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domingo, diciembre 04, 2011

Vaqueros y ovejeros. El reglamento infantil de yudo

En la mañana del sábado día 3 de diciembre ha habido una reunión de profesores de la Federación Madrileña de Yudo para debatir sobre el reglamento infantil y su aplicación. Asistí muy interesado en el tema y me marché, antes de que concluyera el acto, muy desalentado y meditabundo. En un momento de la reunión empecé a recordar lo que veía, de niño, en algunas películas de vaqueros (de cow-boys) mis favoritas, por entonces. Según recuerdo de alguna de ellas, en el que se conocía como Far West, hubo momentos de grandes conflictos entre vaqueros y ovejeros. Corrían los 80 (del siglo XIX) cuando multitud de criadores de ovejas se establecieron en estados como California y Oregón. A finales de esa década, en Kansas y Nebraska, las bardas de los ovejeros se interponían en las rutas de los vaqueros. Tales conflictos, unidos a los rigores de algunos inviernos, extendieron la beligerancia a Colorado, Montana, Wyoming y Dakota. Al final del siglo, los rieles de los ferrocarriles que cruzaban el territorio, provocaron el final de la época de apogeo de los grandes ranchos y la del cowboy.

Me gusta esta imagen que he propuesto porque da para mucho sin tener que forzar demasiado la imaginación.

Yo de yudo entiendo lo justito. Y mira que llevo años. Con las palabras me manejo mejor. Mi galopante avance hacia la vejez me resta mucho en el yudo y, en cambio, no tanto en el manejo de las palabras. Cosas de usar de vez en cuando el cerumen, antes de que rebose por la orejas.

Me alarmó escuchar arbitrariamente palabras como entrenador, profesor, educación, competición, piñazo, contra-ataque, ‘contra’, etc. Todo en la misma ensalada.

Vamos por partes y voy a procurar ser tan claro como respetuoso, porque fue una de las cosas que eché en falta en la reunión; respeto. En cambio, como suele ser habitual, no faltaron altas dosis de egolatría y yoismo, si se me permite la expresión.

Como vamos con lo del respeto, lo primero, voy a romper una lanza por el colectivo arbitral. Creo que en Madrid (no sé en otras comunidades que creo que también) se cuenta con un colectivo arbitral más que digno. Diría que se debería estar orgulloso del colectivo arbitral con que cuenta la Federación Madrileña de yudo. Además, siempre he dicho que el árbitro de eventos infantiles se arma de una paciencia de santo. Tiene que aplicar un reglamento no tanto complicado por ser profuso en reglas sino por que no se acaba de entender su sentido. Pero es que, el árbitro de yudo infantil, además de aplicar el reglamento, da una clase de yudo, todo en uno y en tiempo record. Recuerda cómo se debe agarrar, cómo se debe controlar, cómo se debe de acabar por ejecutar una llave de yudo… Y de esa dedicación extra del árbitro de yudo infantil son responsables, en parte, los profesores de los niños que concursan. Llegan sin conocer el reglamento y muy alejados del espíritu que encierra (sus propios mentores andan igual). He visto en ocasiones a algunos queridos colegas explicar tras el calentamiento el reglamento a sus pupilos; minutos antes del comienzo de la prueba. ¡Vaya plan!

Léase con atención cómo elijo las palabras. Todavía no he hablado de competición; he utilizado palabras como evento, encuentro, concursar… Nada de competir. Y tampoco he hablado de entrenadores sino de profesores.

En la reunión se habló de que el yudo es un deporte de lucha y quizás esa sea una de las claves; pero no en el sentido que se hizo. Como tal deporte de lucha, debe ser reglado de manera que el niño no sea considerado jamás un adulto pequeñito. Y en ello no se pierde la esencia del yudo, creo que no. Para nada. Tiempo habrá de recuperar toda su cruenta esencia si es necesario… Estamos hablando de niños.

Colegas a los que respeto por la titánica labor de muchos años de profesión, en mi opinión, confundieron vacas y ovejas. Mezclaron objetivos del entrenador y del profesor. Entrenador, creo yo, es el que busca el máximo rendimiento de su pupilo. El profesor forma, educa, enseña… Es otra cosa que se puede parecer pero que no tiene nada que ver. Se puede parecer un ovejero a un vaquero pero tiene intereses diferentes.

