es vinculante legalmente, ni puede ser impuesta, tiene un valor de índole moral muy fuerte. El término es en realidad intraducible, y la palabra castellana ‘autoridad’ apenas es una sombra del verdadero significado de la palabra latina.

Ya para finalizar y al hilo de todas estas reflexiones sobre la educación, la autoridad y otras cuestiones similares os dejo un maravilloso pasaje de la novela Mr. Vértigo de Paul Auster que propongo como manifiesto de los maestros.

“- No hay necesidad de que sepas mi verdadero nombre. Maestro Yehudi será suficiente.

- Bueno, yo soy Walter, Walter Claireborne Rawley. Pero puede usted llamarme Walt.

- Te llamaré como me dé la gana. Si quiero llamarte Gusano, te llamaré Gusano. Si quiero llamarte Cerdo, te llamaré Cerdo. ¿Entendido?

- Diantre, señor, no entiendo nada de lo que me dice.

- Tampoco toleraré mentiras ni duplicidades. Ni excusas, ni quejas, ni réplicas. Una vez que comprendas, vas a ser el chico más feliz de la tierra.

- Seguro. Y si un hombre sin piernas tuviera piernas, podría mear de pie.

- Conozco tu historia, hijo, así que no tienes que inventar ningún cuento fantástico para mí. Sé que tu padre murió en Bélgica en el 17. Y también sé lo de tu madre, que hacía la calle en el este de Saint Louis por un dólar el revolcón, y lo que sucedió hace cuat4ro años y medio cuando aquel policía loco la apuntó con su revólver y le voló la cara. No creas que no te compadezco, muchacho, pero nunca llegarás a ninguna parte si eludes la verdad al tratar conmigo.

- De acuerdo, señor Sabelotodo. Si tiene todas las respuestas ¿por qué desperdicia su aliento contándome cosas que ya sabe?

- Porque tú sigues sin creer una palabra de lo que te he dicho. Piensas que esta historia de volar no es más que pura cháchara. Vas a trabajar duro, Walt, más duro de lo que has trabajado nunca, y vas a querer dejarme casi todos los días, pero si perseveras y confías en lo que te digo, al cabo de pocos años podrás volar. Te lo juro. Podrás elevarte del suelo y volar por el aire como un pájaro”.

Demos una nueva oportunidad a todos los maestros Yehudi que todavía quedan por el mundo. Démosles una nueva oportunidad de enseñar a volar a los jóvenes. Que los maestros vuelvan a enseñar a elevarse del suelo, aunque sea para volar como un pájaro.

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editado por...Wladimiro Martín @ lunes, noviembre 01, 2010