Si un niño de 8, 9 o 10 años va a una competición no puede ir a la vez a unos Juegos Deportivos y viceversa. El niño que va a una competición va a competir y el que va a unos Juegos va a jugar. Y esto tan sencillo no se ha tenido en cuenta casi nunca. Creo que la idea de juego ha queda sublimada o postergada en multitud de ocasiones por la imperiosa intención de la consecución de un puesto, cuanto más alto mejor. En muchas ocasiones han coincidido en el mismo pasto vaqueros y ovejeros con sus vacas y sus ovejas y se lía la cosa. La hierba es la misma para todos, es cierto, pero las necesidades son muy diferentes.

Sigo expresando mi opinión (una más) sin entrar a considerar si es mejor o peor. Simplemente la dejo por escrito para que el colectivo al que represento sepa por donde nos movemos y, de paso, si le sirve a alguno de mis respetados colegas, para que la haga un hueco entre sus consideraciones.

Escuché la experiencia (respetabilísima experiencia) de algunos de mis colegas. Se habló de lesiones (más bien de ausencia de lesiones) bajo tales o cuales parámetros. Y sin embargo, a cada poco tiempo tenemos noticias de que la MGD nos sigue apretando por tener considerado al yudo como un deporte de riesgo y proclive a dejar altas cifras de accidentados. Algo no encaja o alguien no acaba de decir toda la verdad. La seguridad debe imperar en todo encuentro de yudo infantil.

El maestro Rafael Ortega (mi maestro) recordó que las altas instancias de nuestro deporte ya recomendaron hace la pila de años erradicar todo tipo de competición para niños de categorías infantil, alevín y benjamín (y menores, por supuesto). Además, siempre se ha recomendado, en todo caso, que fueran por equipos. Por eso, entre otras cosas, me gusta a mí tanto el Trofeo Peralta. Sin embargo hay vaqueros que siguen empeñados en soslayar esta indicación y no dejan de reclamar que haya pasto para sus vacas (u ovejas, que ya me estoy haciendo un lío).

Yo creo que es imposible organizar una competición a la que acudan indistintamente vacas y ovejas. Indudablemente se pueden organizar competencias de niños para ver los mejores en cada una de ellas y ajustando un poco el reglamento en un intento de que no haya demasiados accidentes (lesiones). Pero en mi humilde opinión no se trata de eso. Al menos no es lo que yo quiero para “mis” niños. A mí no me parece demasiado importante que un niño de nuestro club quede campeón de España infantil y cambiaría 100 de estos campeones por un solo campeón senior. Por otra parte nadie me puede certificar o asegurar que el camino del Campeón senior pase por ser campeón benjamín o alevín (ni siquiera segundo o tercero o cuarto). También hizo mención a ello el maestro Ortega. Puso de ejemplo a Oscar Peñas, un extraordinario yudoca que destacó en los Juegos Municipales (aún recuerdo su fantástico tomoe-nague cuando era cinturón naranja) y que supone una de las pocas excepciones a la regla. En el otro extremo estaría, por ejemplo, Joaquín Ruiz, otro extraordinario yudoca, que emergió ya con 14 o 15 años sin tenerse señales de él en ningún tipo de competición ni evento benjamín, ni alevín, ni infantil.

En la historia de los vaqueros y los ovejeros acaba emergiendo el ferrocarril y esquilmando el negocio tanto de vaqueros como de ovejeros. Muy gráfico también a mi entender. Creo que nos puede pasar por encima el tren a todos (vaqueros, ovejeros, profesores y entrenadores). Hablo del tren del progreso.

Ya hace años que se detectó que los chavales no querían competir. Hablo ahora de la evolución que ha tenido la obtención del cinturón negro de yudo. ¿Dónde quedaron aquellas famosas ligas de puntos? Nos quedamos sin clientes para formar un par de ligas de cinturones marrones para competir por unos puntos que dieran derecho a tomar el examen final de cinturón negro. ¿Es que se nos ha olvidado ya?

Creo que ha llegado el momento de entrar de lleno en lo que considero el quid de la cuestión. ¿Qué queremos como profesores o como entrenadores de yudo? Empezaré por mí mismo, aún a riesgo de que se me tache de ególatra. Yo quiero mis clases llenas de niños que vengan a practicar yudo. También de niñas y de adultos y de ancianos y de gorditos y de torpes y de cachas y de todo tipo de gente que salga sudando y disfrutando de la clase… y punto. No baso mi negocio en medallas, ni en títulos, ni en galardones. Puede que otros sí y les respeto igualmente. Pero yo no. Y por eso reclamo mi legítimo derecho a tener encuentros deportivos (Juegos) para los niños, a los que puedan ir a concursar por el placer que les proporciona el juego mismo. ¡No es poco! A eso le añado que ya de por sí el yudo (deporte de lucha sí) proporciona unas vivencias especiales (el niño sale sólo al tatami y eso-simplemente eso- ya forja carácter). El niño se mide a un igual con el que ‘lucha’ frente a frente, cosa que no sucede en muchos otros deportes. Lucha por agarrar primero y mejor, lucha por no perder el equilibrio, por ser más rápido, por interpretar los gestos de su oponente (nunca rival) y tratar de anticiparse a ellos. Lucha por dominar sus nervios, por un espacio, por llevar una iniciativa. Lucha por hacer lo que le enseñó su profesor aún cuando su oponente se lo intente impedir. Sí, el yudo es un deporte de lucha y no por ello se debe de intentar que sea truculento. Ya es deporte de lucha de por sí, por ser lo que es. Ahora están los educadores para saberlo encauzar y adaptar a la edad de sus practicantes. Todo lo que tiene de lucha el yudo es altamente educativo sin necesidad de acercar el reglamento de adultos al de los niños. Por cierto que jamás hubo en la Federación Madrileña un reglamento infantil (surgido como tal) sino que se adaptó el de adultos a los niños.

Escuché en la reunión juiciosas intervenciones sobre lo que cada cual hace en sus clases y con ello se trataba de explicar que es imposible realizar un jaraigosi sin caerse, por ejemplo. (Yo creo que en yudo casi todo es posible y lo imposible es lo que tardamos un poco más en ver). Otros nos hablaron de la cantidad de golpes que un yudoca se lleva en su vida, explicándolo en primera persona. (Muy constructivo también). Nadie habló de los niños que se ‘desapuntan’ como dicen ellos, cuando ven que se han metido en un ambiente altamente competitivo en su propia clase. Hay niños que acuden ilusionados a conocer un nuevo deporte y se llevan en sus huesos la terrible realidad de que van a llevarse golpes hasta en el carné de kyus. Y siempre con la coletilla de algunos de mis respetados colegas de que eso es el yudo. ¿Pero por qué tiene que llevarse ‘piñazos’ un niño de 8 años de edad que practica yudo en un colegio los martes y jueves? ¿Sólo porque ese es el yudo que han conocido sus entrenadores? ¿De verdad que no hay otro? ¿Es realmente el yudo así? Pues entonces, tal vez vaya siendo hora de cambiar algo… Para que no sea así

Decía Anton Geesink que todo deporte que no evoluciona tiende a su desaparición.

La sociedad ha evolucionado (no digo que haya ido a bien o a mal; a peor o a mejor). Ha evolucionado. Los niños de hoy en día no son los de hace cuarenta años; ni se alimentan igual ni tienen los mismos gustos, ni las mismas necesidades… han cambiado. En general, no hace falta ser un lince para observar que los niños madrileños de entre 8 y 11 años de edad, hoy día, son más generosos, tienen más talante de cooperación y están mejor dotados para trabajar en equipo que los de esas mismas edades de hace medio siglo. También son, en líneas generales, menos disciplinados, sacrificados y agresivos que los de hace lustros. Unos dirán que eso es para bien y otros que para mal. Pero hay cambios innegables. Una vez más apelaré a aquella diatriba entre: adaptar el yudo al individuo o adaptar el individuo al yudo. Es muy fácil decir que un niño que se nos va del tatami no vale para el yudo, cuando lo más probable es que el yudo (el que hemos aplicado) es el que no vale para el niño.

Es muy probable, también, que no acabemos con el yudo (con ningún yudo) por mucho que nos empeñemos en seguir organizando competiciones para niños. Pero cabe dentro de lo posible que baje el número de practicantes de nuestro querido deporte si no acometemos a fondo temas muy importantes como el que aquí se plantea… ¡entrenadores o profesores! ¿O es que seguimos teniendo manadas de niños prestos a apuntarse a yudo año tras año? Yo creía que la cosa no iba tan de maravilla.

Volvamos a los profesores versus entrenadores.

Un profesor principalmente educa. Y me consta que la gran mayoría de mis colegas, pese a todo, lo hace. El yudo es una maravillosa herramienta educativa y costaría mucho hacer lo contrario con ella. El simple hecho de pasar a un tatami pidiendo permiso ya es educativo. Además se flexiona uno ante el oponente en señal de respeto al realizar nuestro saludo; un ejemplo más de educación que se ha perdido en otros deportes.

Profesores como el que esto suscribe no está en contra de que haya competiciones para entrenadores y sus pupilos. Simplemente no las quiere para los suyos. Desde estas líneas reclamo Juegos Deportivos para mis alumnos más jóvenes. Y quiero que a esos Juegos no vayan los ‘competidores’ infantiles de otros entrenadores. No quiero que mis ovejas pasten donde lo hacen las vacas. No quiero que mis alumnos salgan pensando que les han ganado por hacer trampas o por no respetar el reglamento infantil, cuando ellos se esfuerzan en cumplirlo. Y ahí viene otra clave. Yo sí creo que se puede hacer jaraigosi sin caerse al suelo. No sólo lo creo sino que estoy harto de verlo. Y lo hace con tanta más soltura el superdotado sobre el menos dotado. Con ello evito el riesgo al ‘piñazo’ del que tanto se habló. Entonces, el más dotado marca más goles o puntos y lo que hace es ganar por goleada y no por haber piñado a su compañero. ¿Será posible que algunos de los que hablaron en la reunión tengan los altos estudios que sé que tienen?

Me resulta difícil expresar en unas cuantas líneas todo lo que este tema encierra por lo que al final de este escrito dejaré “mis” reglamentos infantiles para consideración de quienes andan con inquietud en el tema. Ahora diré algo que suelo repetir a menudo en este tipo de debates. No se trata tanto de reglamentar como de educar. Me explico. En mis cases de yudo a los niños de 8 y 9 años les digo que para tirar a un compañero primero hay que levantarle. Con ello evito la acción de arrastre y recalco la de ballesteo con las piernas. Corrijo al que no levanta y premio al que lo hace. Luego, cuando el reglamento infantil prohíbe caerse al suelo al tirar al oponente el niño no descubre nada nuevo ni ve imposibilidades. Lo que le marca el reglamento forma parte de su educación en las clases de yudo habituales (nada nuevo, nada que le sorprenda). Tampoco sorprende a los padres. Además, los niños de 8 y 9 años de edad hacen llaves de yudo en las que se levanta con mucha seguridad (grupo de juego con el brazo y dos pies de apoyo) y no conoce llaves de yudo que no son adecuadas para el momento de desarrollo neurovegetativo en que se encuentran por mucho que en el gokio estén para cinturón amarillo o naranja. El gokio es del siglo pasado y jamás fue método o sistema de enseñanza sino catálogo de llaves (¿otra gran diferencia entre vaqueros y ovejeros?).

Sancionar a un niño

Es verdad que lo que más cruel parece es tener que sancionar a un niño que acaba de ejecutar una llave muy vistosa y con aparente gran éxito, pero con la que ha acabado aplastando a su oponente. Pero es que yo creía que ya había quedado claro que en el reglamento infantil no se sancionaba al niño por cometer una infracción sino por no hacer caso al árbitro (educador). Por eso es absolutamente necesario volver al aviso (del árbitro al niño). El árbitro recuerda al niño cómo se debe ejecutar una llave si no lo ha hecho conforme al reglamento. Al momento de volver a cometer la incorrección el árbitro está legitimado para aplicar la sanción correspondiente al niño, no por haberla cometido sino por no haberle hecho caso. Pero este principio será educativo sólo si el niño sabe que el árbitro no está más que recordando lo que su profesor le dice habitualmente en las clases. No suele ser así y es por ahí por donde vienen todos los problemas. El colmo es cuando el profesor (entrenador, más bien) manifiesta contrariedad o no estar de acuerdo. Es entonces cuando desautoriza al árbitro en su función de educador. Se ha roto todo el principio educativo del invento. Si, más a más, lo que hace son comentarios despectivos al árbitro entonces no sólo se rompe el principio educativo sino que el sujeto demuestra que es un mal educado, él mismo, y estaría bien el poderle mandar a pastar con sus vacas a otra parte. (Lo digo por lo de las ovejas ¿vale?)

Está claro que esta batalla está perdida… para los ovejeros. Ya se sabe cómo son los cow-boys a la hora de defender lo suyo. Lo primero por lo evidente. Grandes rancheros no van a dejar sin defender los que siempre fueron sus grandes pastos por unas “putas” ovejitas (con perdón). Pero en segundo lugar es que algunos no entendemos la guerra. Yo no pretendo que nadie traiga a pastar sus vacas con mis ovejas. Sólo reclamo un trocito de tierra chiquitito en el que poder ir con mis ovejitas y volver como fui (sin piñazos ¡coño! que lo que vamos es a pastar). Entonces… ¿por qué me quieren obligar a mi a ir a pastar con las vacas?

Empecé por el respeto y acabaré por el respeto. Rogaría a algunos colegas se cuidaran mucho de los comentarios que hacen en público refiriéndose a personalidades que han sido gran parte de la historia del yudo madrileño y, por ende, nacional. La ligereza y falta de sensibilidad con que se habló en la reunión de ayer sábado deja en mal lugar al yudo mismo y a quienes lo practican, por no decir a los que hablaron. Algunos comentarios se hicieron sin ánimo alguno de avanzar en el tema y sólo con la ladina intención de desacreditar palabras antes pronunciadas por otros interlocutores. Y da la casualidad de que algunos de los que hablaron eran eminencias de nuestro deporte y hablaron con mucho juicio y respaldados de la autoridad (al menos moral ¿no?) que les da sus muchos años de ejercicio profesional, su intachable carrera de lustros y lustros, su ejemplar forma de pisar un tatami, día tras día muchísimas horas al día. Está bien tener desparpajo y atreverse a mantener una opinión en público y es legítimo y hasta sano defenderla por el uso de la palabra. Pero la palabra, una vez sale de la boca responsabiliza al que la emite. De eso algo saben los periodistas, por ejemplo. Mantener una opinión y querer, además, tener razón, es de lo más coherente y juicioso, por supuesto. Pero para ello resulta más noble buscar clarividencia al expresarse y argumentos de peso en el discurso. El viejo truco de intentar restar méritos al que emite opiniones divergentes es poco constructivo (se puede acabar produciendo efecto bumerang). Lo que ya rechina en una reunión en que se emiten opiniones técnicas es el otro truco (muy en boga, por cierto) del somos más y mejores. Así, como vemos en muchos programas de televisión (la gran educadora de nuestra sociedad, por cierto), acaba teniendo razón el que más ruido mete, el que más tiene… ¡El que más! (en definitiva). ¿No va siendo hora ya de dar el salto por la calidad y no quedarse en la cantidad? Los griegos, que ya lo inventaron casi todo hace muchos siglos, hablaron en cierto momento de que la razón absoluta es la suma de todas las razones. Claro que también fue un griego el que dudó de todo; absolutamente de todo. Sócrates dijo aquello de: “Sólo sé que no sé nada”. Entre el no saber de nada y saber de todo… ¡Me quedo con Sócrates!

Por cierto y hablando de respeto y de filosofía, Séneca dijo: “Vuestra opinión me afecta, no por mí sino por vosotros: odiar y atacar la virtud es renunciar a la esperanza de enmienda”.

Sólo me quedan un puñado de apuntes técnicos al asunto principal de este escrito, antes de dejaros “mis” reglamentos (el de mis ovejas).
  1. Nuestros reglamentos infantiles contemplan el yudo pie y el yudo suelo por separado. Queda desterrado así el renroku-uasa o encadenamiento pie suelo. Con eso se soluciona gran parte del problema de acabar ‘piñando’ al compañero y cayendo sobre él.
  2. Cuando nuestros mangas naranjas o verdes hacen randori en pie lo suelen hacer sólo levantando con lo que se les educa en el valor de que el primer objetivo de una llave de yudo (las que están preparados para aprender en razón de su edad y etapa de desarrollo neurovegetativo) es levantar más que tirar.
  3. En algunas modalidades de concurso de nuestros pequeños alumnos, los niños juegan durante un tiempo por conseguir muchos puntos (o goles, como se quiera) con lo que se desdramatiza el perder por uno o varios ipones porque no se acaba el encuentro con ello (lo que recalca la debilidad del que ha ‘perdido’; le tiran y se acabó).
  4. En nuestros reglamentos se dan puntos y se suman lo que encaja mucho mejor con la mentalidad occidental tan dada a cuantificar y calcular en base a sumas todo tipo de prueba deportiva (y todo en general)
  5. En la mayor parte de nuestros encuentros los propios niños arbitran a sus compañeros lo que les hace perfectos conocedores del reglamento (y créanme, ya lo podemos complicar que se lo aprenden; son niños, no tontos).
  6. En el sistema de suma de puntos o goles las sanciones no crean más drama que el hecho de que el oponente suma algunos puntos; nada más.

Me gustaría acabar este escrito haciendo un expreso recuerdo del gran yudoca Anton Geesink y sobre todo en memoria de su faceta como educador (quizás la más desconocida). Todo lo que aquí se ha aportado (si es que se ha aportado algo) y mucho de lo que dijo mi maestro Rafael Ortega guarda deuda con el más grande de todos los yudocas de la historia del yudo tras Yigoro Kano. Es una verdadera pena que pasase tantos años por este país y que haya dejado tan poca huella… y eso que él venía del país de las vacas. Claro que, además, entre tanta oveja siempre hay algún cabrón. Que ustedes sean felices y eduquen bien.














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editado por...Wladimiro Martín @ domingo, diciembre 04, 2011

1 Comentarios

At 7/12/11 11:49, Anonymous Anónimo said...

Vamos, mas claro que el agua, no lo has podido explicar mejor.
Noelia

 

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